Con la obra Antifrágil, de la artista visual Margaret Whyte, quedó inaugurado el viernes 8 de mayo el pabellón de Uruguay en la Bienal de Venecia, como ocurre de forma ininterrumpida desde el retorno a la democracia.

La sala a oscuras, con puntos de luz que iluminan escombros, cascos, polvos, contiene en el centro una esfera de trozos de tela, retazos en colores decididos que se entrelazan de forma orgánica. El caos de los escombros es “lo que ocurre en el mundo”, explica Whyte durante la inauguración, que “se va rápido, se pone el casco, no aprende. Así eres frágil”.

En la escultura esférica de gran tamaño, que flota desde el techo cual planeta en el universo, diferentes materiales textiles dialogan y se encastran generando un cuerpo amorfo que bien podría ser la humanidad, lejos de la velocidad que corre con la ilusión del avance y la protección de un casco motorizado que nos hace frágiles. Esos cascos motorizados, polvorientos, caóticos se encuentran en pequeños montones en el piso de la sala, iluminados por focos de luz puntuales. Al observar lentamente se pueden encontrar finos hilos dorados, polvorientos, perdidos a la mirada descuidada.

Los mismos brillos se encuentran en tres agujeros negros de la escultura principal. Whyte explica a cada visitante que esos “agujeros negros” están dispuestos en honor a la curadora camerunsa que propuso el tema del la Bienal, In Minor Keys, o “en tonos menores”, como traduce la artista uruguaya de 90 años traduce.

“Koyo Kouoh está integrada dentro de este proyecto porque dentro de todo el caos que existe en la exposición siempre hay un lugar de silencio para hacer un momento tranquilo, dejar correr los afectos, dejar correr las emociones, tener empatía con el otro que es muy importante, escucharlo, no oírlo y seguir adelante sino escucharlo”, explicó Whyte.

La ceremonia de apertura del pabellón uruguayo, uno de los tres espacios latinoamericanos en los Jardines reales de Venecia –los otros son de Brasil y Venezuela, que no abrió en esta edición– se realizó en una hermosa mañana de primavera, con una importante participación que fue punto de encuentro de uruguayos del mundo del arte, que llegaron de diferentes partes.

Así, la inauguración se convirtió en un festejo de encuentros y reafirmación de puentes culturales que van desde Berlín a Nueva York, Australia, España y ciertamente, quienes atravesamos el océano desde Uruguay. Artistas, galeristas, autoridades de la Dirección Nacional de Cultura, periodistas, familiares de Whyte, todo el equipo de Antifrágil conducido por la curadora Patricia Bentancur, el cuerpo diplomático uruguayo en Italia y su cónsul honorario en Venecia, Ruggero Sonino, integraron la presentación oficial del pabellón en esta 61 edición, en la que luego de más de una década volvió a ser una mujer quien representa a Uruguay.

Dos representantes

Whyte enfatiza el hecho de que Antifragil, una obra creada in situ, está concebida para dialogar con la consigna general In Minor Keys y su impulsora. “Dentro de los escombros, que es lo que está pasando hoy en día con tanta guerra, tantas vicisitudes que estamos pasando todos y que preocupan, hay unos hilitos dorados, donde ella está presente porque lo que dijo Koyo es importantísimo: hacer silencio, estar con uno mismo, encontrar nuestro propio yo, que estamos siempre corriendo para todos lados, saltando para allá y para acá , un terremoto total, todos iguales, todos con el teléfono, pero capaz que nos convertimos en autómatas porque siempre estamos pendientes de todo eso y hay que hacer un balance entre el propio yo, el silencio”.

La obra fue seleccionada entre 44 propuestas, con la supervisión del director del Instituto Nacional de Artes Visuales, Martín Craciún, y la curaduría de Bentancur.

Maru Vidal, la Directora Nacional de Cultura, presente en la inauguración, subrayó la importancia del arte como espacio con la capacidad de interrumpir los automatismos y volver a preguntas que persisten. “Tal vez el arte siga para provocar atención, condición básica de paz sea posible”, dijo en la apertura del espacio expositivo uruguayo.

Para la gestora cultural, la importancia de la participación uruguaya en el evento más importante del mundo del arte no se basa en la búsqueda de validaciones jerárquicas norte-sur, sino en una participación desde “nuestras propias experiencias, memorias y formas de mirar al mundo”. Vidal interpretó la participación uruguaya como una “propuesta a mirar la fragilidad humana”.

Uruguay también está presente, y por primera vez, en la muestra central de la Bienal que busca ser un espacio donde el arte es “estandarte de maravilla, un lugar de poesía”. En este ámbito de máximo nivel, se exponen las Novias revolucionarias de Leonilda González. Se trata de ocho obras requeridas por la curaduría internacional, tras de la gestión que lleva adelante desde 2023 la directora del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), Roxana Fabius, presente también en la inauguración.

Fabius explicó a la diaria que el MNAV prestó las obras en un proceso que comenzó con la exposición de los ocho grabados monocopia originales en Nueva York, donde recibieron un tratamiento de conservación que valorizó y posicionó las obras de una de las fundadoras del añorado Club de Grabado del Uruguay. Para Fabius se trata de un gran logro y lo defiende minuto a minuto en una sala de exposición llena de visitantes de todo el mundo, cual guardiana de las obras expuestas en dos hermosas paredes del pabellón central.

La directora del MNAV presenta y explica las obras a cada visitante que se acerca a verlas y fotografiarlas, en muchos casos con visible asombro ante la contemporaneidad de la obra de González. Para Fabius, haber estado presente durante los días de pre estreno fue esencial para presentar las obras que forman parte del acervo del museo y afirmar puentes y vínculos internacionales que permite abrir el horizonte hacia nuevos espacios para uruguayos en la escena internacional.

Escándalos y silencio

Si bien cada Bienal tiene sus dosis de polémica, esta 61 edición se abrió en medio de una crisis que la prensa italiana compara solamente con las históricas ediciones de 1968 y 1977. Para empezar la curadora Koyo Kouoh murió el 10 de mayo de 2025, lo que de algún modo dejó huérfano al equipo que trabajaba junto a ella. Pero, sobre todo, sucedió que el 22 de abril de este año, pocos días antes de la inauguración, el jurado internacional, integrado por cinco mujeres, anunció que excluiría de los premios a Rusia e Israel, países cuyos mandatarios tienen una orden de arresto de la Corte Penal Internacional.

La reacción del artista israelí Belu- Simion Fainaru, ante la decisión del jurado, fue anunciar una denuncia por discriminación racial a la Comisión Europea, institución que amenazó con quitar los dos millones de euros a la Bienal por violar las sanciones a Rusia al permitir que se abriera el pabellón ruso. En Roma explotó una crisis entre el presidente de la Bienal, Pietroangelo Buttafuoco, y el ministro de Cultura, Alessandro Giuli, quien envió inspectores una semana antes de la apertura.

Ese día, el 30 de abril, el jurado presentó su renuncia y Buttafuoco inventó los “Leones de los visitantes”, es decir, premios votados por el público, que serán entregados en noviembre, al cierre de la exposición internacional.

El pabellón ruso quedó cerrado desde el 9 de mayo, aunque abrió sus puertas durante los tres días de preestreno de la exposición que aún arrastra características de “exposición universal”.

Más allá de estos debates, en la Bienal impresiona la presencia de “mega obras” que desbordan riqueza material y se destacan por el gran tamaño. Los mensajes nacionales, además, se presentan ancestrales, rituales, desesperados como una mujer desnuda cual péndulo en una campana (en el pabellón de Austria) o como caballos gigantes, de más de cinco metros de largo, realizados en fieltro (en el pabellón de Kazajistán.

En todo este universo que oscila entre el patriotismo identitario y la búsqueda desesperada de alejarse de los escombros que por todos lados salpican a Occidente, la obra de Margaret Whyte, desde la entrada a la sala en penumbras, nos regala, con sus casi invisibles hilos de luz, pequeños espacios, cuevas donde sentarnos a encontrarnos con nosotros mismos, aprender de los errores y entablar, desde la honestidad y el arte, un diálogo de paz.