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Opinión Posturas

La intemperie de los pizarrones

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El lunes arranca con el mismo sonido de siempre: la tiza que cruje, el marcador seco que ya no pinta y el murmullo de 30 gurises que traen la casa a cuestas. Es una escenografía repetida, pero este invierno se siente más frío. Hay una sensación térmica que no registra el Instituto Uruguayo de Meteorología y que se mete por las rendijas de las ventanas que no cierran bien: la certeza nítida, pesada, de que la intemperie ya no está afuera. Está adentro del aula.

Hace tiempo que la docencia dejó de ser solo el oficio de transmitir un teorema, una regla de tres simple o las causas de la Revolución francesa. Hoy somos contención, asistentes sociales de trinchera, psicólogos de guardia sin título, mediadores de la violencia del barrio y, demasiadas veces, el único límite firme –el único “no” redondo– en la vida de un adolescente. El problema no es el cuerpo que le ponemos a la lona; los docentes sabemos de resistencia. El problema real, el que te muerde el estómago el domingo a la noche, es mirar hacia los costados buscando un relevo, una mano, una soga, y descubrir que no hay nadie. Estamos solos.

Y lo peor, lo verdaderamente trágico de este naufragio, es que los niños también lo están.

La ilusión que se quema en el primer asalto

A las salas de profesores llegan todos los años las tandas de maestros y profesores jóvenes. Da gusto verlos. Vienen con los ojos encendidos, cargados de carpetas prolijas, dinámicas innovadoras que aprendieron en el instituto, canciones nuevas, proyectos interdisciplinares y una fe intacta en que el aula es el lugar donde se cambia el mundo. Te miran con esa frescura que a los más viejos nos devuelve, por un ratito, el reflejo de lo que alguna vez fuimos.

Pero el sistema tiene una voracidad silenciosa. El choque contra la realidad es un golpe seco, en el mentón y sin previo aviso. En menos de dos meses ese gurí o esa gurisa que recién se recibe se encuentra con que la planificación hermosa que armó no resiste diez minutos en un salón donde tres alumnos no almorzaron, dos tienen crisis de angustia y el resto no logra sostener la atención porque arrastra madrugadas enteras de pantallas y abandono.

Nadie los preparó para la orfandad institucional. Nadie les enseñó en magisterio o profesorado cómo se frena una agresión sin herramientas, cómo se contiene el dolor de la negligencia familiar con un papel en blanco y un protocolo burocrático que tarda meses en responder. El sistema, en lugar de cobijar ese fuego nuevo, lo usa de combustible. Los desgasta a destajo, los tapa de burocracia, los expone a la violencia y al desamparo. Entonces, pasa lo más triste: en un par de años de ejercicio, esos jóvenes maestros terminan con la mirada apagada, los hombros caídos y el mismo cansancio crónico que el colega que lleva 30 años de servicio y ya cuenta los días para jubilarse. El sistema logra el milagro perverso de envejecerles el alma antes de tiempo.

La burocracia del escritorio vacío

Es que arriba está el Estado. Ese aparato lejano, frío y con olor a oficina céntrica que se acuerda de nosotros solo para los titulares de prensa o para los discursos de reforma. Nos exigen milagros pedagógicos en contextos que sangran, pero nos desarman de las pocas herramientas que teníamos. Nos llenaron las horas de planillas infinitas, formularios digitales en plataformas que se caen a pedazos y rúbricas de evaluación que parecen diseñadas por alguien que no pisa un salón de clases desde que terminó el liceo.

Nos piden inclusión, una palabra hermosa que la gestión vació de contenido para transformarla en un trámite de bajo costo. Inclusión, nos dicen, pero sin equipos multidisciplinarios estables en las escuelas. Inclusión, pero con un psicólogo itinerante que pasa una vez por mes a mirar un legajo, si tenés suerte. Cuando un gurí explota, cuando se autoflagela en el baño, cuando el dolor se le sale por los ojos en forma de violencia hacia un compañero, ¿qué herramienta real tenemos? Un acta. El Estado no nos apoya; nos gestiona el desastre. Para la burocracia no somos trabajadores de la cultura, somos fusibles. Si la bombita se quema por la sobretensión, se cambia por otra y a otra cosa.

La crianza tercerizada

Por el otro lado, las familias. Qué herida compleja y dolorosa es esa. Pasamos, casi sin transición, de la vieja alianza escuela-hogar –donde la palabra del maestro era respetada– a una hostilidad silenciosa o a la indiferencia total. El aula se transformó en una guardería de depósito, en un estacionamiento de infancias. “Tomá, educalo vos, que yo no puedo o no tengo tiempo”, parece ser la consigna implícita.

Los niños llegan solos. Solos en un sentido literal y existencial. Pibes que manejan la llave de su casa, que pasan la noche entera sin que un adulto les diga “basta, ponete a dormir”. Llegan al aula cargando una soledad que no les entra en el cuerpo. Y cuando esa soledad se traduce en frustración, en que no toleran un límite porque nadie los miró con atención en la casa, la culpa pasa a ser nuestra.

Si el gurí no aprende, la culpa es del docente que “le tiene idea”. Si se lo sanciona o se le llama la atención por faltar el respeto, el adulto de referencia no llega a la escuela a preguntar qué pasó; llega con el dedo levantado a exigir explicaciones, a patotear en la dirección. Exigen notas, pero no procesos; exigen contención, pero no se involucran. Nos tiran sus frustraciones como padres en la cara y nos dejan solos con el paquete.

El docente quedó atrapado en el medio de una pinza perfecta: arriba, un Estado que deserta de sus obligaciones presupuestales y humanas; abajo, una comunidad que tercerizó la crianza y privatizó la culpa.

El abrazo en el pasillo

Sostener la mirada de un gurí que tiene hambre –hambre de comida o hambre de un abrazo– mientras intentás explicarle los modificadores del sujeto o una fracción es un acto de fe que te va desgastando el alma de a poco. Nos enfermamos los domingos. Nos compramos las tizas de colores, los libros y las cartulinas de nuestro bolsillo, porque si esperamos por las cajas oficiales, los chiquilines se reciben de adultos sin ver un mapa interactivo.

El docente quedó atrapado en el medio de una pinza perfecta: arriba, un Estado que deserta de sus obligaciones presupuestales y humanas; abajo, una comunidad que tercerizó la crianza y privatizó la culpa.

No tenemos herramientas pedagógicas que sirvan cuando falta el tejido social básico. Un docente con 30 alumnos a cargo no puede ser el plato de comida, la terapia psicológica, el juez de menores y la madre que lee el cuento antes de dormir. No se puede.

Nos queda, únicamente, el refugio de la sala de profesores. El abrazo rápido en el pasillo entre clase y clase, el café lavado compartido a las apuradas donde el de 30 años de antigüedad le pasa el pañuelo de lágrimas al que entró este año. Nos sostenemos entre nosotros, en una suerte de mutualista del afecto, intentando darnos el calor que el sistema nos niega.

Dicen los grandes analistas que la educación va a salvar al país. Pero al ritmo que vamos, viendo el aula vacía de herramientas y llena de soledades cruzadas, la pregunta ya no es a quién va a salvar la educación. La pregunta urgente, la que nadie quiere responder en los ministerios, es quién va a salvar a los educadores.

Evelyn Marchicio es maestra de Educación Primaria.