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Instalación del FIFA Fan Fest Guadalajara en la Plaza de la Liberación de Guadalajara, México, el 9 de junio. · Foto: Ulises Ruiz, AFP

Instalación del FIFA Fan Fest Guadalajara en la Plaza de la Liberación de Guadalajara, México, el 9 de junio.

Foto: Ulises Ruiz, AFP

Más allá de la cancha: las controversias que marcaron el Mundial

Entre estadios llenos y goles inolvidables, la copa convivió con guerras, controles migratorios selectivos, agresiones sexuales, racismo y decisiones políticas que ponen en duda el cuento de que el fútbol puede separarse del poder.

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La primera cola que hice en el Mundial no fue para retirar una acreditación. O, al menos, no solamente para eso. Había llegado el día previo al debut de Uruguay frente a Arabia Saudita y me dirigí al Hard Rock Stadium de Miami para cumplir con uno de esos trámites rutinarios que forman parte de cualquier cobertura: pasar por una puerta, mostrar un documento, recibir una tarjeta plastificada que abre casi todas las puertas del torneo. Un error administrativo había duplicado mi solicitud de acreditación. Nada extraordinario. Me pidieron que esperara en otra fila, como si fuera una desviación momentánea del camino principal.

Solo unos minutos después entendí que aquella no era una fila para periodistas con problemas administrativos. A mi alrededor había decenas de personas de origen árabe, mujeres y hombres jóvenes bien vestidos, pero con atuendos musulmanes frente a señores y señoras con indumentaria de colores vivos, los que eligió la FIFA para esta ocasión. Algunos discutían, otros mostraban documentos una y otra vez. Mientras las acreditaciones del resto salían casi automáticamente y con caras sonrientes, ahí las preguntas parecían no terminar nunca. A mí me hablaban en inglés cerrado, a ellos en español cerrado, en la pared del costado un cartel decía que la FIFA es para todos. Rato largo así.

Yo recibí mi acreditación –un colega, Mauro, se ofreció como traductor y se quedó al lado mío hasta que, cuando ellos quisieron, vino alguien y solucionó el tema en español– y seguí camino. Los colegas de espera no tuvieron la misma suerte, sometidos a controles, interrogatorios y revisiones exhaustivas antes de obtener autorización para ingresar al estadio. La fiesta del fútbol, la misma que en los carteles prometía unir al mundo, empezaba con una cola donde algunos países rascaban la superficie del espectáculo y otros se quedaban atrapados en la letra chica de los formularios.

Fue el primer indicio en vivo de que este Mundial escondía otra historia.

La televisión mostraba tribunas repletas, hinchas disfrazados y fan fests coloridas. La narrativa oficial repetía que el campeonato “celebraba la diversidad” en tres países, tres idiomas, tres banderas. Pero te alejabas unos kilómetros y encontrabas otro escenario, otras caras, la otra cara.

Aquella noche dormí en Miami Gardens, el barrio donde se levanta el estadio. El nombre sugería jardines, palmeras recortadas, casas ordenadas esperando el partido del día siguiente. Encontré un hotel salido del inframundo, me dieron una habitación con un ratón muerto adentro, asomabas la nariz a la calle y eran muchas las personas viviendo entre la mugre, vi prostitución, calles casi vacías y muy pocas señales de que al día siguiente comenzaba el mayor espectáculo deportivo del planeta. En las esquinas no había carteles del Mundial, sino carteles de “se alquila” y “se vende”; en lugar de murales con futbolistas había paredes descascaradas y cartelería de campañas políticas que prometían lo que ahí no se veía.

Una semana después, en cambio, para el siguiente partido, a propósito –y para no tener ratones durmiendo conmigo–, cambié de locación. Ocean Drive era exactamente la postal que el Mundial quería vender, con autos deportivos, luces de neón, turistas, camisetas de todas las selecciones y una fiesta permanente. Las mismas banderas que faltaban en Miami Gardens se multiplicaban en los balcones de los hoteles frente al mar.

Cinco kilómetros separaban esos dos mundos: la versión oficial del Mundial y el país que lo alojaba.

No fue la única contradicción.

Durante las semanas siguientes, el torneo convivió con una guerra internacional, denuncias de discriminación, episodios de violencia de género, cuestionamientos al arbitraje, sospechas sobre la independencia de la FIFA y decisiones políticas que terminaron atravesando una copa que aspiraba a hablar únicamente de fútbol.

Mundial mientras guerra

La pelota rodaba en Estados Unidos, México y Canadá mientras el conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos escalaba en Medio Oriente. La selección iraní no llegó al Mundial como cualquier equipo: lo hizo arrastrando sanciones con cambio de país de alojamiento, amenazas de exclusión y una agenda diplomática que se metía en cada paso de su viaje.

La delegación denunció haber sufrido controles migratorios extraordinarios, dificultades para ingresar al país y un trato discriminatorio durante su estadía. Hubo hinchas que se quedaron en aeropuertos o fueron deportados y delegaciones que debieron modificar itinerarios por trabas en los visados. No faltaron los pedidos para excluir al país del torneo por razones políticas, una posibilidad que la FIFA descartó oficialmente mientras insistía, una vez más, en que el fútbol debía mantenerse al margen de los conflictos internacionales.

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, un día se apersonó en el vestuario iraní, un lugar donde, en teoría, solo debería hablarse de táctica y estrategia. Fue tras el 2-2 contra Nueva Zelanda en Los Ángeles. En una conducta poco habitual, Infantino bajó para dar un discurso de ánimo. Les agradeció haber llegado al Mundial “pese a todos los problemas”, les dijo que estaban “enviando un mensaje muy poderoso al mundo” y los invitó a pensar que eran “más grandes que estas dificultades”. Es de un cinismo escandaloso.

La respuesta iraní fue todo menos complaciente. El seleccionador Amir Ghalenoei le enumeró, delante del plantel, la lista de obstáculos que el equipo había enfrentado: una concentración forzada en Tijuana porque no les permitían instalarse en Estados Unidos, parte del staff sin visados, entradas canceladas para hinchas, viajes improvisados para salvar la falta de logística básica. “Somos la selección más oprimida de este Mundial”, le dijo, hablando solo de fútbol. Días más tarde, el capitán Mehdi Taremi puso en palabras esa incomodidad sin el filtro del vestuario. “Este Mundial es un desastre”, declaró, y acusó a la FIFA y a su presidente de no haber cumplido las promesas que les había hecho cuando todavía se discutía si Irán podría participar. Añadió que sentían que “no los querían en el torneo” y que el trato que habían recibido confirmaba los temores que acompañaban a la delegación desde que pisó suelo norteamericano.

En ese contexto quedó expuesta una vieja paradoja del organismo: la FIFA repite desde hace décadas que hay que mantener la política fuera del fútbol, pero el fútbol nunca consigue mantenerse al margen de la política.

Caso similar fue el del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, designado por la FIFA para integrar el plantel arbitral. Sin embargo, no pudo ingresar a Estados Unidos por restricciones migratorias. Léase: porque un país no quiso. Lejos de defenderlo o de tratar de imponerse –no es que esto sea bueno o esté de acuerdo, pero la FIFA jura y perjura que está por encima de los estados–, cuando supo que el árbitro sería deportado, la organización modificó las designaciones y ajustó el mapa de los partidos.

El otro Mundial

Las contradicciones del Mundial no aparecían únicamente en los grandes titulares. Con Uruguay concentrado en Playa del Carmen, esperaba encontrar una ciudad atravesada por la copa del mundo. No fue así.

Algunas personas sabían que Uruguay estaba instalada allí, pero la mayoría no. Las charlas en supermercados y restaurantes giraban alrededor del sargazo que cubría las playas y de una temporada turística mucho más floja de lo esperado. El Mundial era un tema secundario, casi un ruido de fondo. Más de una vez escuché que el torneo había terminado perjudicando a la ciudad porque muchos turistas habían preferido viajar a las sedes de los partidos, Monterrey, Guadalajara, el DF, mientras que en Playa del Carmen ni playa había, con la arena llena de algas, las reposeras vacías y los hoteles haciendo cuentas.

Solo cuando jugaban México o Estados Unidos el clima cambiaba por completo. La Quinta Avenida se llenaba de camisetas verdes y estadounidenses, vendedores que armaban combos improvisados para ver el partido, bares que colgaban televisores adicionales como si el fútbol pudiera salvar de una mala temporada. Durante unas horas aparecía el Mundial. Después desaparecía otra vez, como si fuera un visitante ocasional que entraba y salía de la ciudad sin terminar de instalarse.

También me sorprendieron otras dos caras de México. Por un lado, una calidez entrañable de trabajadores jóvenes, muchas veces enfrentando su primer empleo, que suplían la falta de experiencia con una enorme disposición para ayudar; recepcionistas que se quedaban un rato más para explicarte un recorrido, mozos que aprendían sobre la marcha los nombres de selecciones que nunca habían visto por televisión, guías que se debatían entre el inglés turístico y la jerga futbolera sin perder la sonrisa.

Por otro, también me llamó la atención la persistencia de ciertos roles de género muy marcados en la vida cotidiana. No fue una conclusión estadística ni una investigación sociológica; fue una impresión repetida en restaurantes, hoteles y comercios durante las semanas que pasé allí. Esa experiencia dialogaba, de otra manera, con los debates sobre violencia de género que también atravesaron el Mundial.

Mientras tanto, la copa del mundo seguía acumulando episodios incómodos, de esos que no entran en los resúmenes de goles. Una periodista fue acosada durante una transmisión en vivo, manoseada por un hincha mexicano mientras intentaba sostener su informe sin perder la compostura. El video se viralizó en redes y reabrió el debate sobre la seguridad de las mujeres que trabajan alrededor del fútbol, obligadas a diseñar estrategias de supervivencia en estadios donde la fiesta puede convertirse en amenaza en cuestión de segundos.

También hubo denuncias por actos racistas protagonizados por hinchas, gestos, insultos, burlas que se repetían en tribunas y fan zones, muchas veces minimizados como “excesos” de hinchas sueltos, una actitud que esconde una actitud sistemática de discriminación.

Como si fuera poco, el arbitraje volvió a quedar bajo la lupa por decisiones discutidas durante toda la copa, alimentando una crisis de credibilidad que está instalada desde antes. El VAR, que prometía poner orden, se convirtió en un personaje más del drama, capaz de cambiar partidos y enojos con una línea trazada a destiempo.

Y, por si faltaba algo, la cercanía entre Infantino y Donald Trump alimentó nuevas críticas sobre la independencia de la FIFA. No hizo falta que Trump entendiera del todo el reglamento: le bastó el teléfono en plena copa para pedir que se levantara la sanción al delantero Folarin Balogun, un gesto que convirtió un fallo disciplinario en una decisión política. Porque acá, donde manda capitán, sí importa –y sirve– que la política y el fútbol se mezclen. Pero si es por otras causas, no, no hay que mezclar fútbol y política.

La copa del mundo cumplió con su parte del contrato y hubo estadios llenos, cerveza fría, goles inolvidables y una fiesta que cruzó tres países. Pero el torneo nunca estuvo solo. A pocos metros de las canchas convivió con guerras, fronteras selectivas, cuerpos vigilados, machismo duro, arbitrajes cuestionados y agresiones sexuales en plena transmisión.

Mientras millones miraban la misma pelota, en cada sede se jugaba un Mundial distinto. Mirar ese otro torneo no arruina la fiesta, pero recuerda que, hoy por hoy, hablar de fútbol sin hablar de poder es quedarse a mitad de camino.