El sábado participé, junto con más de 50 personas, en una intervención sobre un edificio patrimonial en Ciudad Vieja, frente a la plaza Zabala. Lo limpiamos, lo pintamos, lo trabajamos colectivamente. El lunes, el muro volvió a amanecer marcado.

La escena no sorprende. De hecho, casi podría anticiparse. Y suele venir acompañada de comentarios conocidos: “¿Para qué lo hacen, si va a durar poco?”, o “igual está más lindo con colores que gris”.

Son frases comunes, pero dicen bastante sobre cómo nos vinculamos con la ciudad: entre la naturalización de la intervención constante y la idea de que cualquier marca es mejor que el vacío.

En muchos casos, esas marcas tienen un protagonista claro: el deporte. Nombres de clubes, colores, siglas. Pintadas que construyen pertenencia, delimitan territorios simbólicos y forman parte de la cultura urbana. Reducirlas a un problema de limpieza sería simplificar.

Pero el punto no se agota ahí. La ciudad también es ocupada –con igual entusiasmo y bastante menos cuestionamiento– por campañas publicitarias, consignas políticas y firmas varias. Cambian los códigos, cambian los intereses, pero el gesto es el mismo: usar la arquitectura como si fuera un fondo disponible.

Curiosamente, esas intervenciones no generan la misma reacción. Algunas se discuten. Otras se toleran. Otras, directamente, se planifican.

No todas las superficies son equivalentes, ni dicen lo mismo. No es lo mismo cualquier muro que un edificio patrimonial. Aprender a convivir con la ciudad también implica leerla.

Y la arquitectura, mientras tanto, queda en el medio. Como si fuera, efectivamente, un soporte. Pero no lo es. Aunque sea un bien de uso, también organiza cómo habitamos la ciudad. Tiene materialidad, intención, historia. No todas las superficies son equivalentes, ni dicen lo mismo. No es lo mismo cualquier muro que un edificio patrimonial. Aprender a convivir con la ciudad también implica leerla.

En el caso de las pintadas deportivas, esta tensión es especialmente visible. Su fuerza está en la repetición y en la ocupación del territorio. Pero cuando esa lógica se vuelve indiscriminada, las diferencias entre los lugares empiezan a borrarse. El resultado no es necesariamente más expresión, sino muchas veces más ruido.

A eso se suma otra capa: aunque existen normas sobre el uso del espacio público, su aplicación es, en estos casos, selectiva. Más que una regla clara, lo que parece haber es un sistema de excepciones bastante flexible.

Lo ocurrido estos días no es una anomalía. Es, en todo caso, una señal bastante clara de cómo funciona la ciudad. No porque haya demasiadas marcas, sino porque parece no importar demasiado dónde se hacen.

Antes de marcar, hay algo previo: leer la ciudad. No todo lo que puede ser intervenido es, necesariamente, indiferente a cómo se interviene.

Sebastián Angiolini es integrante del colectivo Montevideo Más Linda.