El mundo se terminó de enloquecer. Esa es la sensación que tenemos desde hace un tiempo, pero en lo que va de 2026 esa sospecha se volvió vorágine entre la invasión de Estados Unidos a Venezuela, las amenazas a Cuba, los asesinatos de las fuerzas federales antinmigrantes ICE, las revelaciones de los Archivos Epstein, los ataques a Irán y más. El protagonista ineludible de todos estos hechos es Donald Trump, claro, y mientras escribo esto circulan fotos de marchas multitudinarias contra el presidente estadounidense en distintas ciudades de su país y europeas bajo el lema «No kings» («Sin reyes»).

El mundo se terminó de enloquecer y nosotros también. ¿Se acuerdan de cuando la Organización Mundial de la Salud, apenas terminada la crisis de la covid-19, dijo que la próxima pandemia sería de salud mental? Bueno, está pasando. Las cifras son alarmantes y existe una emergencia en la salud pública. Entonces, con todo esto en la cabeza, armamos un número sobre estados alterados: estados nación y estados de conciencia, porque no somos islas sino seres porosos: lo que pasa a nivel político y social nos afecta psíquicamente y lo que nos pasa a nivel interno tiene una repercusión en nuestro entorno, se vuelve político. La portada, un collage de Gabriela Sánchez hecho con propaganda de entre 1949 y 1980 del régimen comunista chino, deja esto bastante zanjado.

Minneapolis fue una de las ciudades donde las protestas fueron más masivas; allí se plantó una semilla hace unos meses con las brigadas ciudadanas anti-ICE y de esto escribe Wendy Gosselin en «No pasarán».

¿Cómo se vive ahora en la Venezuela invadida pero todavía con una cúpula chavista? Lissette González hizo un análisis desde Caracas y fue a la búsqueda de varios testimonios, entre la perplejidad y la vida cotidiana, en «Venezuela, bombas y después». En «Sin nosotros no hay pueblo», Denali DeGraf escribe sobre cómo los vecinos de la Patagonia argentina viven los incendios monstruosos que se vienen multiplicando año a año frente a la desidia del Estado. En esta misma línea, y también con el foco en los lazos comunitarios de resistencia, Juana Ghersa registró a los bomberos voluntarios de Córdoba en el fotorreportaje «Fuego y organización».

En medio de este nuevo (des)orden mundial, nuestras mentes y espíritus naufragan e intentan aferrarse a lo que pueden, entre la evasión y las terapias. Laureano Debat escribe sobre cómo las nuevas generaciones, sobre todo a partir de la pandemia, eligieron vivir en realidades paralelas en «La autopista del viaje estático» e Inés Garbarino disecciona y problematiza la prescripción generalizada de antidepresivos en «Un mundo infeliz». Como exploraciones alternativas a los psicofármacos, Agustín Paullier se mete a fondo en el mundo de las terapias con hongos en «Zona de promesas» y Lala Toutonian escribe en «Flotar» sobre una nueva forma de olvidarnos del peso del mundo: sumergirnos en cámaras con agua saturada de sales de Epsom. ¿Hay otras maneras de enfrentar los problemas de salud mental? ¿Es incluso deseable llamarlos así? Sobre una propuesta de cambio de paradigma escribe Alejandro Cánepa en «Orgullo loco».

Basta ver las imágenes de los acorazados del ICE para recordar a los soldados nazis —de hecho, uno de sus líderes se viste como tal— y es sabido que las «fuerzas del orden» suelen estar bajo los efectos de drogas estimulantes a la hora de salir de caza. Sobre el origen de esta relación escribe Antony Beevor en «Unos nazis muy drogados».

El lenguaje y, por lo tanto, la literatura son zonas en las que se reflejan estas tensiones y alteraciones: así lo muestran el ensayo de Magdalena Cámpora «Farsita Klemperer», sobre las mutilaciones y los nuevos sentidos comunes de las redes sociales, la entrevista de Ramiro Sanchiz al editor Paul Viejo sobre la nueva antología de cuentos de Ray Bradbury y el cuento «Una mujer de su época», de Fernanda Trías, que espeja mágicamente el espíritu de todo este número.