“Otra vez la pelota en la casa de la vecina” es un refrán que busca señalar que le seguimos dando vuelta al mismo asunto, que lidiamos con algo que ya debería estar solucionado. Esto nos puede dar una sensación de fracaso y cansancio, y al mismo tiempo puede ser una expresión de que hay cosas por las que nos seguimos preocupando y que de alguna manera todavía tenemos la esperanza de que algún día cambien. El caso sucedió en una capital de un país latinoamericano, una ciudad del Río de la Plata, en donde hace exactamente diez años comenzó la cuarta ola feminista. Tiene como protagonistas a dos personas, un varón y una mujer,1 pero los y las protagonistas de esta historia son cientos, tal vez miles de personas (sin duda, optimistas heterosexuales) que vieron en esa pareja una posibilidad de hacer las cosas de otro modo. Las cosas serían las relaciones sexoafectivas y cambiar el mundo, nada menos.
Este dúo era bastante más cercano en términos del imaginario social feminista que el que representaron en otra época Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre. Estos últimos eran elegantes intelectuales comprometidos con distintos procesos de liberación que encarnaron una pareja distinta, no una cooperativa de crianza de niños y habilitadora de amores contingentes (ya sabemos que estuvo plagada de violencias y decepciones, pero en su momento como imagen funcionó: les permitía a las mujeres pensar en otro marido que no solo esperara de ellas la comidita caliente). Sin embargo, la pareja protagonista de esta última historia era otra mucho más cercana al común de la gente: no son intelectuales, son más jóvenes, viven de lo que trabajan, tienen hijos de otras parejas anteriores; son militantes y divulgadores, están muy comprometidos con bajar a tierra lo que saben; si lo tienen, no hacen gala de su capital cultural ni material; aunque sean hegemónicos en términos de los patrones de belleza no hacen de la estética su cantera; pasean por el barrio y van juntos al fútbol.
Él, un prohombre militante del campo popular a quien nadie podría correr por derecha porque tiene los pies en el barro. Ella, una sexóloga que nadie podría decir que trabaja para el heteropatriarcado. La licenciada contestó directamente la figura de la sexóloga que daba orientaciones de cómo seducir al marido con el último truco para que no se escape a hacer lo que no puede hacer en el lecho conyugal. Explicó una y otra vez la anatomía para saber cómo recibir y dar placer rindiendo el mejor tributo a nuestros cuerpos, nuestras vidas. Recurrió al humor y al lenguaje llano, le legó a una generación nuevas palabras en el diccionario feminista, como frotti frotti y vinculeable, pero, sobre todo, insistió en el consentimiento. Lo dijo una y otra vez: podemos hacer lo que queramos siempre que sea consentido, y nos dio un millón de consejos sobre cómo hacer del consentimiento la centralidad del deseo. Una voz que además llegaba a varones, una que estaba dispuesta a educar a los compañeros y que cumplió y sigue cumpliendo una enorme tarea porque no buscó quedarse en el gueto feminista.
Todo esto en un contexto extremadamente conservador, violento y reaccionario, así que la apuesta era bastante grande, pero duró un suspiro. La casuística no importa tanto, sino lo que condensa: la imposibilidad de que aún revolución política y revolución sexual puedan caminar juntas, puedan ser una pareja mixta, pueda concretarse aquello de “codo a codo somos muchos más que dos”. Y esto no se concreta porque hay uno que no se la banca, porque lo que en un momento parecía seductor, desafiante, luego se torna inmanejable para una masculinidad que no sabe existir de otra manera.
La casuística no importa tanto, sino lo que condensa: la imposibilidad de que aún revolución política y revolución sexual puedan caminar juntas, puedan ser una pareja mixta.
Luciana Peker dice algo así como que en el último ciclo feminista las mujeres dieron tres vueltas al planeta Tierra en términos de las relaciones interpersonales, y los varones, medio pasito, entonces resulta bastante difícil. Todo en el medio de una inmensa crisis afectiva en la que la gente tiene miedo a quererse, a decirse que se quiere, a buscar otras formas de arreglos afectivos y a hablar también de los fracasos de esos arreglos, lo que conduce a muchos a regresar conservadoramente al único lugar conocido –la familia– o a quedarse en absoluta soledad.
Además de la crisis de los afectos, está la otra crisis, la de la lucha política y el campo de la resistencia en un contexto donde la extrema derecha viene avanzando en quinta marcha por toda América Latina. Comparto varias cosas que señala Andra D’Atri: cuando un reconocido militante del campo popular ejerce violencia patriarcal, este no es un hecho político solo porque la violencia lo es siempre, sino porque además pone en riesgo la legitimidad y el reconocimiento de la lucha popular. Lo primero que va a hacer la derecha, y claro que lo hizo inmediatamente, es colocar en la misma bolsa a la víctima y al victimario, porque para la reacción todo es parte de lo mismo: la izquierda y el feminismo.
Ojo que esta puede ser una victoria; paradójicamente, es la extrema derecha la que ve amor entre izquierda y feminismo, a la propia izquierda le cuesta bastante más ver y sentir el asunto, y por eso justamente no cuida ese amor. Si lo vieran, si el amor entre izquierda y feminismo fuera correspondido, no arriesgarían con un acto de profundo egoísmo machista no solo su nombre, sino el de una lucha política. La rabia no es solo la de un imaginario de amor compañero que se vuelve a romper, es rabia sobre quien se olvida también de otras mujeres, de sus propias compañeras que son las referentes del feminismo popular, quienes entre otras cosas han tenido iniciativas políticas tremendamente innovadoras y valientes como visibilizar cómo las mujeres realizan una labor de cuidados sobre la comunidad, no solamente sobre su familia, y repensar los cuidados más allá del parentesco biológico.
Otra vez nos encontramos discutiendo si el nuevo hombre nuevo es una utopía que debemos seguir sosteniendo o si habría que renunciar a ella y quedarnos solo con el entremujeres. El problema es que la nueva derecha reaccionaria les abre los brazos a los varones misóginos, clasistas y racistas, los recibe y los promueve, y esto no solo sucede a nivel orgánico, es decir, ofreciéndoles realizar una carrera política, sino a nivel más general, a través de un discurso social que les dice que se merecen una esposa delgada, blanca, delicada, que hable bajito y que los espere en la casa. Entonces, a pesar de todo este balde de agua fría, la mujer nueva debe seguir siendo una posibilidad, también el hombre nuevo, las personas nuevas más allá de su identidad sexogenérica. Nos queda pensar qué hacemos con las manzanas podridas, si las tiramos a la basura o las compostamos. Tiendo a pensar que lo segundo. Hacer compost y volver a sembrar.
Ana Laura de Giorgi es doctora en Ciencias Sociales, investigadora y docente.
-
La semana pasada, la sexóloga argentina Cecilia Canzonetta, conocida como Cecilia Ce, denunció públicamente por malos tratos a su expareja, el periodista de La Garganta Poderosa Nacho Levy. ↩
