La primera vuelta presidencial en Argentina dejó un escenario incierto, probablemente igualado, de cara a la segunda vuelta del 19 de noviembre. El peronista Sergio Massa obtuvo casi siete puntos porcentuales más que el ultraderechista Javier Milei (36,7% versus 29,9%), pero la tercera en discordia, Patricia Bullrich (23,8%), ya fuera de la carrera presidencial, se supone que es ideológicamente más afín al excéntrico economista.

El intento de proyectar el destino de los votos de los tres candidatos que quedaron fuera de la segunda vuelta no debería apelar a razonamientos lineales, de acuerdo a cómo quedó el mapa electoral.

Bullrich, llegada a la política en el peronismo revolucionario de la década de 1970 y transformada con las décadas en una conservadora de línea dura, sintonizó la agenda de Milei desde la pandemia, hasta hace poco. La rivalidad se activó al fragor de la campaña y dejó alguna secuela en forma de denuncia por calumnias e injurias. Los primeros mensajes de Bullrich tras el derrumbe electoral del domingo apuntaron nuevamente a la meta suprema de “terminar con el kirchnerismo”, sugiriendo un aval a quien la consideró días antes de la elección una “terrorista montonera asesina” que había puesto bombas en jardines de infantes, una imputación falsa.

A su vez, el expresidente Mauricio Macri, arquitecto de la alianza Juntos por el Cambio, de quien Bullrich fue ministra de Seguridad (2015-2019), ya fue explícito en cuanto a su ilusión de coordinar fuerzas con La Libertad Avanza, el partido de Milei.

De todas formas, presumir que los votantes de Bullrich acudirán en masa a apoyar a Milei, fuera por afinidad ideológica o para castigar al kirchnerismo, podría llevar a un equívoco, ya que las bases electorales de ambos exhiben diferencias nítidas en cuanto a edad, ubicación geográfica e ingresos.

En la ciudad de Buenos Aires y los municipios que conforman el conurbano, donde viven 13 millones de personas, la demografía del voto a Milei ha sido parecida a la clásica del peronismo: mayor apoyo en barrios de trabajadores y pobres, menor en zonas de mayores ingresos. En el caso de Bullrich, lo contrario.

En muchas provincias la tendencia fue distinta: la competencia entre La Libertad Avanza y Juntos por el Cambio parece haber sido por un tipo de votante similar. Un reflejo de ello fue que la alianza conservadora se desplomó en la franja central del país, desde el Atlántico a los Andes, la zona con mayor prosperidad y diversidad productiva. Córdoba, Santa Fe, Mendoza, Entre Ríos y el interior de la provincia de Buenos Aires habían sido en elecciones pasadas el núcleo del macrismo. En todas ellas, Bullrich quedó el domingo en el segundo o tercer puesto, a gran distancia del ganador (Massa o Milei, según el caso).

A los matices en cuanto al lugar de residencia y nivel de ingresos entre los votantes de ambas derechas se suma el que se presenta como el mayor obstáculo que encontrará Milei para sumar adeptos. Las encuestas preelectorales coincidían en que el economista ultra encontraba la mayor adhesión entre jóvenes de 16 a 29 años, mientras que Bullrich predominaba entre los mayores de 60, con una representación muy debilitada entre los de menor edad. El apoyo a Massa, en cambio, era descrito como parejo a lo largo de todas las franjas etarias.

El papel de los radicales

Un cuarto y crucial elemento es que Juntos por el Cambio adquirió un perfil escorado a la derecha, pero no todos sus votantes lo son. Esa alianza está compuesta por el PRO (partido fundado por Macri), la tradicional Unión Cívica Radical (UCR) y la minoritaria Coalición Cívica.

La UCR se parece al peronismo en cuanto a que ha mostrado a lo largo de su historia vertientes de izquierda y derecha, aunque con abismos un poco más atenuados. Sus máximos referentes, Hipólito Yrigoyen, hace un siglo, y Raúl Alfonsín, baluarte de la recuperación de la democracia y el juicio a las juntas de la dictadura, fueron despreciados en múltiples oportunidades por Milei.

Los radicales no tienen hoy un marco ideológico claro, pero sí poder institucional en las provincias, entre las que acaban de ganar media docena de gobernaciones. La UCR representa a votantes mayormente urbanos y de clase media, arquetípicos en cuanto a la valoración de la educación y la salud públicas y gratuitas, universos que Milei se propone privatizar.

Así las cosas, quienes optaron por Bullrich el 22 de octubre probablemente se inclinarán más hacia Milei, pero no está clara la proporción.

El 2,7% que votó por la trotskista Myriam Bregman, del Frente de Izquierda y los Trabajadores, previsiblemente apoyará a Massa o, a lo sumo, se abstendrá.

En cuanto al 6,8% que obtuvo el quinto candidato que llegó a la primera vuelta, el disidente peronista de centroderecha Juan Schiaretti, se abren algunas incógnitas. Es un voto peronista, por lo tanto, defensor de la educación y la escuela públicas y favorable de cierto arbitraje estatal de la economía. Está centrado en la provincia gobernada por Schiaretti, Córdoba, segunda en cantidad de habitantes. Se verá si ese ciudadano vuelve al redil peronista o si prevalece su propensión antikirchnerista. Massa cuenta a su favor con que no es visto en general como un subalterno de Cristina Fernández.

De la TV a los móviles

El fenómeno Milei fue explicado como un producto de las redes sociales. Aunque el economista anarcocapitalista gozó de una presencia casi diaria en horarios de máxima audiencia televisiva, es un hecho que sus participaciones se volvieron virales de móvil a móvil. De allí, según algunas interpretaciones, la penetración del economista en el electorado más joven.

Los responsables de redes sociales de La Libertad Avanza, en general veinteañeros, fueron elogiados en la prensa por su capacidad para manejar un activo estrella: Tiktok.

Como definió el profesor de comunicación en las universidades de Quilmes y Buenos Aires Martín Becerra, Milei fue antes que nada una voz en la pantalla televisiva que catalizó “una tendencia previa de influencers, youtubers y cuentas con contenido antifeminista, xenófobo, antiprogresista, antiderechos laborales y ambientales y de exaltación de la violencia contra personas y grupos identificados como enemigos”.

Los gritos contra los “zurdos de mierda”, amenazas de pisar a rivales “como una cucaracha”, comparaciones a los socialistas con “excremento”, descalificaciones al “imbécil que está en Roma, representante del Maligno” y un largo etcétera pasaron durante años sin réplica en los canales de los grupos Clarín, La Nación y América.

Por el contrario, cuando mayor era la estridencia, más exitosa fue la viralización. Milei se entusiasmó con su propio éxito y pasó a doblar la apuesta. Si era preguntado por la privatización de hospitales y escuelas, él revelaba su ideal de la compraventa de calles y órganos humanos.

La enjundia del candidato entusiasmó a sus partidarios, muy activos en redes. “Viejos meados” fue el estigma recurrente utilizado por estos en detrimento de los adultos que adherían a Bullrich.

La estrategia de Massa y del papa

Pasado el cimbronazo de las primarias, en las que ganó Milei con el 30% de los votos, el peronismo se activó para iluminar las consecuencias de las medidas que proponía Milei. En particular, Massa fue metódico en no entrar en una competencia de descalificaciones, pero puntualizó cómo impactaría en los hogares la quita masiva de subsidios, el pago de una cuota por la universidad, el precio de los alimentos por la dolarización o el desempleo producto de la ruptura de relaciones con China.

Un segundo actor se puso en marcha para ubicar a Milei frente al espejo de sus palabras. Los curas de Opción por los Pobres, de relación privilegiada con Francisco, salieron a las calles y organizaron misas para denunciar a Milei, en una intervención política sin precedentes desde la recuperación de la democracia. El propio Francisco concedió reportajes con paralelismos inequívocos entre el surgimiento de Milei y el de Adolf Hitler.

Ahora que quedó debajo de Massa, el candidato ultra se ve obligado a buscar a los “viejos meados”, “inútiles” y “traidores” radicales, admiradores del “fracasado hiperinflacionario de Alfonsín”, “excrementos humanos socialistas”, fieles del “imbécil que está en Roma”, mujeres que no equiparen el aborto al “asesinato de bebés” y quienes no consideren que en Argentina existió “una guerra” en lugar de terrorismo de Estado.

Impactado por la derrota, el candidato de La Libertad Avanza se apropió de la terminología de Bullrich para “terminar con el kirchnerismo” en la misma noche electoral, y este martes ofreció a su exrival sumarse a su hipotético gabinete, sin mención a las acusaciones de “terrorista tirabombas”.

En un paso que denota desesperación, el ultra llegó a anunciar que entregaría funciones del Ministerio de Capital Humano a “la izquierda”, porque “son los que más saben”.

Los contenidos virales, antes un activo, se transformaron en una carga indisimulable y una herramienta implacable que el peronismo puede activar sin mucho esfuerzo.

Las respuestas ante sus ofertas no se están haciendo esperar. “La izquierda lo combate y lo va a combatir en todos los terrenos”, respondieron desde el Frente de Izquierda y los Trabajadores. “Con Milei, ni a la esquina”, indicó una agrupación de la UCR.

Axel Kicillof, el peronista de izquierda que resultó uno de los grandes ganadores de la jornada electoral al ser reelegido como gobernador de la provincia de Buenos Aires, describió el cuadro de situación: “Ahora tenemos un Milei edulcorado, asesorado; tampoco le va a ser útil. Esto de ofrecerles un ministerio a Bregman y Bullrich lo convierte en un payaso”.

Esta nota fue publicada originalmente en eldiario.es.