Por un momento el mundo tuvo sentido en su sinsentido. El nuevo coronavirus, detectado por primera vez en China en diciembre de 2019, comenzó a propagarse por el mundo, y motivó que tres meses después, el 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara la situación de pandemia. Tras haber causado estragos en Europa —las primeras imágenes que calaron hondo en la opinión pública del mundo occidental vinieron de las emergencias saturadas de países como Italia—, el virus saltó los océanos Atlántico y Pacífico, y comenzó a ser un problema grave también en Estados Unidos. Y entonces el entonces presidente Donald Trump estuvo a la altura de las expectativas que él mismo había generado.

No sólo propuso, entre otros dislates, que, dado que los desinfectantes como el hipoclorito —a los estadounidenses les gusta decirle bleach o blanqueador— son buenos destruyendo virus en algunas superficies, una forma sencilla de combatir la covid-19 sería inyectarse esos productos, sino que además, envalentonado por su eslogan de campaña make America great again (algo así como “hagamos al país grande de nuevo”), apuntó su artillería pesada contra la nación que más está haciendo por alejar a Estados Unidos de su pretérito esplendor.

Trump no sólo se refería al SARS-CoV-2 como “el virus chino”, sino que su secretario de Estado, Mike Pompeo, afirmó que la Casa Blanca tenía gran cantidad de pruebas de que este se había originado en alguno de los laboratorios del Instituto de Virología de Wuhan, la ciudad en la que por primera vez personas cursaron la enfermedad que causa el virus, la covid-19. Las pruebas, huelga decirlo, nunca aparecieron. Sin embargo, el gobierno de Trump siguió manteniendo la explicación. Por ejemplo, en setiembre de 2020, dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas, Trump acusó a China de haber “infectado al mundo” y llamó al organismo internacional a que obligara al gigante asiático a “rendir cuentas por sus actos”. Incluso llegó a hacer cálculos sobre cuánto debería pagar China a Estados Unidos por el daño que le había causado hasta entonces.

El mundo, aún sumergido en la pandemia, pareció recobrar algo de cordura cuando en noviembre de 2020 Trump perdió las elecciones presidenciales ante el demócrata Joe Biden, quien asumió su mandato el 20 de enero de 2021. Al poco tiempo del cambio de mando en la potencia del norte, la OMS dio a conocer el resultado de su primera investigación realizada en territorio chino sobre el origen del nuevo coronavirus.

La OMS y el origen del virus

Tras 28 días de trabajo conjunto entre expertos internacionales e investigadores y autoridades de China, el informe sostiene distintos grados de posibilidad y probabilidad para cuatro escenarios sobre el origen del virus. Aclaremos: “posible” es algo que podría haber sucedido, mientras que “probable” es aquello que, dentro de lo posible, cuenta con más respaldo tras su análisis. Los escenarios mejor calificados resultaron ser los que gozaban ya de mayor consenso por parte de la comunidad científica mundial: se trataría de una zoonosis, es decir, el virus se habría originado en animales y habría pasado a los seres humanos.

Dentro de esa línea, el reporte señala como una vía de “posible a probable” que ese salto —spillover en inglés— se haya dado al pasar el virus de los murciélagos de herradura al ser humano sin hacer escalas (los murciélagos de herradura son los animales que, hasta ahora, tienen el coronavirus más parecido en su secuencia genética al SARS-CoV-2). Sin embargo, señalan como “probable a muy probable” que en ese spillover haya intervenido un hospedero intermedio, es decir, un animal que haya estado en contacto con esos murciélagos y en el que el virus haya mutado hasta evolucionar hacia el SARS-CoV-2.

Esta segunda hipótesis, la más probable para la investigación de la OMS, presenta, al menos por ahora, una pequeña dificultad, o mejor dicho un cabo suelto de sumo interés científico: ese hospedero intermedio aún no ha sido encontrado, más allá de que hayan pasado por el banquillo de los acusados los pangolines y otra gran cantidad de animales consumidos o comercializados, legal o ilegalmente, en China.

Luego hay dos escenarios que los expertos analizaron y que, si bien no descartaron, parecen ser aquellos que cuentan con menos pruebas que los sustenten. El informe de febrero de 2021 plantea que “es posible” que el coronavirus haya entrado en contacto con los seres humanos mediante la cadena de productos alimenticios, sin excluir los recipientes que los almacenan y apuntando también a los alimentos congelados. Algunos de los críticos del trabajo de la OMS señalan que esta es una de las hipótesis sobre las que China se muestra más interesada, ya que abre las puertas a que el virus haya ingresado a la ciudad de Wuhan en alimentos congelados provenientes de otros países asiáticos en los que también hay murciélagos con coronavirus bastante similares a este que nos puso de rodillas.

El último escenario analizado por los expertos internacionales designados por la OMS y sus colegas y autoridades chinas es el de “la introducción a través de un incidente de laboratorio”. Según las pruebas recabadas entre el 14 de enero y el 10 de febrero de 2021, el reporte sostiene que este camino es “extremadamente improbable”.

¿Por qué definieron ese escenario de improbabilidad los científicos y las científicas que participaron en la investigación? Los argumentos son varios. Pero, en primer lugar, volvamos a la diferencia sutil entre posible y probable. ¿Es posible que un virus contagioso y tan peligroso para los humanos sea creado en un laboratorio? Claro que sí. Pero la evidencia existente sobre el análisis de las secuencias genéticas del SARS-CoV-2, realizadas por centenas de investigadores independientes de distintos países en diferentes laboratorios, apunta a que ese origen es muy improbable en este caso (más adelante veremos por qué). Por este motivo, los investigadores de la OMS no fueron tras esa pista: “No consideramos la hipótesis de liberación deliberada o bioingeniería deliberada del SARS-CoV-2 para su liberación; esta última ha sido descartada por otros científicos luego del análisis del genoma”, señalan en su reporte.

Este recorte de las hipótesis a investigar suena sensato dentro del campo de la ciencia. Pero también es cierto que puede no conformar a quienes tienden a pensar que hay pactos de silencio impuestos por organizaciones supranacionales o que hay un plan deliberado y orquestado para ocultar la verdad. Aun así, la ciencia es despiadada: si algún investigador tuviera evidencia de manipulación genética del virus, puede que fuera escrutada con sumo detalle —“afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”, decía Carl Sagan— y sujeta a crítica meticulosa. Y es más que probable que tras ese proceso, si la evidencia se mantuviera en pie, seguro el trabajo terminaría siendo publicado por alguna de las revistas más prestigiosas del planeta. Pero el asunto es que hasta ahora nadie ha encontrado evidencia de eso. Y no es porque nadie se haya fijado en donde hay que fijarse: las secuencias genéticas del nuevo coronavirus abundan en el mundo entero y muchas de ellas son de libre acceso.

En el trabajo de la OMS se argumenta por qué es extremadamente poco probable que el origen de la pandemia haya sido un laboratorio de la ciudad de Wuhan. “No hay registros de virus estrechamente relacionados con el SARS-CoV-2 en ningún laboratorio antes de diciembre de 2019, o de genomas que en combinación podrían proporcionar el genoma del SARS-CoV-2”, sostienen. Pero también podría haber ocurrido que el virus, así no haya sido creado en un laboratorio, se haya salido de control mientras era investigado: “Con respecto al cultivo accidental, antes de diciembre de 2019 no hay evidencia de circulación de SARS-CoV-2 entre las personas a nivel mundial”, dicen. Por más detalles, agregan: “Los tres laboratorios en Wuhan que trabajaban con diagnósticos de coronavirus y/o aislamiento de CoV y desarrollo de vacunas tenían instalaciones de alto nivel de bioseguridad (3 o 4) que estaban bien administradas, con un programa de monitoreo de la salud del personal sin informes de enfermedad respiratoria compatibles con covid-19 durante las semanas-meses anteriores a diciembre de 2019, y sin evidencia serológica de infección en los trabajadores”.

Imagen de microscopio electrónico de barrido de una muestra de SARS-CoV-2, objetos redondos azules, que emergen de la superficie de células cultivadas en el laboratorio. Foto: NIAID.

Imagen de microscopio electrónico de barrido de una muestra de SARS-CoV-2, objetos redondos azules, que emergen de la superficie de células cultivadas en el laboratorio. Foto: NIAID.

Los seres humanos tendemos a encontrar consuelo en las certezas, aun cuando no estén basadas en evidencia. No nos gustan demasiado los finales abiertos. Y si la ciencia, que es una disciplina narrativa, fuera una novela o una película, terminaría casi siempre con un anticlimático “fin... por el momento”. Hoy lo más probable es que el nuevo coronavirus sea otro caso de zoonosis, un fenómeno que vuelve a llamar la atención sobre la idea de que es imposible pensar en la salud humana sin tener en cuenta la salud animal, vegetal y del ambiente, que se resumen como “una sola salud”.

El sinsentido vuelve a escena

Con Trump lejos de la Casa Blanca y el reporte de la OMS, el cielo parecía haberse librado de los nubarrones de la sospecha infundada. Pero entonces se levantó uno de esos vientos imprevistos que dejan boquiabiertos aun a los que se fijan en el pronóstico meteorológico cada vez que salen de su casa.

El 26 de mayo de este 2021 el presidente demócrata Joe Biden le encomendó al comité de la inteligencia que formó para establecer el origen del nuevo coronavirus “redoblar los esfuerzos para reunir y analizar información que pueda llevarnos a estar más cerca de una conclusión definitiva”, ya que sus servicios de inteligencia, si bien mayoritariamente concordaban con el reporte de la OMS, también manejaban una pista que apuntaría a un eventual contagio a partir de un accidente en un laboratorio de Wuhan. Como vimos, nos gustan las certezas. Pero había algo más detrás de este pedido. “Estados Unidos también seguirá trabajando con socios de ideas afines en todo el mundo para presionar a China para que participe en una investigación internacional completa, transparente y basada en pruebas, y para proporcionar acceso a todos los datos y pruebas relevantes”, sostuvo entonces Biden, que puso un plazo de 90 días para que el comité completara su tarea.

Si bien más ponderado que su antecesor, o tal vez precisamente por manejarse de forma más seria que él, la comunicación de Biden alimentó la temperatura del debate, desde los extremos más propensos a las conspiraciones hasta las más sensatas dudas razonables, lo que no escapó a la comunidad científica.

La duda como combustible

Si bien en la historia de la humanidad un virus escapado de un laboratorio nunca ha causado una epidemia —y menos una pandemia—, sí hay antecedentes de investigadores accidentalmente contagiados por patógenos con los que trabajaban y que llegaron a afectar a unas pocas personas más antes de que la situación sea contenida. Aun así, todavía hay dudas razonables no sobre el origen artificial del virus, pero sí de un manejo inadecuado o de una fuga de laboratorio.

Si se trata de una zoonosis, el SARS-CoV-2 como tal aún no ha sido encontrado en ningún animal en China. Llama la atención que el coronavirus justo haya comenzado a hacer de las suyas en humanos en una ciudad donde hay un gran laboratorio de virología que trabaja con otros coronavirus. Pero también es cierto que los laboratorios virológicos que se especializan en determinados patógenos tienden a encontrarse en zonas donde esos patógenos abundan, como es el caso de los coronavirus en la provincia de Wuhan. Rumores de trabajadores infectados con algo parecido a lo que luego conoceríamos como covid-19 tiempo antes de diciembre de 2019 fueron descartados, pero también es cierto que China no es un paradigma de la libre circulación de información (lo que tampoco quiere decir que exista algún país en el mundo que no haga un uso discrecional de ella).

Para la ciencia, el caso no está cerrado, si bien a la hora de poner las fichas la explicación más probable sigue siendo la misma que propuso el reporte de la OMS. En una carta titulada “Investigar los orígenes de la covid-19” publicada en mayo de este año en la revista Science, un grupo de investigadores de peso mostró su disconformidad con el reporte de la OMS. Respecto de que la hipótesis de un incidente de laboratorio fuera evaluada como extremadamente improbable, decían que “sólo cuatro de las 314 páginas del reporte y sus anexos abordaban la posibilidad de un accidente de laboratorio” y daban cuenta de que el director de la organización, Tedros Ghebreyesus, había comentado que la evidencia al respecto “era insuficiente y que ofreció proporcionar recursos adicionales para evaluar completamente la posibilidad”.

Imagen de microscopio electrónico de transmisión. Foto: NIAID.

Imagen de microscopio electrónico de transmisión. Foto: NIAID.

La carta, firmada por Jesse Bloom y David Relman, entre otros, decía: “Como científicos con experiencia relevante, estamos de acuerdo con el director general de la OMS, Estados Unidos y otros 13 países y la Unión Europea en que una mayor claridad sobre los orígenes de esta pandemia es necesaria y factible”. Para eso, explicaban, hay que “tomar en serio las hipótesis de spillovers tanto naturales como de laboratorio hasta que tengamos datos suficientes”, e instaban a que “tanto las agencias de salud pública como los laboratorios de investigación deben abrir sus registros al público. Los investigadores deben documentar la veracidad y procedencia de los datos a partir de los cuales se realizan los análisis y se extraen conclusiones, de modo que los análisis sean reproducibles por expertos independientes”.

En una declaración del 15 de junio, la presidenta de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y los presidentes de las academias de Ingeniería y de Medicina de ese país sostuvieron que “el origen del SARS-CoV-2, el virus que causa la covid-19, y las circunstancias de los primeros casos de infección humana aún se desconocen”. Ante ese escenario, afirman que “la ciencia es nuestra mejor herramienta para determinar, o comprender en la medida de lo posible” esos orígenes, lo que podría “ayudar a prevenir futuras pandemias”. Sin embargo, advertían: “La desinformación, las afirmaciones infundadas y los ataques personales a los científicos que rodean las diferentes teorías de cómo surgió el virus son inaceptables y están sembrando confusión pública y el riesgo de socavar la confianza del público en la ciencia y los científicos, incluidos aquellos que aún lideran los esfuerzos para poner la pandemia bajo control”.

Si bien los presidentes de las academias de ciencia estadounidenses instaban a que las investigaciones sobre el origen el virus y la pandemia “se guíen por principios científicos, incluida la confianza en datos verificables, reproducibilidad, objetividad, transparencia, revisión por pares, colaboración internacional, minimización de conflictos de intereses, hallazgos basados en evidencia y claridad con respecto a las incertidumbres”, es decir, un conjunto de requerimientos que, si se quiere, aleja el proceso de intereses geopolíticos, también dejaban entornada la puerta para que Biden no se sintiera incómodo al mencionar que “la accesibilidad de los datos, la transparencia y la cooperación total de China, por supuesto, serán esenciales para una investigación adecuada y exhaustiva”.

Otro reflejo de la comunidad científica sobre el tema fue nuevamente una correspondencia, en este caso publicada en la revista The Lancet el 5 de julio y firmada por Charles Calisher y otros 24 investigadores de varias nacionalidades. Bajo el título “Ciencia, no especulación, es esencial para determinar cómo el SARS-CoV-2 alcanzó a los humanos”, el texto comienza haciendo una cita a una carta anterior de los mismos autores: “El 19 de febrero de 2020, nosotros, un grupo de médicos, veterinarios, epidemiólogos, virólogos, biólogos, ecólogos y expertos en salud pública de todo el mundo, nos unimos para expresar nuestra solidaridad con nuestros colegas profesionales en China”. ¿Y por qué vuelven sobre sus pasos? Por el contexto que acabamos de reseñar. Pero dejemos que ellos mismos lo expliquen:

Recientemente muchos de nosotros hemos recibido consultas individualmente en las que nos preguntan si todavía apoyamos lo que dijimos a principios de 2020. La respuesta es clara: reafirmamos nuestra expresión de solidaridad con aquellos en China que enfrentaron el brote en ese entonces y los muchos profesionales de la salud alrededor del mundo que desde entonces han trabajado hasta el cansancio, y en riesgo personal, en la batalla incesante y continua contra este virus. Nuestro respeto y gratitud sólo han crecido con el tiempo.

Pero la cosa no queda allí:

La pregunta crítica que debemos abordar ahora es cómo llegó el SARS-CoV-2 a la población humana. Esto es importante porque son estos conocimientos los que impulsarán lo que el mundo debe hacer urgentemente para evitar otra tragedia como la covid-19. Creemos que la pista más fuerte, basada en evidencia nueva, creíble y revisada por pares en la literatura científica, es que el virus evolucionó en la naturaleza, mientras que las sugerencias de una fuga de laboratorio como fuente de la pandemia permanecen sin evidencia científicamente validada que la respalde directamente en revistas científicas arbitradas.

Entonces, hacen frente al momento en que nos encontramos ahora —o, mejor dicho, al momento en que algunos líderes mundiales nos han arrastrado— y, si bien reciben con beneplácito las llamadas a investigar en profundidad el tema, señalan:

Las acusaciones y las conjeturas no ayudan, ya que no facilitan el acceso a la información y la evaluación objetiva de la vía que lleva de un virus de murciélago a un patógeno humano que podría ayudar a prevenir una pandemia futura. La recriminación no ha fomentado ni fomentará la cooperación y la colaboración internacionales.

También son claros al decir que nuevos virus pueden surgir en cualquier parte del globo, “por lo que mantener la transparencia y la cooperación entre científicos de todo el mundo proporciona un sistema de alerta temprana esencial”, mientras que “cortar los vínculos profesionales y reducir el intercambio de datos no nos hará estar más seguros”.

Terminan diciendo que “el informe de la OMS de marzo de 2021 debe considerarse el comienzo y no el final de una investigación”, y apoyan que se siga con la investigación “transparente”, “dirigida por expertos y basada en la ciencia”. Al respecto, dicen: “Es hora de bajar el calor de la retórica y encender la luz de la investigación científica si queremos estar mejor preparados para detener la próxima pandemia, cuando llegue y donde quiera que comience”.

Poniéndole cara a la ciencia

Los seres humanos pensamos como podemos. Y, por lo general, lo hacemos sorteando o colisionando con gran variedad de sesgos. Tendemos a ser más duros e intransigentes con quienes no conocemos y a ponderar circunstancias y atenuantes en personas cercanas. Algo como “los científicos que analizaron las secuencias genómicas del SARS-CoV-2 descartan que sea un virus creado en un laboratorio” sonará distinto según nuestras experiencias previas con ese grupo abstracto —“los científicos”— o con el grado de conocimiento y de cercanía que tengamos con investigadoras e investigadores, es decir, con las personas que hacen ciencia.

Aquí en Uruguay tenemos un grupo fuerte de virólogos. No sólo se han preparado y han hecho ciencia de calidad haciéndoles preguntas a los virus (incluso, como Ruben Pérez, de la Sección Genética Evolutiva del Instituto de Biología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, estudiando coronavirus, aunque en este caso eran de aves de corral), sino que varios de ellos han sido extremadamente activos en este tema desde antes de que la pandemia fuera tal.

Juan Cristina, en la Facultad de Ciencias.

Juan Cristina, en la Facultad de Ciencias.

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Es el caso de Fernando Tort, Matías Castells y Juan Cristina. Tort y Castells investigan en el Laboratorio de Virología Molecular de la sede de Salto del Centro Universitario Regional de la Universidad de la República. Juan Cristina, de quien hablaremos más adelante, hoy hace lo propio en el Laboratorio de Virología Molecular de la Facultad de Ciencias. Los tres, en febrero de 2020, cuando la enfermedad ni siquiera había sido definida como una pandemia por la OMS y, más aún, un mes antes de que el virus de la covid-19 llegara al país y cuando no se estaban pensando medidas para prepararse para su eventual arribo, se pusieron a analizar las secuencias genéticas del nuevo virus y la de otros betacoronavirus aislados en humanos, murciélagos, hurones y civetas en China, para ver qué información podían sacar.

Así como suena: gracias a secuencias genéticas del SARS-CoV-2 compartidas por sus colegas chinos y de otras nacionalidades, aquí en Uruguay, mientras la gente aún disfrutaba de las vacaciones, el gobierno saliente del presidente Tabaré Vázquez finiquitaba sus tareas y el entrante de Luis Lacalle Pou no tenía mayores problemas que terminar de definir los cargos y afinar el texto de la ley de urgente consideración que apoyaría la coalición gobernante ni bien asumiera, meses antes de la fiebre por aplanar la curva y la creación de un Grupo Asesor Científico Honorario, ellos tres estaban sometiendo al nuevo coronavirus a un interrogatorio. Tan pronto reaccionaron que al comenzar su trabajo el virus aún no tenía el nombre por el que hoy todos lo conocemos y que deriva de coronavirus dos (de ahí el CoV-2) y del síndrome agudo respiratorio severo (eso es lo que significa SARS).

La investigación realizada por Cristina y sus colegas fue la primera publicada en el mundo —salió en la revista Virus Research en mayo de 2020— que indagó sobre los patrones de uso de codones y aminoácidos del nuevo coronavirus con base en “secuencias genómicas completas disponibles y comparables de 81 cepas de betacoronavirus aislados en China, incluido SARS-CoV-2, así como betacoronavirus aislados de diferentes huéspedes, de la base de datos GenBank”. Así, desde los laboratorios de la Universidad de la República, los investigadores de un país que está lejos de los centros de poder mundiales ya veían una “relación más estrecha entre el SARS-CoV-2 y betacoronavirus aislados de los murciélagos, y una relación más distante con el SARS-CoV y otros betacoronavirus aislados de civeta y hurón”. El trabajo coincidía entonces, en febrero de 2020, con todo lo que se ha venido viendo en este más de año y medio de pandemia: el nuevo coronavirus se habría originado a partir de un virus similar presente en los murciélagos herradura de China.

La investigación de los uruguayos fue realizada sin que en su país hubiera un solo virus a mano, ya que su llegada a Uruguay sería detectada recién el 13 de marzo de 2020, 13 días después de que los investigadores remitieran el artículo a la revista para su publicación. “Yo estoy en una red llamada Gisaid, que fue creada en 2006 para compartir datos sobre la influenza, justamente para poder compartir nuestros datos cuando viene una pandemia”, comentaba Cristina cuando lo entrevisté en mayo, al publicarse el trabajo. Ante la aparición del nuevo coronavirus, la red cambió de virus y se dedicó a compartir datos sobre el coronavirus emergente.

Cristina también contaba que cuando realizaron la investigación “estaba, y de hecho aún está, la discusión sobre si este era o no un virus creado, como ha llegado a decir el presidente Donald Trump, acusando a los chinos. Lo que nosotros encontramos es que no es así, sino que es un virus natural”, decía el investigador. “Si hubiera sido un virus artificial lo hubiéramos visto”, aseguraba, y apuntalaba su idea diciendo que “lo que sucedió con el SARS-CoV-2 es algo que ya ha ocurrido antes, sin necesidad de que haya que recurrir a un virus de laboratorio”. Cristina entonces hacía referencia al SARS (hoy conocido como SARS-CoV-1) y al MERS como prueba de esta capacidad natural de los coronavirus de saltar de especies de murciélagos a otros mamíferos para terminar luego enfermando a los seres humanos.

“Hay una cuestión ética de los científicos, y lo que veo es que no hay nada que indique que se trate de un virus creado. Lamento mucho que haya presidentes que se presten a propagar algo sobre lo que no hay la más mínima evidencia científica”, afirmaba Cristina. Pero lo que decía estaba lejos de ser tranquilizador, sino que era científicamente alarmante: no hacían falta teorías disparatadas ni pensar en las antenas 5G ni en la maldad de grupos poderosos porque, siendo el coronavirus un patógeno natural, “algo similar puede volver a ocurrir en cualquier momento si no tomamos medidas que consideren el principio de una sola salud”.

Imagen de microscopio electrónico de transmisión de una muestra de SARS-CoV-2. Foto: NIAID.

Imagen de microscopio electrónico de transmisión de una muestra de SARS-CoV-2. Foto: NIAID.

Desde adentro

Juan Cristina, con su doctorado en biología molecular obtenido en la Universidad Autónoma de Madrid y una larga trayectoria en la virología, es también miembro de la Academia Nacional de Ciencias del Uruguay y fue decano de la Facultad de Ciencias. Militó en el Partido Demócrata Cristiano y durante la dictadura trabajó en asuntos de derechos humanos en el arzobispado de Montevideo, junto a monseñor Parteli. Como antes hablamos de sesgos, ninguno de estos destaques rápidos es suficiente para que aceptemos que el virus no fue creado en un laboratorio y que está más bien relacionado con los coronavirus vistos en murciélagos de China. Eso sería caer en una falacia ad hominem. Lo que importa aquí es su trabajo científico publicado en una revista arbitrada y sometida al escrutinio de sus pares. Lo que Cristina vio en febrero de 2020 ha sido visto por muchos otros investigadores. La evidencia sigue apuntando en la misma dirección.

“Los trabajos no te los publican por tu nombre ni mucho menos por tu cara”, ríe hoy cuando le vuelvo a preguntar por el asunto. ¿Por qué descarta el origen artificial o intervenido por el hombre del virus? “Si hubiera habido alguna secuencia, llamémosle ‘extraña’, nos hubiéramos dado cuenta de esa manipulación genética. Lo que nosotros reportamos, y estamos convencidos de que es así, es que los antecesores de estos virus que circulan hoy circulaban en poblaciones de murciélagos originarias de China”.

“La probabilidad de que este virus haya sido manipulado y nosotros ni ningún otro equipo del mundo lo haya notado es bajísima. Ahora, si alguien se llevó una muestra del virus hacia un laboratorio y se contagió, eso no lo podemos saber con nuestros análisis. Lo que sí podemos descartar es que se trate de un virus manipulado para, por ejemplo, una guerra biológica. De hecho, si esa hubiera sido la idea, hubieran hecho algo mucho peor que el SARS-CoV-2”, dice, amparado en el conocimiento de las secuencias genéticas que ha estudiado con su propio equipo.

Sobre el debate actual, Cristina, que también tuvo actividad política y una intensa participación en el gobierno universitario, no es ingenuo. “Como siempre pasa en ciencia, vas a tener distintos colegas con diferentes visiones. Pero también creo que acá juegan otras cuestiones que son extracientíficas. Hay presiones políticas. Lo mismo sucedió cuando salieron las vacunas. Las vacunas chinas y las vacunas rusas fueron puestas en duda. Pero aquí no se trata de si te gusta o no un gobierno. No es la primera vez que el instituto ruso hace vacunas. Tienen una amplia experiencia y hacen productos de muy buena calidad”, sostiene. Una vez más, la evidencia, tanto sobre la vacuna Sputnik V como sobre la CoronaVac, le da la razón.

“Si la pandemia, en lugar de haber emergido en China, hubiera saltado en una democracia occidental, tal vez las sospechas no serían tan grandes. Pero creo que muchos colegas, viendo la importancia del tema y todo lo que traía aparejado, tuvieron claro el papel de compartir la información con el resto de la comunidad científica”, razona. Cristina se opone a la idea de poner a los investigadores chinos en el banquillo de los acusados. “Si fuera así, ¿por qué en enero de 2020 todos en la comunidad científica teníamos acceso a las secuencias de este nuevo virus?”, increpa. “Tal vez hubo gente que tuvo la idea de ocultar algunas cosas, pero esto es como el accidente de Chernóbil: al final siempre va a haber un colega que se va a dar cuenta de la gravedad de la situación”, afirma. “En la ciencia hay como un código no escrito de cómo se hacen las cosas. Es entendible pensar que un gobierno centralizado con mucho control, como el chino, haya querido escatimar información, pero creo que los colegas científicos chinos compartieron muchas cosas con nosotros desde el comienzo”. No lo dice por decir. Su trabajo publicado es prueba de ello. Y si fue posible, fue justamente debido a esa colaboración.

Cristina, de todas maneras, también tiene señalamientos para hacer. “Si hay algo para criticar al gobierno de China, es que hubo una falla en el control veterinario y en el control sanitario de lo que se consume en el país. En esa región y en otras partes del sudeste asiático hay una gran cantidad de huéspedes susceptibles para este tipo de virus. El asunto no es sólo curarnos a nosotros, tenemos también que cuidar la salud de los animales y de los ecosistemas”, sostiene. Sobre esa falla de control veterinario, dice que se trató de “un error garrafal”. Pero no les pasa sólo a los chinos. “Acá lo vemos cada vez que ingresa la aftosa, quedan en evidencia descuidos y errores en la práctica veterinaria”.

Coda

La ciencia seguirá haciéndose preguntas. No podemos esperar menos de ella. Al hacerlo, se presta, queriéndolo o no, para que haya tironeos políticos, arengas, llamados a grupos de tareas de inteligencia, dedos que apuntan y gestos patrioteros para la tribuna. Abusar del recurso puede hacer que aumente el recelo hacia la tarea de los científicos y las científicas en sociedades en que las decisiones rara vez se basan en evidencia. Casi siempre detrás de un “que se vayan todos” o de un “son todos iguales” hay alguien haciendo un juego poco sutil, tenga o no un bronceado artificial y un pelo en tonos de amarillo y anaranjado.