Algo pasa cuando todo esto pasa. El 31 de agosto de 2026, hace apenas unos días e inmediatamente después de clavarle cuatro pepas al Montreal de la Major League Soccer, Lionel Messi escribió esa frase que nadie quería leer, aunque todos la intuyeran flotando en el aire denso de los absurdos previsibles: se terminó. No fue una conferencia pomposa ni un espectáculo egocéntrico. Fue un comunicado sobrio, casi pudoroso, escrito a puño y letra, con la delicadeza que lo caracteriza, con el amor de siempre. En un pasaje de la carta, Leo tachó la palabra siento y la reemplazó por entiendo”. Y por acá, de frente como un asteroide chocando contra la testa, el punto y final de un hombre que durante 22 años –goles, agonías, victorias y dolores mediante– usó la camiseta celeste y blanca como una segunda piel.
El comienzo de esta fábula lo deja al niño Leo sobre el césped del estadio Alberto Suppici, en Colonia del Sacramento, en tierras uruguayas. El calendario marcaba el 3 de julio y hacía exactamente cinco días que la Asociación del Fútbol Argentino había organizado a las apuradas aquel famoso amistoso contra Paraguay en la cancha de Argentinos Juniors para blindar administrativamente al pibe rosarino antes de que España se lo llevara, como se llevó tantas cosas.
Su bautismo de fuego, entonces, fue en tierras charrúas, del otro lado del Río de la Plata. Ahí, la selección sub 20 de Argentina se enfrentó a la de Uruguay y Messi, por caso, arrancó desde el banco. Entró en el segundo tiempo con la camiseta 17 y con esa melena desprolija, casi stone, que le caía sobre la frente. Y con una timidez que se disolvía apenas la pelota rozaba su empeine. Hay, de hecho, un testimonio de aquel encuentro que se viralizó por redes, con relatos de Javier Díaz y Jorge Muñoz. Dios bendiga a los archivos.
Aquella vez Argentina ganó 4-1. Messi anotó dos goles. Los pocos uruguayos que se habían acercado a la cancha esa tarde salieron salmodiando en voz baja que ese guacho no corría, volaba. Y que cuando gambeteaba parecía no tocar el pasto. Ahí, frente al vecino histórico, a la vista de un puñado de testigos, empezó la larga dinastía de un hombre –un futbolista, una estrella– que terminaría cambiando el ritmo cardíaco de todos los argentinos.
Y ahora, en este preciso instante de la historia, la pregunta rueda incómoda sobre la mesa de los bares, los grupos de Whatsapp y la tinta de los diarios: ¿qué pierde Argentina exactamente cuando pierde a Messi? De entrada, pierde una ilusión: mientras él estuviera ahí, nada malo podía pasar. Si hasta los periodistas más radicales y rancios del Real Madrid, del programa español El Chiringuito, reconocían que tenerlo enfrente era motivo de temer. Aun en las tardes oscuras, aun en las finales perdidas, aun cuando el equipo era un desierto de ideas, la sola existencia de ese hombre pequeño (“Los genios somos chiquitos, ¿no?”, le dijo Roberto Gómez Bolaños, El Chavo, a Diego Armando Maradona en el camarín de La noche del 10) caminando por el frente de ataque prometía la posibilidad del milagro.
Messi hizo las veces de superhéroe cuando todo estaba mal y también cuando todo estuvo bien. Aquel héroe de cómic que compensó con fútbol las muecas de la decadencia, el dolor de la panza con hambre, el choque de los trenes, la inflación galopante, los sueldos descremados, los desatinos varios de la política toda. Si Argentina sufría esos otros embates previsibles, la selección tenía al mejor de todos los tiempos. Y aquello fue una forma de orgullo muy nítida. Una escarapela en el guardapolvo, otra estrella más en el conjunto. Eso también es todo para quien no tiene nada.
Sin él, ahora, la selección argentina queda despojada de su traje de gala y se devuelve a sí misma a la dimensión de los mortales. Por eso, en lo estrictamente futbolístico, el desafío que se le abre a Lionel Scaloni –o a quien herede el traje de director técnico– no es encontrar un reemplazante, porque los milagros no pueden fotocopiarse, sino construir un colectivo sin un mesías. Hay nombres, claro. Ya hablan de Nico Paz, de Claudio Echeverri, de Franco Mastantuono y de la continuidad de la jerarquía de Alexis Mac Allister y de Enzo Fernández. No van a faltar jugadores, pero habrá que reaprender a masticar los partidos, a seguir sin el genio, sin ese absurdo pim, pum, pam, gol. Argentina deberá volver a ser un equipo de hombres y dejar de ser el escenario de un rey.
A la sazón, los rivales andan suspirando en una mezcla compleja de alivio y melancolía. El hincha oriental padeció a Messi durante dos décadas. Lo sufrió en tardes feroces de Eliminatorias en el Centenario y en noches de Copa América donde su zurda parecía dibujada. Pero también lo admiró con esa honestidad brutal del que sabe de fútbol. Hubo siempre entre Uruguay y Messi una extraña corriente de respeto: el oriental valora al tipo que no se amedrenta con la pierna fuerte (“¿Querés que juegue? Dale, yo juego”, le dijo a los charrúas en aquel durísimo 2-2 de noviembre de 2019), al tipo que se levanta sin protestar después de una patada carnicera, al tipo que habla poco y resuelve todo con la pelota pegada al botín.
Sin Messi en la cancha, el fútbol se ecualiza. La presencia de Leo operaba como un factor de distorsión psicológica: los defensores rivales retrocedían dos metros antes de que él recibiera la pelota, los entrenadores contrarios armaban jaulas defensivas que desfiguraban sus propios esquemas. Son famosos esos memes donde se ve a medio equipo rival marcando al 10 argentino como en una escena sacada del animé japonés Supercampeones. Toda esa mitología de invulnerabilidad comienza a evaporarse. Mañana, cuando Argentina vuelva a la cancha, los rivales ya no verán la sombra gigantesca del gigante. Verán, simplemente, a un equipo, como el que fueron todos los demás, salvo las veces que Argentina lo tuvo a Messi en cancha.
Sí, claro, así es lo cenital: es que el fútbol mundial miró a la Argentina durante 20 años a través del prisma de Messi. La camiseta albiceleste dejó de ser únicamente la representación de una nación para convertirse en una marca universal de devoción. En Bangladesh, en China, en Nápoles o en Montevideo había pibes que no sabían ubicar a Buenos Aires en un mapa, pero usaban la camiseta con su nombre en la espalda. Con esta noticia, bueno, lo inmarcesible comienza a marchitarse, a volverse carne, a abandonar su estela devocional para, simplemente, ser.
Por eso, el vacío espiritual será, quizás, el más difícil de llenar. Porque Messi no solo hacía goles: Messi organizaba la fe. El periodista y exfutbolista Jorge Valdano sintetizó alguna vez esa transformación mística con agudeza cuando señaló: “En Messi las balas perdidas pegan siempre en el corazón”. Esa frase, leída hoy, suena casi como una advertencia. Lo que Messi se propuso erradicar fue el fatalismo histórico del fútbol argentino. Perder y levantarse. El cisne al que todos quieren torcerle el cuello pidiendo una más y otra más. “No se me da”, lloró alguna vez. Y, por suerte, se le dio muchísimas veces.
Ahora vuelve la intemperie: el fútbol internacional sin el mejor de la historia. ¿Cómo se habita esta ausencia cuando ya no está el hombre que resolvía las angustias? El hincha argentino –denso, camaleónico y devocional– tendrá que aprender a mirar a su selección con ojos humildes, aceptando lo que venga, acompañando los procesos, bancando a los pibes. A los nuevos pibes. Y rogándole a Dios que un marciano, otro más, esté naciendo ahora mismo en esa misma pampa.
Entre tanto ruido, sobre tanto llanto, queda el rastro de la memoria. En el viejo estadio Suppici, la estela que aún late: por ahí pasó un joven, este Dios. Aquella tarde de julio de 2004 nacía un contrato silencioso entre un futbolista y la historia. Entre un hombre y la fe de más de medio planeta. El paso del tiempo es el único que pudo quebrar ese contrato. ¡Boom! De pronto, Argentina queda sola. Se lloró de Ushuaia a La Quiaca. Aún falta algún padrenuestro por rezar. Una ristra de agradecimientos en Instagram por leer. Un partidito del Inter Miami por pispear. Y el sentir piadoso y bello, idílico y romántico, de que con Leo la pelota voló distinta, rodó mejor.
Hernán Panessi, desde Argentina.
