Las Clito, colectivo chileno dedicado a la divulgación de información sobre el clítoris, y Acuerpar, colectivo uruguayo de psicología feminista, hicieron una investigación autogestiva y transdiciplinaria sobre el impacto de los antidepresivos en la libido de las mujeres. En el informe, titulado “El deseo también cuenta”, las psicólogas Sofía Alvarado, Manira Correa, Maira Silva, Paula Martínez, la socióloga Rocío Severino y la química Marta Vázquez señalan que hasta un 70% de las personas que toman estos psicofármacos pueden ver afectada su sexualidad.
Las disfunciones sexuales van desde la disminución del deseo, dificultades en la excitación, retraso o ausencia del orgasmo y reducción de la satisfacción sexual, cambios en la intensidad del orgasmo y de la excitación general hasta la falta o la reducción de la lubricación vaginal, disminución de la sensibilidad del pezón y dolor genital. Por otra parte, existen otros efectos secundarios no sexuales como entumecimiento emocional, despersonalización y deterioro cognitivo que igualmente afectan la salud sexual.
Las profesionales hicieron una revisión bibliográfica y una encuesta a 368 personas de Uruguay y de Chile, de las cuales 94,6% se autoperciben como mujeres. Los resultados indicaron que la disminución de la libido fue el efecto secundario más frecuente, con 73,1% de casos. 54,1% de las participantes indicó tener una inhibición o disminución del deseo sexual, mientras que 63,9% manifestó dificultades para alcanzar el orgasmo y 36,1% reportó cambios en la intensidad orgásmica. Además, 50,5% observó un aumento en la cantidad de tiempo necesaria para alcanzar la excitación y 38,3% tuvo una disminución o ausencia de lubricación vaginal. Solo 4,1% de las encuestadas dijo haber experimentado un aumento de la libido luego de iniciar el tratamiento con antidepresivos.
Otro dato relevante es que 77,4% de las participantes dijo que no recibió opciones para abordar o evitar estos efectos secundarios y apenas 13,3% tuvo alguna propuesta de manejo clínico de estas dificultades por parte de los profesionales de la salud. “Se evidencia una importante brecha en la atención integral de la salud sexual y reproductiva así como una escasa incorporación de la sexualidad como dimensión relevante dentro del seguimiento farmacológico en salud mental”, señala el estudio, que fue presentado el pasado 7 de agosto, en el marco del Día Internacional del Orgasmo Femenino, en Espacio Colabora.
El acceso a la información es otro de los problemas. De la encuesta surge que la mayoría de las participantes no fue advertida por el médico o médica tratante sobre el impacto que podría traer aparejado el tratamiento farmacológico, sino que se enteraron a través de otras fuentes: internet, redes sociales, prospectos del medicamento, literatura científica, intercambios con pares y con otros profesionales de la salud, además de la propia experiencia. “Entre quienes accedieron a alternativas, 77,6% manifestó que estas surgieron a partir de su propia solicitud y no por iniciativa del equipo tratante”, ilustra el informe.
“Estos datos sugieren la existencia de una importante brecha en el acceso a la información, quedando con frecuencia en las propias usuarias la responsabilidad de recurrir a medios alternativos para comprender los cambios experimentados y el impacto de la medicación en su sexualidad. Esta situación puede dificultar el reconocimiento de la disminución de la libido como un posible efecto adverso del tratamiento y favorecer interpretaciones centradas en características personales, relacionales o identitarias”, plantea el documento.
No obstante, las profesionales exhortan a que la interrupción o cambio en la toma de la medicación sea consultada previamente con el o la psiquiatra, y plantean opciones para proponerle: empezar a tomar un antidepresivo que tenga menor impacto en la libido, esperar algunas semanas para observar si los impactos del antidepresivo disminuyen o desaparecen, ajustar la dosis, hacer un descanso farmacológico planificado, cambiar a otro antidepresivo o agregar un segundo antidepresivo.
Entre las encuestadas, 72,6% tomaba antidepresivos y 27,2% dijo haberlos utilizado previo a la consulta. Si bien su uso estuvo presente en mujeres de todas las edades, se vio una mayor concentración entre los 17 y los 39 años. El tratamiento con antidepresivos implica períodos largos: según el estudio, 34,5% dijo hacerlo desde hace más de tres años y otro 34,5% más de un año. Varias de las encuestadas manifestaron estar en la disyuntiva de elegir entre sostener el tratamiento o conservar una vida sexual satisfactoria.
La necesidad de un abordaje integral de la salud mental
Según el informe, los antidepresivos son uno de los medicamentos más prescritos para el tratamiento de trastornos de salud mental y tienen una eficacia significativa, que mejora la calidad de vida en general. No obstante, la adherencia al tratamiento puede verse afectada por los efectos secundarios, especialmente por los antidepresivos conocidos como inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), la hormona que, entre otras cosas, regula comportamientos impulsivos y la respuesta ante el estrés.
Los ISRS son los fármacos indicados con mayor frecuencia para el tratamiento de la depresión. Entre ellos, están la sertralina, la fluoxetina, el escitalopram, la paroxetina, la fluvoxamina y el citalopram. La sertralina fue el antidepresivo más consumido (32,9%), seguida por el escitalopram (29,1%) y la fluoxetina (16%), de acuerdo con la encuesta. Estos tres, a su vez, son los antidepresivos “descritos en la literatura como los de mayor riesgo de producir disminución del deseo sexual, dificultades en la excitación y alteraciones orgásmicas”. Dentro de los fármacos que tienen menor probabilidad de afectar la sexualidad de la mujer está el bupropión, que es consumido por apenas 10,1% de las encuestadas.
Entre los desafíos para detectar la disfunción sexual está el hecho de que los efectos secundarios de los antidepresivos quedan solapados por los trastornos mentales que los subyacen: “La depresión en sí misma está relacionada con altas tasas de disfunción sexual, independientemente del uso de medicamentos”, explican. En tanto, “la afectación de la libido puede repercutir negativamente en la autoestima o autopercepción, la calidad de las relaciones sexoafectivas y la vida en general”. El estudio arrojó que entre el 27% y el 65% de las mujeres “experimentaron un empeoramiento de las dificultades preexistentes o la aparición de nuevos problemas sexuales durante las primeras semanas de tratamiento”.
“La disminución del deseo, la pérdida de sensibilidad corporal o la dificultad para experimentar placer pueden generar sentimientos de desconexión consigo mismas, culpa, frustración o deterioro de los vínculos sexoafectivos, especialmente en contextos en los que la sexualidad continúa atravesada por mandatos patriarcales y exigencias relacionales hacia las mujeres. En este sentido, la necesidad de incorporar una perspectiva integral y feminista en los tratamientos de salud mental resulta central. Reconocer la libido como una dimensión compleja de la subjetividad implica dejar de considerar los efectos sexuales adversos como ʻsecundariosʼ o menores, para comprenderlos como parte fundamental de la calidad de vida y del derecho a una salud integral”, advierten las investigadoras.
Por otra parte, señalan que aún la sexualidad es un tabú social, lo que lleva a que las pacientes no consulten sobre la afectación de los fármacos en su libido. Es así que es frecuente que la consulta al profesional de la salud llegue “como consecuencia de la demanda de una pareja sexual y no por iniciativa propia”.
Mencionan que en los relatos aparece la preocupación de las mujeres por no satisfacer las expectativas sexuales de sus parejas, sentimientos de culpa y temor por el impacto en el vínculo. En tanto, sobre ellas mismas el impacto es sobre su autoestima, autopercepción y bienestar emocional. La sensación de desconexión con el propio cuerpo y la dificultad para sentir placer también estuvieron presentes en los relatos.
Los resultados de la encuesta señalan que los efectos en la libido de las mujeres derivaron en tensiones con sus parejas vinculadas a la presión para tener sexo, temor al rechazo o al abandono y dificultades para comunicar estos sentimientos. “En algunos casos, la disminución de la libido llevó incluso a cuestionamientos sobre la propia relación o sobre la identidad sexual, al no poder distinguir si la falta de deseo respondía a la medicación, al estado emocional o al vínculo afectivo”, agregan.
Las responsables de la investigación plantean la necesidad de un abordaje integral, con la colaboración interdisciplinar de la psicología, la sexología, la psiquiatría, la medicina general y familiar, la endocrinología y la ginecología, para mejorar el tratamiento de la salud mental de las mujeres. Aunque reconocen que “muchas veces esta posibilidad de un abordaje colaborativo transdisciplinar se ve imposibilitada por lo reducido de los esquemas de tratamiento, las formas de funcionamiento de las instituciones y los tiempos para conseguir cita, las posibilidades económicas o la resistencia de les profesionales a la colaboración entre distintas áreas, entre otros factores”.
Injusticia epistémica
Desde la perspectiva de la psicología feminista, las autoras conciben al deseo más allá del “impulso sexual”, como “una expresión de autonomía, creatividad, placer, potencia vital y posibilidad de construir una vida propia”.
La idea para esta investigación surgió a partir de un encuentro entre mujeres que llevaron adelante los colectivos, al que llamaron “Por una salud mental del goce: más placer, menos culpa”, en noviembre de 2025 en la Casa de las Ciudadanas. En esa oportunidad percibieron que había desconocimiento de las participantes sobre el impacto de los antidepresivos en la sexualidad. Consideran que esto es un ejemplo de “injusticia epistémica”, un concepto que introdujo la filósofa inglesa Miranda Fricker: “A través del desconocimiento se vulnera la dignidad de las mujeres al desacreditar su capacidad como sujetas de conocimiento”.
“En este caso, los prejuicios identitarios y las estructuras de poder aplican en sus dos variantes principales: la injusticia testimonial, en la se resta credibilidad al habla de las personas, y la injusticia hermenéutica, ya que impide a las mujeres comprender sus propias vivencias por falta de conceptos sociales compartidos”, señalan.
En esa línea, consideran que la información sobre el placer de la mujer y el clítoris “no es un vacío accidental, sino un resultado de intereses políticos y dinámicas de poder históricas, exponiendo cómo el conocimiento médico ha oscilado entre patologizar el deseo de las mujeres y borrar sistemáticamente sus geografías del placer”.
