Hace menos de un mes, causó revuelo la difusión de encuestas que indicaban un aumento de la desaprobación al presidente Yamandú Orsi, realizadas por Equipos Consultores y por Factum. Algunos días después, Factum divulgó mediciones de una desaprobación muy semejante al desempeño de los partidos opositores y, quizá por aquello del “mal de muchos”, los debates amainaron en vez de aumentar. Ahora una encuesta de la Usina de Percepción Ciudadana complementa el panorama con pésimas noticias.
Una de las preguntas de la Usina fue “¿crees que tu situación actual puede cambiar gracias a decisiones de un gobierno, sea cual sea?”. Solo el 9% de las personas consultadas contestó “mucho” y el 16%, “bastante”. Un 25% respondió “algo”; un 26%, “muy poco”; y un 19%, “nada”, mientras que apenas el 5% quedó en el casillero “no sabe/no contesta”.
El descontento con las actuales autoridades nacionales podría ser acompañado por esperanzas en que estas mejoren su actuación o en una eventual alternativa futura, percibida en los partidos formalmente opositores, en los que no lo son siempre, en una corriente distinta del oficialismo o en cualquier otra parte. Aunque el acierto de tales esperanzas se podría discutir y cuestionar, lo que están indicando las encuestas recientes es algo mucho más alarmante.
Peor que el descontento
Los porcentajes de desaprobación al presidente se ubicaron cerca del 50%, con aprobaciones inferiores al 30%, en las encuestas de Equipos, Factum, Opción y la Usina. A su vez, según Factum, la desaprobación al desempeño opositor se sitúa en 46%, con 19% de aprobación. Estos datos admiten varios intentos de explicación basados en teorías, con mayor o menor fundamento, acerca de lo que la población desea pero no percibe que ocurra. Agregando al análisis la respuesta, obtenida por la Usina, sobre la posibilidad de que un cambio político mejore la situación de las personas consultadas, gana terreno una hipótesis de desaliento muy extendido.
El 45% de quienes respondieron a la Usina afirmó que un gobierno –cualquier gobierno– podría cambiar “muy poco” o “nada” su situación, y si sumamos la expectativa débil de que podría cambiar “algo” (no “bastante” ni “mucho”), tenemos un subconjunto descreído que asciende al 64%, casi dos tercios del total.
Esto relativiza mucho las interpretaciones que atribuyen el descontento a la demanda de actitudes más dialoguistas o de mayor confrontación, en la oposición o en el oficialismo. Cuestiona incluso la idea de que el centro de la desaprobación se vincula con la expectativa de mejores resultados en áreas muy sensibles para la población. Aquí hablamos de personas que no esperan mejores resultados. De ningún partido. Y no son pocas personas, sino cerca de la mitad de la muestra.
Algunos datos adicionales agravan la perspectiva diagnóstica. Las expectativas son menores entre las personas con nivel socioeconómico bajo y medio (y recordemos el significado de “medio” en Uruguay, muy por debajo de lo que se solía llamar “clase media”). También son menores en las personas con más edad, o sea las que ya no trabajan o están cerca del retiro. Y, para peor, no muestran variaciones importantes relacionadas con el voto en las últimas elecciones nacionales.
Dos lados de un río
Si comparamos el desarrollo de la crisis argentina en 2001 y la uruguaya un año después, una de las diferencias sustanciales fue que, mientras en el país vecino todo el sistema partidario tradicional quedó desprestigiado, aquí la oposición frenteamplista se fortaleció como alternativa. En las elecciones nacionales de 2004, la confianza depositada en el Frente Amplio por personas que hasta entonces habían votado a colorados y nacionalistas se sumó a un largo proceso previo de crecimiento, determinando que Tabaré Vázquez ganara la presidencia en primera vuelta con mayoría absoluta.
El año anterior, en Argentina se habían realizado las primeras elecciones luego de la renuncia de Fernando de la Rúa en 2001 y de tres presidencias interinas. Néstor Kirchner quedó en segundo lugar con poco más del 22% de los votos y pasó a un balotaje con Carlos Saúl Menem, que había obtenido cerca del 25% pero decidió no presentarse, viendo venir que habría una amplia alianza contra él. Kirchner fue proclamado presidente con una base electoral escasa, y esto incidió para que una de sus formas de construir poder fuera la confrontación.
Durante los 20 años posteriores a la elección de Kirchner, de 2003 a 2023, la vida política argentina tuvo su eje en la polarización entre sectores “K” y “anti K”. No solo la polarización entre ideologías y propuestas programáticas, sino también una polarización emocional, bélica y corrosiva. Esas dos décadas se cerraron con el triunfo electoral de Javier Milei.
Quizá la crisis de la esperanza uruguaya en un cambio político tenga que ver con la combinación de mucha polarización emocional y poca polarización programática. Puede haber otras causas, que conviene identificar para que no nos lleven hacia algo peor y más triste que un Milei local.
