Bang! Bang!... Estás liquidado. Durante esta jornada extraña, de esas con deriva y sin manual, un aire de Gulp! sobrevuela el microcentro porteño y sus alrededores. El paisaje de oficinas y turistas brasileños se dio vuelta como una media: ahora todo es más sórdido, todo es más redondo. El dolor colectivo infunde los nervios de la vía pública evidenciando el cross de mandíbula de una noticia que genera conmoción: murió Carlos Alberto Indio Solari, voz de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, parte esencial de la excepcionalidad argentina.
Es viernes, pero ahora es un viernes de película. Los argentinos divisan un navajazo en el cuero. La herida supura una sangre de un color que ya conocen: todo esto se parece a la muerte de Diego Armando Maradona, a esa ausencia policlase, pos-grieta, las del fino hilo que une al CEO de la fintech con el último de los menesterosos. El asfalto porteño recibe esa sangre y el desconcierto va tomando todas las caras, desfigurándolas, como salidas de una ilustración de Rocambole.
Paraguay, Florida, Avenida de Mayo, Avenida Corrientes, Diagonal Norte y todas las coordenadas de la desolación hacen lo que pueden ante este conjuro helado. La confirmación de esta ausencia, que llegó temprano, en la mañana, como mensaje de WhatsApp, como tuit en X, como comentario de cualquier ser, deja un escenario de orfandad. La sensación es la de un bosque que pierde a un árbol muy, muy alto, de esos que son capaces de dar algo de sombra. Y de ahora en más: los ojos ciegos bien abiertos.
Concentración frente a la casa del Indio Solari, tras la noticia de su fallecimiento, el 5 de junio.
Foto: Tomás Cuesta, AFP
Y ante la falta de precisiones iniciales respecto a los ritos oficiales de despedida, la Plaza de Mayo se convirtió de forma automática en el punto de convergencia para quienes buscan un espacio de reclamo, llanto, celebración o abrazo, repitiendo una dinámica histórica donde el espacio público asume las demandas emocionales de la sociedad. Con el correr de las horas, la familia fue asomando algunas verdades: después de un primer adiós discreto, el Indio tendrá su despedida masiva, “en un lugar grande”, el domingo 7.
Por eso, la incertidumbre respecto a las precisiones fue marcando el compás de las conversaciones de la primera parte de la tarde. El gobierno nacional negó de sopetón la posibilidad de velarlo en el Congreso. Y, tal vez, por esas cosas del destino, esta negativa nos deje de cara a algo mejor, menos estatizado, más caótico, menos burócrata, más ricotero, algo a la altura de este legendario anarquista.
Si ya nadie va a escuchar tu remera, al menos que se escuche el “Oh, oh, oh, ohhhh” de los cientos de miles de “Ji Ji Ji” salmodiados por las masas.
Otro campeonato
Familias enteras, pibitos, viejos, parejitas jóvenes, quinceañeras, gordos ricoteros, barrabravas de Boca Juniors, intelectuales que no distinguen un porro de un matafuegos, se trasladaron hacia Avenida de Mayo para integrarse orgánicamente en esta concentración espontánea, la última Misa Ricotera.
Sube el nivel etílico, se hacen grandes sus banderas. Hay abrazos, llantos, pucheros, risas y todo forma parte del mismo desconcierto, del mismo dolor. Esta Misa Ricotera se justifica no solamente en el último adiós, sino también en el pretexto fundacional del mito: frente a la Catedral Metropolitana se entroniza el protocolo de un rito pagano, argentino, que supo ser caótico pero que hoy, acá, se convierte en un refugio comunitario. En un abrazo que deja a todos sentirse así: rotos, vacíos, con una pata menos en la mesa. ¿Cómo no sentirse así?
El naufragio deja a los presentes externalizar este hecho histórico. El cliché de este hito es que todos recordarán qué estaban haciendo este día. Y entre los que están allí, en esta precisa hora de la historia, en la Plaza de Mayo, el sentimiento de que están donde hay que estar. Poco a poco, con el tiempo, con el correr de los días, Argentina irá desculando cómo pararse cuando salga de este estado grogui, casi de knockout. Son años duros para estas pampas.
Concentración en plaza de Mayo tras la noticia del fallecimiento del Indio Solari, el 5 de junio.
Foto: Tomás Cuesta, AFP
Y casi como si fuese un guión cinematográfico, la muerte del Indio Solari, que siempre fue un animal de masas, viene a encender aún más la llama de la pasión mundialista, esa que amargados, rancios y contreras decían que aún no estaba prendida del todo. A cinco minutos del comienzo del campeonato del mundo, se hace público un audio que el Indio le envió a Lionel Messi, una nota de voz que comprime respaldo y regala a la posteridad otra frase de póster: “¿Qué tal si ganás un campeonato del mundo más? Estás para eso, viejo, estás para eso”.
El aire denso y oscuro de Luzbelito se posa sobre los hombros de los caminantes y transeúntes que van y vienen, vienen y van, entre los que salen del subterráneo Plaza de Mayo y de los que apuran el café con leche en la confitería London City. Los diarieros y las casas de cambio no esquivan su dolor, que alivian con chistes, que saben exótico: son huesos duros de roer, conmovidos por la ausencia de un cantante —una voz— que es también una suerte de líder espiritual de maleantes, finos, atorrantes, futbolistas, ejecutivos high class, presidiaros hard mode, gente buena, gentes todas. Una referencia en el área de la argentinidad. Charly García y pocos más quedan en pie como esos últimos guardianes.
El desplazamiento de las huestes hacia la movilización se escurre entre el sonido de las sirenas y bocinazos. Y en el plano virtual, la saturación de archivos históricos, placas negras, dedicatorias, emojis de corazones rotos y frases tristes que necesitan del amontonamiento para encontrar cause y sentido. Algún sentido. Hoy, el desconsuelo es explícito.
Todos los labios empiezan a rebotar sintonías de Los Redondos y, también, de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Y en otro acto de excepcionalidad, la recepción de las columnas de los seguidores del Indio en la Plaza de Mayo se produce de forma pacífica, con contingentes de todas las latitudes. Nadie quiere perderse esta historia. Nadie quiere perderse la historia. Nadie quiere perderse.
Concentración en plaza de Mayo tras la noticia del fallecimiento del Indio Solari, el 5 de junio.
Foto: Tomás Cuesta, AFP
Así las cosas, el despliegue de banderas oscuras con frases míticas escritas a mano convive con el consumo compartido de cerveza y Fernet. Los culos se apoyan en los canteros de Diagonal Norte, en la entrada de la plaza, para descansar un poco. O chusmear otro poco. O llorar mucho más. La situación tuvo incluso un momento de tirantez cuando efectivos de la Policía de la Ciudad avanzaron con sus escudos entre la muchedumbre regalando empujones y algún proyectil de gas, completamente innecesario. Ellos también querían ser protagonistas.
En medio de la aglomeración, la falta de señal de los teléfonos celulares impide algunos encuentros. Este camposanto improvisado necesita del otro, de cualquier otro: de vos, y de vos, y de vos también. Porque ya se vendrá la despedida oficial, pero hoy, esta noche de viernes húmedo, es para la misa informal, la que comprime desazón y desorden. La que supo hacer macanas pero que llevará la jornada en una civilidad digna de destacar. Todos los presentes llegaron por la suya, autogestionados. De hecho, lo único que se pactó fue dónde: aún rabiosos, los ricoteros tuvieron el rapto de lucidez para amucharse en Plaza de Mayo, sitio de reclamos y conquistas, de pérdidas y victorias, de dolores y de todo eso que llamamos argentinidad.
Uno de esos momentos pegamento
El siglo XX merece un final mejor. Lejos de las cachiporras de la policía. Con una política que entienda de dimensiones. Con una patria que no se deje correr por hechizos tontos, que nos son ajenos, que no son de acá, que no entran en el mismo rompecabezas porque son piezas de otro. Y el pueblo, aunque roto, sabe que estos momentos generan anticuerpos. Son pegamento. Y sabe de finales. Vivir solo cuesta vida y, desde ahora, Argentina improvisará alguna nueva brújula.
El viaje del ídolo hacia la eternidad ya había comenzado. Las campanas de la Catedral y el murmullo de los jóvenes que comparten mate y escabio se entremezclan con eso que pasa cuando todo esto pasa. Y en medio de la plaza, un shopping informal ofrece banderas de Cristina Kirchner y el Indio, bijouterie hippie, gorritos de la selección argentina y pósters todavía tibios con la cara de Solari. El ingenio se hizo notar, como cada vez que hay que rebuscársela. El argentino es bueno en eso.
Por ahí, los trapos de fútbol que flamean y otra verdad: el Indio Solari o, más bien, sus letras, deben estar presentes en las banderas de casi todas las canchas del fútbol doméstico. Debe ser el artista con más presencia informal en el ascenso. Y, probablemente, uno de los más escuchados por todas sus hinchadas. Por eso, también, Los Redondos son un fenómeno futbolístico, aunque en ninguna letra hagan presente a la pelotita y, más bien, se pierdan en los caireles paranoicos de la Guerra Fría, del impacto del capitalismo en la subjetividad humana y de los mecanismos de control social. La capacidad de pintar viñetas urbanas como un espejo de eso que también está ahí.
Concentración en plaza de Mayo tras la noticia del fallecimiento del Indio Solari, el 5 de junio.
Foto: Tomás Cuesta, AFP
Desde la altura, un dron policial controla los movimientos de la masa, mientras un cielo cubierto de nubes de un color gris perla, gris tristeza, acentúa el carácter melancólico de la jornada. Todo un palo, ya lo ves. Y en el suelo, la confección de retratos con tiza por parte de un artista callejero y la invención de un altar improvisado: se ven velas, flores violetas, abrazos, llantos, miradas perdidas y las luces del Cabildo — blancas, amarillas— que custodian el alma de los criollos.
Suenan palmas y el corto replica en loop el estribillo de “Ji Ji Ji”. Cualquier caricia busca evocar algo de consuelo. Mientras tanto, el cancionero popular le regala algunos insultos a Javier Milei, presidente argentino, y la presencia de la Virgen le da aún más musculatura espiritual a esta misa pagana. En el cielo hay pirotecnia. Clic, foto: el infierno está encantador.
Las parejas bailan rocanrol con “Ñam fri fruli fali fru” y los más sacados agitan sus brazos —el movimiento es el de la cancha, usted sabe— con “Unos pocos peligros sensatos”. Este fenómeno tiene nombre: Misa Ricotera. Y delante de nuestras narices, la última de sus expresiones. Aquí y para siempre, aprendimos que ciertos fuegos no se encienden con dos palitos. El Indio es Jack Kerouac. Es Allen Ginsberg. Es Sam Shepard. Y su muerte tiene una sola explicación posible: es el nuevo mundo rechazando la magia. Nos queda únicamente soñar la hoguera donde siempre somos la leña.
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