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Deporte Fútbol
Kevin Amaro, de Liverpool. Foto: Rodrigo Viera Amaral (archivo, mayo de 2026)

Kevin Amaro, de Liverpool. Foto: Rodrigo Viera Amaral (archivo, mayo de 2026)

Intermedio: Liverpool ganó en Florida 1-0

Boston River extendió su promesa de empate hasta el final, pero no se cumplió.

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A la hora de los programas de chismes, de horóscopos o de unos maníes calentitos, Liverpool, jugando de visitante en el Campeones Olímpicos de Florida, derrotó 1-0 a Boston River –gol de Lucas Acosta en el primer tiempo– y sumó su primera victoria en la tercera fecha del Intermedio, en el grupo A, quedando a mitad de tabla con cuatro unidades.

La procesión va por dentro

Un partido perdido un lunes a las tres de la tarde en Florida, en la semana de su fiesta civil, religiosa pero laica, de San Cono, no representa más que el interés de unas cien personas que, restringidas por la escasa acción del sol –el poncho de los pobres–, chupan frío en el estadio mientras atienden lo que está pasando en la cancha.

El silencio del Campeones Olímpicos se quiebra apenas por el grito de algún director técnico, un zaguero que aletea con las manos pidiéndoles a sus nueve compañeros delante de él que salgan y liberen esa zona de guerra, o el impacto seco del cuero sintético de la Adidas o de la Puma Borussia contra el pasto, mientras la gente se debate entre la devoción pagana de la feria callejera del santo del 3 y la subsistencia cotidiana, esa que obliga a estirar el sueldito para el pan y el fiambre.

El fútbol uruguayo resiste en ese cruce: la tensión dramática de 11 tipos que corren detrás de la globa frente a tribunas semivacías, donde la resistencia al invierno que asoma es el único lazo comunitario visible antes de volver al liceo o a retomar el mate recontralavado y arrancar para los puestitos de la calle Rodó, que por diez cuadras rodean y venden con el Cono de Teggiano que llegó a Florida junto con los tanos napoli-tanos, palermi-tanos, salerni-tanos del sur, que se venían a hacer la América a fines del siglo XIX. Ahí también venían mis tatarabuelos, los que llegan a este pedazo de papel escrito en otro sur, helado, el del Campeones Olímpicos, a causa de un partido de fútbol entre dos equipos de Montevideo, aunque uno de ellos se embarca cada dos semanas a hacerse la Florida.

Pregunte, vecino, que no molesta

El partido arrancó de buena manera, con diez minutos de movimiento de un lado para el otro, pero con una incidencia superior de la calidad de los ataques de Liverpool, que se fue incrementando conforme pasó el primer cuarto de hora de partido. El incremento de los ataques negriazules fue marcado, por lo tanto, era esperable que llegara el gol de la diferencia, que se presentó en el Campeones Olímpicos a los 22 minutos, cuando, luego de un tiro libre lejano y una pelota que parecía definitivamente rechazada, esta llegó a la medialuna, donde el varelense Lucas Acosta controló con la pierna izquierda y, tras un giro, sacó un derechazo cruzado que venció a Bruno Antúnez para decretar el 1-0 para Liverpool.

Después del gol, la diferencia de Liverpool fue absolutamente notoria, con la posibilidad, incluso, de haber generado algún otro tanto. Sin embargo, también quedó marcada en la libreta de apuntes una llegada de Boston River que provocó un desencuentro defensivo: la viveza de Francisco Bonfiglio terminó haciendo que se quedara con la pelota allá en el área grande frente a la salida de Mathías Bernatene, pero, a pesar de tener solo el obstáculo del golero de Liverpool, el delantero argentino no pudo llegar a marcar lo que hubiese sido el empate.

En la segunda parte, así como el frío empezó a apretar, también lo hizo Boston River, que, desordenadamente, empezó a cargar sobre el arco de Bernatene, aunque Liverpool mantenía su impostura en el campo e intentaba generar transiciones rápidas y potentes para anotar el segundo gol. Ya no estaba Kevin Amaro, que se había quedado en el vestuario en el entretiempo –por él entró Facundo Perdomo–, y el equipo se volcó más hacia la izquierda con el encuentro de los floridenses Romero y Barceló, alimentados por las moñas a borbotones y enredadas de Ramiro Degregorio.

Aguantando el mostrador

El acoso de Boston River se volvió más dramático, y el calor del juego en la cancha contrastó con las manos congeladas de las cien personas que aguantaban en la tribuna –16 de ellas eran la hinchada particular de la familia y amigos de Facundo Barceló–.

Se fue incrementando una sensación un poco rara, en tanto parecía que Liverpool podía y debía ganar el partido, mientras Boston River generaba algunas acciones que perfectamente podían haber terminado en el empate. Como aquella en la que Bernatene, ante el cabezazo, metió una mano perfecta, o la que le quedó a Facundo Muñoa más adelante y, en la definición, la tiró apenas por encima del travesaño.

Al final, cuando todo debía estar resuelto pero nada lo estaba, ingresó Martín Rabuñal –el mejor eje central, o uno de los mejores de los que juegan el Uruguayo–, que extrañamente no fue titular y capitaneó, literal y metafóricamente, a su equipo, que estuvo cerca de encallar, pero salió airoso con los tres puntos.