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Hinchada argentina, el 19 de julio, en el estadio de Nueva Jersey. · Foto: AFP

Hinchada argentina, el 19 de julio, en el estadio de Nueva Jersey.

Foto: AFP

Lágrimas y reconocimientos por Messi y Argentina

Buenos Aires se llenó de demostraciones hacia el capitán argentino y sus compañeros.

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Messi llora delante del mundo y Rafa llora delante de Messi. Messi tiene 39 años, acaba de iluminar un Mundial en el que demostró que el tiempo pierde el invicto cuando un genio así se le planta enfrente y también acaba de salir subcampeón del juego que es capaz de jugar como nadie. Rafa tiene siete cumpleaños flamantes, evidencia cada día que la vida es una aventura que vale la pena, encandila a cada suelo con sus pasos y a cada cielo con su cabello y también acaba de salir subcampeón planetario de un juego al que ama por su papá y por Messi, el juego que genera que el corazón se le rompa por un ratito y por el que dos lágrimas le vuelan hacia sus botines. Messi y Rafa andan en dos puntos contrapuestos de América, uno en un estadio opulento de Nueva Jersey y el otro en una casita cualquiera de la Buenos Aires que entremezcla clases sociales y hoy uniforma en la tristeza, pero funcionan como iguales, como hermanos, como socios de lo que poco más que el deporte asocia, de una derrota que frustra y de una historia que da orgullo. Rafa llora su llanto y el de Messi. Porque Messi, futbolista experto en tornar posible lo imposible, líder de una selección argentina brillante en sus horas más altas y resistente hasta lo épico en su caída frente a una España superior, le provoca eso mismo: orgullo. Un orgullo que, igual que los mejores orgullos, ahora es un llanto.

Ni un reproche cruza las avenidas de la capital argentina en el minuto, en la hora y seguro en los siglos que sigan a la final del Mundial 2026. Parecidos a Rafa, niños y niñas atraviesan su desencanto a upa de padres y de madres que procuran explicarles que la existencia incluye perder, así como quienes dejaron atrás la infancia hace poquito o hace un montón aplastan sus frentes sobre hombros generosos y lamentan lo que no fue, un último paso de desmoronamiento inobjetable, sin extraviar nada de las alegrías con las que el equipo comandado por Lionel Scaloni les permitió convertir a esta competición en una fiesta.

A dos esquinas de donde Rafa llora, a diez metros de un televisor desde el que, en soledad y ante el mundo y ante Rafa, Messi se concede llorar, un señor no llora ni con Messi ni con los muchachos de celeste y blanco que perduran sobre el césped yanqui con sus medallas de segundos colgándoles con honor. Ese señor es un abandonado de la Tierra que ni sabe si comerá hoy o mañana y que ve pasar a una piba y un pibe que aún lucen entintadas sus banderitas argentinas en las mejillas. “Pobre Messi –abrevia–, cómo llora. Justo él, que nos dio tantas sonrisas”. La piba se enternece y le devuelve una mirada de una ternura gigante como el fútbol de Messi. El pibe la abraza y, luego, abraza a ese señor. Ni un grupo de jugadores exitosos ni una mirada poblada de ternura ni un abrazo en el frío despojan de la injusticia a una sociedad que agudiza las asimetrías inherentes al capitalismo. Lo que sí genera todo eso es un instante de identidad profundamente humana.

Si esa gente dice lo que dice y hace lo que hace es porque ni en Buenos Aires ni en ningún rincón argentinísimo flota la menor duda de que España mereció ganar el último partido de la competición más resonante, pero menos se duda de que, como un ritual, luchó en la adversidad para no ser vencido ni aun sometido. Y que esa resistencia –la mayor virtud de Messi y sus compañeros en el desenlace del campeonato– significó un comportamiento coherente con la épica que, duelo a duelo, la selección entretejió para llegar nada menos que al segundo escalón del podio. En la cuadra opuesta a la del señor que no conoce si dispondrá de un bocado en algún momento, una mujer que bordea los 70 almanaques le desgrana a su esposo los argumentos que le bailan en la boca para quitarle amargor al tropezón: “Se nos lesionaron los centrales, llegamos cansados, nuestra final fue contra Inglaterra, nos echaron a Enzo Fernández. Y ellos juegan fenómeno”. El esposo amaga con devolverle más análisis, pero se frena y lo que le devuelve es un beso gemelo del de su primera vez.

Miles de personas podrían aplaudir ese beso, pero prefieren avanzar por las avenidas pulsando sus bocinas, poblando las veredas y erigiendo un reconocimiento popular de plena justicia para un equipo inolvidable. El fútbol se especializa en que la sangre hierva de expectativa y en ofrendar enseñanzas pequeñas y grandes. Por eso, en otra pantalla de las tantas de esta era, Messi persiste en un llanto idéntico al de cuando le tocaba algún mal trago en los años en los que nadie deletreaba su apellido. Por eso, además, Rafa ya no llora y patea, con sus botines y con sus lágrimas, una pelota hasta que llegue el próximo sueño.