Medio siglo de los asesinatos en Buenos Aires de Rosario Barredo, Héctor Gutiérrez Ruiz, Zelmar Michelini y William Whitelaw, en los mismos días del secuestro y desaparición, hasta hoy, de Manuel Liberoff. Treinta años de la primera Marcha del Silencio. Son números redondos de una historia que no se redondea, incompleta, escondida.

La verdad que nos roban es mucha. No solo dónde están los restos, quién torturó y mató, quién dio la orden. También se oculta por qué y en beneficio de quiénes se cometieron los crímenes. Develar esa trama es un aprendizaje social importantísimo que debemos transmitir de generación en generación, junto con la memoria de cada atrocidad.

Los días 20 de mayo, desde hace tres décadas, no se marcha solo por los asesinatos de dirigentes políticos hace 50 años, sino también por todas las personas detenidas y desaparecidas. Cada vez más, el reclamo abarca también las otras formas de represión desplegadas por el terrorismo de Estado transnacional, en gran medida impunes todavía. No solo por verdad, sino también por justicia y por un “nunca más” que implica, en un sentido mucho más amplio que el judicial, la justicia.

El terrorismo de Estado fue reaccionario, para defender a sangre y fuego un sistema de dominación, en Uruguay y en el resto del planeta. “Nunca más” quiere decir, en el fondo, que la humanidad pueda liberarse.

El golpe nos golpeó y nos sigue golpeando; era –es– contra nosotras y nosotros, aunque aún no hubiéramos nacido, y contra nuestra descendencia. Mucho antes de 1996, se manifestaban familiares directos de las personas desaparecidas, a la intemperie con sus carteles. Luego las multitudes les dieron abrigo y dijeron “somos familiares”, antes de que se formalizara la consigna.

La causa de los derechos humanos no es solo contra aquel terrorismo de Estado. Defiende a cada víctima de dominación violenta, a cada persona privada de libertad en condiciones inhumanas, a cada criatura nacida en la pobreza, a cada ser humano discriminado, explotado, envenenado física y mentalmente, manipulado y embrutecido. Ayer y hoy, en cualquier lugar de nuestro país y del mundo. Defiende, en suma, que haya justicia. Por eso, también, es una de la sociedad entera, de la humanidad entera.

En el siglo pasado, hubo dictadores y mandos militares que dieron órdenes criminales, por su cuenta o por cuenta de intereses superiores a ellos, pero hubo dignísimas desobediencias. Después, en democracia, hubo altas autoridades que quisieron imponer la mentira y el olvido, pero hubo resistencias que siguieron adelante. Si hoy hubiera una orden presidencial de buscar y entregar la información que se reclama cada 20 de mayo, habría también desacatos y displicencias, bajo el mismo manto de silencio que nos ha negado la verdad. No sabemos siquiera, todavía, quiénes saben y callan.

Un día, quizá, la sociedad se mandará a sí misma y dispondrá, soberana, que se ejerzan todos los derechos humanos. Hacia ese horizonte querían ir, por distintos caminos, las víctimas que recordamos, y hacia él apunta cada Marcha del Silencio, como parte de la humanidad en marcha.