El fútbol en estas tierras no es un espectáculo solo para ser consumido como tal, es una liturgia de pertenencia que nos habita desde la edad de la inocencia.

Escribo esto como canario en esa acepción amplia y nuestra, pero deformada, porque canarios son los de Canelones, que entienden que la identidad se amasa en la plaza, en el campito al lado de la estación, en los bancos de la escuela, en el recreo del liceo o en la charla obligada de la panadería. Canarios somos todos los que entendemos que el pueblo se reconoce en sus colores antes que en sus leyes.

No es un dato menor, es un gesto fundacional.

Cuando llega el momento de la definición y el cielo sobre el estadio se enciende con esa aura casi mágica, el aire se vuelve perfume iniciático. Es el camino hacia la inmensidad de las luces de mercurio, un sendero donde el gurí camina de la mano del padre o el tío. Allí, bajo esas cuatro o cinco hileras de luces que encandilan el alma, el bautismo de pasión se renueva. En ese césped corriendo tras la gloria efímera están los vecinos, los futuros jefes, los suegros y los héroes mínimos que nunca serán tapa de diario pero que son leyenda en el mostrador.

Los vecinos, la familia, sus yernos, sus primos, sus compañeros de clase, sus lustrabotas, sus electricistas convertidos, en lo que dura un partido o un campeonato, o hasta quizá la efímera eternidad aldeana, en los íconos del pueblo, en héroes de la pelota, en nuestros maestros de la pertenencia, en profesores de la adhesión a la causa.

Por la vuelta

Llegamos a este desenlace nacional con la adrenalina fluyendo, reivindicando la vigencia de las ligas que sostienen el alma de este fútbol federal. Aun después del 1-0 de visitante de la blanca que junta futbolistas de clubes de la ciudad de Maldonado, de Punta del Este, y justamente de San Carlos, nada pero nada está definido en nuestro mundial.

Maldonado regresa a la gran cita tras 20 años de espera, rompiendo un largo silencio que dolía desde su última consagración en la temporada 2005-2006. Su andar ha sido el de una máquina sumando 12 triunfos en 15 partidos, con una potencia ofensiva de 44 goles y apenas nueve en contra. Logró la clasificación en el Landoni de Durazno haciendo valer el triunfo de la ida 2-1 para resistir con un empate a 0 cargado de tensión.

Del otro lado llega Salto, el departamento del fútbol, con sus 36 clubes divididos en tres divisionales, que representa la vigencia del Litoral Norte y la serenidad del que ya conoce el camino de las finales. Su recorrido fue de menor a mayor, acumulando siete victorias, tres empates y tres derrotas -la del sábado pasado, en la ida la primera en el Dickinson- con una defensa eficiente que solo recibió siete goles. Sellaron su pasaje sufriendo en Fray Bentos donde los penales y las manos de Nicolás Sánchez les dieron el pasaporte tras contener tres remates rivales. Es el choque entre la voracidad del que regresa y la serenidad de la permanencia.

Media copa vacía, media copa llena

La semana pasada el Dickinson no mintió, pues fue un partido de ajedrecistas donde la visita impuso su oficio. El drama se instaló temprano cuando a los 11 minutos el arquero Juan Manuel Lladó le contuvo un penal a Nicolás Arbiza, inyectando una dosis de autoridad que enfrió el ímpetu salteño. Maldonado, agazapado y ordenado bajo el cerrojo de Pablo Polenta y Damián Muñiz, administró los tiempos con una frialdad quirúrgica ante un Salto que tenía las ganas pero no encontraba el cómo.

En esta edición de nuestro mundial el sistema de videoarbitraje FVS ha dejado de ser una novedad tecnológica para convertirse en un protagonista determinante. A diferencia del VAR tradicional, su funcionamiento se basa en un esquema de desafío solicitado por los entrenadores, quienes disponen de dos tarjetas azules por partido para impugnar decisiones. El uso está limitado a situaciones específicas, como incidentes de gol, penales, tarjetas rojas directas o errores en la identidad de un jugador.

Su impacto en la primera final fue definitivo en el minuto 94 cuando ocurrió lo inexplicable. Nicolás Cáceres protagonizó una torpeza extrema con un puñetazo desleal y grosero desde atrás, que el sistema FVS dejó al desnudo frente a miles de ojos. Esto derivó en la expulsión directa del defensor salteño y en el penal que Facundo Suárez convirtió a los 96 minutos para sellar el 1-0 definitivo. Debido a la suspensión automática por la roja directa, Cáceres no podrá estar presente en la gran definición de este sábado en San Carlos.

El reglamento para la revancha establece que si Salto gana por la diferencia de un gol se producirá una igualdad en puntos y goles en la serie final. Al persistir la paridad tras los 90 minutos, se deberá jugar un alargue de 30 minutos para intentar quebrar el destino. En caso de que el empate se mantenga tras el suplementario, el campeón se definirá mediante tiros penales. Ganar por la mínima es para Salto el objetivo inicial para forzar la definición extra, pero para ser campeón de forma directa necesitaría ganar por más de un gol.

Nuestro mundial de tú a tú

El habla castiza de los carolinos será el vehículo inmediato para contarnos minuto a minuto lo que quedará por los años de los años. Ese telegrama, que casi por compromiso anuncia un partido de fútbol, perdido entre otras decenas de telepartidos que nos presenta la nueva normalidad, apenas consigna un encuentro de fútbol.

No habla nada de emociones, de interés, de ganas, de sueños, de gloria. No dice nada de esperas, de frustraciones, de generaciones poniendo ladrillo sobre ladrillo de expectativas para construir la realidad soñada. Puede ser una parte de contar esta historia. Hay otras.

Este sábado 18 de abril a las 20.00 el mundo empieza y termina en el estadio del Club Atlético San Carlos. Bajo el arbitraje de Cristian Bouvier, no habrá división de clases ante el alambrado de cinco hilos donde se reunirán el cura, el motoquero y el vecino, unidos por la liturgia de la tierra. Se apagan las palabras y queda el rito, porque esta final no es otra cosa que el espejo donde nos miramos para saber quiénes somos. Ellos, los que están ahí abajo, han perseguido este sueño tanto como el de probarse en Montevideo o pisar el centenario. Pero hoy el mundo empieza y termina en este estadio. Se apagan las palabras y queda el rito. Porque al final del día, esta final no es otra cosa que el espejo donde nos miramos para saber quiénes somos y por qué seguimos volviendo cada verano a este fuego eterno de la pasión del interior.

Que ruede la Panther.