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Despedida de la selección, el 5 de junio, en el estadio Emilio Tito López López de Pando. · Foto: Gianni Schiaffarino

Despedida de la selección, el 5 de junio, en el estadio Emilio Tito López López de Pando.

Foto: Gianni Schiaffarino

Al Mundial lo juega todo el mundo

Al amplio y largo Mundial de 48 selecciones, ¿por qué descalificarlo antes de verlo? | Deportivo Sentimiento.

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El envase de mi coherencia es, por lo general, distinto al que venden en las vidrieras de la web, en los micrófonos y en las exposiciones públicas. Es que mi coherencia no se parece tanto a la de aquellos y aquellas que expresan como un mérito el haber pensado siempre lo mismo de tal o cual cosa.

Mi coherencia, tal vez, sea al revés: es mi razón. Y eso articula ejercer el pensamiento crítico, la capacidad de cambiar una idea establecida por otra sin que ello implique, de ninguna manera, ser incoherente. Desde esa trinchera, la de dudar y mirar de frente, nos planteamos y trazamos hipótesis acerca de cómo resultará un Mundial de 48 selecciones.

Como no existe ningún antecedente de un mundial o torneo con 48 equipos, es imposible tener una opinión formada sobre este nuevo sistema de disputa. Sin embargo, tiendo a pensar —a riesgo de fallar cuando la pelota empiece a rodar— que puede ser una forma justa y ecuánime de darle competencia a buena parte de las naciones reconocidas por la FIFA. Que de las 211 que habitan el mapa del fútbol, casi una cuarta parte tenga su lugar bajo el sol rompe con el viejo monopolio de los de casi siempre.

La escuela de los mundiales

Conocí, sentí y empecé a querer el Mundial con apenas dieciséis seleccionados. Seguramente no pude haber seguido el desarrollo del Mundial de Inglaterra 1966, pero ya hice contacto con la importancia manifiesta de la cita internacional. Cuatro años después, en México 70, seguí el calendario con absoluta precisión; cada uno de los días de competencia bregaba por el mayor éxito de Uruguay, pero también iba descubriendo otras selecciones, ya fueran las más brillantes o las más desposeídas.

Para el 74 y el 78, sin dudas, el ejercicio de vivir el mundial ya estaba incluido en esos meses invernales, grises y de silencio por la dictadura que marcaba nuestras vidas. Para el del 82, el del primer gran salto a veinticuatro selecciones, me quedó la sensación de algo espectacular. Quizá se deba a que por esos días estaba estrenando un diploma con olor a tinta fresca; era un inexperiente comunicador que entraba en la maravilla del Mundial y, seguramente, eso promovió que la vivencia fuera tan gloriosa. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que también me generó —y seguramente nos generó a todos— una sensación de mayor justicia: que un torneo tan preciado contara, por fin, con más participantes, ensanchando la cancha para los que casi siempre la miraban desde afuera.

Cuando por fin, después de 12 años, Uruguay clasificó a México 86, ya comencé —periodísticamente, pero fundamentalmente desde la razón y la emoción— a señalar que aquello se trataba de la fase final del Mundial. Conceptualmente ya había entendido que la Copa del Mundo comenzaba con el primer partido de lo que en ese momento conocía como eliminatoria, sin saber que, con un buen tinte comercial y positivo, desde la FIFA se pasaría a llamar clasificatoria hacia la fase final.

En ese Mundial de México, con 24 participantes, Uruguay estrenó su clasificación angustiante como uno de los mejores terceros, jugando todo el partido con diez futbolistas debido a la expulsión, a los pocos segundos de empezado el encuentro, de José Charly Batista por parte de un juez francés, Joël Quiniou, cuyo nombre, para tres millones de orientales, quedará siempre en el infierno. Fue ahí que conocimos el beneficio del mejor tercero.

Lo mismo sucedió en Italia 90, aunque de una manera absolutamente distinta, en el primer Mundial que pude cubrir con Uruguay en la cancha: aquella magnífica selección de Tabárez pudo acceder a la siguiente fase con el agónico gol de Daniel Fonseca ante Corea, clasificando también como uno de los mejores terceros para terminar cruzándose después con Italia. Así transcurrían los campeonatos con 24 participantes hasta que, después de faltar a Estados Unidos 94 y también ausentes en Francia 98, se inició el ciclo de las 32 selecciones que llegaban a la fase final del Mundial.

Todo tiempo pasado fue pasado

Francia 98 abrió la tranquera para el formato de 32 selecciones, un molde que nos acompañó durante siete mundiales y que terminó de consolidar al fútbol como esa gigantesca vidriera global. Sin embargo, la ausencia de Uruguay en ese estreno y la posterior frustración en las eliminatorias nos hicieron mirar ese cambio de reojo, casi como convidados de piedra a una fiesta que se ponía cada vez más opulenta pero que nos cerraba la puerta en la cara.

Fue recién con el cambio de siglo, y en especial con el proceso que devolvió a la celeste a los primeros planos, que terminamos de naturalizar ese ecosistema de treinta y dos. Un sistema que parecía inamovible, perfecto para el negocio de la televisión pero que, a su manera, mantenía una lógica de competencia feroz donde cada partido de la fase de grupos se jugaba con el cuchillo entre los dientes.

Estoy seguro —aunque mi memoria no me permita aseverarlo tajantemente— de que cuando se dio el salto a las 32 selecciones, una de cada seis naciones afiliadas a la FIFA habrá puesto el grito en el cielo, sosteniendo que se minimizaba y se perdía jerarquía en la competencia con tantos participantes. Sin embargo, tengo la certeza de que no son tantas las que protestan y, además, el convencimiento absoluto que me dan cuarenta años de profesión y casi sesenta de pisar las canchas y los estadios del mundo: la competencia es la mayor garantía para obtener el mejor premio.

Entonces, si con 32 en aquel momento se le daba la oportunidad a una sexta parte de las federaciones del planeta, con 48 ahora —y volviendo al principio, aun antes de ver cómo se edifica este nuevo escenario— creo firmemente que la competencia será buena, que no perderá jerarquía y que le abrirá la posibilidad a decenas de pueblos de participar en lo que realmente es una de las mayores fiestas del mundo entero.

Haciendo números

Es absolutamente cierto que, al no haberse jugado nunca una competencia de 48 selecciones, no poseemos antecedentes cercanos como para emitir un juicio de valor respecto de la calidad y el desarrollo del campeonato. Sin embargo, conviene detenerse en algunas cuestiones; por ejemplo, en la cantidad de partidos que se disputarán y en cómo esa matemática afecta o enriquece la estructura del torneo.

Desde el punto de vista de los equipos participantes, tanto los que cargan con un rico historial mundialista como aquellos que debutarán en los próximos días, el cambio es mínimo: individualmente, solo se agrega un partido en todo el camino necesario para llegar a la final. Vayamos al caso concreto de la última cita: Argentina y Francia jugaron siete encuentros para definir el título. Ahora, quienes alcancen la final de este Mundial jugarán ocho partidos. La diferencia, mirada desde ahí, no pesa en absoluto, ni en lo que respecta al desgaste físico de los futbolistas ni en lo que tiene que ver con la devaluación del interés de los espectáculos, dado que las instancias de eliminación directa, el clásico mata-mata, apenas pasan de cuatro a cinco partidos a todo o nada para quienes disputen la copa o se queden a pelear por el consuelo del tercer puesto.

Ahora revisemos otros números también relativos a la cantidad de partidos, pero en términos generales. Al agregar dieciséis seleccionados más para conformar doce grupos de cuatro equipos, se suman veinticuatro encuentros en esa primera fase. Por otra parte, la instancia de dieciseisavos de final no se había jugado nunca; por lo tanto, esos dieciséis partidos también se incorporan al calendario absoluto del torneo. De manera que la estructura de este Mundial con 48 selecciones se incrementa en cuarenta juegos más, lo que, planteado así, puede resultar un dato impactante. Pero recordemos: cada seleccionado —que en definitiva es lo que importa— solo jugará un partido más.

Tal vez podamos inferir que, para el negocio en su concepción general, todo lo que se pueda comercializar —empezando por la televisión, las entradas, el merchandising y lo que sea—, esos 40 partidos extra tienen plena incidencia en la economía de la FIFA y, subsidiariamente, en aquellas selecciones que, si el Mundial fuese solo de treinta y dos, mirarían la fiesta por televisión y que ahora reciben un oxígeno económico vital para sus estructuras de base.

Es muy elitista pensar y exponer que, con tal cantidad de participantes en el Mundial, hay varios equipos que pasan a ser relleno o comparsa, o que al clasificar tantos baja absolutamente la capacidad de juego de muchos seleccionados y, en definitiva, decae el nivel de la competencia en sí. Esta afirmación, que ha quedado establecida muchísimas veces por generadores de opinión pública que no desarman su pensamiento para argumentar ante la masa crítica, carece de fundamentos valederos.

Mientras tanto, los nuevos clasificados —apenas unos poquitos más de África, Asia y, coyunturalmente, de la Concacaf por tener a tres de sus federaciones como organizadoras— han dejado fuera de competencia a renombrados equipos históricos, incluso con el antecedente de ser campeones mundiales, como Italia, lo que echa por tierra la teoría del menor valor. ¿Cómo fue que seleccionados supuestamente de poca valía pudieron dejar fuera de una fase final a otros de gran estirpe? Entonces, ¿no será que esos equipos a los que el enorme prejuicio descarta de entrada están en un momento tan bueno o mejor que los que miran el torneo desde afuera?

El mostrador de la vida y la vereda se encargan siempre de desarmar esa soberbia de pizarrón. Cuando el escolar que va a hacer el mandado o el laburante que camina por la calle descubren que la pelota rueda igual de redonda en Nápoles que en el rincón más postergado de África, el fútbol vuelve a ser lo que siempre fue: una tensión dramática elemental donde los prejuicios no juegan.