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Álvaro Risso. · Foto: Alessandro Maradei

Álvaro Risso.

Foto: Alessandro Maradei

“La cultura es uno de los principales activos de Uruguay”: Álvaro Risso, librero, editor y presidente de la Cámara del Libro

Su relación con Armonía Somers y Vargas Llosa, la regulación del precio del libro y la historia de un emprendimiento familiar.

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Por la pendiente de Juan Carlos Gómez, a la altura de 25 de Mayo, la vidriera más destacada de la librería y editorial Linardi y Risso ofrece una edición de Por aire sucio, de Idea Vilariño, fechada en 1951, un vistoso catálogo de platería oriental titulado Signos surrealistas en el país de Lautrémont y una pequeña guía de viajes que promete develar lo más secreto e insólito de Montevideo.

Adentro, una estufa a gas recrea un clima cálido entre las bibliotecas y un fichero de lata, sin más ayuda que la noble arquitectura de ladrillos, asegura Álvaro Risso, a primera hora de la mañana. Con vestimenta solo un poco menos formal que la que acostumbraba a usar su padre Juan Ignacio Polo Risso, el vendedor, editor, escritor y actual presidente de la Cámara Uruguaya del Libro ajusta la distancia entre dos publicaciones ubicadas en una mesa redonda y se dispone a charlar con la diaria sobre su gran pasión y la historia de un emprendimiento familiar.

¿Hoy quiénes llegan por acá? ¿Qué tipo de público?

Cualquiera. Coleccionistas, amigos de la casa, autores de la casa, turismo, público en general, curiosos. Es un público bastante variado y también un público específico. Esta librería no es una librería como otras que se dedican al bestseller. Los libros que tenemos aquí en general no son de alta rotación, sino más específicos, más raros. Y además nos especializamos en el libro latinoamericano. Dentro de ese margen, tenemos nuevos, viejos, de colección. Y dentro de esa gama hay de todos los estados y variedades, pero siempre de América Latina.

Comenzaste a trabajar acá alrededor de 1980.

Sí. Durante mi juventud tuve unos períodos cortitos en los que venía a dar una mano. En un momento, con 20 años, me fui con amigos de mochilero a Europa. Y cuando volví, a principios de los 80, vine a trabajar un verano porque mi viejo me dijo: “Basta, tenés que hacer algo. O estudiás o trabajás”. Y nunca más me fui. Esto me atrapó. Como ha dicho Onetti, los libros son mi vicio, mi pasión, mi desgracia.

Pero a vos ya te gustaba la literatura.

Yo integraba una familia lectora, no académica, pero muy curiosa. Mi padre, mi madre, mis hermanos... En casa se leía, aunque no había una gran biblioteca, era una casa con algunos libros y enciclopedias.

Este negocio lo empieza Adolfo Linardi, en 1944, muy joven. Él tiene varios socios que van rotando hasta que mi padre, que era muy amigo de Linardi, se asocia con determinado capital y en 1958 esta librería empieza a ser de las dos familias. Mitad de la familia Linardi y mitad de la familia Risso.

Tu padre venía de las finanzas.

Claro. Había sido director de un banco y había hecho muchas cosas. Fue corredor de bolsa, por ejemplo. Era empresario, pero siempre fue muy curioso de la cultura y de los libros, por más que no se dedicara a eso. La oportunidad de asociarse con un amigo, aunque solo fuera como capitalista en un primer momento, lo atrajo, pero demoró mucho tiempo en vincularse a la profesión del libro. Miraba el asunto desde afuera.

Además de librero, Linardi tenía una trayectoria como diplomático, miembro del servicio exterior uruguayo, y en algunos momentos se iba al exterior en misiones diplomáticas. Ante la ausencia de Linardi, mi padre empezó a involucrarse en la librería, y así también empezamos a trabajar los hijos. Andrés Linardi y yo somos la segunda generación de libreros. Nuestros padres fallecieron hace unos años y fueron los que armaron este lugar. Desde los 80, Andrés y yo somos los que lo llevamos adelante.

¿Y siempre tuvo la impronta patrimonial que tiene ahora? ¿Eso se fue dando naturalmente?

Linardi cuenta que desde su apertura era una librería a la que venía mucha gente del mundo intelectual. Tal vez por la ubicación, tal vez por la época. Su primer local estaba aquí a la vuelta, en Bartolomé Mitre y Policía Vieja. Muy cerca de la redacción del semanario Marcha. Era, además, una época en la que el exilio español había nutrido de intelectuales de gran valor al Río de la Plata. Y ellos siempre estaban activos en el mundo intelectual uruguayo. Había vuelto Joaquín Torres García hacía un tiempo, y en el subsuelo de la librería –que en aquel momento se llamó Salamanca, luego Adolfo Linardi y después Linardi y Risso, aunque siempre fue la misma– funcionaba el taller de Torres García. Entonces, todo eso, según cuenta Linardi, creó, desde el inicio, una gran atmósfera.

No te olvides que Ciudad Vieja era una especie de corredor cultural muy intenso. Otra época, ¿no? Donde además el libro ocupaba un espacio sumamente importante en la formación intelectual de Uruguay.

Llevás muchas décadas trabajando acá. ¿Cómo percibís los cambios del barrio?

Nosotros somos bichos de la Ciudad Vieja por adopción. No vivo en Ciudad Vieja, pero paso acá todo el día. Y evidentemente la Ciudad Vieja no tiene el brillo, el esplendor, que tuvo hace algunos años. Es una zona de la ciudad que no está en su mejor momento. Esperemos que eso se revierta. No es, digamos, la joya arquitectónica, comercial, cultural que supo ser, pero creo que tiene un potencial que no debe dejarse de atender.

Después de la pandemia, hubo empresas que se mudaron o muchas empezaron a trabajar online. Ahora vemos algunos episodios que nos hacen pensar en un futuro mejor, como la apertura de la librería Feltrinelli en el viejo edificio Pablo Ferrando de la calle Sarandí. Ha sido una gran noticia no solo para el mundo del libro, sino también para la zona.

Linardi y Risso es un emprendimiento con mucha historia y también con muchos visitantes ilustres. ¿Podemos meternos en esa lista?

Por supuesto. Entre los clientes que tuvo esta librería, voy a comenzar por Pablo Neruda, que tiene un papel central cuando hablamos de las visitas. Neruda venía muy seguido a Uruguay por diversas razones que no vienen al caso, y era cliente nuestro. En los años 60, en una de sus visitas a nuestra librería, comenzamos con él un libro de visitantes, pidiéndole que nos dejara una firma.

Y después, continuamos la tradición con todo tipo de personajes. Pintores como Manuel Espínola Gómez, o gente que se esmeró y escribió casi un libro. Podemos seguir con Emilio Frugoni, Mario Benedetti, que nos hizo un poema espectacular, lleno de humor. Benedetti venía mucho por acá. Entre muchos otros, Ángel Rama, Mario Vargas Llosa, los presidentes Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle, Eduardo Galeano [“En el manicomio Linardi, donde acudimos los locos por los libros. Queda este abrazo”], Dorotea Muhr, la viuda de Juan Carlos Onetti, Cristina Peri Rossi.

Quería preguntarte por una visitante en particular, Armonía Somers, y una foto suya en la que aparece junto a Marosa di Giorgio, Juan Ignacio Risso y Adolfo Linardi, en 1988. ¿Cuál es la historia de la foto?

Se sacó en una actividad de la librería. Armonía Somers era muy reservada, no le gustaba hacer apariciones públicas. Por eso primero se escondió bajo un pseudónimo. Y esa foto fue tomada cuando accedió a presentar Solo los elefantes encuentran mandrágora, que todo el mundo está de acuerdo en que es su obra cumbre. Miguel Ángel Campodónico, gran amigo de ella y gran amigo de la casa, hizo el nexo para que se presentara esa novela y otra, Viaje al corazón del día; fue un acto memorable que tuvo la participación de Alberto Candeau. Leyó con su gran voz algunos fragmentos de las novelas. Fue fantástico. Y esa foto no exagero si te digo que ha recorrido el mundo, porque me la han pedido de lugares insólitos. Hay muy poca fotografía de Armonía Somers. Es más, hay muchas fotografías raras en la vuelta que se utilizan para hablar de ella, pero la que aparece en las fotos es otra persona.

Vos trabajaste con ella como editor y la conociste bastante. ¿Cómo era?

Es que a partir de ese evento se generó con ella un ida y vuelta interesantísimo y yo me involucré con su obra. Editamos La rebelión de la flor, que fue una gran antología, porque ella misma seleccionó sus cuentos preferidos. Y El hacedor de girasoles, que fue el libro póstumo que yo estaba preparando con ella. Cuando estaba saliendo de imprenta el libro, ella falleció.

La visitabas en su apartamento del Palacio Salvo.

Sí, claro. Resulta que teníamos con Rómulo Cosse –que aparece ahí atrás en esa foto de la que hablamos– una serie crítica de libros que empezamos con Jorge Luis Borges, seguimos con Mario Benedetti y con otro sobre Cristina Peri Rossi. En un momento, hicimos un libro crítico donde intervenían muchos autores y ahí yo me metí a hacer una cronología, una especie de historia de vida de Armonía Somers año por año, y lo hice con ella. Yo buscaba información, pero la información más grande la tenía ella misma, que vivía, como se sabe, en el Palacio Salvo, en la torre, como le decía ella. También la llamaba mucho por teléfono. Y al mediodía, en mi hora de almuerzo, me iba a conversar con ella. Una señora fantástica, encantadora, cultísima, reservada, tímida, pero con una capacidad intelectual fuera de lo común.

No por casualidad, aunque tuvo que pasar mucho tiempo, ahora se la reconoce en España y en tantos lugares. Nunca fue popular. Era, más bien, una escritora para un círculo de lectores bastante acotado, y tal vez lo sigue siendo. La suya es una literatura bastante compleja.

¿Qué te atrajo de su literatura?

Esa cosa tan extraña de sus cuentos, que fue lo primero que leí. De tener que ir varias veces para atrás en el mismo renglón porque me costaba avanzar y esa sensación de: “¿Qué está queriendo decir?”. Hasta que le vas agarrando la mano a su escritura y te envuelve. Y, por supuesto, la cercanía personal que empecé a tener con ella también me genera hasta el día de hoy fantásticos recuerdos.

Armonía Somers ha sido en mi carrera como profesional del libro una persona importantísima por todo lo que me dio y por todo lo que nosotros, desde Linardi y Risso, pudimos hacer con ella. En un momento se había quedado sin editor y tenía varias cosas para publicar. Ahí fue donde nos conocimos, empezamos a ser sus editores y se armó una relación. El círculo de amigos que ella tenía era bastante cerradito. Ahí estaban el poeta Carlitos Pellegrino, Miguel Ángel Campodónico, Alicia Torres, y yo era bastante más joven, pero me abrieron una puertita y me dejaron pertenecer.

Foto del artículo '“La cultura es uno de los principales activos de Uruguay”: Álvaro Risso, librero, editor y presidente de la Cámara del Libro'

Foto: Alessandro Maradei

¿Tenés algún cuento por el que tengas predilección o alguna imagen de sus libros que te haya impresionado especialmente?

Creo que “Muerte por Alacrán”, que le dio título a una antología que preparó hace muchos años para Arca, en la Arca de Ángel Rama, que también tuvo muchísimo que ver con la difusión de su obra. Él la admiraba muchísimo. Y después, “El derrumbamiento”. Con su obra, tenés un mundo para explorar.

También conociste a Marosa di Giorgio.

Marosa venía mucho a las presentaciones que hacíamos acá. Durante mucho tiempo tuvimos dos salas para hacer actividades culturales. En el segundo piso teníamos unos salones a los que llamábamos la Casa del Vicario, porque en este solar vivió el vicario Barral, uno de los vicarios de la ciudad de Montevideo. Aquí organizábamos exposiciones de pintura e hicimos de todo durante varios años hasta que, como todo se hacía gratis, no se pudo mantener, pero nos sacamos las ganas. Finalmente, se terminó alquilando y luego se vendió la parte de arriba. Lo que sí seguimos haciendo son las presentaciones de los libros que editamos.

¿A qué otro visitante de la librería destacarías?

Mario Vargas Llosa. Vino varias veces. Y te envolvía. Para quien está metido en el mundo del libro, en la cultura, como estamos nosotros, era una visita muy especial. Es un hombre que puede hablar de cualquier autor con propiedad y con una sabiduría increíble. Él venía por acá y también compraba y se llevaba algunos libros. Nosotros tenemos una piecita donde están las ediciones más raras y las primeras ediciones. Era entrar con él a ese lugar y por los lomos, sin sacar los libros del estante, te iba diciendo: “Ah, qué bueno este libro”. Conocía cada edición, cada prólogo. Y también tenía la habilidad de pasar por alto aquellos libros que no le convenían, como Lo que Varguitas no dijo. Era como si fueran invisibles.

Otro notable visitante fue Tomás de Mattos, que era un hombre que venía seguido acá. Ni bien entraba ya empezaba con las bromas: “A ver quién me atiende acá, en esta librería burguesa”, decía.

Así que cualquier día en cualquier momento por aquí puede llegar un desconocido o un personaje célebre.

Pasa además que de repente viene una celebridad y al rato cae otra. Y entre ellos se ponen a charlar. Muchas veces con mis socios les decimos: “Pasen, siéntense por acá”, y nosotros tratamos de participar. Esas son, digamos, ocasiones muy especiales. Pero en general nosotros nos nutrimos mucho de quienes vienen. Eso pasa todos los días. Es decir, uno puede aprender todos los días algo nuevo en cualquier profesión; estando acá, tenés más chances de aprender más cosas. Porque el cliente común que viene buscando algo sobre la Guerra Grande, por ejemplo, siempre sabe más que vos del tema porque está metido en eso. Lo más valioso es el intercambio. Yo le puedo decir a un cliente: “Para mí el mejor libro de Mario Levrero es El discurso vacío” y el otro te puede responder: “Me quedo con La novela luminosa”. Por eso a las librerías hay que cuidarlas.

A propósito, otra de tus tareas actuales como presidente de la Cámara Uruguaya del Libro es la de impulsar un proyecto de ley que regula el precio de los libros y protege a las librerías independientes. ¿Cómo marcha esa gestión? Hace unos días el ministro de Educación y Cultura, José Carlos Mahía, dijo al respecto: “Hay que trabajar con [el Ministerio de] Economía para ver cuál es la mejor formulación...”. Pareciera que va para largo.

Eso está en el Parlamento. El proyecto de ley salió por asambleas que hicimos con socios y no socios de la Cámara del Libro. A las librerías hay que entenderlas como un comercio pero también como un producto cultural. Y lo mismo les cabe a las editoriales. Hay que pagar las cuentas y tenemos que generar ingresos para solventar las librerías y la edición de nuevos títulos. Con este proyecto de ley no pedimos un solo peso. No se pide subvención alguna ni ningún cambio tributario. O sea que esto no pasaría por ningún ministro ni por Economía. Es simplemente una regulación y el Parlamento tiene toda la potestad de votarla para que se convierta en ley. Hay muchísimos países que tienen ley de precio único. Nosotros en Uruguay no estamos inventando nada, y, en todo caso, seguimos buenas experiencias.

Donde se explica mejor es en Argentina, donde se aplica esa ley desde 2001. Lo que pasó allá fue que Carrefour, el supermercado, un día decidió comprar grandes cantidades de los 20 o 30 títulos que más se vendían, los más apetitosos para todas las librerías, y los puso al costo, con un 30% o 40% de rebaja con respecto del precio de las librerías. Imaginate que vas entre las góndolas con el carro, metés el libro, la fruta, la verdura, la carne, y en el volumen del carrito el supermercado está ganando. Y utiliza el libro como otra carnada para que tú vayas y lo consumas como uno más de sus productos. Ese sistema, obviamente, debilita al sistema de librerías. Ahora allá están debatiendo si la sacan, si no la sacan.

Yo espero que no la quiten. Hay una gran movida del mundo del libro para que eso no se toque. El precio único está instalado en muchas partes del mundo con mercados interiores enormes. Te puedo hablar de México, España, Francia, Italia, Alemania, Japón. Está prácticamente en toda la comunidad europea. Entonces, lo que queremos evitar con esto es lo que pasó en Brasil, que vino Amazon y tiró a las librerías. Una a una fueron cayendo como piezas de un dominó y ahora quedan unas poquitas. Amazon hace lo mismo que Carrefour: pone los libros con un gran descuento, pero por otro lado te vende ropa.

Acá en Uruguay existe una ley que salió en 1987, durante el primer gobierno de Julio María Sanguinetti, que protege al libro. Es decir, que reconocemos al libro como un bien cultural que hay que cuidar. Y no pensemos que solamente apoyan esta ley los pequeños actores del mundo del libro o las librerías independientes. Hay muchas editoriales metidas en esta cruzada.

A la par del precio del libro, supongo que hay que competir con la experiencia del cliente. Es muy diferente el ritmo que impone una librería al de un supermercado. Acá no tenés cafetería, pero es cada vez más común ver librerías que mezclan otros rubros.

Está muy bien que las librerías se amplíen y que generen actividades. En México le llaman “cafebrerías” y el llamador es una buena cafetería. Aquí en Uruguay también sucede y me parece bárbaro. En nuestro caso, la librería fue planificada en otra época, en otro mundo, con otro libro. Tendríamos que hacer una reforma para que la cafetería y los olores de la comida no contaminen todos los espacios. Hoy, ya desde los planos de los arquitectos, se piensa en esas cosas.

Te apunto lo último sobre este tema: una de las cosas más interesantes que leí sobre la ley de precio único fue un artículo de Diego Traverso, en el suplemento de Economía de la diaria.

¿Qué podés adelantar de la próxima Feria Internacional del libro de Montevideo?

Será del 2 al 18 de octubre. Y lo que se puede adelantar es que vamos a recibir a Emmanuel Carrère. No viene exclusivamente para la feria. Llega unos días antes, pero va a ser muy significativo para calentar motores. Este año, como país invitado de honor tenemos a Alemania, y ellos, en coordinación con el Instituto Goethe, están preparando una programación que seguro va a ser muy buena.

Cada tanto se habla de reformar o no la educación de Uruguay. ¿Seguís el tema?

No. Me interesa mucho más la cultura que la educación. Como presidente de la Cámara del Libro he tratado con muchísimos ministros, y cuando veo todo lo que tienen que hacer digo, me pregunto: “¿Cómo puede ser que la educación y la cultura estén en un mismo ministerio?”. A mí la educación me preocupa, por supuesto, pero no como tema principal. La cultura sí, y me gusta en todos sus términos.

¿Qué lectura hacés de su presente, del cuidado de la cultura en Uruguay?

Cuanto más cultura haya y cuanto más educación, mejor. Ahí sí las puedo vincular. Es imposible no darse cuenta de que el público que más lee en Uruguay es el que alcanzó mayores niveles de educación. La cultura en Uruguay siempre fue, y para mí sigue siendo, uno de los principales activos que podemos mostrar como país. Nos hemos destacado y nos seguimos destacando en la cultura, en los más diversos géneros. Tal vez, sobre todo, en la pintura y en la literatura.

En la pintura, porque la historia así lo indica, tenemos maestros que de repente Argentina, un país con una capacidad de generar grandes fenómenos culturales, no tiene. Entonces, Uruguay ha sido más importante que Argentina en esa área. En literatura no. Y en música Uruguay es y ha sido muy potente. Para ser un país chiquito, de tres millones, lo que ha producido, lo que sigue produciendo, lo que exporta, lo que influye, si querés, es increíble.

Respondiendo a tu pregunta, yo creo que se le presta atención a la cultura. Ojalá los gobiernos, y no hablo de este en particular, pudieran hacer un poco más.