El comienzo de año estuvo marcado por una tendencia que se hizo viral en redes sociales y que invitaba a las usuarias y usuarios a compartir recuerdos de sus vidas en 2016. Si miramos más allá de las historias personales de nuestro círculo cercano –y de políticos, artistas y famosos de todo el mundo que se sumaron al trend–, podemos rastrear varios acontecimientos de ese año que marcaron un antes y un después en la agenda de los feminismos.

Desde esa perspectiva, al igual que nos pasa con nuestros propios recuerdos, el ejercicio de pensar en 2016 con lentes violetas también genera una especie de nostalgia colectiva porque nos lleva a un momento de efervescencia de los feminismos, que entonces surfeaban la cresta de la cuarta ola. Una época de explosión de la lucha contra todas las formas de violencia de género –un camino que agarró impulso en 2015, con el #NiUnaMenos en Argentina–, de la ruptura del silencio en torno a las violencias sexuales –es el año del caso de La Manada en España, con su #HermanaYoTeCreo”– y la antesala de otros hitos que empezaron a gestarse por esas fechas para ganar terreno poco después, como el Paro Internacional de Mujeres, el #MeToo en Estados Unidos o la marea verde por el aborto legal en América Latina.

Esa “primavera feminista” también se vivía en Uruguay, que tuvo su génesis en el Primer Encuentro de Feminismos en noviembre de 2014, que consolidó las alertas feministas como forma de visibilizar y denunciar los femicidios a partir de 2015 y en los años siguientes hizo eco de los movimientos internacionales contra la violencia machista. En 2016, la academia y el activismo feminista de Uruguay también empezaron a preparar el XIV Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe, que al año siguiente convocó a miles de personas de la región en Montevideo. A nivel normativo, empezaban a surgir los debates para la aprobación de leyes fundamentales como la de violencia de género o la que tipificó el femicidio como agravante del homicidio en el Código Penal (ambas de 2017).

La Manada y un cambio de paradigma respecto de la violencia sexual

El 7 de julio de 2016, una joven fue víctima de una violación grupal por parte de cinco hombres durante las fiestas de San Fermín, en Pamplona, España. El brutal caso marcó un antes y un después en la visibilización y la denuncia de las violencias sexuales. La indignación generó movilizaciones históricas en todo el país –que fueron replicadas en otros puntos del mundo– en apoyo a esa víctima, pero también a todas las demás. Abrió la puerta para que miles y miles de mujeres rompieran el silencio en las redes sociales para denunciar sus propias experiencias como víctimas de violencia sexual, con hashtags como #HermanaYoTeCreo, e hizo que nos sintiéramos menos solas.

Fue el preámbulo de otros movimientos que le sucedieron, como el #MiráCómoNosPonemos en Argentina, el #MeToo en Estados Unidos o incluso el #VaronesCarnaval en Uruguay.

Además, el caso de La Manada puso en evidencia la misoginia y los sesgos patriarcales del sistema judicial. De ese cuestionamiento nació la ley del “sólo sí es sí”, que establece que todo acto no consentido constituye agresión sexual y que el Congreso español aprobó en 2022, después de muchas idas y vueltas. También expuso la cobertura machista, estigmatizante e insensible de los casos de violencia sexual en los medios; y, en todo el mundo, nos obligó a ser mejores.

El germen del primer Paro Internacional de Mujeres

El 3 de octubre de 2016, las mujeres polacas realizaron una huelga de un día y tomaron las calles de Varsovia vestidas de negro, en rechazo a un proyecto de ley que buscaba penalizar el aborto, incluso en casos de violación, aborto espontáneo o peligro de vida para la persona gestante, con condenas de hasta cinco años de cárcel para las mujeres y los profesionales de la salud.

La movilización de ese día, que llamaron “lunes negro”, fue tan potente que el Parlamento finalmente rechazó la iniciativa. Ellas no lo sabían, pero esa jornada fue la semilla que sembró el primer Paro Internacional de Mujeres, el 8 de marzo de 2017, al que se adhirieron decenas de países, incluido Uruguay, bajo la consigna “la solidaridad es nuestra arma”.

Primer paro de mujeres en Argentina

El 19 de octubre de 2016, en una semana en la que se registraron siete femicidios y luego de un fin de semana en el que las mujeres fueron reprimidas en la marcha del Encuentro Nacional de Mujeres, las argentinas siguieron el ejemplo de las polacas y convocaron a un paro por una hora. También hubo movilizaciones masivas en todo el país. La gota que derramó el vaso fue el femicidio de Lucía Pérez, la adolescente de 16 años que fue agredida sexualmente y asesinada el 8 de octubre en Mar del Plata.

No olvidemos el contexto: un año antes, el 3 de junio de 2015, Argentina había convocado el primer #NiUnaMenos, que desde entonces se convirtió en una fecha emblemática del movimiento feminista contra los femicidios y la violencia de género en general.

La gesta hacia la Women’s March

El 8 de noviembre de 2016, con un discurso misógino, declaraciones sexistas y un prontuario de acusaciones de violencia sexual, Donald Trump ganó las elecciones presidenciales en Estados Unidos (por primera vez). Esto llevó a que, ese mismo día, se empezara a organizar la Women’s March, una histórica movilización –la más grande en la historia del país desde las protestas contra la guerra de Vietnam hasta ese momento, según los medios locales– que reunió a miles de personas en defensa de los derechos no sólo de las mujeres, sino también de las personas LGBTI+, migrantes, afro, con discapacidad, entre otras poblaciones que fueron atacadas por el republicano durante su campaña.

La marcha tuvo lugar el 21 de enero de 2017, un día después de la toma de posesión de Trump, y fue la antesala para el #MeToo, que tomó impulso unas semanas más tarde para denunciar acoso y abuso sexual en la industria del cine en Estados Unidos.