Una investigación científica impulsada durante más de 15 años por investigadoras de la Facultad de Química de la Universidad de la República busca dar un paso hacia su aplicación en el tratamiento del cáncer. A partir de ese trabajo surgió Nanoprox, una empresa de biotecnología que desarrolla nanopartículas de sulfuro de bismuto con el objetivo de mejorar la eficacia de la radioterapia y, eventualmente, reducir la cantidad de sesiones que necesitan los pacientes.
Federico Kramer, director ejecutivo de la empresa, explicó, en diálogo con la diaria, que el proyecto consiste en desarrollar una nanopartícula que se administra por vía intravenosa antes de una sesión de radioterapia y que funciona como un “radiosensibilizador”. Esto significa que busca aumentar la sensibilidad de las células tumorales a la radiación y, por lo tanto, potenciar el efecto del tratamiento.
Las nanopartículas son estructuras miles de veces más pequeñas que el grosor de un cabello humano. En este caso, están compuestas por sulfuro de bismuto, un material que, por su elevado número atómico, puede interactuar con los rayos X y potenciar el efecto de la radiación sobre las células tumorales.
Los primeros resultados experimentales muestran avances. En las primeras pruebas, realizadas en laboratorio sobre células cancerosas (in vitro), la tecnología consiguió una respuesta ocho veces superior a la obtenida con una sesión de radioterapia convencional, según indicó Kramer. Más recientemente, comenzó los primeros ensayos in vivo, en los que evalúa el comportamiento de las nanopartículas en organismos vivos. En las pruebas preliminares sobre cáncer de pulmón, observó una reducción tumoral aproximadamente del 40% superior a la obtenida con radioterapia convencional, según explicó Kramer.
El objetivo de la tecnología es que los tratamientos puedan conseguir mejores resultados con menos sesiones. Esto permitiría disminuir también los efectos secundarios asociados a la radioterapia. “El objetivo principal es la reducción de los tumores con menor sesiones de radioterapia, haciendo que se reduzcan los efectos secundarios”, señaló Kramer.
La propuesta busca diferenciarse de otras tecnologías que se encuentran en desarrollo a nivel internacional. Según explicó, existe otra empresa que trabaja con un compuesto diferente y que actualmente se encuentra en fase 2 de investigación clínica. Sin embargo, esa alternativa utiliza una inyección intratumoral, es decir, directamente en el tumor, mientras que Nanoprox desarrolla una administración intravenosa.
La diferencia es relevante porque la vía intravenosa podría permitir llegar a tumores de difícil acceso y a aquellos que presentan metástasis, situaciones en las que una inyección directamente en el tumor puede resultar más compleja. “Al ser intravenoso, se puede acceder a tumores de difícil acceso o metastásicos”, explicó.
Nanoprox surgió a partir de una investigación de más de 15 años realizada por cuatro investigadoras de la Facultad de Química de la Universidad de la República (Udelar): Ivana Aguiar, María Eugenia Pérez Barthaburu, Isabel Galain y Camila Pérez, quienes son las fundadoras de la empresa.
El proyecto científico comenzó en 2016 y, a lo largo de su desarrollo, sumó una colaboración con la Universidad de São Paulo (Brasil) en 2020. En 2022 consiguió validar la tecnología en ensayos in vitro sobre cáncer de mama y en 2025 avanzó con pruebas sobre cáncer de pulmón. Ese mismo año se constituyó NanoProX como empresa.
Del laboratorio al mercado internacional
El desafío de Nanoprox no se limita al desarrollo científico. Como ocurre con otros emprendimientos biotecnológicos, el camino entre una investigación académica y un producto que pueda utilizarse en pacientes requiere superar distintas etapas de validación, ensayos y aprobaciones regulatorias.
En ese sentido, la empresa se encuentra en proceso de tramitar una patente internacional bajo el sistema PCT. Su estrategia comercial apunta principalmente a Estados Unidos y Europa, aunque también contempla Brasil.
Kramer explicó que la intención es avanzar en esos mercados desde el punto de vista regulatorio, sin descartar que, si el desarrollo consigue las aprobaciones correspondientes, pueda incorporarse posteriormente en Uruguay.
La empresa prevé realizar dos nuevos ensayos in vivo y espera contar con resultados más completos y cuantificados. Para una startup biotecnológica, llegar a esa instancia ya representa un avance importante, aunque todavía está lejos de demostrar eficacia y seguridad en seres humanos, afirmó.
Kramer señaló que en Uruguay pocas empresas del sector han conseguido avanzar hasta las etapas de investigación clínica. Mencionó como antecedente a Eolo Pharma, una compañía que logró llevar uno de sus desarrollos a fase 1 en humanos. En el caso de Nanoprox, consideró que, si los resultados continúan siendo favorables, podría acercarse a ese objetivo en un plazo de algunos años.
La conexión entre ciencia y negocios
Más allá de los desafíos propios de su desarrollo, Kramer identificó algunas dificultades estructurales del ecosistema uruguayo para impulsar emprendimientos de base científica. Entre ellas, destacó la distancia que todavía existe entre la investigación académica y el mundo empresarial.
“Sobre todo, falta la conexión entre la investigación y la academia tradicional con el mundo de las startups y el mundo emprendedor tradicional”, sostuvo.
A su entender, es necesario generar más espacios que vinculen a investigadores con perfiles empresariales y facilitar el contacto con compañías internacionales, centros tecnológicos e industrias farmacéuticas que puedan interesarse en las investigaciones desarrolladas en Uruguay.
También consideró que se necesita ampliar el acceso a financiamiento. Si bien reconoció que están surgiendo fondos e iniciativas orientados a sectores como la biotecnología, la inteligencia artificial aplicada a la salud y los dispositivos médicos, señaló que todavía faltan herramientas para que las empresas puedan sostenerse y atravesar las distintas etapas de maduración.
“Muchas surgen como soluciones muy innovadoras, pero luego, si no pueden mantenerse en el mercado o no tienen el tiempo y la madurez, es muy difícil que esas empresas puedan mantenerse”, afirmó.
Para Kramer, el desafío no consiste únicamente en lograr que surjan nuevas compañías, sino también en que puedan consolidarse. En biotecnología, los tiempos de desarrollo suelen ser extensos, la inversión necesaria es elevada y los riesgos son mayores que en otras áreas del sector de la salud, explicó.
De cara a los próximos diez años, aseguró que espera que Uruguay consiga transformar una mayor cantidad de investigaciones científicas, tanto del ámbito público como del privado y universitario, en empresas capaces de desarrollar productos y competir internacionalmente.
En ese proceso, consideró que el Estado también puede cumplir un papel relevante, no solamente mediante el financiamiento, sino facilitando conexiones con otros ecosistemas de innovación y potenciales socios internacionales.
“Creo que la inversión de afuera se puede conseguir si el proyecto es bueno. Pero para llegar a esos contactos no solamente tiene que surgir del sector privado, sino también del gobierno o del Estado”, concluyó.
