México, su pueblo, tiene un espíritu y un ejercicio de solidaridad que pocas naciones pueden ostentar como la de los hermanos y hermanas de estas tierras. Durante décadas este pueblo ha abierto las puertas de su país a decenas de miles de perseguidos por las dictaduras latinoamericanas, pero también por horribles guerras y genocidios de otros lados del mundo. Ni hablemos de la guerra civil española y las dos conflagraciones mundiales del siglo XX. Siempre ha estado México abriendo sus puertas, ofreciéndonos sus camas, compartiendo sus platos aunque estuvieran flojos de frijoles y tortillas de maíz.
Es un bien inasible, un principio singular de una hermosa nación también sometida y violentada, primero por la conquista y después por sus vecinos del norte, que se ha cimentado de generación en generación. Hace unos días, ya en medio de mi estancia mexicana siguiendo a través del fútbol la vida de esta nación y su gente, leí un posteo de la docente Amparo Delgado, hermana de Gonzalo e hija de los teatreros de El Galpón Rulo Delgado y Amelia Porteiro. La maestra y militante por la memoria escribía: “Hoy, hace 50 años, mi viejo lograba su salida de Uruguay. Se iba al exilio con la protección de la Embajada de México y del ser más valioso por entonces, don Vicente Muñiz, el embajador. Este señor les ofreció, además de la protección de sus vidas –nada más ni nada menos–, su casa, su comida, sus camas y todo lo que hacía a su vida personal, a casi 200 perseguidos políticos uruguayos. Mi papá estuvo viviendo en la casa de don Vicente algo así como un mes y medio. Allí había niños, jóvenes, adultos y la vida de todos ellos encerrados por el riesgo que imponía un cerco de milicos que rodeaba la casa. Rubén Yáñez alguna vez dijo, refiriéndose a aquellos días, que en ese sitio aprendieron de humanidad. Lo que vino después de allí fue subirse a un auto conducido por el propio embajador. Una maleta esperando en una esquina en la pasada al aeropuerto. Un beso volado de mi madre bajo lluvia en esa pasada. La incertidumbre y el miedo y la esperanza y el flor de revuelo hasta llegar a un hotel con refugiados en un país tan colorido como solidario. 50 años de aquellos días, que ojalá nunca más se repitan”.
Eso fue y es México en su espíritu y lo sigue siendo en la cortita, en el cruce mínimo con un visitante que quiere saber qué metrobús tomar. Eso es México, un país singular que te abraza y te quiere aun sin saber si te debe querer.
Ese México es el que está albergando su tercer Mundial, porque, como está dicho, el verdadero Mundial se está jugando en estas tierras, aunque la FIFA apenas les haya dado un puñadito de partidos.
Echando porras
Este es el México que entiende y sabe lo que está viviendo, porque hasta el Quico del siglo XXI siente y entiende lo que es el tercer Mundial en sus tierras y encuentra en este 2026 una comunión tan amplia y absoluta que se traduce en cientos de miles de camisetas verdes invadiendo cada población día a día, y ni hablemos cuando hay partido, cuando parece que todas las playeras verdes que hay en el mundo las tienen puestas los y las mexicanas. Eso ha pasado en cada ciudad sede, México, Guadalajara y Monterrey, y en cada uno de los lugares en donde hay un televisor y alguien para echar unas porras.
Es tal el compromiso y el encuentro con la selección que cada partido es una fiesta y cada ciudad, cada población ha promovido espontáneamente en cada encuentro festejos similares a los que generan los campeones del mundo. El primero, porque era el primero y la tercera vez que un Mundial se iniciaba en el mítico estadio Azteca –déjese de cosas, FIFA, con esos nombres pasteurizados por unos días– y fue con triunfo ante Sudáfrica; el segundo porque con la victoria en Guadalajara ante Corea del Sur se alcanzaba la clasificación anticipada; el tercero, otra vez en Ciudad de México, ante República Checa por absolutamente nada, ya que ya eran primeros, pero golearon y consiguieron por primera vez en la historia de los mundiales tres victorias en fila; y, por último, este martes, otra vez en la capital y en el Azteca, derrotaron a Ecuador y consiguieron también por primera vez algo que ya se había convertido en una obsesión y en una idea fija del pueblo futbolero: llegar al quinto partido, cosa que consiguieron sin sobresaltos ante un estadio Azteca llenísimo e imponente al vencer a Ecuador 2-0.
Exceso
La Ciudad de México, solo en su núcleo urbano, tiene más de 9.000.000 de habitantes, pero su zona metropolitana alberga a 21 millones más, lo que la convierte en la mayor urbe de América del Norte. Los festejos en la capital se dan en un corredor céntrico que tiene como epicentro el Ángel de la Independencia, y este martes, cuando se concentraron allí casi un millón y medio de personas, murieron cuatro personas. La jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, informó que tres personas fueron encontradas inconscientes en Paseo de la Reforma y que recibieron atención médica, pero lamentablemente perdieron la vida a causa de asfixia. El cuarto deceso es el de un hombre que fue ingresado en el hospital con una crisis epiléptica.
“Con el corazón en la mano, envío un abrazo y mis más sinceras condolencias a sus seres queridos. Reiteramos el llamado a celebrar siempre con responsabilidad, cuidado y empatía”, dijo Brugada, que además agregó: “Hacemos un gran llamado a celebrar con responsabilidad, invitamos a la ciudadanía a evitar los excesos, a moderar el consumo de alcohol, a actuar con prudencia y a estar pendientes de quienes nos acompañan. La mejor celebración es aquella en la que todas y todos regresamos a salvo a casa”. La principal mandataria de la Ciudad de México señaló, además, que la posterior al partido con Ecuador fue la manifestación más grande de la historia de la capital mexicana.
Son tan impresionantes las concentraciones de la gente tras los triunfos de la selección que ya en otras ocasiones pedían, por favor, que no se acercara más gente porque ya no entraba más nadie en las calles, además de otro tipo de medidas como la llamada ley seca en zonas de partido y perímetros de alta concentración, con la posibilidad de que este domingo, cuando se juegue el partido decisivo y el último en el Azteca y en todo el territorio mexicano en este Mundial, la prohibición de venta de alcohol se traslade a toda Ciudad de México, por más que en el estadio la FIFA y sus socios venden hasta la embriaguez.
