Los 23 de julio, desde hace ya 31 años, han pasado a ser una fecha tan significativa en mi vida como mi cumpleaños, los de la familia u otros eventos que quedaron marcados a fuego en mi alma. Antes de que llegue el día, algo me avisa; una suerte de alarma o de despertador interno me advierte que la fecha se viene encima y que debo agradecer, como cada año, a aquellos que me dieron la gloria de ser campeón de América con medalla y todo. Cada 23 de julio no solo me conmociono por el recuerdo de lo vivido en el estadio Centenario, sino por toda la construcción humana de aquella competencia: los largos días de concentración en Los Aromos, las estaciones de cada uno de los partidos, los viajes en el ómnibus hacia el estadio y, fundamentalmente, esa última ida hacia la final, con la gente apiñada en cada kilómetro, en cada cuadra, saludando a los deportistas que iban por un título más. Eso es completamente inolvidable; recuerdo cada tramo, cada saludo con miles y miles de compatriotas convencidos de que la hazaña una vez más se consagraría con la celeste.
100 años de fútbol
Un siglo de fútbol en Uruguay no cabe en la vitrina de ningún museo ni se agota en el conteo de los trofeos. Se mide, sobre todas las cosas, en la solidez de una hazaña invicta e inalcanzable para cualquier otra nación: a lo largo de todo el siglo XX, la selección uruguaya ganó en su territorio todos los torneos continentales, mundiales e intercontinentales que disputó, sin perder un solo partido en su casa. Desde aquella tarde inaugural de 1917 en el Parque Pereyra hasta el choque consagratorio de 1995 en el Centenario, la celeste disputó y conquistó los siete Sudamericanos celebrados en suelo oriental –1917 (Parque Pereyra), 1923, 1924 (Parque Central), 1942, 1956, 1967 y 1995 (Centenario)–, levantó la primera Copa del Mundo en 1930 y se adueñó de la Copa de Oro de 1980/81, el Mundialito, donde se midieron los campeones del mundo para conmemorar los 50 años de la gesta de la primera Jules Rimet. En esa geografía sagrada que va del Parque Pereyra, en donde ahora está la pista de atletismo en el parque Batlle, y donde se puso en disputa por primera vez el trofeo de la Copa América en su segunda edición, al Gran Parque Central, y que desemboca en la solidez del estadio Centenario, nadie pudo jamás doblegar a Uruguay en un torneo oficial.
Aquel 23 de julio de 1995, cuando el pitazo final decretó la conquista de la decimocuarta Copa América, no solo se le ponía el broche a un torneo más; se estaba sellando el último capítulo de esa fortaleza centenaria. Para el fútbol uruguayo era el pesado carreteo hacia una gloria necesaria, un desahogo imprescindible que venía a rescatarnos de años de frustraciones. Como jefe de prensa de la AUF, me tocó habitar ese proceso desde sus tripas, viendo cómo el plan de Héctor Pichón Núñez –armado sobre la idoneidad, el trabajo riguroso y el respeto–, sumado a la enorme sapiencia, capacidad y humanidad de Fernando Morena, su técnico alterno, lograba tejer una comunión profunda con el pueblo. Recuerdo cada salida desde Los Aromos hacia el Centenario, con la multitud apretada en las veredas, desafiando el frío que cortaba la cara en aquel invierno que, para nosotros, terminó siendo el verano de nuestras vidas.
Invicto por siempre
La trayectoria no estuvo exenta de zozobras: tras superar a Venezuela y Paraguay, y antes de cuartos de final y semifinales frente a Bolivia y Colombia, hubo un cruce crítico ante México en el que Marcelo Saralegui, con un gol agónico en los minutos finales, salvó la imbatibilidad del siglo que hoy reivindicamos.
La final contra Brasil fue una demostración de carácter puro. Minutos antes de salir a la cancha, en una esquina resguardada de la tribuna América, el Pichón sacó su zipo grabado, encendió su habano con parsimonia y, envuelto en el humo denso, me dijo con fe ciega: “Cualquier cosa, para el segundo tiempo pongo al Petiso y nos soluciona todo”. El Petiso era Pablo Bengoechea, y la profecía se cumplió a rajatabla cuando clavó aquel golazo de tiro libre para devolvernos la vida en una tarde atravesada por el sufrimiento: la fractura de Tabaré Silva en el primer tiempo y un Enzo Francescoli que, con el hombro dislocado y los dientes apretados, se bancó los 90 minutos en cancha solo para ejecutar el primer penal de la tanda, el que pesa el peso entero de la historia.
El desenlace, con el remate cruzado del Manteca Martínez, significó para mí el cierre de un círculo vital que había comenzado un 6 de enero de 1970, cuando los Reyes me trajeron la primera camiseta celeste. Aquella mañana de la final, Álvaro Gutiérrez me había prestado su camiseta número 5 para que a medio partido pudiera acomodarme en el banco, permitiéndome dar la vuelta olímpica no como un funcionario, sino como el chiquilín que nunca dejó de soñar con tener la celeste pegada al pecho. A 31 años de aquella jornada, defender esta medalla invisible es recordar que Uruguay es el único dueño de un siglo invicto en su tierra, una verdad histórica y emocional que excede las vitrinas y se queda a vivir para siempre en la memoria colectiva del país. ¡Uruguay nomá!
