Ya está completa en el catálogo de HBO Max la miniserie Larry y la búsqueda de la infelicidad: casi una historia de Estados Unidos, llamada originalmente Life, Larry and the Pursuit of Unhappiness: An Almost History of America. Creada para celebrar los 250 años del país del norte, tiene a Larry David como protagonista de una serie de sketches que lo insertan en algunos de los episodios más importantes de la historia de su nación, además de otros anecdóticos y varios un poco más oscuros. El título es un juego de palabras con la frase “La vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, presente en la Declaratoria de la Independencia para consagrar tres derechos inalienables.
Más allá de que la narración nos prepara para cada uno de ellos, como mencionaré más adelante, la invasión cultural es tan grande que reconocí a la gran mayoría. Eso me puso a pensar en las diferentes formas en las que aprendí de historia estadounidense sin haberlo deseado. Aclaro que la mayoría de mi aprendizaje fue no deseado, incluso el que me terminó sirviendo para un montón de cosas.
El precio de la historia
Incluso antes de la explosión de plataformas, redes sociales y el acceso al material audiovisual de un siglo entero, desde este lejano rincón del planeta recibíamos información acerca de epopeyas y otros acontecimientos ajenos. Sin ir más lejos, entre toneladas de información basura que acumulo en mi cerebro, puedo afirmar que George Washington tenía dientes de madera y que supuestamente “no podía mentir”, ya que de niño cortó un cerezo a hachazos y luego lo admitió ante su padre. Este último detalle lo aprehendí en un dibujo animado y en un videojuego.
Ralph Phillips es un personaje de los Looney Tunes que protagonizó un par de cortos en los años 50. Se trataba de un niño que soñaba despierto, lo que lo llevaba a protagonizar aventuras fantásticas en medio de la clase y recibir el rezongo de la maestra cuando se dejaba llevar por ellas. Uno de los cortos termina con el padre de Ralph mandándolo a jugar al patio después de romper una ventana; al cruzarse con un cerezo, toma un hacha de mano y lo último que vemos es a él “convirtiéndose” en Washington.
Otro uso creativo de esta anécdota apareció en la aventura gráfica de 1993 Day of the Tentacle. Considerada uno de los mejores exponentes del género “hablar con las personas e intercambiar objetos”, tenía a tres personajes atrapados en diferentes épocas gracias a una crono-letrina (no pregunten). La forma de liberar al personaje del futuro que estaba atrapado en un gigantesco quinoto era que el personaje del pasado pintara las frutas de rojo para que Washington creyera que era un cerezo y lo tirara abajo.
Lo de los dientes de madera también es un rompecabezas del juego: para que John Hancock prendiera el fuego había que darle un cigarro explosivo a Washington y, cuando sus dientes de madera volaran, ofrecerle uno de esos dientes de juguete que castañetean, para que el otro pensara que hacía frío. Si les pareció complejo, imagínense tratar de resolverlo sin más ayuda que algunas fotocopias que circulaban entre los fanáticos del género.
Juro que no hablaré más de videojuegos. En algunos casos es fácil recordar las películas o series de televisión que mencionaron tal o cual fecha destacada, como algún episodio de Futurama, Soy la comadreja o Escuadrón del tiempo. A veces se trata de ficciones centradas en el acontecimiento, como el escándalo de Watergate en Todos los hombres del presidente (Alan Pakula, 1976). Y más allá de las numerosas parodias a la llegada del hombre a la Luna, seguramente leí sobre ese hito en aquellas revistas de divulgación científica que pululaban en los quioscos, como Descubrir, Conozca Más o la longeva Muy Interesante.
Como sea, un integrante del último coletazo de la Generación X con exposición exagerada a los medios de comunicación (de hace unas décadas; nada comparado con la actualidad) podía llegar a ubicar a Paul Revere y su recorrida para advertir sobre la llegada de los ingleses, el famoso duelo en el OK Corral (varias veces llevado a la gran pantalla) o la crisis de 1929. De hecho, tengo una exposición infinitamente más grande a eso que a las aventuras televisivas de Larry David. Déjenme que les explique.
Ningún improvisado
Más allá de lo mal que ha envejecido su protagonista, fui un ávido espectador de Seinfeld cuando lo emitía Canal Sony, quizás la señal que más hizo por la invasión estadounidense en nuestras retinas alrededor del cambio de siglo. La serie cocreada por Larry David y Jerry Seinfeld terminó en 1998 y pocos meses después comenzó otra que tuvo 12 temporadas, con un total de 120 episodios, y que ficcionalizaba a David con todos esos detallecitos del personaje George Costanza que habían sido inspirados en su vida real y que eran uno de los ganchos más fuertes de la serie anterior. Uno pensaría que la conexión sería inmediata. Y sin embargo...
Vi dos veces el primer episodio de Curb Your Enthusiasm y nunca pude pasar de ahí. Podrán decir que muchas series se arrastran en el primer episodio, pero también vi numerosos clips (algunos para la elaboración de este texto) y mi experiencia siempre fue la misma: la semimprovisación arruina mi visionado. El mío; los resultados pueden variar.
La mecánica de trabajo en Curb... suena similar al “Método Marvel” que utilizaba Stan Lee para alimentar de narrativa a sus dibujantes y posteriormente quedarse con el crédito. Se comienza con una guía básica de situaciones y elementos que deben ocurrir en el episodio. Los actores improvisan líneas a partir de la guía y sus partenaires no saben lo que les espera; solamente conocen la dirección de la historia.
Son maestros en lo suyo, se tienen una confianza increíble, pero mi sentido arácnido puede detectar los titubeos minúsculos en los que actores y actrices están pensando cómo reaccionar ante lo que acaba de pasar, y eso me saca por completo de la historia. Al menos en Whose Line Is It Anyway? uno sabía que era un concurso de improvisadores.
No es la única contra que le hallo, pero es la más importante. La misantropía de George Costanza era solamente uno de los colores de Seinfeld, mientras que en Curb... es una pátina que vira todo hacia ahí. Quizás Larry David fue un adelantado del mundo individualista que se estaba gestando; yo preferí ver otras cosas por televisión. Y si mi ridícula obsesión con algo que a pocas personas podría interesarle (mi relación con un programa de televisión) les genera rechazo, piensen que podría ser la guía para un episodio de la serie.
Ahora sí, volvamos al resumen de un cuarto de milenio.
I Think You Should End
Larry David es Larry David. O Lawrence, si se trata de una acción situada en el pasado. O alguna figura histórica real, como Alexander Graham Bell o Buzz Aldrin. Quiero decir que en los 27 sketches que forman los siete episodios se lo ve con muchas identidades, con una variedad interesante de pelucas y vello facial, pero siempre interpretando esa versión suya del tipo cascarrabias, egocéntrico y más preocupado por los pequeños detalles que por la big picture.
Toda la estructura de esta producción audiovisual que creó junto con Jeff Schaffer está apoyada sobre sus hombros, y una maratón de capítulos solamente acentuará los vicios en los que caen los guiones escritos por ellos dos. Más allá de que pueda existir la improvisación, es mucho más acotada (por suerte para mí), pero las situaciones comédicas suelen resolverse con una cantidad de recursos también limitada.
Después de una presentación protagonizada por Barack Obama, quien además de haber autorizado más de 500 ataques con drones que mataron a cientos de civiles es coproductor de la serie, nos sumergimos en los túneles del tiempo, comenzando por un primer borrador de la Declaratoria de la Independencia en el que Robert Livingston incluyó decenas de prohibiciones a actitudes que consideraba ridículas, como compartir el paraguas, el postre o contar lo que soñaste la noche anterior. Adivinen quién interpretaba a Robert...
Este ejemplo tiene la contra de pegarse levemente con un exitosísimo sketch de Saturday Night Live (SNL) emitido en 2023, en el que el comediante Nate Bargatze interpretaba a Washington y compartía sus sueños para el nuevo país. En este caso el guiño estaba por las complicadísimas unidades de longitud, de peso y otros “estadounidismos” que, vistos de cerca, rozan la ridiculez. Hubo una segunda edición en 2024 que no fue tan efectiva.
Más allá de la comparación, conoceremos entonces el formato que va a repetirse a lo largo de la temporada: Samuel L Jackson nos ubica temporalmente y aporta los dos o tres datos necesarios para comprender el posterior giro que se le dará al hecho histórico, para rematar con un “Pero hubo alguien que casi lo arruina todo”. O algo parecido.
Los valores de producción son impecables. Más allá de que algunas escenas transcurren en lugares pequeños, en todos los casos superan ampliamente a SNL, con algunos ejemplos de cenas de gala en los que se recurre a decenas de actores vestidos y peinados de época. Hay dinero y está bien gastado.
La serie tiene un puñado de obstáculos que pueden dificultar el pleno disfrute. El primero es que los personajes que interpreta Larry casi siempre son el mismo personaje: el que no acepta la opinión de los demás, el que se obsesiona con lo más pequeño, el que saca de quicio a su acompañante de turno. A diferencia de la mencionada Curb... (de la que me atrevo a hablar sin haberla visto lo suficiente), el peso de Larry David en cada sketch es demasiado alto y deja más expuesta esa paleta limitada de colores del comportamiento.
Irónicamente, el protagonista está acompañado de una lista interminable de grandes figuras de la comedia y la actuación en general. Apenas voy a nombrar a algunas: Jerry Seinfeld, Jimmy Kimmel, Jon Hamm, Kathryn Hahn, Bill Hader, Henry Winkler, Rita Wilson, Michael Chiklis, Rob Reiner (en uno de sus últimos papeles), Isla Fisher, Jeff Garlin, Vince Vaughn, Paul Rudd, Kyle Mooney, Jane Krakowski, Don Johnson, Michael McKean, Lin-Manuel Miranda, Larry Wilmore, Kaley Cuoco, Jurnee Smollett y hasta Barack Obama haciendo de sí mismo. Y créanme que dejé gente afuera.
Para terminar –y esto es lo más reprobable en un programa de sketches que llega con tantas mentes interesantes–, la mayoría de ellos se estira demasiado. En los últimos años, uno de los exponentes más destacados en esta clase de ficción humorística es Tim Robinson, quien junto con Zach Kanin creó la maravillosa I Think You Should Leave. Cada temporada de esta serie tiene seis episodios que promedian los 16 o 17 minutos, y el contenido de cada episodio es tan compacto que resulta arrollador. Los personajes delirantes interpretados por Robinson no estiran su llegada y logran sacarnos de quicio en pocos segundos. Larry David puede sacarnos de quicio por las razones incorrectas.
De todos modos, este formato de un promedio de cuatro situaciones en media hora hace que se pase rápidamente de una instancia a la siguiente. Para cuando uno quiere acordarse, ya todo está por terminar.
Podio histórico
3. Tilden pierde las elecciones (en el episodio 2)
No solamente las pulgadas y los galones son ridículos; también lo son la existencia del Colegio Electoral y la forma en que se elige presidente, con la excesiva importancia de un par de estados. Aquí el candidato que gana el voto popular festeja hasta que le recuerdan que perdió la presidencia. ¡Para qué!
2. Vacuna contra la polio (en el episodio 4)
Una madre excesivamente orgullosa del logro de su hijo, y con razón, no deja de refregárselo a su vecina. “¡Bajá y contale cómo curaste la enfermedad!”, le grita a su hijo, que no quiere saber más nada. El sketch termina con un lindo palo a los antivacunas y al secretario de Salud RFK Jr., personificado por un vecino loco y anaranjado.
1. Reelección de Washington (en el episodio 2)
Los mejores momentos son los que enganchan con la actualidad, y en este George Washington avisa que no buscará un tercer mandato. Un preocupado Larry David le pregunta qué pasaría si un presidente quisiera perpetuarse en el poder. “¿Qué pasaría si hubiera un gil en el cargo, un pelotudo narcisista que no respete la Constitución? ¡Un hombre que fomente una insurrección!”. La escena tiene la aparición estelar de Jimmy Kimmel, famoso adversario de Donald Trump desde la comedia.
Larry y la búsqueda de la infelicidad: casi una historia de Estados Unidos. Siete episodios de media hora. En HBO Max.
