“El rey ha muerto, larga vida al rey” no es solo una frase del pasado. Sigue siendo una fórmula para nombrar una transición: algo termina, pero otra cosa empieza inmediatamente. No hay vacío. Hay reemplazo, continuidad y disputa por el sentido de lo que viene.
Quizás algo parecido esté ocurriendo con el trabajo. No porque vayamos a despertar mañana en un mundo sin empleo. No porque la inteligencia artificial (IA) vaya a reemplazar de un día para otro a todos los trabajadores. Sino porque la relación entre trabajo e identidad está empezando a transformarse de una forma que no veíamos desde la primera Revolución Industrial.
La preocupación tampoco es nueva. Hace más de 30 años, Jeremy Rifkin publicó El fin del trabajo. Allí sostenía que la automatización reduciría progresivamente la necesidad de trabajo humano. Durante mucho tiempo esa idea pareció exagerada. Sin embargo, la IA vuelve a poner la pregunta sobre la mesa.
La diferencia es que esta vez no hablamos solo de tareas manuales o repetitivas. Los sistemas de IA ya redactan informes, generan códigos, analizan contratos, producen campañas de marketing, diseñan imágenes y asisten diagnósticos. Por primera vez, la automatización avanza con fuerza sobre trabajos cognitivos, profesionales y administrativos.
Los datos internacionales muestran señales difíciles de ignorar. El Fondo Monetario Internacional estima que casi 40% del empleo global está expuesto a la IA, con una proporción mayor en las economías avanzadas. El Foro Económico Mundial proyecta que hacia 2030 se crearán millones de nuevos empleos, pero también se desplazarán decenas de millones. No estamos frente a una película de ciencia ficción. Estamos frente a una transformación productiva en curso.
El debate público suele imaginar dos extremos. En uno, nada cambia. En el otro, las máquinas reemplazan a todos. Tal vez ninguno de los dos escenarios se cumpla 100%.
¿Qué pasaría si Uruguay enfrentara un aumento relativamente rápido de cinco, siete o diez puntos porcentuales en la desocupación? No hace falta llegar al fin del trabajo para tener un problema nacional. Con una tasa de desempleo que hoy ronda el 7% u 8%, un salto de esa magnitud implicaría duplicar o triplicar el problema. ¿Qué ocurriría con la recaudación, la seguridad social, el consumo, la convivencia democrática y la cohesión social? ¿Qué pasaría en un país que construyó buena parte de su contrato social alrededor del empleo formal?
Durante los últimos dos siglos, el trabajo fue mucho más que una forma de obtener ingresos. Fue una fuente de identidad, pertenencia, reconocimiento y propósito. Cuando alguien pregunta quiénes somos, muchas veces respondemos diciendo qué hacemos.
No es casual que la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, haya sido firmada en el 135º aniversario de la Rerum Novarum. Aquella encíclica de León XIII respondió a las consecuencias sociales de la Revolución Industrial y a la llamada “cuestión obrera”. Esta nueva reflexión aparece frente a otra revolución, tal vez menos visible en sus máquinas, pero igual de profunda en sus efectos humanos: la revolución de la IA.
¿Qué lugar ocuparán las personas en una comunidad donde el trabajo deje de ser el principal organizador de la vida social? La discusión no es solamente económica. Es cultural, política y profundamente humana.
En ambos casos, la pregunta de fondo es parecida: cómo defender la dignidad humana cuando cambia radicalmente la forma en que producimos, trabajamos y organizamos la vida en sociedad.
Por eso resulta ingenuo pensar que un ingreso universal resolvería automáticamente el desafío. Incluso si una sociedad pudiera financiarlo, seguiría pendiente una pregunta más profunda: ¿qué lugar ocuparán las personas en una comunidad donde el trabajo deje de ser el principal organizador de la vida social? La discusión no es solamente económica. Es cultural, política y profundamente humana.
Y acá aparece la pregunta incómoda: ¿qué está haciendo Uruguay para prepararse? No quiero pecar de soberbia. Quizás ya existan conversaciones de alto nivel que no conozco. Ojalá sea así. Pero de algo sí estoy convencido: en Uruguay todavía no existe un sentido de urgencia pública sobre el impacto de la IA en el trabajo.
Hay excepciones. La vicepresidenta Carolina Cosse ha planteado la necesidad de discutir los impactos de la IA. El presidente de la Cámara de Representantes, Rodrigo Goñi, ha impulsado espacios parlamentarios sobre estos temas. Uruguay Innova tiene el tema en agenda. Más recientemente, el senador Pedro Bordaberry también realizó declaraciones que apuntan a pensar sobre la IA. Pero siguen siendo excepciones, no una conversación de sistema.
La IA y el futuro del trabajo no pueden quedar confinados a especialistas, académicos, tecnólogos o técnicos de tercera línea como quien escribe. La técnica puede aportar evidencia, escenarios y alternativas. Pero la conducción de una transformación de esta magnitud tiene que ser política.
Uruguay necesita que este tema sea asumido por dirigentes de primera línea, por el sistema político en su conjunto, por el Parlamento, el Poder Ejecutivo, los sindicatos, las cámaras empresariales, la academia y la sociedad civil.
Tal vez sea tiempo de crear un grupo de alto nivel sobre IA y trabajo, un GACH de IA. Un espacio nacional, plural y con jerarquía política, que no se limite a producir otro documento declarativo, sino que construya escenarios, identifique sectores vulnerables, piense políticas de reconversión laboral, anticipe impactos fiscales y proponga nuevas formas de protección social.
La IA no es un tema tecnológico que requiere atención política. Es un tema político que requiere apoyo técnico.
La peor respuesta sería asumir que, como el desempleo masivo no llegó todavía, entonces no hay nada urgente que hacer. La historia muestra que las sociedades que mejor atraviesan las revoluciones tecnológicas no son las que las niegan, sino las que se preparan a tiempo.
Quizás el trabajo no esté muriendo. Quizás esté cambiando de forma frente a nuestros ojos. Pero si queremos que la próxima etapa genere prosperidad en lugar de exclusión, Uruguay necesita discutirlo ahora, al máximo nivel y con sentido de urgencia.
El trabajo ha muerto. Larga vida al trabajo.
Emiliano Pereiro es sociólogo computacional y docente de la diplomatura de políticas públicas e IA de la Universidad Torcuato di Tella.
