“Ahora que se está acercando la fecha del lanzamiento, tengo una sensación rara. Creo que disfruto más la etapa del medio. Si pudiera, me gustaría pausar el tiempo y quedarme acá un rato”, dice David Oliver, El Davus, sentado en una mesita de lata por Tristán Narvaja, en la puerta del café al que llama “su oficina”.

Una perra, la Lobita, va y viene con hojas de árbol para que el cantante y compositor uruguayo de 27 años le siga el juego durante toda la entrevista. Otros dos parroquianos, sentados contra los autos, siguen el relato en silencio, como mínimos comentarios afirmativos y los brazos cruzados sobre el pecho, mientras la gente va y viene desde el Centro y el Cordón.

A punto de estrenar su nuevo disco, Salud, dinero y amor, el artista suelta todos los días una pista en redes sociales. Con la cara pintada de payaso, su criatura más fresca se asoma a lo alto de un edificio vecino al Palacio Salvo o recorre las góndolas de un supermercado y se debate entre una caja de tetrabrik con vino tinto y una botella de yogur de frutilla.

“La salud es frágil, el dinero aprieta y el amor deja marcas. Y aun así seguimos con el cuerpo cansado, la cabeza llena y el pecho partido. Seguimos buscando aire, buscando fuerza, buscando algo que nos sostenga. Buscamos la luz del faro para ver a dónde ir, un lugar para descansar en tierra firme. Y aunque sepamos esto, siempre volvemos a lo mismo. A lo que falta, a lo que pesa, a lo que nos mueve: salud, dinero y amor”, se explaya en un video Instagram y también en esta conversación.

Hace algunos años que venís estudiando la historia de la música uruguaya, sobre todo la de los 80. ¿Eso de alguna forma derivó en el concepto del disco?

Sí, claro. La idea de Salud, dinero y amor la tengo dando vueltas desde hace años. Es algo que siempre estuvo ahí como concepto. Pero una vez que me fui metiendo en la historia de algunos músicos uruguayos fue como que me enamoré de lo que vi, de lo que encontré: un montón de cosas que desconocía.

Y de la mano de la música te enterás de cómo funcionaban las cosas acá, y de cómo funcionaban la movida cultural y la sociedad, y te decís: “Pah, esto estaba increíble”, pero al mismo tiempo te quedás con una sensación fea, porque muchos grandes músicos uruguayos pasaron sin pena ni gloria.

La gente conoce a Eduardo Mateo, a El Príncipe, pero después hay 50 más de la misma generación que participaron en un montón de discos y la gente no los recuerda, salvo dentro de un circuito de personas muy frikis a las que les gusta esa música. Me da mucha pena y rabia que se haya dado así y me parece que es una situación que podría cambiar con las nuevas generaciones.

Yo nací en un entorno cristiano y, aunque conocía alguna cosa, la música uruguaya la descubrí con 19, 20 años. Siento que toda esa música debería estar más arraigada en el pueblo. O sea, Mateo y El Príncipe siempre fueron música de nicho.

¿Y entre esos que decís que quedaron en el olvido, a quién nombrarías?

Jorge Galemire es el mejor ejemplo. Es uno de los más influyentes artistas de su época. Estuvo en todos lados, y medio que al loco no le fue bien. Terminó encerrado en un apartamento en Ciudad Vieja; él vivía con su esposa europea en un edificio pegado a la sede del Partido Nacional, ahí en la plaza Matriz. Tengo un amigo que vive por ahí y me contó su historia. Después tenés a Jorginho Gularte, al que le rompieron la cabeza y lo mataron. Son gente que marcó un sonido, una cultura, y no tiene trascendencia popular, más allá de lo que pasa en Palermo o Barrio Sur, o en un grupo muy chico de gente que escucha.

Lo que yo siento que pasa en Uruguay es que hace falta el lazo entre esa música y un público más amplio, y que eso debería arrancar desde que somos niños. Un adolescente de hoy no sé qué música uruguaya conoce anterior a No Te Va Gustar y El Cuarteto, ponele.

Tal vez escuchen más música argentina.

Es posible. Trueno sacó una canción nueva en la que menciona todas las palabras uruguayas de corrido y pensás: “No seas malo”. O Milo J: ahora canta con Agarrate Catalina. Se nos quieren quedar con todo. Hay que pararse de manos, porque si no, nos pasan por arriba.

Tu nuevo disco arranca con “Palabras cruzadas”, que incluye el sampleo de la canción de Galemire del mismo nombre. Además, tiene otros samples.

Hay una parte hablada que sale del documental Directamente para video [de Emilio Silva Torres, 2021], que trata sobre Manuel Lamas, el director de la película Acto de violencia en una joven periodista. Nadie sabía cómo este loco conseguía la guita, pero hacía cosas, y en la canción aparece esa definición de “Uruguay es tan frío, tan gris”, que me pareció que quedaba perfecta con lo que quería contar, algo de sentirse vacío.

Siento que tanto Galemire como ese personaje del cine, como yo, como la mayoría, lidiamos con algo que nos interpela y que es medio identitario de quien nace en Uruguay. Quieras o no, tenemos una cuota de un amor-odio. Porque te encanta y lo amás, porque es tu lugar, pero a su vez lo ves en decadencia y cada vez más complicado. Todo son trabas y dificultades y cada vez está todo más caro. Entonces, en realidad, el disco en general, y el personaje del Pierrot, si bien hay una referencia directa a Jaime Roos, también tiene que ver con los orígenes del Pierrot en la comedia italiana. El payaso que en vez de reírse llora y es un personaje melancólico, triste, que entretiene de alguna forma llorando. Es un payaso que si bien no está bien, logra ver que hay una belleza en lo que le pasa y que no está todo perdido.

Recital de Davus (archivo).

Recital de Davus (archivo).

Foto: Camilo dos Santos

Con el que vos mismo te sentís identificado, como decís.

Sí, claro. Yo creo que al uruguayo promedio le cuesta mucho aceptar que tiene muchos problemas. No por nada tenemos tantos casos de depresión, un consumo tan elevado de drogas y una de las tasas de suicidio más altas del mundo. Es un elefante en la habitación del que no se habla porque parece como si te dañara el orgullo hablar de que hay un problema. Entonces, la idea del disco también es sacar ese tabú y hablar un poco desde ese lugar. Salís a la calle y lo ves. La gente no está saltando en una pata de alegría.

En la tapa del disco aparecen algunos de tus amigos y tus padres, aunque todavía no lo saben. ¿Qué les dijiste cuando los convocaste?

Les dije: “Tengo que hacer una foto y quiero que participen”. Nada más. Mi hermana, que también participa, sabe un poco más. No escuchó nada, no tiene idea de nada, pero le dije que estaba haciendo un disco. Ellos son parte del disco. Y logramos que fueran, lo cual es bastante loco. Calculo que piraron cuando me vieron todo maquillado. Y no entendían nada seguramente. Pero bueno, mi viejo siempre me dijo: “¿Cuándo vas a hacer una canción sobre mí?”.

Así que el tema “Alejandro” es para tu padre.

Sí, él es Alejando. Y tampoco sabe que lo grabé a escondidas. Y la siguiente canción, “Niña bonita”, está dedicada a mi madre.

Todo lo que habías hecho antes en la música, más ligado al trap, venía de otro lugar y como parte de una movida nueva. ¿Cuánto de fantasía había en ese universo?

Yo creo que lo que hicimos fue crear un ambiente que no había. Nace de la necesidad de personas que estaban en la misma y que necesitaban desenvolverse cómodamente en un lugar donde no había tal espacio. La verdad es que nace de una realidad cruda. Cuando salimos con otros colegas había raperos, que eran otra cosa y tenían una actitud de “mirá quién soy yo, a vos no te conozco”. Tampoco había un lugar para lo nuevo, y nosotros nos metimos y lo hicimos de cero. Sobre esa base, y yendo para adelante, se fue armando toda una movida con mucho más apertura. Aquello de “yo contigo nada, porque no te conozco”. Acá es al revés: “Vamos a hacer algo y vemos qué onda”.

Obviamente que en lo artístico hay una cuestión de fantasía, y sobre todo de chico, porque de repente uno cree que puede llegar a ser una cosa increíble. O en la cabeza de uno a veces parece más grande de lo que es. Pero dentro de esa movida lo nuestro siempre fue 100% real y logramos cosas acá y en Buenos Aires.

El rap uruguayo venía muy influenciado por el de España, y ustedes le agregaron otro delirio, como una cosa más deforme.

Y más libre, también, más genuina. Porque la realidad acá en Uruguay es que si te hacés el gánster de verdad vas en cana. Es todo un invento, una fantasía. También en Estados Unidos. Todos están actuando, o la mayoría de lo que ves en los videos es puro cuento.

Hace alrededor de diez años que hacés música. ¿Cuál fue tu momento más difícil?

¡Este! Y arrancó cuando empecé a hacer este disco como una cuestión de crisis existencial. El disco tiene una canción de amor a Uruguay, pero en determinado momento también me pregunté: “¿Qué hago acá?”. Me podría haber ido mucho mejor en otro lugar, en Madrid o en Ciudad de México, y ahora estaría coronado, tendría mi propia casa y giraría por todo el mundo. Pero me quedé acá pensando qué inventar, con qué jugada salir para sacar un sueldo.

¿Y por qué te quedaste?

Porque me cagué. Si nunca me fui fue porque no me animé. Por miedo, por atarme demasiado a esta forma de vivir, a esta tranquilidad. Pero es algo que con el tiempo me ha llevado a la reflexión y he ido cambiando mi postura.

Ahora volví a La Unión, a la casa donde nací. Porque tengo el plan de viajar a España en un par de meses. Hace mucho tiempo que estoy haciendo esto y es muy poca la gente que prospera. Acá tampoco hay mercado y si me quedo quieto no sé qué pueda pasar.

Por otra parte nunca hiciste algo con artistas más masivos como El Reja, por ejemplo.

Podría llegar a pasar, no digo que no. Sé que si hiciera otro tipo de música podría irme mejor, pero es una decisión intrínseca como artista. Es el mensaje que quiero dar y la forma que me nace. Si me naciera hacer una plena, lo haría, pero eso no es algo que me vibre adentro como para decir: “Voy a hacer esto”.

En el arte del disco le das un lugar importante a La Unión.

La Unión siempre me representó. Es mi barrio. Yo fui a la escuela Sanguinetti y jugué en Larre Borges de chico. Es más, jugué con el nieto de Tito Pastrana, aunque de eso me enteré mucho después. La Unión es un lugar mágico. A dos cuadras de donde estoy hay un cartel de Francisco Acuña de Figueroa. Vivía ahí cuando era Camino del Manga. Y en la esquina había un bar de esos bien bohemios, aunque ahora pusieron una iglesia y perdió la magia. Siempre fue un barrio muy picado.