Ya entrando en el remate del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá podemos tomar algunos puntos para desarrollar apresuradas conclusiones, que con el tiempo se podrán ir solidificando o cambiando.
El éxito del Mundial como evento dominante en las audiencias y en el día a día de los pueblos es evidente. Se podrá discutir que, en los países que no han llegado a jugar en Norteamérica, la atención al evento haya sido más marginal y puntual, pero como igual las televisoras han comprado los derechos, te lo sirven en la mesa y te lo imponen. Capaz que ahí es como una novela turca, pero funciona. Además, las noticias y acontecimientos surgidos del propio Mundial van retroalimentando el ida y vuelta con el evento, de manera tal que ya sean los goles del caboverdiano Lopes Cabral a Argentina o el de Mbappé a Suecia, o los dislates horribles de Trump, Infantino y toda la banda, puestos a circular por los sistemas informativos y por las redes, lo ponen en foco.
Ni hablemos de los 48 participantes. Ahí parece que todo funcionó muy bien, por lo menos mirado como negocio, dada la buena respuesta popular en esas 48 naciones, incluida la injusticia Irán, y en algunos casos, los que avanzaron en el torneo elevaron el interés y la audiencia.
Pienso que ya se puede estimar que el Mundial de 48 selecciones ni fue un fracaso ni le quitó interés y jerarquía a la competencia ni la acható para los distintos pueblos, sino que, por el contrario, abrió el abanico de propuestas, nos presentó algunas cosas nuevas y elevó, sin dudas -contrariamente a lo esperado-, el nivel de las contiendas de la primera fase. Para los “antes éramos los campeones, les íbamos a ganar” resultaba que era una fase sin interés, en la que clasificaban 32 de 48, pero resulta que los “sinvergüenzas que salen a picotear” se colaron irreverentemente, dejando afuera a varios copetudos, entre los que nos incluimos.
Con el clima mundial, con juegos todos los días, los 72 partidos de las fases de grupos tuvieron casi todos, la inmensa mayoría, emoción y buenas disputas, sorpresas y decepciones, y parece que solo el segundo tiempo de Curazao contra Alemania fue el momento pobre y de bajo nivel de una selección en el campeonato.
Hubo entonces buenos y muy buenos espectáculos. De regular para abajo casi ni hubo. Se mantuvo la atención por parte del mundo y el método de clasificación no era tan facilongo como creían, sino que valió la pena. El tamiz de la clasificación no resultó tan permeable como auguraban los copetudos. Por lo tanto, una apresuradísima apreciación es que está bien que haya 48 equipos y 12 grupos para clasificar a 32. Todos tienen la posibilidad de jugar el Mundial, de participar en la fiesta y de soñar con avanzar por lo menos un partido más. Y aquellos que crean que la tienen resuelta desde antes tienen la posibilidad de jugar tres partidos para ir ajustando mucho más su estructura. Aviso: esta vez no hubo ninguno de los 48 que jugara los tres partidos solo por jugar.
Originalmente una pata de la defensa de este nuevo formato era que se sumaran nuevos países que no siempre tienen oportunidades y que esa ilusión se trasladara a los pueblos más postergados del mapa futbolístico, transformando el torneo en un asunto que va más allá de la pantalla y se mete en la identidad de comunidades enteras que antes miraban de afuera.
Después, temas tales como que el campeonato verdadero recién empieza cuando llegan los cruces definitivos —sea la fase que sea—, pueden ser reales, aunque es claramente una verdad a medias. El resto del torneo ha seguido como siempre, con esas llaves eliminatorias que no dan revancha. Muchas veces la coyuntura del juego, un gol recibido a destiempo, un mal arbitraje o cualquier imponderable de la tarde logra incidir de forma anticipada, resolviendo la suerte de una clasificación que venía en ascenso.
Eso, solo hablando del desarrollo planteado y del finalmente ejecutado de la competición.
