En la cocina de su casa, lavando plato por plato de la cena, adelantando lo que se pueda para las rutinas del día siguiente, en una noche como cualquiera que no tiene modo de ser cualquier noche, Ezequiel aplaude, sonríe, canta y llora a Messi. Aplaude, sonríe, canta y llora a Messi como los miles que pueden ir al estadio Monumental para la última función celeste y blanca de Messi. Aplaude, sonríe, canta y llora a Messi como los millones de argentinos que también se suman al acontecimiento desde sus cocinas porque los bolsillos no les permiten pagar una entrada así, o porque resuelven transcurrir ese rato irrepetible con amistades, o por lo que sea, entre los encantos y los agobios de la existencia. O como otros millones que, en geografías distantes, no solo celestes y blancas, en Bangladesh o Serbia, canadienses o sin patria, latinoamericanos o africanos, miamenses o refugiados sin más refugio que el fútbol, en cocinas o en transportes o en las guardias médicas despiden a Messi con aplausos, con sonrisas, con cantos y con llantos. O como el hijo mayor de Ezequiel, apenas siete primaveras, pronunciador de la palabra Messi a partir de las horas en que balbuceó “mamá” o “papá”, que asiste a esa ceremonia social, colectiva, impactante y emocionante, entendiendo y sin entender que hay episodios durante los cuales la tierra tiembla sin temblar y ya nada será igual.
Nosotros, los Messi
A Ezequiel, que ahora anda por los 35, cuando no era padre, cuando acumulaba veintinada de cumpleaños, cuando solo era hincha de su equipo e hincha de Messi, le preguntaron cómo definiría a su generación. No tardó nada en responder.
–Nosotros somos los Messi.
Los Messi, los que crecieron con Messi como el mejor futbolista de todos los planetas, los que defendieron a Messi cuando a Messi no le terminaba de salir la gloria entera con la selección argentina, los que amaban por herencias al Diego, al Maradona mucho más que mítico, pero –qué se le va a hacer– habían nacido después del Diego y su prócer entre los próceres resultaba Messi, cada vez más Messi, cada vez más Messi porque incluso el Diego no paraba de reivindicar a Messi, enojado con los que lo despellejaban, un Diego vuelto voz de los Messi para defender al infinito Messi, el mismo Messi que, generoso, se encargó de enaltecer al Diego con los empeines y con la palabra. Por eso, la generación de los Messi, como la humanidad, pero más que la humanidad, ahora palpa una plenitud y un vacío.
Messi es inacabables cosas. Y, en especial, una extensa, cambiante y con frecuencia increíble época. Una época que concluye.
Los Messi de siempre y los Messi de ahora, en el estadio o por medio de incontables pantallas, se estremecen cuando Messi pisa el suelo de River, invariablemente jugando un fútbol estelar, contribuyendo con rayos de su sol único para vencer a Benín 3-0 y para meter su gol 126 con Argentina a través de un penal artístico, pero la circunstancia transcurre mucho más cerca de lo cósmico que de lo deportivo. El himno lo entona un excombatiente de Malvinas, la bandera súbita que reivindicó la argentinidad de Malvinas y que brilló en el Mundial último frente a Inglaterra también emerge, la Universidad de Buenos Aires lo erige doctor honorario, las gentes que le proclaman un chau largo y un gracias más largo no disimulan caras de tango, en el aire truenan cumbias y rock, en la garganta de Messi hay una memoria para su papá que murió hace nada y para los buenos y los malos momentos, el meganegocio de la pelota gira emblematizado en unas imágenes que salen de unos drones, los corazones no se rinden ante el meganegocio y se conceden sentir, una vez más, que ese tipo los hizo exactamente felices.
Messi sería extraordinario ya solo por parir a una generación que se autopercibe los Messi. Pero, como se ve en la cancha, como se respira en las cocinas de aquellos que lavan los platos y ordenan las rutinas del día siguiente, como asumen los ricos que únicamente guardan conciencia de ricos y los no ricos que atesoran conciencia de muchas más cuestiones, como se certifica en cada quien que aplaude, sonríe, canta y llora a Messi, Messi provocó algo más, algo sustentado en su genio y en su épica para llevar a su color nacional a ser campeón y subcampeón del mundo, campeón y campeón de América: Messi ensanchó a los Messi. Los Messi ya son la generación que lo gozó y lo defendió con fe y con rabia y son, además, mucho mucho, los que vinieron después, pibas y pibes que transitan de las tres décadas para abajo, que se visten de Messi en los bailes, en las dulces citas y en las oficinas, que lo saben su estrella rumbo a todos los rumbos que la vida les depare.
El fútbol, como todo lo que en la vida de verdad importa, es una esperanza o un recuerdo. Messi nunca paró de ser esperanza: alguien esperado para que suscite lo inesperado. Imposible no conmoverse con eso. Desde estos instantes, nunca parará de ser recuerdo, un hermoso recuerdo. De nuevo: imposible no conmoverse con eso.
Cuando haya o no haya platos para lavar y rutinas del día siguiente que organizar, cuando el partido del adiós se torne una leyenda que le narrarán los que hoy andan por las siete primaveras a su nietería, Messi perdurará hecho aplauso, sonrisa, canto y llanto. Ya lo paladea Ezequiel, que se reitera para adentro que será eternamente uno de los Messi, mientras su hijo lo mira con la mirada que habla cuando se tienen siete primaveras, como susurrándole “papá, te quiero: yo también soy los Messi”.
