El fútbol es cruel y hermoso a la vez. El hincha de Wanderers lo vivió en carne propia; el fin de semana pasado se fue del Paladino con la desazón de la derrota ante un rival directo. Pasó días sintiéndose descendido, queriendo cambiar todo. Realidad que contrasta con la alegría absoluta con la que se retiró del Centenario tras ganarle a Peñarol, sabiendo que está lejos, pero sintiendo que el milagro numérico de quedarse en primera puede ser realidad. En el cúmulo de festejos se escuchó: “Ya van a ver/ al bohemio en la copa otra vez”. Y si se da una cosa, también será la otra. Quieren todo.
La algarabía en el Prado fue grande, y en Sayago más, para los que se quedaron en el barrio y para los que venían emocionados desde Melo en la carretera con la cantora al oído luego de asistir al triunfazo ante Cerro Largo, que terminó siendo la victoria del campeón.
Dicen que la alegría va por barrios, pero esta vez llegó a dos a la vez. Son cercanos, quizás por eso. Algunos se fueron gritando “soy de Wanderers” y aplaudiendo a un plantel que dio todo. Otros se dieron abrazos inmortalizados en la memoria.
Ilusionaba
El primer tiempo se fue sin goles, pero con un entretenido andar, para contrarrestar el frío de la noche dominical en el estadio Centenario. Las bajas llevaron a que Diego Aguirre colocara un equipo con jugadores en sus puestos naturales, o posiciones en las que suelen jugar, como Franco Escobar de zaguero o Leandro Umpiérrez contra la banda, aunque su mejor versión sea por el medio.
Eso llevó al carbonero a mejorar la versión respecto a los últimos encuentros, donde todo había sido muy pobre. Además, los laterales se proyectaron. Por derecha avanzó Kevin Rodríguez, bien pegado a la banda, mientras que por la zurda se cerró Diego Laxalt para terminar por adentro, dejando el callejón para Gastón Togni.
Con movimientos tácticos y toques de primera, el aurinegro generó asociaciones y centros que no pudieron convertirse en situaciones de gol por fallas en el último pase o en la definición. No hubo ninguna gran atajada de Agustín Buffa, que controló con seguridad las que tuvo.
Wanderers hizo transiciones rápidas. Dejó tres puntas fijos que muchas veces quedaron mano a mano ante la defensa rival. Jugando directo, al contragolpe y con espacios, los del Prado tuvieron insinuaciones por la velocidad de sus atacantes. Los remates francos se fueron muy desviados.
Hubo poca marca –y juego– en la mitad de la cancha, donde la barrera estaba levantada para ir de un lado hacia el otro. Ese aspecto fue clave para divertir y dar sensación de que algo podía pasar en las áreas.
Corujo conducción
Para el segundo tiempo, Aguirre colocó a Franco González por Togni, amonestado. Peñarol perdió la estructura ya que el Cepillo también se centralizó. Volvió a ser un equipo que chocó reiteradamente con la defensa rival, que estuvo bien plantada.
Wanderers mantuvo su libreto y encontró el gol; Jonás Luna le ganó el mano a mano a Escobar, que debió cortarlo, pero lo dejó profundizar hasta que la pelota le llegó a Facundo Labandeira, que remató cruzado de forma perfecta, la pelota entró ajustada y desató el grito de ilusión en la tribuna América. Los bohemios llegaron en buen número, poniendo en hechos la canción que marca que en las malas mucho más.
Desde ahí la pelota la tuvo Peñarol, pero el trámite fue el que eligió Mathías Corujo. Los del Prado marcaron el ritmo del partido sin la posesión, esperando en campo propio y dejando mucho terreno del otro lado para explotar a velocidad. Así fue que Luna y Roque Ricca tuvieron chances propicias de anotar, pero contuvo Washington Aguerre.
Atrás, Nicolás Olivera y Fabricio Formiliano se fueron con chichones de despejar todo balón aéreo. El equipo de Aguirre, sin coherencia de juego, mandó balones por inercia, con el empuje de González y algún chispazo de Umpiérrez. Terminó siendo un descontrol, pero sufrió el partido atrás porque Aguerre quedó muy metido en el área como para salir a cortar los envíos largos, y tanto Mauricio Lemos, que terminó de delantero, como Escobar fueron lentos en el retroceso.
.