«No tengo amigos, tengo amores», decía el escritor chileno Pedro Lemebel en una suerte de juego, provocación y declaración política en que se ponen al mismo nivel —o se invierten— el amor romántico y la amistad. Si mis amigos son mis amores —o viceversa—, la amistad aparece como una pasión y lo erótico como un territorio más llano, más libre, una idea que se ve con fuerza en los círculos feministas y de la diversidad sexual. Estos espacios de vida y militancia han buscado construirse por fuera de las lógicas patriarcales y cuestionar las estructuras que las sustentan —la pareja heteronormada, la familia como pilar de la sociedad— proponiendo relaciones más horizontales basadas en la idea de comunidad y colaboración —y no tanto de propiedad—, y ahí entraría, entonces, la amistad como un estadio superador de relacionamiento. No es casual que hayamos elegido la amistad como tema de marzo, mes en que se celebra la lucha de las mujeres por sus derechos. Con esto no quiero decir que la amistad sea un tema femenino, sino que la amistad puede tener un componente profundamente político e incluso revolucionario. Sobre esto se han explayo innumerables teóricos y filósofos —la amistad es un tema muy presente, central incluso, en el pensamiento filosófico— y, si bien existen muchas maneras de hablar sobre este tipo de vínculo, hay un rasgo que siempre aparece: la dificultad a la hora de definirlo.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amistad? ¿Qué es y qué no es? ¿Qué componentes tiene que tener una relación para que entre en esa categoría y a su vez no pertenezca a otra? Palabras que aparecen con frecuencia: conexión, afinidad, cooperación, cuidados, intimidad, horizontalidad, reciprocidad, compañerismo, libertad. ¿Pero estas características no pueden aparecer también en otros vínculos, como en la relación entre hermanos, primos o de pareja? ¿No sería eso lo deseable al menos? Solemos decir, además, que cuando una amistad es muy profunda se transforma en fraternidad —«no tengo amigos, tengo hermanos»— o hablamos de «familia elegida», como si la sangre pesara más.

Este número es una invitación a explorar los distintos sentidos y aristas de la amistad a partir de reportajes, crónicas, ensayos, ficciones y fotografías.

El arte como espacio de complicidad apareció con fuerza. Así lo muestran «Qué lindo lo que hace aquel, qué misterio», una entrevista doble y entrañable a los actores César Troncoso y Roberto Suárez; «El arte de vivir con fe», ensayo de Martín Pérez sobre la banda brasileña Os Paralamas do Sucesso; «Con mi gran afecto», ensayo de Sofía Pinto Román sobre las relaciones epistolares entre escritoras; «Para que puedas, cuando todo escampe, celebrar el orden», un ensayo del escritor Roberto Chuit Roganovich sobre el duelo en el que literatura y vida hacen intentos para encontrarse, y «Viejas poceras», un relato escrito a seis manos, experimento amistoso de Gabriela Escobar, Manuela Sosa Methol y Tamara Silva Bernaschina.

Sobre la amistad en tiempos modernos y sus fisuras y resistencias escriben Agustina Ramos y María Clara Olmos en «Abrazos partidos»; también Hernán Panessi en «Espejos rotos», sobre cómo las polarizaciones de los discursos públicos han fracturado amistades. En el sentido contrario, amistades vinculadas a militancias y tejidos comunitarios aparecen en «Compañeras», el reportaje de Carla Alves sobre los vínculos de ex presas políticas uruguayas, y en el fotorreportaje de Mariana Greif sobre el Complejo Habitacional Bulevar Artigas.

Además, decir «amistad» también es decir «infancia» y esto aparece en el ensayo de Laura Petrecca «Un reflejo siempre distinto» y en el cuento de Alejandra Zina «Una añeja fidelidad».

Y para añadir más complejidad al tema, las amistades con animales no humanos dicen «presente» con el ensayo de Inés Garbarino «Un cielo donde yo no entraré» y el cuento de Mayra Nebril «La primera noche con Eva».