Para tener una sociedad más igualitaria en el futuro tiene que existir una “fuerte apuesta” a la ciencia, la tecnología, la innovación y la generación de conocimiento, sostuvo el senador colorado Robert Silva en diálogo con la diaria, en el marco del Cuestionario Futuria. Para el presidente de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) durante el período 2020-2023, uno de los principales desafíos del gobierno es construir una estrategia de innovación que reúna amplios acuerdos políticos y una mayor inversión pública y privada.
Silva, que es abogado y fue candidato a la vicepresidencia por el Partido Colorado en las últimas elecciones, advirtió que uno de los principales obstáculos es la idea de que la investigación académica no debe vincularse a los intereses productivos.
“Es muy importante salir de determinados dogmas que algunos actores han proyectado a lo largo del tiempo. Me refiero a la idea de que la educación, los sectores de investigación –en particular los públicos–, las universidades y el ecosistema de innovación e investigación no pueden estar al servicio de determinados intereses productivos porque eso sería mercantilista o contrario a su función”, afirmó.
Por el contrario, defendió una articulación más estrecha entre la academia y el sector productivo, con respeto por la autonomía y la libertad académica. Remarcó que hay que animarse a “ser disruptivos”.
¿En qué punto está Uruguay en materia de agregación de valor mediante el conocimiento y la innovación?
Uruguay ha construido fortalezas institucionales, cuenta con conectividad y dispone, en gran medida, de capital humano. El problema es que no logra transformar esas ventajas en todo el desarrollo productivo que podría alcanzar. Tenemos capacidades para competir en lo que [el economista Ricardo] Pascale llamaba “la economía del conocimiento”, pero necesitamos innovar más y mejorar.
Según el Índice Mundial de Innovación, Uruguay se ubica en el puesto 68 entre 139 economías, cuando en 2023 estaba en el 62. Además, en 2023 invertimos el 0,71% del PIB [producto interno bruto] en investigación y desarrollo. Estamos lejísimo de las inversiones que realizan los países desarrollados. Estamos rezagados en inversión de capital, patentes, graduados en ciencia e ingeniería e investigación dentro de las propias empresas.
¿Qué desafíos tiene Uruguay para promover la innovación?
Uruguay necesita animarse a hacer cosas distintas y generar más conocimiento. Muchas veces se incorpora tecnología como si eso fuera equivalente a producir conocimiento, pero incorporar tecnología no es sinónimo de desarrollar conocimiento. El país tiene que dar ese paso, porque la generación de conocimiento implica desarrollar propiedad intelectual y, posteriormente, producir bienes y servicios que agreguen valor.
Hay antecedentes importantes, como la Ley de Promoción y Protección de Inversiones de 1987, el Programa de Desarrollo Tecnológico y la creación del Institut Pasteur. Siempre recalco la magnífica visión de [Jorge] Batlle en el Institut Pasteur. También hay avances más recientes, como el régimen de promoción de inversiones de 2020.
De todos modos, queda mucho por hacer. La innovación tiene que surgir de la articulación entre los sectores académico, público y privado. Hay que fortalecer la inversión en investigación y desarrollo e incentivar al sector privado para que invierta, involucrando a las universidades y a los espacios donde se genera conocimiento, siempre con respeto a la libertad y la autonomía académicas.
¿En qué impacta todo esto? En que no basta con crecer: tenemos que producir mejor y agregar valor. Como batllista, también sostengo que hay que distribuir mucho mejor los frutos de ese crecimiento. Para eso, la innovación es fundamental.
¿Cómo observa la relación entre la academia y el sistema innovador?
Existe la necesidad de que el conocimiento circule mejor entre la academia, las empresas, el Estado y la sociedad. Me inspiro mucho en [el expresidente] José Batlle y Ordóñez, a quien leo permanentemente. A comienzos del siglo XX, durante sus presidencias, creó institutos estatales de investigación aplicada en química, química industrial y geología, además de estaciones agronómicas. Batlle tenía la convicción de que el conocimiento era una herramienta para el desarrollo nacional. Después hubo otros ejemplos.
Creo que tiene que haber muchos más proyectos conjuntos entre las universidades y las empresas, fondos para investigación aplicada, incubadoras y startups.
Quiero insistir en algo: esa articulación debe desarrollarse sin comprometer la autonomía ni la libertad académica. También creo que hay que valorar, en la carrera de los investigadores, su contribución a la innovación y a la resolución de problemas concretos. No solamente deben considerarse las publicaciones o los papers, sino también qué problemas resolvieron y qué soluciones aportaron a cuestiones públicas que afectan a la población y son relevantes para el desarrollo y el crecimiento.
¿Qué innovaciones educativas están funcionando y cuál es la mejor manera de escalarlas?
Hay una innovación educativa que trascendió los gobiernos: el Plan Ceibal. De todos modos, incorporar tecnología no necesariamente implica innovar pedagógicamente ni mejorar los aprendizajes. Por eso, durante el gobierno pasado transformamos Ceibal. Surgió como una política pública para reducir la brecha tecnológica entre quienes tienen acceso y quienes no, y siempre lo apoyé.
Ahora tiene que dar un nuevo paso y convertirse en un centro de innovación que apueste a incorporar inteligencia artificial en la educación, genere herramientas para estudiantes y docentes e impacte favorablemente en los aprendizajes. Creo que ese es el camino.
La descentralización también es fundamental para dar oportunidades a la gente del interior. Hay innovaciones educativas que están funcionando, aunque el vínculo entre ellas debe estrecharse mucho más. Podemos mencionar la expansión universitaria en el interior, que comenzó con iniciativas anteriores de los gobiernos de [Julio María] Sanguinetti y luego continuó con la UTEC [Universidad Tecnológica], además de los institutos de formación docente y los centros regionales de profesores.
Estas innovaciones educativas funcionan, pero para que continúen desarrollándose es necesario descentralizar y acercar las oportunidades a todo el territorio. La descentralización tiene una larga trayectoria en Uruguay y es una innovación positiva que debe seguir funcionando.
¿Qué trabajos corren el riesgo de desaparecer en Uruguay antes de que estemos listos para reestructurar la cadena de valor?
Más que anunciar la desaparición de puestos de trabajo, debemos advertir que muchas tareas se van a transformar aceleradamente. Algunas están perdiendo valor debido a la inteligencia artificial y la automatización, especialmente las más rutinarias: la carga de datos, determinadas funciones contables, la atención al cliente y el procesamiento de documentos.
Es muy importante desarrollar competencias que les permitan a las personas desenvolverse en un mundo de cambios permanentes. El pensamiento crítico, el científico y la capacidad de aprender de manera permanente son claves.
A esas habilidades hay que sumar programas articulados de transición laboral. Tenemos el Inefop [Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional], que es una herramienta muy buena en la que participan empresas, trabajadores y el Estado. Creo que el abordaje de los riesgos que se plantea tiene que ir por ese camino.
¿Qué políticas públicas vinculadas a la tecnología y al futuro deberíamos promover con urgencia para que Uruguay esté preparado para los cambios que ocurrirán en pocos años?
Si tuviera que mencionar medidas concretas, empezaría por un plan nacional de formación en inteligencia artificial y competencias digitales, siguiendo un camino como el que está transitando Ceibal, que me parece muy importante. También necesitamos más inversión en ciencia, investigación y desarrollo.
Otra prioridad es un programa de transformación digital para las pequeñas y medianas empresas. Hay que incorporar automatización, ciberseguridad y mejores herramientas de gestión, pero acompañando a las empresas. Las pequeñas y medianas empresas del interior muchas veces no pueden hacerlo por sí solas; no se les puede seguir cargando costos.
La descentralización también es fundamental. Necesitamos una estrategia de innovación descentralizada, con instalaciones y oportunidades en el interior.
Además, hay que seguir estudiando y avanzando hacia reglas claras para el uso responsable de la inteligencia artificial. Esto incluye la protección de datos personales, la transparencia en las decisiones automatizadas, la ciberseguridad y las garantías para la población.
Todo esto nos lleva a la necesidad de impulsar políticas públicas innovadoras. Por ejemplo, en las compras del Estado y en la mejora de la gestión pública mediante la tecnología. La Ley de Competitividad que voté y en cuya elaboración trabajé, presentada por este gobierno, tiene varias facetas en esa dirección para mejorar la gestión utilizando tecnología.
¿Cómo observa la situación en el sistema político?
El gobierno está trabajando en una estrategia nacional. He visto que se han realizado actividades, aunque nosotros no hemos sido invitados ni hemos participado en esas instancias. De todos modos, me parece bien que se avance.
Creo que deberían involucrarse más los sectores productivos y el sistema político en general. Es un debe del país y, al mismo tiempo, una necesidad: tenemos que construir una política pública en materia de ciencia, tecnología, innovación y desarrollo.
Hay que tomar lo que existe, no empezar de cero ni actuar con una mentalidad fundacional. Debemos procurar unir esfuerzos poniendo a Uruguay por delante.
El sistema político está fragmentado en varios temas. Es una realidad que vivo permanentemente en el Parlamento. Pero no tengo dudas de que, inspirándonos en Ricardo Pascale y en otras grandes personalidades que hicieron destacar a Uruguay por mirar más allá de lo inmediato, podemos generar espacios de acuerdos para construir una estrategia y proyectar el país hacia el futuro.
¿Qué relatos sobre el futuro dominan en Uruguay?
Hay varios relatos. Uno presenta a Uruguay como un país estable y confiable, con buena conectividad y capacidades para insertarse en la economía del conocimiento. Otro plantea que corremos el riesgo de conformarnos con lo que tenemos, crecer lentamente y, por ejemplo, perder recursos naturales ante la instalación de centros de datos. También existen relatos catastróficos. Hay sectores de la población que se sienten atraídos siempre por escenarios hipotéticos negativos.
Creo que no debemos caer ni en el pesimismo ni en la autocomplacencia. Tenemos que proyectarnos a partir del rico pasado que tenemos y reconocer que contamos con condiciones para avanzar, pero también que no hay derechos adquiridos en la sociedad en la que nos toca vivir.
La estabilidad institucional, la credibilidad y la certeza jurídica son ventajas muy importantes para Uruguay. Lo digo no porque sea abogado, sino porque creo que son fortalezas del país. Sin embargo, eso por sí solo no genera innovación. Tiene que estar acompañado por una estrategia, inversión y una gran capacidad de ejecución, que a veces nos falta.
¿Qué imagen debe proyectar Uruguay hacia el exterior?
Uruguay debe proyectarse como un país confiable. Lamentablemente, hemos tenido algunos retrocesos en los últimos tiempos. Debe ser visto como un país democrático y estable, con voluntad de innovar y que ofrece oportunidades a los innovadores y a quienes buscan transformar. Tenemos que presentarnos como un socio para quienes quieran apostar por Uruguay, invertir y contribuir al crecimiento que necesitamos.
Podemos ofrecer seguridad jurídica, talento, certeza institucional y capacidad de desarrollo sostenible a partir de las energías renovables. En definitiva, debemos ser un país seguro para invertir. Además, tenemos que demostrar que somos capaces de generar conocimiento, agregar valor y formar personas preparadas para el siglo XXI.
¿Cuál es el mayor desafío que enfrenta este gobierno en materia de tecnología e innovación?
El mayor desafío es generar una estrategia que procure alcanzar los mayores acuerdos. El segundo es la inversión, no solamente mediante recursos públicos, sino también a través de la articulación con el sector privado.
Es muy importante salir de determinados dogmas que algunos actores han proyectado a lo largo del tiempo. Me refiero a la idea de que la educación, los sectores de investigación –particularmente los públicos–, las universidades y el ecosistema de innovación e investigación no pueden estar al servicio de determinados intereses productivos porque eso sería mercantilista o contrario a su función.
Creo todo lo contrario. Respetando la autonomía y la libertad académica, esos sectores tienen que involucrarse mucho más con el sistema productivo. Uruguay tiene oportunidades en ese ámbito, y ese es un desafío, porque hoy falta avanzar en esa articulación.
Creo muchísimo en la justicia social a partir de la libertad y la igualdad. No tengo dudas de que, para que nuestro sistema de bienestar se consolide y se desarrolle a lo largo del tiempo, un sistema que se construyó desde la época de Batlle y Ordóñez, tenemos que crecer. Pero, como dije antes, el crecimiento por sí solo no basta.
Para que haya crecimiento con distribución tiene que existir una fuerte apuesta a la ciencia, la tecnología, la innovación y la generación de conocimiento.
Uruguay tiene que dar un gran salto a partir de las capacidades que ya tiene. De lo contrario, no vamos a poder sostener ese sistema. Es iluso pensar que podemos mantener nuestro Estado de bienestar y ese gran aparato de políticas sociales sin crecimiento y desarrollo. La innovación está asociada al mejor futuro de Uruguay.
Se puede decir, entonces, que para tener una sociedad más igualitaria en el futuro, Uruguay debe sí o sí encarar los desafíos en materia de innovación y tecnología.
Es así. No tengo dudas: ese es el camino. Hay que dejar atrás algunos dogmas ortodoxos de determinados sectores y animarse a ser disruptivos. Esa ha sido una característica de Uruguay a lo largo de su historia: mirar hacia el porvenir y adelantarse a su época.
Tres libros para pensar el futuro de Uruguay
El senador colorado recomienda tres libros que considera fundamentales para comprender la historia del país y reflexionar sobre sus oportunidades de desarrollo.
- Del freno al impulso. Una propuesta para el Uruguay futuro, de Ricardo Pascale.
- El Uruguay que nos debemos, de Ricardo Pascale.
- El coraje cívico. Jorge Sapelli. Un demócrata en la tempestad, de Alejandro Pasquariello.
