En el marco de una nueva edición de Campus del Sur, evento organizado por Ceibal, el especialista en innovación educativa e investigador español Carlos Magro visitó Uruguay para reflexionar sobre los desafíos actuales de la educación y el impacto de la inteligencia artificial (IA) en las aulas. Con una trayectoria centrada en la innovación educativa y las políticas públicas, Magro fue uno de los invitados internacionales del encuentro, en el que abordó las tensiones y oportunidades que atraviesan hoy los sistemas educativos.

Entrevistado por la diaria, Magro compartió su opinión sobre estos espacios de reflexión para la práctica docente y dijo que “son fundamentales”, en tanto “es una profesión muy exigida”. El objetivo de estos encuentros, sostuvo, es también “poner la cabeza en modo reflexivo, conversacional, de pensamiento con otros y con otras, y escuchar, abrir espacios” para encontrar apoyo y generar “el trabajo colaborativo de los docentes para atender individualmente a los estudiantes, que son todos distintos”.

Durante la entrevista, además, reflexionó sobre la desigualdad como un factor determinante en los sistemas educativos y sobre la diversidad presente en las aulas. A su vez, compartió su mirada sobre la IA y el tipo de uso que, a su entender, debería promoverse en la educación para evitar que se convierta en un simple atajo tecnológico.

¿Cuáles son los principales desafíos de los sistemas educativos para innovar, teniendo en cuenta las desigualdades ya existentes?

La desigualdad económica, de vida, cultural, es probablemente el factor más importante, el que más influencia tiene en los retos que encuentran los sistemas educativos para avanzar.

Muchas veces pensamos que la educación es un instrumento que tienen los estados o las sociedades para formar a las personas de una manera más igualitaria, más equitativa y, de alguna manera, transformar la sociedad desde la educación. Esto es verdad, la educación nos da herramientas para transformar la sociedad y, por tanto, podríamos pensar que una educación que fuese más igualitaria, más equitativa, podría hacer que eso llevase a una sociedad mejor.

En realidad, la cuestión funciona fundamentalmente al revés: son las sociedades que ya de por sí son más equitativas, más igualitarias, en las que hay menos desigualdad, en donde mejor van las cosas en educación. También van mejor las cosas en salud; la gente vive más, enferma menos. Este es un pensamiento que saca de lo educativo, pero pone el peso en la importancia de hacer políticas educativas que no sean solo políticas escolares o curriculares, sino que también atiendan, por ejemplo, la vivienda, las políticas laborales, las políticas migratorias, las políticas sociales, las políticas culturales, hasta qué punto ofreces oportunidades de ocio a los jóvenes.

Todo eso que no se piensa como política educativa actuaría en beneficio de una escuela mejor y unos mejores resultados. Ese sería para mí el mayor desafío. Muy vinculado a eso está la diversidad, que es un poco la otra cara casi de la misma moneda.

La diversidad que nos encontramos en un aula de escuela en estos momentos es altísima, dependiendo un poco del país, de la ciudad, de la región. Hay diversidades que son más cognitivas, otras son sociales, hay diversidades que tienen que ver con la lengua, con la cultura. Es decir, gente muy distinta que comparte un aula y que tiene que avanzar junta en un sistema que se dice que es para todos y obligatorio. Entonces, hay una transición entre sistemas educativos que han sido normalmente selectivos, en los que solo avanzaban a los niveles altos unos pocos. Todas estas cosas han hecho que se planteen unos retos que antes no estaban en las aulas de hoy y que tienen que ver con cómo enseñamos a grupos muy diversos y cómo acompañamos a personas que tienen experiencias de vida, recursos y trayectorias muy diferentes.

¿Qué tensiones aparecen entre las estructuras tradicionales de la escuela y nuevas formas de enseñar y aprender?

Yo no soy muy partidario de pensar las cosas en nuevo y viejo o en tradición y modernidad; la cosa no funciona así, la vida escolar no es bipolar. En realidad, probablemente la mejor innovación sea el buen diálogo con la tradición. No es que exista un modelo definido de escuela tradicional y de métodos tradicionales con el que tengamos que acabar porque hay un modelo perfecto de escuela nueva; eso no existe. Todo es una mezcla, todo es una cosa híbrida. Lo que sí hay que tener en cuenta es que los sistemas educativos de todo el mundo han pasado de escolarizar solo a unos pocos a escolarizar a todos. Y de escolarizarlos unos pocos años a hacerlo durante muchos años.

No es lo mismo el escenario de hace 40 o 50 años, cuando la mayoría de las personas dejaban la escuela con 10 o 12 años y se ponían a trabajar porque sus padres no tenían recursos y solo unos poquititos avanzaban a la secundaria. A su vez, avanzaban el dos o tres por ciento a la universidad, a un sistema que quiere y tiene responsabilidad, donde hemos entendido que es un derecho de todos dotar de unos conocimientos mínimos que te permiten vivir.

La diversidad que nos encontramos en un aula de escuela en estos momentos es altísima.

Esto es un cambio muy grande y hace que tenga que cambiar la cultura de la escuela, la cultura profesional, las maneras de enseñar. No quiere decir que tengamos que meter dispositivos, ni tecnología, ni hacer de eso un parque de atracciones. Ni siquiera tenemos que estar todo el día innovando; no. Se trata de entender esa realidad y que delante tienes personas con distintos intereses, distintas trayectorias, distintos apoyos en casa, y los tienes a todos juntos en el aula, y hay personas que tienen a alguien que les acompaña en su casa por la tarde y otros que están solos. Entonces, tenemos que tener en cuenta toda esa diversidad y eso hace que la labor docente sea especialmente compleja en estos momentos.

Además, no todo funciona en todos los contextos. El problema es que en educación las cosas no se pueden transportar o trasladar directamente. Si en un país algo funciona –aunque raro es que funcione generalmente en todo un país– no tiene por qué funcionar en todos lados. Esa dificultad para trasladar o transmitir prácticas o proyectos es lo que hace que a veces estemos dando vueltas y que parezca que no avanzamos.

Todos los docentes quieren hacerlo mejor. Las dificultades son tan grandes que, si el docente está solo o sola, llega un momento en que se cansa, que no avanza. Pero la cultura docente es todavía muy individualista. Pensamos todavía mucho en términos de “mi aula”, “mis estudiantes”, “mi asignatura”, y está visto que una de las innovaciones ocultas, pero que funcionan bien, es cuando pasamos de una cultura profesional individual a una cultura profesional colaborativa. Se despliega de muchas maneras, pero puede ser trabajar junto con otro profesor en la preparación de un proyecto, también la coeducación, o sea, que dos profesores entren en conjunto en una misma aula, que hagan observación de aula. Hay distintas configuraciones que se pueden hacer; todas tienen coste, claro: coste económico, coste personal, pero eso funciona en algunos contextos, y creo que esto es lo que tenemos que ir probando y haciendo.

¿Cómo ingresa la IA en el terreno en este contexto?

Entra directamente. Entró y en el fondo ha entrado de una manera un tanto silenciosa, porque no paramos de hablar de IA y, aunque se ha ido haciendo un uso tanto por estudiantes como por docentes, ese uso no se ha declarado. Eso de que todo el mundo la usa, pero nadie dice que la usa. Es una especie de revolución silenciosa.

En la escuela, y estoy generalizando, no nos lo hemos tomado en serio una vez más, y no lo hemos puesto como un objeto encima de la mesa, como un objeto escolar, y en muchos casos no hay conversaciones sobre los usos que se hacen. No digo que haya que prohibir, pero ni siquiera hemos abierto espacios de conversación entre los compañeros, por ejemplo, entre los docentes, para decir “¿y con esto qué hacemos, cómo lo trabajamos?”, más allá del miedo o del pánico.

Por otro lado, a la IA no me gusta verla como herramienta, porque si la vemos como herramienta, caemos en un uso muy instrumental; yo creo que las tecnologías digitales en general –la IA es una evolución a lo bestia de esto– son contextos de vida, son el ambiente, el entorno, son infraestructuras. Pero no son solo una herramienta que apago y desconecto, sino que en estos momentos media epistemológicamente cómo pensamos, lo que pensamos, en qué pensamos. Median también un poco las relaciones que tenemos, es decir, son una especie de ecosistema en el que estamos viviendo, nos guste más, nos guste menos, lo manejemos mejor o peor.

Esto plantea que el tipo de abordaje que tenemos que hacer en la escuela no es el instrumental, porque enseñarte a usar bien el dispositivo o la IA va a ser siempre insuficiente. Tenemos que hacer un abordaje un poco más ecosistémico y tiene que ser un abordaje que tiene que ver mucho con un uso crítico, con lo reflexivo, con lo problematizador y de todas las asignaturas, porque tenemos que entender que es el medio en el que vivimos y cómo la escuela educa para la vida, y la vida que tenemos es una vida mediada por tecnología y por IA, entonces, tenemos que educar para ese contexto.

Desde mi punto de vista, estamos tardando mucho y esto ha pasado ya. La IA no la debe trabajar solo el profesor de tecnología, sino que la debemos trabajar desde todas las disciplinas, desde todas las materias; es transversal, nos afecta a todos.

¿Eso no es un poco difícil? Parece que la IA abarca muchas aristas, es como si estuviera por todos lados, y a veces parecería que se utiliza como un atajo.

Mi mirada es muy crítica, yo estoy muy preocupado y creo que en estos momentos es una tormenta perfecta. Porque entre los males de nuestros sistemas educativos, que están muy orientados al resultado, la nota, al pasar de curso, a la calificación, al aprobar, en donde al alumno le da igual muchas veces; la pregunta es aprobar o aprender: bueno, pues aprobar, evidentemente. En este caso, sí aparece una herramienta, –ahora sí vista como herramienta– que es fundamentalmente de productividad y que, por tanto, me promete darme la solución rápida; al ser un estudiante que quiere ahorrar energía y trabajo, como todos los sistemas físicos, voy a darle al atajo tecnológico. Y ese es el riesgo que tenemos.

Y es un riesgo enorme, porque si empezamos a hacer eso en etapas de primaria, es muy probable y un gran riesgo que automaticemos el pensamiento, que no desarrollemos ciertas competencias claves como la lectura, la escritura, el pensamiento analítico, el pensamiento crítico, y que tengamos una dependencia excesiva de la tecnología.

Pero hay que mancharse las manos, hay que empezar a ensayar, hay que probar cosas con los estudiantes, hay que conversar con los estudiantes, abrir conversaciones con otros profes, con las familias. No son conversaciones de pánico moral, no son conversaciones de miedo, no son conversaciones para prohibir, pero son conversaciones, porque no podemos no asumir la responsabilidad que tenemos de educar en este mundo.

En educación no hemos pedido la IA, y tiene muy poco de educativo. No son herramientas educativas. Otra cosa es que los docentes seamos capaces de convertirla en educativa.

¿Cómo se podría integrar la inteligencia artificial en el aula?

Eso depende. No me gusta mucho decir a los profesores cómo tienen que hacerlo, porque además tampoco sé muy bien cómo hacerlo, pero con criterio pedagógico, con criterio docente. Los docentes saben en qué momento se puede, aunque primero hay que perder el miedo, hay que ensayar, hay que ver los riesgos, hay que ver también algunas ventajas que puede tener. En educación no hemos pedido la IA, y tiene muy poco de educativo. No son herramientas educativas. Otra cosa es que los docentes seamos capaces de convertirla en educativa.

No me gusta mucho separar edades, pero no es lo mismo ocho o nueve años, en primaria, que 12, al inicio de la secundaria, o que 16. Y los docentes, que saben eso muy bien, tienen que saber en qué momento incorporarla y para qué.

El problema de la tecnología es la desmediación, es no estar ahí. No estar ahí acompañando cuando alguien está usándola, cuando alguien está estudiando o cuando alguien está, por ejemplo, en redes sociales. Necesitamos mediar; la educación es mediar.

Por otro lado, las asignaturas no son iguales; no es lo mismo incorporarla en una asignatura de filosofía, si lo que yo quiero es problematizar y hacerle preguntas, que incorporarla en una de tecnología, que a lo mejor también tengo que dar algunas instrucciones de uso reflexivo, crítico, pero también me interesa un uso más instrumental.

También podría tratarse de escribir algo; puede ser revisar algo, discutir algo juntos o ser una incorporación colectiva o individual. Los profesores tienen muchos recursos para eso en general. Lo que tienen que asumir es que primero hay que saber un poquito, que no es mucho, hay que perderle un poco el miedo y hay que pensar qué quiero lograr yo en mi asignatura, cuáles son los grandes objetivos, qué estoy buscando.

Por tanto, necesitamos sí o sí meterla en el aula. No digo todos los días, pero pedirles que hagan cosas y discutirlo con ellos y construir entre docentes y alumnos una especie de manual de cómo lo usamos, para qué lo usamos, en qué momento, cuándo no y cuándo sí.

Aprender siempre es costoso. Aprender es superar un esfuerzo, es superar una fricción. Si yo recurro a una máquina que me quita la fricción, que me quita el esfuerzo, no voy a aprender. Esto tengo que hacérselo ver a los estudiantes, tengo que poner el valor en el proceso, tengo que poner el valor en el aprender y no solo en la nota.

¿Desde qué lugar crees que la educación está siendo interpelada hoy a nivel político y social, además de pedagógico?

Muchos de los debates que escuchamos que parecen educativos no son educativos, responden a intereses de partido y es un tema delicado, pero yo creo que hay que tener algunas ideas claras. Con una buena educación, extendiendo al máximo posible las opciones de educación superior, la universitaria, y con buenas universidades independientes, podemos sostener la democracia.

Los ataques a la democracia van muy unidos a los ataques a la propia educación; ya lo hemos visto con el liberalismo: primero atacan a los educadores, a los docentes, docentes de secundaria, de la universidad, a la universidad.

La autonomía claramente es algo que hay que defender, y hay que defender la importancia de la educación para sostener la democracia. La base que no podemos perder son los derechos humanos. Las constituciones de los países, los derechos humanos, que son los derechos universales, y los avances sociales que ha habido, eso tiene que ser la base sobre la que construyamos la escuela. Tenemos que tener muy claro y defender muy bien lo que se supone que hemos construido como seres humanos y que compartimos.

Las grandes proclamaciones de derechos de los últimos 40 o 50 años son el suelo que no podemos perder, y a partir de ahí construir desde la autonomía, el espíritu crítico, las distintas miradas. Claro, no todo el mundo tiene que pensar lo mismo, pero tenemos que tener una base común basada en el derecho y en el respeto a las personas, que es lo que ahora se está rompiendo.

Si te das cuenta, sí es un campo de batalla. Muchas de las discusiones que vemos en los medios, que parecen educativas, detrás cargan intereses políticos o religiosos, a veces también de clase, y contra eso hay que estar muy alerta y no caer en la trampa. No caer en comprar el discurso neoconservador que nos promete una especie de paraíso. Ya sea sin tecnología, o sin problemas en las aulas, o separando chicos y chicas. Todo eso son movimientos reaccionarios, antieducativos y profundamente elitistas.