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Opinión Posturas

Llegaron las patrulleras

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Tranquilidad. Estamos hablando de hace 90 años. Exactamente del 9 de febrero de 1936, cuando arribaron al puerto de Montevideo los tres guardacostas mandados a construir en Italia.

Nuestros marinos los habían traído desde Ancona. La Orden de Servicio Nº 4 de esa fecha, firmada por el contraalmirante Arturo Juambeltz, decía: “La ruda comisión encomendada a los señores jefes, oficiales y personal de equipaje ha sido cumplida en forma ampliamente satisfactoria, no obstante, los riesgos corridos en el transcurso de la travesía, donde todos han puesto de manifiesto el amor a la carrera que abrazaron y a la confianza depositada por la superioridad al elegirlos para tan honrosa misión”.

Era realmente una fiesta recibir a los tres nuevos buques, que –en realidad– técnica y operativamente eran “guardacostas” (lo de “patrulleras” fue una licencia lúdica que nos permitimos tomar). Lo importante es resaltar que hace 90 años fuimos capaces de –en un arco de tiempo de dos años– decidir, licitar, construir, revisar, pagar y traer, no uno ni dos, sino tres modernos y esbeltos guardacostas.

El 12 de abril de 1934, exactamente a una semana de realizar elecciones (solo) legislativas, el Poder Ejecutivo autorizaba la compra a los Astilleros Unidos de Génova (Cantieri Navali Riuniti), luego de aceptar los informes técnicos de la Dirección de la Armada que se emitieron tras estudiar las propuestas de las diez empresas que respondieron al llamado licitatorio (había de Alemania, España, Italia, Francia, Brasil e Inglaterra).

El primer artículo del decreto del presidente Gabriel Terra decía que se autorizaba a la Dirección de la Armada “para adquirir de la casa Cantieri Navali Reuniti de Génova, tres buques guardacostas perfectamente terminados y equipados, y entregados a su costa en el puerto de construcción dentro del plazo de diez meses a contar desde transcurridos treinta días después de la firma del contrato respectivo, por el precio total de 4.120.560 liras italianas pagaderas en divisas, a abonarse así: 20% en el momento de firmar el contrato y 80% en 18 meses, en cuotas iguales, empezando a pagarse la primera cuota un mes después de firmado el contrato”.

El tercer artículo aclaraba que “se detallará con claridad el cumplimiento de todo lo expresado en el pliego de condiciones respectivo que la casa Cantieri Navali Reuniti manifiesta aceptar […] Se cumplirá incluso la exigencia de entregar los planos detallados de toda la maquinaria, tanto principal como auxiliar, debiendo sujetarse siempre al cumplimiento estricto de las máximas exigencias en cuando a pruebas de detalle y de conjunto”.

Eso fue –recordamos– el 12 de abril de 1934, y al año exacto venían cumpliéndose todos los hitos programados, tanto de construcción como de pago, a unos siete meses de finalizar. En esos días de abril de 1935 el Poder Ejecutivo decidió los nombres de los tres buques idénticos: el insignia (A1) “Paysandú”, el A2 “Salto” y el A3 “Río Negro”. La idea era que los barcos se asignaran básicamente a controlar y reprimir el contrabando en el Río Uruguay.

A mediados de 1935 las industrias navales de Inglaterra, Alemania, Italia y Francia estaban en su mejor momento de trabajo, como consecuencia de la carrera armamentista. En breve comenzaban a construirse los primeros portaaviones de más de 20.000 toneladas, ignorando cláusulas emanadas de Versalles en 1919. La Liga de las Naciones se resquebrajaba; Alemania y Japón se habían apartado de ella, Mussolini amenazaba con hacer lo mismo y además entrar en guerra con Etiopía.

Hace 90 años fuimos capaces de—en un arco de tiempo de dos años—decidir, licitar, construir, revisar, pagar y traer, no uno ni dos, sino tres modernos y esbeltos guardacostas.

Por aquí, en la tarde del 2 de junio, en el Hipódromo de Maroñas, le disparaban de cerca al presidente Terra, quien resultó apenas herido. A las pocas horas, en el hospital, su agresor, el abogado Bernardo García (militante del nacionalismo independiente) se recuperaba de la herida en su cabeza provocada por el sablazo que le asestara al atraparlo el oficial brasilero Serafín Braga, integrante de la custodia del presidente Getulio Vargas, que visitaba el país y fue muy agasajado durante días.

El 13 de junio partían en el gran vapor español “Cabo san Agustín” 56 marinos uruguayos con rumbo a la ciudad de Ancona, donde los esperaban los guardacostas. Los pasajes se le compraron a Carrau y Cía. y costaron 19.167 pesos. A la misma cuenta de “Tesoro Nacional, Ministerio de Defensa Nacional, Adquisición de embarcaciones de Vigilancia Aduanera” fueron imputados un total de 1.990 pesos más por pago de viáticos. Para tener una vaga idea de lo que ese dinero significaba, digamos que un kilo de café costaba un peso; un sombrero para hombre de primera calidad costaba 14 pesos; un pantalón de gabardina valía 1,35 pesos y una cubierta Goodyear para auto, unos 47 pesos.

A los 11 días de partir los marinos, moría Carlos Gardel en Medellín, y a principios de julio Hitler firmaba un decreto por el cual se obligaba a los jóvenes alemanes a concurrir a los campos de trabajo para adiestrarse en diversos trabajos manuales.

No encontramos el dato exacto, pero aproximadamente sobre el 8 de junio llegaron los viajeros a la industriosa ciudad italiana. El Astillero de Ancona era de los más importantes de Europa; había sido fundado en 1843 y fue integrado a la genovesa Cantieri Navali Riuniti en 1906.

El 18 de Julio (coincidencia a propósito) se botó el “Paysandú”; tres semanas después, los otros dos. El jefe de la escuadrilla fue el capitán de fragata Eduardo Nosei; del “Paysandú”, el capitán de corbeta Regino Rodríguez; del “Salto”, el capitán de corbeta Zapicán Rodríguez; y del “Río Negro”, el capitán de corbeta Dante Grolero.

Las “lanchas” (como se les diría hoy) tenían 42,10 metros de eslora por 5,80 de manga; 450 toneladas de desplazamiento; motor Diessel-Krupp de 450 HP; un calado medio de 1,63 metros; y velocidad máxima de 16 nudos. Estaban equipadas con dos cañones simples calibre 76 milímetros (y tres metros de largo); dos ametralladoras simples calibre 6,5 milímetros; 200 proyectiles para los cañones; y 2.000 para las ametralladoras.

Traer los buques fue una misión arriesgada que puso a prueba a los marinos uruguayos, ya que los mismos no eran adecuados para travesías oceánicas. Tras superar grandes dificultades, con un cúmulo de mil anécdotas, llegaron a Montevideo el 9 de febrero de 1936. Unidades muy similares fueron vendidas a Paraguay, Argentina, Venezuela y hasta a países del sudeste asiático.

El 17 de abril de 1936, Terra y Alfredo Baldomir asignaron por ley un presupuesto de 40.398,45 pesos para el funcionamiento de los tres guardacostas. Luego de cumplir 25 años de servicio ininterrumpido, el “Paysandú” fue desmantelado para repuesto de los otros dos, que estuvieron algunos años más flotando. Tuve oportunidad de navegar –un rato– en uno de ellos, en oportunidad de esporádicas visitas durante Semana de Turismo, en Paysandú.

La incorporación de aquellos tres buques fue un éxito de principio a fin, incluyendo el seguimiento de todas las etapas, pruebas y pagos, donde la Armada Nacional y otros organismos estatales todo lo controlaron. Desde la licitación hasta la llegada a Montevideo, quedó minuciosamente documentado en forma oficial, y desde 1985 bien archivado “para todos” en un completo libro que firma el capitán de navío Eduardo Nosei Perini.

Andrés Oberti es investigador.