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Hinchada de Argentina, el 15 de junio, en Kansas City. · Foto: Juan Mabromata / AFP

Hinchada de Argentina, el 15 de junio, en Kansas City.

Foto: Juan Mabromata / AFP

Argentina y la pregunta de si repetir es posible

El debut de los albicelestes, los últimos campeones.

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Una mujer de pulóver grueso y esperanza gruesa mira el cielo de Buenos Aires con los ojos llenos de pasado y de futuro. Hacia atrás en los almanaques, enfoca un clima sin nubes y con certezas: el final de la primavera de 2022, un sol capaz de iluminar hasta a las cavernas del alma y la camiseta 10 de Lionel Messi enfundando millones de cuerpos, porque esta ciudad es de fútbol y Argentina acaba de salir campeón del mundo en Qatar. Hacia el porvenir, asume que no queda otro remedio que adaptarse al frío, revisa el fixture del Mundial 2026 para certificar que pocas tentaciones son tan abrazables como ir por otra fiesta y se pregunta imparablemente si esa hazaña es de verdad posible.

Confianza y moderación

Tanto en Dallas –donde la selección argentina se aloja– como en Kansas –donde debutará frente a Argelia este martes a las 22.00–, Lionel Scaloni irradia moderación y confianza. Es su sello desde que, para asombro de cada erudito futbolero, se hizo cargo del equipo nacional en la segunda parte de 2018. La confianza se liga con que, contra mil pronósticos, en las canchas de Qatar tornó en fiesta lo que parecía imposible. La moderación se afinca en que las condiciones son heredadas pero no idénticas: 17 de los reyes de 2022 integran la nómina que pisa el norte de América, Messi cumplirá 39 años la semana próxima, escasos pibes surgidos de la siembra noble de los pastos argentinos se consolidaron en esta era como para calzarse la celeste y blanca (Nico Paz, aun con inconvenientes físicos, es el mejor de la generación naciente), no hubo amistosos frente a rivales de relieve y, sobre todo, una saga impiadosa de lesiones azotó cuerpos que vienen de sudar durante toda una temporada (Dibu Martínez, Nicolás Tagliafico, Cuti Romero, Nahuel Molina, Gonzalo Montiel, Julián Álvarez).

“Puedo darles tranquilidad. Es un partido de fútbol. Tenemos la experiencia del otro Mundial de que no todo se acaba en el primer partido. Estamos bien, estamos tranquilos, vamos a afrontar a un buen equipo con muy buenos jugadores. Estamos bien, confiados, y llegamos en un buen momento”, abrevió Scaloni en la última de sus conferencias de prensa, con más carga visceral que táctica o estratégica porque, por ejemplo, se topó allí con el gran goleador Martín Palermo, un excompañero al que admira. Y disipó la más mínima conjetura sobre aburguesamiento: “Estoy igual o peor que la primera vez; me voy emocionando cada vez más. Así es nuestra cultura y está bien que así sea”.

Como sucede desde hace dos décadas, este planeta saturado de pantallas apuntará a Messi. Disputará su sexto Mundial, luego de aquel lanzamiento con gol y todo en Gelsenkirchen, Alemania, cuando ingresó en el rato de cierre de la goleada 6-0 sobre Serbia y Montenegro. Con chispas incomparables pero con la casaca sin prosapia de Inter Miami, sus años recientes acontecieron fuera de los torneos más exigentes. ¿Importa eso si el protagonista es un genio? “Todos quieren verlo dentro de la cancha, quieren verlo jugar. De mi parte, será así. Siempre para nosotros ha sido fundamental, y ahora mucho más. Se lo ve bien”, informó en su conferencia Scaloni, al aludir a alguna molestia física de su capitán en el epílogo de la campaña con su equipo. Lo extraordinario consiste en el reto de Messi. No solo surcará el césped para medirse con los muchachos que luzcan otras camisetas, sino que confrontará con algo que siempre fue tema para la literatura: su objetivo, en los días de sus 39 junios, es vencer al tiempo.

La mujer del pulóver grueso y de la esperanza gruesa oye con cierta avidez a Scaloni con la memoria lejana de dos comienzos de junio que la alertan. En las dos ocasiones a las que Argentina acudió como campeón se estrenó con derrota. El 13 de junio de 1982, con la consagración de 1978 en sus alforjas, cayó 1-0 frente a Bélgica; el 8 de junio de 1990, con la alegría de 1986 como antecedente, perdió 1-0 con Camerún. La historia, desde luego, nunca es predeterminable y hay herramientas para creer que, contraviniendo el dicho, habrá dos pero sin tres. De cualquier manera, también arrancó frustrante Qatar, con un tropezón 1-2 ante Arabia Saudita, y el desenlace fue la gloria.

Argelia archiva un triunfo sobre Países Bajos en su ruta más próxima hacia este Mundial y no llega con voluntad de solo pasear en el grupo que comparte, además, con Austria y Jordania. No hay frondosidades en su lazo futbolero con Argentina, pero guarda lo que casi nadie. En julio de 1963, cuando su selección llevaba apenas un año de actividad, jugó contra Egipto de local. Un argentino, hincha de Rosario Central, empecinado deportista para vencer los límites de sus bronquios, pisó el estadio y se llevó una ovación. De viaje en representación del gobierno revolucionario cubano, era Ernesto Guevara.

La esperanza gruesa

Difícil que la mujer del pulóver grueso y de la esperanza gruesa aguarde ahora por un ómnibus, de retorno de un empleo de salario magro, con ese trazo del Che en su cabeza. Más probable es que, entre el pasado y el futuro, abrigue aún las emociones de una sociedad sacudida por las muertes sucesivas de un líder poético como el Indio Solari y un emblema de la vida como Taty Almeida, Madre de Plaza de Mayo. Incluso con los cuestionamientos que parte de la sociedad, al compás del planeta, efectúa hacia un Mundial en el que el presidente estadounidense, Donald Trump, amarra la pelota como si fuese un juguete suyo y no de los pueblos, el fútbol es, en Argentina, un refugio, una identidad, un lugar de pertenencia que nuclea en la etapa que sea y, más todavía, en una edad de demasiados desamparos para demasiadas gentes.

Debe de ser por eso que, al desembarcar en su hogar, la mujer puede perseverar en la esperanza gruesa pero quitarse el pulóver grueso. No andará desabrigada. Abajo luce, como tanta patria, la 10 de Messi.