En plena crisis de fertilidad y como terapeuta en fertilidad, vengo a explicar por qué no estoy de acuerdo con el discurso de "darlo todo" por ser mamá ni con que "valdrá la pena el sacrificio" que puede implicar. Sobre todo, quiero proponer una alternativa más respetuosa con nuestros cuerpos.
Huele a mandato
Gracias a décadas de feminismo, se supone que la maternidad ya no es obligatoria en la vida de una mujer. En el discurso políticamente correcto, cada mujer del siglo XXI elige libremente si quiere ser madre o no, cómo y cuándo. Sin embargo, no falta bibliografía que muestre y demuestre que nada de esto es real. Toda mujer de más de 30 años que no es madre se ve bombardeada por una presión cotidiana disfrazada de preocupación: "Te vas a arrepentir", "te estás perdiendo de algo fundamental", "se te está pasando el reloj biológico". Qué difícil, frente a un discurso tan potente, milenario y ensordecedor reconocer el deseo propio.
Detrás de esos comentarios más o menos amenazantes yace el discurso romántico y abnegado de que la maternidad siempre va a ser lo mejor que le puede pasar a una mujer y que, por lo tanto, debería "darlo todo" por ser mamá. Detrás de ese “darlo todo”, el mandato de la maternidad sigue vivito y coleando. En un contexto de crisis de fertilidad en la cual somos 50% menos fértiles que hace dos generaciones, aparecen las clínicas de fertilidad al rescate, pero ¿a qué costo?
Si se puede, ¿se debe?
En lugar de enfocarse en explicar cómo nutrir nuestra salud reproductiva en pareja (el real “preservar la fertilidad”) o en enseñar a identificar la ventana fértil como conocimiento básico, las clínicas de fertilidad venden, a través de la tecnología, un gran “vamos a darlo todo para que puedas cumplir tu sueño de ser mamá.” No lo presentan como un éxito asegurado (me consta que las tasas de eficacia se comunican desde la primera consulta), pero sí como un compromiso total con infinitas posibilidades: “si hay un tratamiento más, una técnica nueva, un protocolo diferente, hay que intentarlo”.
En este punto es donde el “darlo todo” comienza a ser peligroso. El razonamiento implícito marca que si la tecnología reproductiva y sus profesionales van a “darlo todo”, la mujer protagonista también debería hacerlo. El problema es que cada parte no da el mismo “todo”. Para la mujer protagonista, ese “todo” abarca no solo su dinero, su tiempo y su disposición, sino también su cuerpo y su esperanza. Y, si lo doy todo, me quedo sin nada.
¿Qué pasa si perdemos la conexión con nuestro cuerpo, tiempo, energía y esperanza? Nos volvemos cada vez más expertas en dar, en esforzarnos, en silenciar nuestro sentir, y cada vez tenemos menos práctica en reconocer cuando el cuerpo nos dice basta.
Algo así vivió Laura, paciente de mi espacio terapéutico durante el año pasado. Cuando su hijo cumplió dos años, Laura y su pareja decidieron embarcarse en la búsqueda del segundo. Más allá del caos propio de la crianza, estaban muy contentos con su dinámica familiar y entusiasmados por pasar a ser cuatro. Frente a un diagnóstico adverso sobre su reserva ovárica, el médico les recomendó ir directo a una fecundación in vitro (FIV); confiaron y se embarcaron en el papeleo y los exámenes correspondientes. Durante el proceso ella no la pasó bien. Además del malestar físico, Laura se sentía cada vez más disociada de su cuerpo.
La exigencia le subió hasta los pelos y las ganas de vivir le bajaron a los tobillos. Esa FIV no funcionó. Cuando llegó el momento de comenzar la segunda, ella decidió poner el límite. Su cuerpo le estaba pidiendo un "hasta acá” y ella decidió escuchar, respetar y hacer-se caso. Eligió no darlo todo para no perderse a sí misma en el proceso.
El “no” por circunstancias
Hay muchísimos otros casos en los que el “no” tiene que ver con las circunstancias presentes y pasadas. Estos son otros ejemplos arquetípicos que se desprenden de mi experiencia profesional.
Lorena siente el deseo de ser mamá hace años. Ha acompañado muchísimas crianzas y tiene la sensación de que, si no lo vive ella en carne propia, se estará perdiendo de una experiencia fundamental. Para ella la maternidad no se presenta como un proyecto personal, sino como un proyecto de pareja. Las vueltas de la vida han hecho que recién hace poco se encuentre en una relación de pareja en la que ese proyecto sería, no solo posible, sino deseado. Lo han charlado con la sinceridad y vulnerabilidad que requiere, y llegan a la conclusión de que implicaría dejar de lado aspectos de sus vidas a los que no están dispuestos a renunciar en este momento, y sumaría un nivel de estrés que prefieren no asumir. Es así que eligen no darlo todo. Saben que el tiempo para comenzar esta aventura no es eterno, pero al momento de encontrarse sexualmente el cuerpo les pide preservativo. Y esa es su respuesta.
¿Qué pasa si perdemos la conexión con nuestro cuerpo, tiempo, energía y esperanza? Nos volvemos cada vez más expertas en dar, en esforzarnos, en silenciar nuestro sentir, y cada vez tenemos menos práctica en reconocer cuando el cuerpo nos dice basta.
Leticia siempre quiso ser madre. Lo supo desde joven, mucho antes de tener una pareja estable. Imaginaba crianzas, proyectaba futuros, sentía ese deseo como algo profundo y claro. Hace años que está en pareja con un varón que ya tiene un hijo y que, si bien afirma que “la acompaña” en su deseo de ser madre, reconoce que no es su prioridad. Si bien tienen relaciones sin métodos anticonceptivos durante la ventana fértil, frente a la dificultad es ella quien busca conocimiento y herramientas, es ella quien se hace exámenes y chequeos. Él se queda en el “acompañar”. Frente a esta realidad y teniendo en cuenta las alternativas, Leticia eligió priorizar su relación de pareja, enfocar su energía en el proyecto de vida fértil que construyen juntos, independientemente de la búsqueda de embarazo.
Mi cuerpo me dice que no
Personalmente, me imagino embarazada y me entusiasma. Me imagino pariendo y me entusiasma. Me imagino durmiendo poco y mal y siento una pereza absoluta. Me imagino volviendo a postergar mis proyectos personales y profesionales y me invade una angustia enorme. Me imagino dando teta de nuevo y es un no absoluto. Me imagino horas y horas y horas frente a (y debajo de) un bebé y simplemente no quiero.
En mi caso, la búsqueda de un segundo hijo implicaría dar de mi cuerpo, tiempo y creatividad, al servicio de una nueva persona, más de lo que quiero dar. Lo escribo y siento la censura en mi pecho, en mi mandíbula, en mis dedos. Sigue siendo tabú que una mujer no quiera darlo todo por ser mamá.
No me interesa justificar ninguna de estas sensaciones, de hecho, las sensaciones no se justifican. Lo que quiero es mostrar que todos estos chequeos son corporales. No son chequeos con mi idea de lo que creo que debería ser, ni de cómo me gustaría que fuera. Cuando exploro mi deseo de un posible segundo hijo siento cómo se me aprieta el cuerpo y ese es mi factor decisivo; mucho más que nuestro presupuesto o nuestras creencias sobre hija única versus tener hermano o hermana. Ante la pregunta mental, le pregunto a mi cuerpo. Hoy, mi cuerpo me pide que no, y yo elijo hacerle caso, en lugar de pasarle por arriba como esta sociedad patriarcal nos enseña a hacer.
No hay respuesta correcta
Por supuesto que no estoy juzgando la decisión y mucho menos el deseo de “tener” hijos. Frente a mi primer embarazo, todo mi ser dijo que sí, y gran parte de mi trabajo se trata de acompañar a quienes quieren embarcarse en esa aventura. Celebro cada embarazo saludable deseado logrado y siento una fascinación vertiginosa por las familias con más de un hijo.
Si bien estoy convencida de que parte de la decisión es visceral e inexplicable, entiendo que en muchísimos casos, sobre todo cuando el contexto laboral y de cuidados está resuelto, esta decisión puede tomarse con mayor facilidad porque, justamente, no implica un “darlo todo”. Y me alegra profundamente que sea así.
Entiendo que el punto no está en si tener hijos está bien o está mal. En tanto, sí deseo que cada embarazo se sostenga desde el deseo y no desde el sacrificio. Dar de sí, sin tener que darlo todo de sí.
Habitar el duelo
Decidir no “tener” un hijo no es decidir saltarse o no el almuerzo. Es un movimiento emocional profundo que implica transitar un duelo. El duelo de todo ese amor que podría ser y no será.
Según la mirada gestáltica, un duelo saludable implica reconocer la pérdida, habitar la emoción que eso genera y, eventualmente, integrarla como parte de nuestra historia. Lejos de esa exigencia apurada de "superarlo", o de convencerse de que "fue lo mejor", un duelo saludable es aquel en el que nos permitimos sentir todo lo que sea necesario.
La presión del “darlo todo” por ser mamá nos impide llegar al duelo de la ma-paternidad que no será. Si no hay límites para lo que puedo dar por este proyecto, siempre va a aparecer más tiempo, más energía, más recursos para dar. De esta forma, nos quedamos en la adrenalina del dar y sin poder habitar la tristeza real, orgánica, saludable del “no sucedió y probablemente no sucederá”.
Reconocer la fertilidad en tu vida
Parte de una vida saludable tiene que ver con reconocer sus límites, también cuando no nos gusten o cuando no correspondan a la vida que habíamos soñado. Es lo opuesto al discurso motivacional neoliberal que nos impregna la autoexigencia de “darlo todo” en los distintos aspectos de nuestra vida. Frente al discurso motivacional de luchar por nuestros sueños, aceptar los límites de la vida suena a resignación. Pero hay una gran diferencia entre acatar límites impuestos por una relación de poder y respetar tus propios límites.
Decidir no “darlo todo” por ser mamá no es renunciar a una vida fértil. En muchísimos casos significa elegir la coherencia interna por sobre la fantasía, la terquedad y la autoexigencia del “tener que poder”: reconocer que la vida que quiero y puedo sostener es más valiosa que la vida que idealicé.
A quienes están en el limbo de incertidumbre sobre el deseo de la maternidad o de la búsqueda de embarazo, les propongo que observen su vida actual y busquen identificar en qué otros aspectos de su vida reconocen su fertilidad. La vida ya es fértil, por el simple hecho de estar viva.
Lucía Ruggia es magíster en sociología de la cultura y la comunicación, y terapeuta Gestalt especializada en la relación con la fertilidad.
