Un Mundial es un festival de sensaciones y emociones en el que uno va acumulando tensiones, frustraciones y pequeñas alegrías. Uno va por los estadios y por las pantallas sufriendo por camisetas que quiere desde siempre o desde hace apenas unos días. Desde casi siempre, Argentina.
Hoy, 7 de julio, aquí en el Mundial, no aclararé nada si me preguntan de dónde soy. En un rato saldré con el mate y el termo en ristre, como solo lo hacemos los uruguayos, pero mantendré el silencio cuando insistan con la procedencia. Me haré el bobo cuando me señalen y me digan: “¡Ah, mate!”. Y de inmediato relancen la pregunta: “¿Argentino?”. Pero esta vez no les contestaré: “No, uruguayo”, sino que simplemente sonreiré y seguiré caminando como en el meme de Guillermo Francella –detestable por el exceso de burla de su portador– y, en todo caso, capaz que silbaré bajito la canción de la cerrense Natalia Oreiro: “Soy del Río de la Plata, corazón latino”.
Qué manera de sufrir, y encima andar bancándose pelotudeces de pares que piensan y dicen que ese pueblo hermano –que podría ser el mío, el de los primos del otro lado, el de los pobladores de la República Occidental del Uruguay– merece lo peor deportivamente: perder y marcharse. Eso, dicho en el idioma que sea, lastima; pero duele más cuando es en español. Como estoy trabajando y soy un duque, me quedo callado, pero mi otro yo del doctor Merengue –decí cuántos años tenés sin decir tu edad– le grita desafiante a esa manga de giles: “Cerrá el orto, la concha de tu madre”.
Ya me ha sucedido en otros mundiales y casi siempre con Argentina. Recuerdo, en Italia 1990, el desubique mayúsculo de quienes perseguían a Maradona y la chiflada a su himno, o en la final de Brasil 2014. Pero la vez que, estando Uruguay en juego, más me calenté fue en la sala de prensa del estadio de Sochi, en Rusia 2018, cuando señores de saco y corbata, representantes de medios de distintos países, se mofaban a las risas del pesto que Francia les estaba dando a los argentinos. Ahí sí no hubo doctor Merengue y, como si estuviera en un córner en la cancha de La Escuelita de Manga o en el Parque Rivero, los mandé de frente y manteca: “¡Achicá, vegerto! ¿A quién le ganaste, nabo de mierda?”.
Hoy, 7 de julio, el día en que, sin negar mi condición de uruguayo hasta la muerte, no niego si me preguntan si soy argentino, no me pasó lo mismo, pero me tuve que apartar de esos pinches cabrones que en todas las lenguas estaban trabajando en el Mundial igual que yo, porque no los bancaba más. La burla es una cosa, pero la descalificación per se es otra, y las risas porque Messi haya errado otro penal es otra más, y que los tipos entiendan que yo me tenga que subir a su mofa y envidia porque no nací en Argentina y mi país, Uruguay, fue muy tempranamente eliminado, es otra. Entonces agarré y, de cayetano, me fui lejos de la tribuna letrada y acreditada, y pensé, pero sentí, como siempre pienso con mi pueblo, el Uruguay, que una nos iba a quedar, y después fue necesario que dos, y después que tres. Y entonces, en el cabezazo de Romero, giré mi cabeza; te juro que en el sablazo de Messi sentí el punto G en mi empeine derecho –soy derecho en mis extremidades y zurdo en lo demás– y, en el postrero cabezazo de Enzo Fernández, metí el frentazo cruzado, exhausto y desfalleciente, pero lleno de vida, de una vida ajena pero mía.
¡Pero qué manera de sufrir, hermano! ¡Qué infierno! No nos pueden hacer sufrir así. ¡Dejate de joder, hermano, estás loco, muchacho! Es como dice Jaime Roos sobre Sur y Palermo: somos rivales y hermanos. Vamo arriba, hermanas y hermanos, que fue un triunfazo. Y antes de teclear lo último, acá estoy, con mi camiseta amarilla y un Juan Valdez esperando por un triunfo colombiano. ¡Que viva América Latina!
