Minuto 79 en Natal, todos los ojos del mundo se clavaron en el hombro izquierdo de Giorgio Chiellini, mientras el goleador histórico de la selección uruguaya en el piso cubría sus dientes con sus manos, en señal de dolor. En el decisivo partido del grupo D de la Copa del Mundo de Brasil 2014 entre Uruguay e Italia, con el marcador 0-0 y a 11 minutos de finalizar, Luis Suárez mordió el hombro de su rival dentro del área italiana.
Lo mismo había sucedido en 2013 en un partido de Premier League entre Liverpool y Chelsea, con resultado adverso para el equipo de Luis, 1-2. En el minuto 65 Suárez recibió el balón en el área rival, pero no pudo superar al defensor Branislav Ivanović. En el forcejeo posterior a perder la posesión, Suárez mordió la parte superior del brazo derecho de Ivanović. Y anteriormente, en 2010, en la Eredivisie holandesa, a minutos del final del partido entre Ajax y PSV, el delantero mordió abruptamente al mediocampista rival Otman Bakkal en la clavícula izquierda.
Sin embargo, Suárez participó en más de 860 partidos a nivel profesional y recibió una sola roja directa y una expulsión por doble amarilla en toda su carrera. Entonces, ¿qué pasa por la cabeza de un jugador que rara vez fue expulsado, pero repite el mismo acto antideportivo tres veces?
En diálogo con la diaria, la doctora en Psicología y directora de la Maestría en Psicología de la Salud y el Deporte de la Universidad Católica del Uruguay, Verónica Tutte; la psicóloga clínica, doctora en Psicología y docente de la misma maestría Estefanía Malan, y Mario Reyes-Bossio, investigador y docente en psicología deportiva de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, analizaron un paper firmado por Zhao Zhang y Shaoran Yu, de la Universidad del Deporte de Chengdu y publicado en Frontiers in Psychology.
Titulado algo así como “Del conformismo a la pérdida de control: mecanismos psicológicos en los incidentes de mordida de Suárez y el desarrollo del modelo SDA”, el artículo de Zhang y Yu busca instaurar un modelo conformado por elementos de otras teorías ya legitimadas en la psicología del deporte. Con recaudos académicos y científicos, los tres investigadores recorrieron la metodología aplicada, el paradigma que buscan validar y compararon el caso Suárez con otros de conocidos deportistas de otras disciplinas.
En criollo
De arranque, Tutte cuenta que Frontiers in Psychology es una revista importante, de renombre a nivel científico, y que “no cualquier artículo entra ahí”. Sobre el artículo, anticipa que “utiliza a Suárez de forma anecdótica”, porque los autores “quieren proponer un modelo teórico nuevo y se apoyan en su ejemplo como personaje reconocido”, y aunque “analizan las situaciones de juego en las que él participó y los diferentes momentos deportivos, no es la intención del artículo analizar la personalidad de Suárez o dar un diagnóstico de su comportamiento”.
Por su parte, Malan acotó que le llamó la atención que fuera realizado por una universidad china, puesto que allí “se están estudiando bastante los comportamientos agresivos en el deporte”, en pos de teorizar sobre “cómo podemos generar los psicólogos del deporte algunas variables protectoras que nos ayuden a poder prevenir estas conductas agresivas o violentas”, argumentó.
Estos investigadores chinos proponen un nuevo modelo teórico que se detiene en un momento puntual, al que podemos llamar “de quiebre o agotamiento”, continúa Tutte, y “evalúa cómo una situación de desgaste y de presión puntual alta lleva a una reacción límite instintiva” y lo “ejemplifica a través de Suárez, a través de la mordida”.
“Me interesa el desafío de traducir el lenguaje académico al público, sin importar a qué se dedique o qué sea, o sea, porque es parte del desafío de la aplicabilidad del conocimiento”, adelanta Malan, y se dispone a explicar paso a paso el incipiente modelo teórico: “El modelo teórico que ellos proponen se basa en dos modelos teóricos de la psicología. Por un lado, tenemos el modelo del autocontrol, que es la capacidad que tenemos las personas de suprimir o de inhibir los impulsos internos, innatos, que difieren de una gratificación inmediata”.
“Plantean que la agresión se da a través de lo que se llama el agotamiento del ego, un agotamiento de los recursos de autorregulación. Aunque el individuo intenta adherirse a las normas sociales, sucede el desgaste de ese recurso de autorregulación y como consecuencia se genera la conducta agresiva”, continuó.
Por otro lado, la doctora en Psicología detalla otro modelo del que se tomaron prestados algunos conceptos: “El modelo de inversión, que analiza motivaciones individuales, es decir, se basa específicamente en la motivación, pero sobre todo enfatiza mecanismos que son impulsores a conductas o actividades específicas: se pregunta qué motivaciones son las que orientan las conductas que los individuos tienen, cómo cambian esos estados motivacionales y cómo un ‘giro’ puede gatillar conductas diferentes frente al mismo estímulo”.
Con conceptos de ambos modelos, proponen uno nuevo con las siglas SDA, que corresponden a estrés, agotamiento y agresión (por sus siglas en inglés stress, depletion, aggression).
Sean los orientales tan ilustrados
Para llegar a esa ecuación, los investigadores robustecieron el marco teórico con esos modelos y procedieron a diagramar un modelo nuevo. “La diferencia con los modelos que combina es que además integra factores, tanto fisiológicos y neurocognitivos como motivacionales, abarcando lo físico, lo cognitivo y lo emocional. Intenta dar una explicación más completa de lo que puede estar pasando en el individuo en una situación de agotamiento y estrés que puede llevar a la agresión”, argumentó Malan.
Un engranaje simple que se activa con los condimentos característicos del deporte de alto rendimiento: los estresores. La chispa que inicia el ciclo, según esta teoría, son los estresores, tanto internos como externos: el artículo menciona ejemplos como la presión vivida en el partido, los minutos de juego, las características técnicas propias del deporte, el resultado hasta el momento o la falta de logros personales dentro del partido.
“También hay mecanismos fisiológicos, internos, como el cansancio, el agotamiento, el dolor corporal, además de los estresores internos a nivel cognitivo, como la ansiedad, la bronca, la ira o la frustración de que lo planificado para un partido no está saliendo, de que el rendimiento esperado no se alcanza, y la ansiedad empieza a jugar una mala pasada”, aportó Malan.
En este caso, usan como ejemplo las situaciones de mordida de Suárez en el terreno de juego. El punto de partida es el estrés, generado, en cada partido, por diferentes estresores, lo que lleva a un agotamiento que, según los autores, disminuye el control inhibitorio y altera las prioridades emocionales; ese autocontrol o inhibición de conducta empieza a fallar, se altera la motivación por completo y luego viene la agresión: morder al rival.
“Metodológicamente está bien estructurado, es una nueva mirada cualitativa desde la teoría del modelo SDA, aunque es un primer estudio de abordaje de esta mirada y se basa en un caso único, lo que no permite generalizar”, advirtió Reyes-Bossio, y señaló que “es válido el diseño metodológico de caso único, pero en caso de pretender aplicarlo a otras instancias, se necesitarían otras validaciones, que pueden ser incluso de otras disciplinas”.
No estás solo, Lucho
Los entrevistados latinoamericanos encontraron fácilmente similitudes con casos de deportistas que en algún momento de sus carreras explotaron y cometieron un acto antideportivo, como Zinedine Zidane en su último partido como futbolista profesional, también en la Copa del Mundo y contra la misma Italia ocho años antes que Suárez; Mike Tyson, con la mordida en la oreja derecha de Evander Holyfield, o incluso cualquier tenista que rompe raquetas, entre los que nombraron al exitoso Novak Djokovic, que ha roto más de 60 raquetas a lo largo de su carrera.
Lo importante es que los profesionales siempre hablaron de hechos puntuales generados por el estrés, puntos de quiebre o agotamientos excepcionales que generaron agresiones. Es decir, no forman parte de las características o rasgos de personalidad; no quieren etiquetar a los deportistas, ni a Suárez, como agresivos. De otra manera lo explica Reyes-Bossio: “Nosotros trabajamos en la prevención, pero hay momentos en que superan esos mecanismos. Lo he conversado en algún momento con Isabel Balaguer, psicóloga de Carlos Alcaraz, presente y futuro del tenis mundial: un evento de naturaleza agresiva no determina el comportamiento de todo el deportista, ni lo hace un carácter de su personalidad”.
“Estos autores quieren poner a prueba el modelo, quisieron publicarlo y después se tendrá que comprobar”, sostuvo Tutte. Los tres profesionales vinculados a la psicología coincidieron en destacar que los investigadores chinos evidenciaron un debe en el diseño de su modelo: “Analizan modelos teóricos en base a cuestiones post hoc, o sea, en base a acontecimientos que pasaron mucho antes, y los registros que analizan o interpretan son registros de la situación del momento, lo que significa una limitante”. “Utilizaron imágenes de situaciones, pero no tienen un instrumento de medida para poder constatar este fenómeno, a diferencia de otros modelos teóricos, como el de carga mental, que tienen su cuestionario correspondiente”, fundamentó Tutte.
Para Malan no basta con “esos mecanismos psicológicos en tiempo real, que ocurren durante el desarrollo del partido o de los partidos”. “Uno puede recabar información o intentar interpretar o hasta analizar determinada conducta, hecho o cognición, pero a través de los registros disponibles; en tiempo real no se aplicó, ni se midió, para ver el estado psicológico en el momento”. Ante la falta de medición de evidencia, Malan coincidió con Reyes en que “nadie más que el mismo Suárez va a poder sacarnos las dudas de qué sintió en esos momentos”.
Esta es “una de las grandes limitantes que noto en este artículo, pero también en la investigación, sobre todo en psicología. La mayoría de las investigaciones que nosotros hacemos son ex post facto, o sea, luego del hecho ocurrido, porque obviamente no sería ético provocar un hecho para después analizar”, aclaró la psicóloga clínica.
En general, prosiguió Tutte, “los modelos consolidados, además de componentes teóricos, suelen tener instrumentos de medida que los pongan a prueba. No es el caso de este modelo”. De todas maneras, el enfoque original “es que se para en un momento muy puntual, que es cuando el jugador entra en una crisis; si lo comparamos con las mediciones físicas, sería analizar el momento justo de agotamiento físico cuando el jugador tiene un calambre”, asemejó.
Parte del juego
A esta altura, comenzamos a debatir sobre el rol del psicólogo deportivo en varias aristas. Por ejemplo, Tutte contrastó que, aunque el modelo se pare sobre momentos puntuales de estrés en un evento deportivo, el rol del psicólogo “es enseñar herramientas, darle al deportista recursos psicológicos, generar un soporte psicológico que evite llegar a esa situación límite”. “Yo no trabajo para que el jugador pueda resolver una situación puntual, sino para que pueda regular su emoción y nunca llegar a sentir que no tiene opciones”, sentenció.
Reyes-Bossio, por su parte, manifestó que muchas veces se naturaliza la agresión como parte del juego; “en algunos deportes está previamente instituida o en parte normalizada, como en el hockey sobre hielo”. Por el contrario, contó que “hay estudios que se encargan de desmitificar esa figura y comprueban que no por ser deportes de contacto o de combate vuelven a sus deportistas personas agresivas. Incluso en artes marciales, como el karate o el taekwondo, pueden establecer que no incitan a la agresividad, sino más bien al autocontrol”.
Sin embargo, en el tenis, a pesar de no ser un deporte de contacto, se pueden apreciar conductas agresivas, como agarrar la raqueta y romperla para liberar el enojo o la frustración. “También puede ser gritos, agarrar una toalla y doblarla 20 veces para canalizar esa frustración o agresividad. El objetivo en el que trabajamos nosotros como psicólogos es que cuando el deportista haga esa expansión o conducta agresiva, no se haga daño a sí mismo ni a la otra persona”, aportó el psicólogo peruano.
“Es como darle un armazón emocional al deportista, no tips concretos para que sepan resolver una situación puntual”, acotó Tutte ante el ejemplo de Reyes-Bossio sobre Simone Biles, quien en la previa de los Juegos Olímpicos declaró “no competir más, no poder con todo lo que estaba cargando”. Porque no nos podemos olvidar de que en el deporte de alto rendimiento la exposición mediática y las expectativas de terceros son moneda corriente. Hay que aprender a lidiar con ellas.
No se acaba la rabia
Malan invita a analizar, más allá del paper de sus colegas investigadores asiáticos, qué pasó con Suárez una vez que mordió y cómo lo trataron: “El ámbito del deporte de alto rendimiento es tan mediático que cualquier conducta, y más si es desinhibitoria o no muestra una correcta autorregulación, expone a la persona completamente”, profundizó, y añadió: “Termina siendo también violenta o agresiva la manera en que se trata esa conducta, porque expone y vulnera a la persona, en vez de darle herramientas”.
“Estamos de acuerdo con que es un comportamiento antiético, negativo e injustificable. El tema es qué es lo que nos llevó a hacerlo y cómo podemos reparar ese comportamiento. ¿Cómo ayudamos al deportista para que no se vuelva a dar? En el caso de Suárez, ¿tuvo contención y reparación?”, cuestionó.
Según ella, la psicología del deporte “no va a buscar justificar conductas, sino darles una explicación para poder atenderlas y ver cómo generar mecanismos o recursos de protección y de prevención de otras variables que son más negativas, como puede ser el agotamiento, el estrés crónico, la agresividad, la falta de control inhibitorio, la ansiedad competitiva y tantas otras más”.
Para comenzar a acompañar una situación así, Tutte dice que es esencial “no encasillar al sujeto que agredió como un villano”, al tiempo que para Malan hay que apuntar a trabajar “los estresores y disminuirlos para cortar ese ciclo de SDA sin llegar a la agresión, y brindar herramientas que permitan generar la reparación emocional”.
Último modelo
Entre los tres latinoamericanos aportaron mejoras para consolidar el modelo en cuestión.
“Los estresores internos son cuestiones totalmente individuales, que no se pueden evaluar con la observación del video y la situación del partido. Es necesario algo más cualitativo, interno, del sujeto estudiado. Los datos nos generan un aporte cuantitativo que está espectacular, pero lo cuantitativo siempre necesita el desarrollo cualitativo para poder entenderlo”, señaló Malan, que además sugirió la implementación de un modelo mixto “en donde se integra tanto la prueba desde lo cuantitativo como también lo cualitativo, para lograr un aporte que sea mucho más enriquecedor al momento de generar el conocimiento”.
Reyes-Bossio se anima a soñar un paso más, y aporta: “Yo le sumaría algunas evaluaciones sobre aspectos bioquímicos, de cortisol, o aspectos más científicos, para poder ver qué parte del cerebro se va estimulando dependiendo de las situaciones de estrés o de cólera, y de esta manera poder evaluar para darle más sustento”.
Tutte y Malan coincidieron en que un estudio de caso único, y una interpretación que se hace incluso años después, es muy difícil de trasladar a una generalización. “Sí me parece un gran puntapié para que este modelo explicativo que ellos dan, y que intentan obviamente llevar al mundo académico, se pudiera replicar, quizás ante otras conductas, o ante otras cogniciones o emociones, como para ver si también aplica”, acotó Malan.
En conclusión, los profesionales de la salud mental coinciden en que el modelo SDA ofrece una mirada integradora: articula factores internos y externos, conecta lo fisiológico con lo neurocognitivo, lo motivacional y lo emocional, y aporta un marco más completo para entender cómo, bajo presión, se puede quebrar el autocontrol y que aparezca una agresión puntual en deportistas que no son habitualmente agresivos. Más allá de que el modelo se presente al mundo de la mano de las mordidas de Suárez, y vuelva una y otra vez sobre los peores episodios de la carrera del 9 salteño, todavía necesita investigaciones más profundas y sistemáticas si aspira a ganarse un lugar estable en la comunidad científica.
