Desde hace mucho tiempo los actores del deporte colectivo de élite manifiestan que las competencias se definen por detalles. Hay coincidencia manifiesta en que ciertos momentos puntuales de un partido de fútbol –una mala estrategia defensiva en una jugada fija, una acción ensayada para sorprender, una observación sistemática del tipo que siempre patea cruzado a la izquierda– pueden definir una contienda y hasta un campeonato. Pero existen otros innumerables detalles que no tienen que ver ni con la marca personal ni con la pegada al segundo palo para la aparición sorpresiva del eje central, sino con proyecciones organizativas capaces de anticipar situaciones, evitar entorpecimientos y alivianar el desarrollo inmediato de la competencia.
Es obvio que, para un Mundial, lo primero es clasificar. Pero cuando se está en medio de ese proceso, cuando el ranking FIFA parece apenas una tabla colateral, casi decorativa, entender su incidencia real puede marcar diferencias sustanciales. Estar entre los primeros lugares al momento de armar los bombos del sorteo no sólo define la condición de cabeza de serie: también puede evitar desplazamientos extremos, climas opuestos y desgastes innecesarios. En un Mundial organizado en tres países, no es lo mismo pasar de jugar con 36 grados en Filadelfia a competir a 2.300 metros de altura en el estadio Azteca que mantener una lógica geográfica y fisiológica más estable.
Esa misma lógica de anticipación se traslada ahora a una instancia menos visible pero cada vez más estratégica: la elección del lugar de concentración de cada selección para el Mundial 2026. Con el sorteo ya realizado el 5 de diciembre, y los grupos y sedes definidos, las federaciones trabajan sobre el sitio donde se instalará el núcleo operativo de entre 40 y 50 personas –jugadores, cuerpo técnico, médicos, analistas y colaboradores– que convivirán durante, al menos, los tres partidos de la fase de grupos.
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Para regular este proceso, la FIFA estableció un sistema centralizado basado en el Team Base Camp Brochure, el documento oficial que reúne todas las opciones de campamentos base previamente aprobadas por el organismo. Se trata de un catálogo dinámico, actualizado de forma periódica, que incluye complejos de entrenamiento y hoteles asociados en Estados Unidos, México y Canadá, todos ellos verificados según estándares estrictos de infraestructura, logística, seguridad y proximidad entre los distintos servicios.
El Team Base Camp Brochure funciona, en los hechos, como el instructivo operativo clave para las selecciones. Durante la fase de grupos los equipos sólo pueden alojarse y entrenar en instalaciones incluidas en ese listado. Allí se detallan las características de cada sede: tipo de campo, distancias, servicios médicos, conectividad, condiciones climáticas aproximadas y capacidad hotelera. Para los cuerpos técnicos, es una herramienta tan determinante como el calendario de partidos o el plan de viajes.
Con los grupos ya definidos, cada selección debe presentar ante la FIFA una lista ordenada de preferencias, habitualmente compuesta por cinco posibles lugares de concentración. Esta exigencia responde a la necesidad de resolver superposiciones, conflictos logísticos o elecciones previas de otras selecciones con prioridad superior, en un escenario donde varias federaciones pueden apuntar a las mismas zonas geográficas.
Uruguay y la cocina fina de la elección
Después del sorteo del Mundial, y de confirmarse que Uruguay disputará sus dos primeros partidos en Miami y el tercero en Guadalajara, la planificación logística de la selección entró en una fase decisiva. En ese escenario, el director de selecciones nacionales, Jorge Giordano, y el preparador físico Diego Estavillo, volvieron a viajar a Estados Unidos con un objetivo concreto: afinar el listado de cinco posibles lugares de concentración que Uruguay presentará ante la FIFA para el borrador de asignación de Team Base Camp Brochure, previsto para el 16 de enero.
De esas cinco opciones, por distintas filtraciones y confirmaciones parciales, al menos cuatro nombres han trascendido. Boca Ratón, muy próximo a Miami; Tampa, a aproximadamente una hora de vuelo; Atlanta, en el centro-este de Estados Unidos y, según distintas evaluaciones internas, la más completa de las alternativas, a unas dos horas de avión; y Cancún, en el noreste de México, ubicada a unas dos horas de Miami y a cerca de tres de Guadalajara, sede del tercer partido celeste.
Precisamente, Cancún fue centro de versiones de última hora que indicaban que Uruguay ya habría definido instalarse allí durante las dos o tres primeras semanas del Mundial. Sin embargo, esas informaciones fueron desmentidas por el propio Giordano a la diaria, que aclaró que la selección aún no tomó una decisión definitiva y que el proceso sigue abierto dentro de los márgenes que establece la FIFA.
Según explicó Giordano, Uruguay establecerá un orden de prelación entre los lugares elegidos y será la FIFA la que, ese 16 de enero, defina la asignación final de los campamentos base, considerando la compatibilidad geográfica de cada grupo y el orden en que se confirman las elecciones de las selecciones mejor rankeadas. Recién entonces se sabrá hacia dónde se instalará definitivamente la celeste para el inicio del torneo.
En distintas apariciones públicas, Giordano también dejó entrever algunas reservas técnicas sobre determinadas opciones. Las locaciones del estado de Florida, como Boca Ratón y Tampa, tienen como principal condicionante el clima de junio, además de cuestiones vinculadas a la infraestructura. En particular, señaló que en Tampa el campo de entrenamiento estaría ubicado en un estadio universitario, originalmente concebido para fútbol americano, lo que reduce la practicidad y dificulta el control del entorno. A eso se suma que el hotel asociado sería un establecimiento urbano típico, un factor que tampoco favorece la privacidad y la seguridad que exige una concentración mundialista.
Antecedentes: cómo concentró Uruguay en este siglo
La discusión actual no es nueva para la selección uruguaya. En lo que va del siglo XXI la celeste ha transitado modelos muy distintos de convivencia, aislamiento y logística, que ayudan a entender por qué hoy la elección del lugar de concentración es considerada una decisión estratégica de primer orden.
En el Mundial de Corea-Japón 2002, Uruguay concentró en Corea del Sur, en un sitio absolutamente aislado, ubicado a más de 100 kilómetros del aeropuerto. Las condiciones eran rudimentarias: habitaciones con cuchetas y sin opciones de esparcimiento más allá de los recursos que el propio plantel había llevado consigo. Los días transcurrían entre entrenamientos, videos, computadoras, música y alguna consola de videojuegos. Fue una experiencia de encierro extremo, más cercana a una lógica de concentración cerrada que a los actuales centros integrales de alto rendimiento.
En Sudáfrica 2010, el enfoque fue distinto. Uruguay se instaló en Kimberley, una pequeña ciudad que permitió aglutinar al grupo en un entorno controlado pero humano. La cercanía con la población local, la presencia reducida de periodistas y la rutina compartida generaron un clima de pertenencia que terminó siendo parte del relato de aquella selección.
En Brasil 2014 la celeste eligió la ciudad mineira de Sete Lagoas, utilizando el estadio Arena do Jacaré como centro de entrenamientos. Nuevamente una localidad de escala media, con logística manejable, lejos del ruido de las grandes capitales, pero con infraestructura suficiente para sostener una preparación prolongada.
Rusia 2018 mantuvo esa línea. Uruguay concentró en un complejo en Bor, muy próximo a Nizhni Nóvgorod, que combinaba cercanía a una de las sedes con un entorno relativamente aislado y funcional, reduciendo traslados y preservando la rutina diaria del plantel.
Qatar 2022 marcó un quiebre histórico. Por primera vez en décadas la selección uruguaya concentró en la misma ciudad donde jugaba. Instalado en Doha, el equipo se trasladó a sus tres partidos en ómnibus, en recorridos que no superaron la media hora. Fue una experiencia inédita para Uruguay, facilitada por las particularidades geográficas del torneo, y que llevó al extremo la idea de minimizar el desgaste logístico.
Ese recorrido explica por qué, de cara al Mundial 2026, Uruguay aborda la elección del lugar de concentración con una mirada cada vez más sofisticada. Ya no se trata sólo de aislarse o de convivir, sino de optimizar tiempos, climas, traslados y contextos en un torneo que, por su escala continental, vuelve a poner la logística en el centro de la escena.
Porque en el Mundial que ya empezó a jugarse fuera de la cancha, elegir bien dónde dormir, entrenar y pensar puede ser tan importante como saber pararse en la cancha. Y como tantas otras veces en el fútbol de élite, también ahí, en silencio, se juegan los detalles.