Los últimos datos del Sistema Integral de Protección a la Infancia y la Adolescencia muestran cómo nuestras infancias vienen sufriendo abusos cotidianos y quedan desamparadas frente a la violencia creciente. Pensar cómo tutelamos mejor a las infancias nos hace pasar de un reconocimiento triste y doloroso a una búsqueda decidida de estrategias para responder a estas situaciones.
En primer lugar, cabe señalar que, desde el urbanismo, la psicología de la primera infancia, los estudios del hábitat, venimos insistiendo en que la escala barrial y la forma de escuchar a las infancias son clave en una responsabilización colectiva de la problemática. Está claro que quien tiene la tarea de tutelar a las infancias tiene una fuerte presión por proteger, por tratar de salvaguardar a quien ya está en esa condición de vulnerabilidad, y prevenir que cada vez más niñas y niños entren en esos remolinos que hunden el alma y la conciencia. Algunas experiencias que relataré a continuación no son generalizables para distintos barrios en la misma ciudad, pero buscan generar una reflexión en una escala territorial de cercanía, para profundizar en posibles formas de abordar el fenómeno de la violencia.
Desde 2018 se viene trabajando en una línea de investigación-acción participativa desde el Instituto de Estudios Territoriales y Urbanos de la Universidad de la República (Udelar), en particular desde el grupo del Laboratorio de Urbanismo Participativo y Afectivo de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, junto con el Grupo de Investigación en Comunidades Protectoras de las Infancias de la Facultad de Psicología. Los procesos de investigación y las acciones en territorio han llevado a involucrar más de 300 niñas y niños de barrios en los municipios B, C y G.
El trabajo conjunto habilitó, a través de técnicas de escucha activa, identificar con las infancias sus experiencias en la ciudad, sus trayectos cotidianos, los espacios que más frecuentan, sus referentes barriales, así como sus miedos y sus propuestas para ganar derechos. El resultado ha sido un diseño urbano que nace de los imaginarios y un acervo único e inigualable de la experiencia y el conocimiento de niñas y niños, que, en diálogo con otros saberes técnicos y vecinales, apunta a fortalecer una red de espacios, personas, infraestructuras y naturaleza que nos dan pistas de por dónde transitar hacia una ciudad cuidadora de las infancias.
Sería incorrecto decir que la violencia hacia las infancias solo existe en algunos barrios de la ciudad, además de que esto continúa estigmatizándolos. La violencia es difusa, muchas familias son escenario de leyes propias, de leyes en las que el abuso y el maltrato son parte de la vida cotidiana. Las causas, las responsabilidades, la reproducción de la violencia por generaciones es uno de los temas centrales, pero nos interesa reflexionar aquí sobre cómo afrontar la violencia doméstica desde lo urbano.
Gracias a colaboraciones con universidades de Colombia, de Brasil, de Italia y otros países, podemos comprender que estamos en niveles similares a países que han tenido conflictos armados de larga data, que tienen redes de criminalidad organizada que ejercen la violencia como una de las armas más importantes de poder y control. También podemos hablar de una rabia social, segregaciones sociorresidenciales e incluso impacto de las redes sociales que atraviesan a todos los grupos sociales en el crecimiento de la violencia. ¿Cuáles son las estrategias que estos países aplican, pero que nosotros aún no estamos utilizando?
Una de las estrategias que se conectan directamente con situaciones globales y locales es la educación para la paz, la comprensión de cómo desactivar estos mecanismos de vínculos interpersonales mediados por la violencia, que suceden sobre todo dentro de los hogares, para volver a llevar al ámbito de lo público, de lo social, la posibilidad de colaborar en la construcción de una cultura de la paz. Desactivar la idea de que estamos aquí solo para “darnos bala”, señala Liliana Sánchez, profesora de la Maestría de Intervención Social de la Universidad de Antioquia de Medellín, y buscar amplificar la voz de niñas, niños y jóvenes en la construcción de un horizonte común, donde antes que nada tengo que sobrevivir y luego tengo que buscar hacer fuerza en mis pares para un desarrollo de vida diferente a ese presente.
El movimiento feminista argentino agrega a esta reflexión la necesidad de “abrir lo doméstico”, es decir, utilizar la estrategia de multiplicar los espacios en común en los barrios populares para hacer el ámbito doméstico permeable, promover un permanente entrar y salir, comedores comunitarios, pequeños emprendimientos de barrios, peluquerías, almacenes, bibliotecas de apoyo escolar. Este es justamente el camino que han encontrado las mujeres, como señala Verónica Gago, para ampliar los espacios y así ampliar las redes de contención; no solo se cuenta con el ámbito institucional educativo en el cuidado de las infancias, sino que se desarma la visión familiar/individual y se da paso a otros sujetos que puedan actuar en la vida cotidiana.
¿Qué podemos aprender para el urbanismo de esto? La clave en esta situación de desconexión y encierro es inventar un urbanismo que no aísla, un urbanismo que conecta, pero conecta con una política de barrios en la microescala, en donde se amplía el espacio doméstico hacia espacios compartidos en donde la violencia no puede quedar inobservada, y retorna el control social como estrategia de cuidado de las infancias.
Parecería que los planes barriales buscan en general dotar de vivienda e infraestructura, pero repensar la ciudad desde esta óptica de cuidados es realmente una revolución paradigmática en el urbanismo. Generar una ciudad cuidadora no depende solo de una infraestructura o de servicios diseñados en forma tradicional, sino que implica generar estrategias para reactivar la vida social en la vereda y en el espacio público.
Parecería que los planes barriales buscan en general dotar de vivienda e infraestructura, pero repensar la ciudad desde esta óptica de cuidados es realmente una revolución paradigmática en el urbanismo.
Para quienes trabajamos en estos temas no parece nada nuevo proponer multiplicar la presencia de una economía urbana local, con comercios de cercanía, asegurar comedores para una alimentación adecuada, promover espacios públicos de calidad, entre otros. Pero nos preguntamos quién está trabajando en esto de forma sistemática en Montevideo, y en otras ciudades del interior, sobre todo quién entiende que la desaparición de esta vida social en la ciudad es la que amplifica muchas veces los fenómenos de violencia y otras leyes en los territorios.
Necesitamos fortalecer o recrear redes barriales para volver a conocer y preocuparnos por lo que les pasa a los vecinos y las vecinas de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestra calle. Esto implica un cambio incluso en las formas de gobernar esas transformaciones, es decir, antes que nada, identificar quiénes son los que ya están en los barrios predispuestos y en muchos casos generando esas actividades de cuidados, conectar, reconocer, escuchar, darles un rol, una estrategia como comunidad cuidadora, o, como dirían las colegas de psicología, empezar por una “comunidad protectora de las infancias”, porque hay que hacer hincapié en la gravedad de la situación actual, para luego dotarla incremental y sostenidamente de lo que necesita para que se mantenga fuerte y activa en el tiempo.
Aquí tenemos un segundo factor, que consideramos central, y es el de involucrar a las infancias en esta transformación, lo que tampoco es práctica habitual del urbanismo como lo conocemos. El codiseño de la ciudad con las infancias, y no para las infancias, es tan importante como la educación para la paz de toda la comunidad con las infancias. Al dejarlas como receptoras de lo que se encuentran en la actualidad, al privarlas de ejercer la capacidad de invención y creación, alienándolas con constantes distracciones virtuales, perdemos su mirada generacional y, así, el factor revolucionario de cada generación. Perdemos el inconformismo, la crítica, sometemos a las infancias a aceptar el mandato, la ley que rige en cada hogar y en cada barrio.
Necesitamos construir una transición cultural en la que las nuevas generaciones adquieran estrategias para ampliar sus afectos territoriales y generar redes de apoyo en el caso de necesitarlo. Esto tiene mucho que ver justamente con la construcción o reconstrucción de comunidades protectoras, con un urbanismo afectivo, que vuelva a poner el respeto por la vida, por la creación e invención de espacios amigables en los barrios al centro del diseño de las ciudades.
En Montevideo, las infancias han desaparecido de las calles. No solo por la violencia, sino también por el bajo nivel de tolerancia hacia el juego libre, o hacia su presencia en autonomía. En forma inversamente proporcional ha crecido la masividad de los automóviles, de los usos comerciales anónimos y privatizadores para veredas, calles y espacios de socialización que han expulsado continuamente a niñas y niños del espacio público.
La planificación adultocéntrica ha acompañado procesos de construcción de un concepto de infancias como seres dependientes, incapaces de comprender qué es lo bueno y lo malo para sí mismos, a los que hay que educar para cambiar sus comportamientos espontáneos. La arquitectura y el urbanismo han acompañado modelos reformistas y disciplinadores de las infancias generalmente poco sensibles a sus necesidades y voluntades, así como a las particularidades de los distintos lugares. Al tiempo que se creaban escuelas e institutos en donde debían transcurrir la mayor parte de la jornada, se inventaban los playgrounds (espacios de juegos controlados), para que, en el resto del día, como señala Collin Ward, no estuvieran vandalizando la ciudad ni aterrorizando a los habitantes que, además, debían aumentar sus jornadas laborales y no podían dedicarles tiempo.
Plan de Barrio Amigable con las Infancias
El equipo Interdisciplinario de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, y la Facultad de Psicología, lleva adelante junto con los municipios la investigación “Por el derecho a la ciudad de niñas y niños”. Gracias a la utilización de una metodología de investigación-acción participativa con diferentes técnicas y escalas, se han abordado más de 15 barrios de la ciudad a través de cursos, procesos en las escuelas y CAIF, y convenios con municipios. El objetivo es generar estrategias de cercanía, entornos escolares lúdicos de interfaz con los barrios, trayectos protegidos casa-escuela y planes de barrio amigable con las infancias.
En la primera fase del proceso se realiza una exploración con observaciones y mapeos afectivos que elaboran niñas y niños sobre su propia experiencia en la ciudad y las comunidades en sus entornos. Estos han permitido verificar un gradual y significativo encierro. Los trayectos casa-escuela o aquellos de la vida cotidiana son acotados, y cada vez sucede más tardíamente la movilidad por la ciudad en autonomía. Cuando se realizaron las caminatas sensoriales se verificó un desconocimiento del propio barrio, e incluso un desarraigo territorial al frecuentar escuelas en otros barrios considerados más seguros, pero lejanos, en donde se transcurre la gran parte de la jornada. La prisa, la falta de vida en las calles, la sobrecarga de trabajo de los adultos hacen que carezcan o posean muy pocas referencias barriales, o formas de apropiación cotidiana de la ciudad, lo cual reproduce el confinamiento en los espacios domésticos y la carga sobre el núcleo familiar.
En la segunda fase iniciamos la ideación de futuros posibles para el barrio. Se verificó la sobreexposición a las “pantallas”; en ese momento les pedimos la creación de historias fantásticas. Para nuestra sorpresa, aparecieron en su mayoría personajes de videojuegos y solo en un segundo momento personajes más relacionados con la naturaleza o características físicas del barrio. Existe muy poco, o nulo, conocimiento de la historia de los barrios, cómo nacieron, sus particularidades, quiénes los habitan o sus personajes locales.
La tercera fase fue la de laboratorio de intervenciones y autoconstrucción: estudiar la factibilidad de las propuestas de intervenciones urbanas elaboradas entre infancias, universidad, comunidades barriales y municipios. Algunas de ellas fueron: modificaciones en el tráfico y la movilidad, mobiliarios urbanos y juegos para crear espacios de socialización en las veredas de los lugares más frecuentados, como comercios, patios de cooperativas de vivienda, paradas, frente de las escuelas, propuestas de renaturalización.
Es interesante aquí verificar cómo niñas y niños imaginan en el diseño una ciudad que incluye sus derechos, pero también los de otros, humanos y no. Por ejemplo, incluyen a sus cuidadores, muchas veces adultos mayores, con especial interés en que puedan sentarse a la sombra, cómodos mientras ellos juegan, o que tengan rampas accesibles. Así como las necesidades de otras especies: propusieron la creación de corredores ecológicos, ya que valoraron especialmente los espacios naturales y las plazas para convivir y jugar con pájaros, insectos, animales domésticos y otros.
En uno de los barrios del municipio B en el que trabajamos con el proyecto Escuelas Abiertas al territorio hemos logrado visualizar con todas las intervenciones un primer Plan de Barrio Amigable con las Infancias. Es un plan de intervenciones físicas, pero sobre todo de imaginar posibles colaboraciones entre sujetos locales y el municipio para fortalecer la creación y acción de estas comunidades protectoras de las infancias. Las infraestructuras lúdicas de socialización, el cambio en el tráfico y la movilidad, los comercios amigables son parte de las estrategias que les permitan hacer visible el retorno de las niñas y los niños al espacio público de la ciudad y traer nuevamente la responsabilidad de su cuidado al ámbito de lo colectivo, es decir, de lo común. Pero lo más interesante es que esto no es en abstracto; detrás de cada propuesta hay un comerciante, asociación, grupo de vecinas que están dispuestos a realizarlo. No es teórico, es la comunidad haciendo cuerpo en el territorio y sosteniendo a las infancias en sus propósitos.
El proceso de investigación reconoció como grandes protagonistas a los municipios, que pueden coordinar intervenciones graduales de la intendencia y otros entes estatales, de diversos niveles de gobierno, en el territorio. De estas propuestas ya están en marcha en sus fases iniciales los proyectos de arquitectura para ampliar y generar espacios públicos de calidad en los frentes de dos escuelas, junto con las direcciones y maestras, las comisiones de fomento, los técnicos y las alcaldesas (primero Silvana Pisano) Patricia Soria del municipio B y Leticia de Torres del G.
Sin embargo, se identificó una debilidad en este sentido, que es la necesidad de dotar a los municipios de facilitadores y mediadores comunitarios que coordinen las intervenciones barriales y refuercen a las comunidades cuidadoras y protectoras con mecanismos eficaces ante situaciones de violencia u otras necesidades detectadas. Esto implica, seguramente, un fortalecimiento de las áreas sociales municipales que ya se ven desbordadas con otras solicitudes individuales, pero que son claves en la pronta respuesta, presencia estatal y seguimiento en cada barrio en el tiempo.
Adriana Goñi es directora del Departamento de Resiliencia y Sostenibilidad Urbana del Instituto de Estudios Territoriales y Urbanos de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, Universidad de la República. Por más información del proyecto: lablupa.org.
