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Opinión Posturas

“Estudiábamos mientras sosteníamos infancias entre nuestras manos”: educadoras de primera infancia certificaron formación

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El 8 de junio en el Auditorio Adela Reta del Sodre casi 300 educadoras y un educador de primera infancia de casi todo el país recibieron su certificado de la Formación Básica de Primera Infancia del Centro de Formación y Estudios (Cenfores) del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU). Si bien para cada una de esas personas, sus familias y equipos de trabajo fue un momento altamente significativo, el acto pasó casi inadvertido para la prensa. Vale la pena detenerse en lo que ahí ocurrió.

Fueron unas 245 las personas que recibieron su certificado, si bien el total de egresadas superaba las 330 (algunas, por vivir en el interior, no pudieron viajar), llegadas desde buena parte del país. Personas que trabajan en educación de la primera infancia que, además de sostener cada día la tarea con los “recién llegados”, dedicaron tiempo de su vida a seguir formándose. El Auditorio Adela Reta recibió a mil personas que celebraban el cierre de un proceso de formación; la cobertura periodística, casi en silencio. Conviene detenerse en lo que ese silencio se perdió, porque fue mucho más que un acto protocolar: fue un reconocimiento a quienes educan y cuidan en los primeros años, y a lo que el país hace con esa tarea.

Desde el Ministerio de Educación y Cultura (MEC), el director nacional de Educación, Gabriel Quirici, habló de lo popular de esta formación: una formación del pueblo, en el sentido de la pertenencia; es una formación que cuenta con una gran aceptación y reconocimiento por parte de quienes trabajan con y para la primera infancia. La imagen no es menor: educar y cuidar a los recién llegados –los “nuevos en el mundo”, diría Hannah Arendt– es hacerles lugar, recibirlos, presentarles el mundo.

Como se ha escrito en otras ocasiones, esta no es una formación más: toma la tarea y la problematiza. Ahí radica lo más valioso: la Formación Básica es una formación en servicio que parte de las prácticas y el saber que porta cada participante, sus prácticas cotidianas, sus modos de hacer, sus representaciones, su modo de ser, y los pone a trabajar. Observar, registrar, poner en palabras lo que pasa en el día a día en el centro para poder reflexionarlo, problematizarlo, desnaturalizarlo, enriquecerlo… Poner el saber propio al servicio del intercambio con otras y otros, pares, trabajadoras y trabajadores desarrollando la tarea. Es un trabajo de objetivación que, en clave freiriana, busca praxis: alejarse del objeto para poder mirarlo y, así, actuar conscientemente sobre él.

Bettina Alpuy, directora del Programa de Primera Infancia del INAU, aportó la idea de un compromiso ético: formarse para pensar cada vez más las prácticas y hacerlo lo mejor posible. Compromiso que es político –en el sentido de Malaguzzi: concebir a niñas y niños como sujetos, actores sociales, portadores de derechos– y estético. Educar y cuidar en la primera infancia no es asistir y poco más: es un acto ético, político y, sí, también bello.

Sostener una apuesta así no se hace en soledad ni con voluntarismo. La presidenta del INAU, Claudia Romero, planteó el compromiso con las infancias en un momento vital en que el vínculo afectivo cobra un valor sustantivo: tiempos fundacionales, los del hacerse persona, los del devenir sujeto. Y dejó una certeza que debería ordenar prioridades: quienes trabajan con la primera infancia tienen que ser los y las más formadas, y así anunció la vuelta a la presencialidad de la formación en el norte de nuestro territorio. De esa forma, se retomó un recorrido que el Cenfores supo transitar brindando cursos de la Formación Básica en todo el país.

Educar y cuidar en la primera infancia no es asistir y poco más: es un acto ético, político y, sí, también bello.

En esa línea, la directora general, Andrea Venosa, subrayó la especificidad del Cenfores en la formación de educadoras a lo largo y ancho del país, celebró la vuelta a la presencialidad y reclamó seguir descentralizando. Y la directora del Cenfores, Macarena Noguera, puso en valor la formación continua y la formación en servicio –la de quienes se forman sin dejar de trabajar– y ubicó al centro como una casa a la que siempre se puede volver: una construcción colectiva que no deja de estar abierta. No es un dato menor: esta es la primera formación pública y estatal de educación de la primera infancia, y la única especializada en el tramo que va del nacimiento a los 3 años, con un enfoque socioeducativo explícitamente definido: promotor de aprendizajes, de desarrollo y de protección y promoción de derechos.

Pero lo mejor del acto no lo dijeron las autoridades: 15 egresadas tomaron la palabra, en nombre de todas, en un discurso coral que fue pasando de voz en voz. Contaron el camino: las horas de clase con el mate al lado del teclado y la pantalla (desde 2020 la formación se virtualizó, decisión que las actuales responsables de la formación están en proceso de revertir para volver a la presencialidad, en clave de despliegue nacional), los cortes de cinco minutos en los que se volvían “verdaderas mujeres maravilla” –baño, café, mensajes, responsabilidades domésticas varias– para volver, una vez terminada la pausa, a seguir formándose.

Mientras estudiaban, la vida seguía ocurriendo: seguían trabajando, educando, sosteniendo hogares (muchas son jefas de hogar). Y dijeron, con una precisión que ningún paper mejora: “No estudiábamos para algún día trabajar con niños. Estudiábamos mientras ya sosteníamos infancias entre nuestras manos”. Nombraron a Jean Piaget, a Donald Winnicott, a Loris Malaguzzi y sus 100 lenguajes, a la maestra y psicomotricista uruguaya Claudia Ravera, a Elena Lobo. Aprendieron, resaltaron la idea de que cuidar también educa y que educar siempre implica cuidar. Y se permitieron una ironía justa: la formación se llama “básica”, pero “de básica no tuvo nada”. Cerraron de pie, mientras se escuchaba: “Somos educadoras de primera infancia. Lo logramos”.

Esta formación lleva más de 25 años y no solamente da cuenta de educadoras y educadores que se han ido profesionalizando en su rol, también dejó huella en los marcos curriculares de primera infancia de 2006 y 2014, y en la propia Ley General de Educación de 2008. Aportó una mirada respetuosa, sólida y contagiosa al proceso en el que nuestro país fue haciendo lugar a la importancia de la primera infancia como una etapa clave en el desarrollo de cada persona.

Por eso importa que cientos de trabajadoras crucen el país para certificar una formación que eligieron hacer desde el trabajo y para el trabajo. Lo suyo se entiende mejor así: antes de enseñar a leer, enseñan a confiar; no trabajan con algo pequeño, trabajan con el comienzo de cada historia. Queda claro lo pendiente: que tanta formación encuentre correlato en el reconocimiento (material y simbólico) de un trabajo históricamente subvalorado, entre otras cuestiones, por feminizado. Las trayectorias formativas existen; falta que la valoración del oficio les siga el paso. Detrás de quién educa y cuida en los primeros años hay otra pregunta: quién tiene derecho a formarse para hacerlo bien. La respuesta de esas personas fue contundente. Que las más formadas estén con la primera infancia no debería ser una excepción que sorprende, sino el modo en que un país decide cuidar sus comienzos.

Verónica Irurueta es psicóloga y maestranda en Derechos de Infancia y Políticas Públicas. Es integrante del Cenfores (INAU) y coordina la Carrera de Educador en Primera Infancia. Javier Alliaume Molfino es maestro, magíster en Derechos de Infancia y Políticas Públicas, y doctorando en Ciencias de la Educación. Es docente e investigador del Departamento de Primera Infancia del CFE (ANEP) y formador en Cenfores. Actualmente se desempeña como coordinador del Área de Educación en la Primera Infancia (DNE-MEC).