Marta G Franco se define como habitante de internet desde 1999, ese número llamativo antes de que el siglo cambiara y el 2000 pasara la prueba del colapso de las computadoras y, sin que supiéramos, fuéramos al colapso a través de las pantallas que iban a pasar a ser más chicas y más adictivas que nunca. Ella nació en España y vive en Portugal. Propone defender internet y los avances en tecnología, pero no dejarse pescar por el uso actual de las app en el celular. Es la autora de un libro emblemático: Las redes son nuestras. Una historia popular de internet y un mapa para volver a habitarla (2024), publicado por la editorial Consonni. Es consultora de estrategias digitales y trabaja con organizaciones interesadas en promover la justicia social y climática.
Pasó por muchos hackmeetings (encuentros organizados de defensores y defensoras del software libre) y hacklabs (espacios abiertos dedicados a la tecnología y la ciencia) en centros sociales. Vivió intensamente –en el equipo de la página web y las redes sociales– el 15M: el movimiento de los indignados que, el 15 de mayo de 2011, llenó las calles de Madrid con miles de personas, después de la crisis económica de 2008, en España, y acamparon en la Puerta del Sol, una estrategia que se replicó y se levantó en un clima de implosiones de protestas en Europa.
Las redes ya no son lo que eran. Pero las protestas volvieron, demonizadas por la derecha que habla de rompedores y rompiendo la lógica de los algoritmos. En España, Italia, Francia, Portugal, Alemania, Albania, Polonia y Serbia las manifestaciones se reproducen para demandar techo y estudio o dos variables básicas: refugio presente y perspectiva de futuro.
Ella forma parte del colectivo Laintersección, dedicado a la investigación y la comunicación; de Algorights, una comunidad de personas interesadas en la inteligencia artificial con perspectiva de derechos humanos, y de Pantube, una alianza de creadores digitales que trazan estrategias conjuntas. También es parte de La Nuestra, la red social feminista creada por la periodista española Cristina Fallarás que representa la esperanza de una comunidad digital en la que las mujeres y disidencias puedan volver a reconstruir el valor de la palabra.
Tiene una mirada aguda sobre un fenómeno criticado y adictivo, despreciado y adorado: las redes sociales que no son lo mismo que internet. Y, a la vez, cuenta con la carta del silencio cuando escucha, que es un valor en un mundo plagado de ruido, de lo que más nos falta: conectar, pero de verdad.
¿Cómo analizas, en un contexto de tanta militancia digital, la ola de revueltas por la vivienda y por la educación en Francia, España y Portugal?
Toda esta ola viene de atrás, como todas las olas. Tiene una historia y un recorrido. Y es una consecuencia más de la descomposición del Estado de bienestar que sufrimos en Europa en los últimos 30 años. Llevamos décadas en las que los servicios públicos y los derechos sociales que dábamos por garantizados y que fueron construidos entre los 50, 60, 70, 80, están desmantelándose con el triunfo de la ideología neoliberal.
¿Por qué Europa está en crisis?
En Europa teníamos expectativas de tener mecanismos que nos protegían de las peores consecuencias económicas y creíamos que teníamos un colchón en nuestros servicios públicos y ciertos mecanismos, como la educación pública, que ya no se sostienen porque llevan muchos años de desinversión y de menos apoyo de las instituciones públicas. Y eso hace que esté aumentando mucho la desigualdad.
¿Cómo se vive esa desinversión pública en la vida personal?
Las personas de menos de 40 años y todas las generaciones de abajo tenemos mucho peor calidad de vida que nuestros padres. Es una cuestión de pérdida o de ruptura de lo que nos habían prometido y de desacoplar nuestras expectativas. Nos contaron que “si estudias vas a tener un buen trabajo y una casa”, y eso no existe. Ese tipo de vida ya no es posible tampoco en Europa. Todo lo que está pasando tiene que ver con la ruptura de ese modelo. En España y en Portugal se están manifestando por la vivienda, que es el peor problema.
¿Cómo se contrapone el ascenso electoral y social de la extrema derecha a las protestas que muestran a jóvenes reclamando por sus derechos?
El ascenso de la extrema derecha se ha alimentado del descontento. Pero, afortunadamente, todavía quedan algunas personas en la vieja y racista Europa que tienen algo de noción antifascista. La diferencia entre estos movimientos y los que pasaron hace 15 años con una política de austeridad, en 2011, es que ahora está mucho más adelante la conciencia de clase: se habla más y se tiene en cuenta la clase trabajadora de las personas que forman parte de la crisis. El carácter antifascista está presente en las manifestaciones: es una revuelta antifa.
¿Cómo analizas que parecía que la militancia se había reducido a hacer un posteo en Instagram y ahora hay una explosión de hiperpresencialidad?
En la pandemia fue el momento pico de todo lo digital porque no podíamos salir a la calle ni encontrarnos y, cuando acabó, la gente empezó a querer volver a espacios más de ocio y, luego, llevamos un tiempo en que vemos la participación en espacios no directamente politizados pero sí grupos de lectura, ir a las librerías, ir a fiestas a escuchar discos y este tipo de actividades que han crecido mucho en los últimos tres años. Eso es una cosa que era impensable. Y, con ese movimiento, se han avivado las ganas de ir a una asamblea a debatir temas políticos con compañeras. Se echa de menos el acuerparse sumado a estar cabreada por lo que está pasando. Es un buen caldo de cultivo para que la gente se organice y salga.
¿Las redes sociales ya nos decepcionaron?
Las redes sociales: Instagram y Tik Tok no nos sirven para contar lo que queremos contar. Eso también lleva a los activistas a buscar otros métodos. También es interesante el resurgimiento de los fanzines fotocopiados que ya habían desaparecido hace 20 años.
¿Sirve el activismo por Instagram?
Sirve para alguna cosa. Hace diez o 15 años hubo una ola de movilizaciones que utilizaron herramientas digitales, Facebook y Twitter al principio, y que realmente sirvió. Estuvo bien que nos ayude a llegar a gente que nunca vendría a nuestra asamblea, y podemos hacer que lo que queremos decir se escuche en otros sitios. Pero hubo un rearme reaccionario para ocupar esos espacios con muchísima experiencia en América Latina de cómo se usan las granjas de bots. Además, Elon Musk compró Twitter. Sabemos claramente que la reacción se da cuenta de que las redes sociales son evidentemente una herramienta útil, y entonces eso es lo que nos queda. Ahora, a día de hoy, sirve bastante menos por todo lo que sabemos que tiene que ver con el shadow banning [cuando una red social limita la difusión del contenido de una cuenta sin avisarle] y cómo están configuradas tecnológicamente estas agencias.
¿Hay censura?
Los algoritmos no están censurando de una manera explícita pero no te muestran nada del contenido que no quieren mostrar.
¿Qué información bloquean los algoritmos?
Hay determinadas palabras que son casi tabú para los algoritmos. Son todas las que tienen que ver con el feminismo, con el clima, con Palestina y Gaza. Y, de hecho, lo que nos está pasando es que nos autocensuramos y no decimos ciertas cosas o inventamos eufemismos para que las redes compartan el contenido. Por ejemplo, usamos una sandía en vez de Palestina, pero ya los algoritmos saben que la sandía es Palestina, con lo cual nos tenemos que inventar otro nuevo.
¿Hay que irse de las redes o nos podemos quedar mientras intentamos revertir la dominación actual?
Yo no niego que algunas personas y colectivos que ya tengan una cuenta puedan seguir usándola, pero cada vez nos sirve menos para la difusión, para llegar a nuevos públicos y, desde luego, no nos sirve para hablar entre nosotras y tener espacio de debate.
¿El debate virtual es una farsa que solo produce confrontación y no intercambios reales?
Nunca fue un espacio de debate. Quizás Twitter al principio, pero Instagram y Tik Tok no son espacios de diálogo. Hay muchas otras herramientas digitales que sí pueden serlo y que están muy bien.
¿No se trata de apagar todo, sino de ver cómo y dónde nos encendemos?
Hay que tener cuidado con la tecnofobia y entender que internet es mucho más que Tik Tok e Instagram y que podemos usar muchas otras herramientas digitales. Es imposible hacerlo todo offline. En Uruguay tienen mucha tradición favorable al software libre, por la cantidad de gente que busca estas opciones, el tamaño del país y el gobierno es muy favorable a estas búsquedas. Las grandes tecnológicas quieren que nos pasemos cada vez más tiempo en las aplicaciones para extraer nuestros datos, y existen tecnologías de internet que son abiertas y libres.
¿Cómo es el proyecto La Nuestra, de Cristina Fallarás, que implica una alternativa para las feministas?
Es una experiencia que surgió después de los movimientos de América Latina en respuesta a las violencias machistas y la ola del #MeToo y tal, cuando Cristina Fallarás compartió una historia de violencia sexual machista en Twitter con el hashtag #Cuéntalo. En los siguientes días, cientos de mujeres compartieron sus historias y de ahí surgió una gran comunidad de mujeres que queríamos hablar de nuestras historias de violencia. Cristina Fallarás ha estado compartiendo. Pero ahora necesitamos otro espacio porque no tiene sentido que lo haga una sola persona y por todos los límites que tiene Instagram. Y también tenemos que pensarlos entre nosotras, ser capaces de encontrar recursos de apoyo y hablar para gestionar estas violencias colectivamente. Por eso surge La Nuestra, que es una red social, aunque no vamos a imitar toda la dinámica exactamente de una red social, pero sí es una comunidad digital donde mujeres y disidencias podamos encontrarnos para hablar y encontrar formas de respuesta.
Las Bravas es un espacio de la diaria Feminismos que busca amplificar las voces y las experiencias de mujeres feministas que están cambiando la historia en América Latina y el mundo. Está a cargo de Luciana Peker, periodista argentina especializada en género y autora de La odiocracia: al fondo a la derecha (2026), ¿El amor es o se hace? (2023), Sexteame: amor y sexo en la era de las mujeres deseantes (2020), La revolución de las hijas (2019) y Putita golosa, por un feminismo del goce (2018), entre otros libros.
