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Política Sociedad
15ª Fiesta de la Torta Frita, el 11 de octubre, en la ciudad de Canelones. · Foto: Martin Hernández Müller

15ª Fiesta de la Torta Frita, el 11 de octubre, en la ciudad de Canelones.

Foto: Martin Hernández Müller

Fiesta de la Torta Frita: la masa madre de la organización barrial

La suspensión del tren en el barrio La Estación desencadenó una fiesta popular que ya lleva 15 ediciones, reúne cooperativas, escuelas locales y acerca la cultura a Canelones.

Antes de que las primeras tortas fritas de la tarde empiecen a salir de la grasa caliente, la plaza Néstor Amaro Castro ya comienza a poblarse. Son las 15.45 de un sábado de octubre y, aunque el cielo presenta un gris amenazante y el termómetro marca 16 grados, las personas no temen acercarse.

Algunos cargan sillas playeras debajo de los brazos, otros llevan termos contra el pecho y acompañan a sus niños recién salidos del baby fútbol. Sobre la calle Manuel Álamo de Suárez, a pocos pasos del monumento a Javier de Viana, la decimoquinta edición de la Fiesta de la Torta Frita comienza a tomar forma.

Tres años después de la última convocatoria, los puestos trabajan las masas mientras los técnicos ultiman los preparativos en el escenario. A la entrada y casi como marcando el ritmo de la jornada, está el puesto de la Comisión de Vecinos y Amigos del Barrio La Estación. Detrás de los mostradores no hay grandes emprendimientos gastronómicos, sino vecinos y organizaciones que encuentran en la fiesta una oportunidad para compartir y recaudar fondos: familias que llevan años dedicándose a la elaboración de tortas fritas, integrantes de Canelones Rugby, una murga local y una cooperativa de viviendas.

Foto del artículo 'Fiesta de la Torta Frita: la masa madre de la organización barrial'

Foto: Martin Hernández Müller

Para encontrar el origen de esta celebración hay que volver a 2006, cuando la suspensión del tren que pasaba por la calle Florencio Sánchez encendió las alarmas en el barrio. Para un vecindario acostumbrado a guiarse por el paso de los vagones como si fuera un reloj natural, la ausencia del transporte no solo alteró la cotidianidad, sino que también dejó a la zona en un paulatino estado de abandono. Ante ese panorama, los residentes decidieron ponerse manos a la obra: modificaron la plaza, cambiaron las plantas, adornaron el espacio, consultaron a un profesor de Historia para conocer el origen de su nombre y colocaron una placa. Luego de esas primeras tareas, bastó una ronda de vecinos y el mate de por medio para que surgiera la idea de reivindicar el lugar con una fiesta de tortas fritas.

Andrea Fernández, integrante de la comisión, destaca que el evento mantuvo desde sus comienzos dos premisas: la gratuidad y la autogestión. Meses antes de cada edición, la comisión empieza a “cocinar” los acuerdos con los patrocinadores y a elevar las notas a las autoridades correspondientes para conseguir financiación. Las reglas son claras: cerca de un 30% del presupuesto se destina a comprar harina, grasa y gas, que se entregan a los puestos para que no tengan que afrontar esos gastos iniciales. Después, una parte de lo recaudado con las ventas queda para cada colectivo y la otra vuelve a la organización para solventar los espectáculos.

Ese fin social se hace visible al recorrer la hilera de puestos. En el número uno, la cooperativa Covidec distribuye a sus 24 integrantes en turnos rotativos durante el fin de semana. Fácil de identificar en Canelones por sus techos azules, cerca de la Parada Rodó –allí donde la ciudad empieza a ceder terreno al campo–, la cooperativa se afincó en 2009. Para Marcelo Gulbio, uno de sus referentes, la instancia también funciona como excusa para afianzar la convivencia después de tantos años compartidos. “Cuando cada uno se mete adentro de su casa, el contacto se va perdiendo”, reflexiona mientras sostiene en la mano el producto estrella rebozado en dulce de leche.

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Foto: Martin Hernández Müller

La impronta comunitaria no se agota en la logística de la comisión ni en el esfuerzo de la cooperativa. También se cuela en el papel que envuelve las tortas fritas al momento de entregarlas. La idea nació años atrás, un lunes por la mañana, cuando los organizadores volvieron a la plaza para limpiar y la encontraron sepultada bajo un manto blanco de bolsas de plástico. Con el fin de revertir ese papel, la comisión lanzó una campaña ambiental que involucra a los preescolares y escolares de Canelones. Mediante talleres de plástica y manos enchastradas, los niños decoran unas 3.000 bolsas de papel kraft en las que luego se entregan las porciones. Semanas antes de la fiesta, los más chicos ya se sienten parte del acontecimiento y, cuando llega el día, arrastran a sus abuelas hasta la plaza para intentar una misión casi imposible: encontrar entre la multitud la bolsa que pintaron en el aula.

Entre la cumbia del escenario y las colas que cruzan la cuadra, el chef francés Laurent Lainé aparece para evaluar a los puestos que participan en el concurso de esta edición. Lleva una planilla en la mano, como si fuera una tabla de cancha de fútbol, y no logra caminar dos pasos sin que alguien le pida una foto. Acostumbrado a la rigidez de las pantallas y los restaurantes de alta gama, Lainé se mueve en la plaza como un vecino más y se rinde ante el saber empírico de las doñas del barrio que llevan décadas perfeccionando la fritura. Con una mirada rápida, le alcanzan unos segundos para revisar si la torta está bien seca, si tiene el grosor adecuado y si la caseta está limpia. En varios stands, su llegada provoca un silencio nervioso, pero la solemnidad dura poco: el intercambio de opiniones gastronómicas termina disolviéndose entre risas y chistes de mostrador.

Por el escenario de la plaza pasan propuestas que van desde el grupo de danza Tierra Adentro, premiado en Turquía, hasta referentes del folclore como Eduardo Larbanois y Catherine Vergnes, además del ritmo tropical de Los Negroni. La programación apuesta a acercar espectáculos de distintas características al público y cuida también la paridad de género, tanto en el escenario como en la conducción, a cargo de la artista Laura Falero. Mientras los artistas se suceden bajo el cielo gris, abajo la fiesta se vive con la misma intensidad. En uno de los puestos, una familia que se dedica a la venta diaria de tortas fritas y se jacta de haber llegado a vender 1.000 porciones en un solo día disfruta del espectáculo bailando y cantando, sin dejar de despachar los pedidos.

Lo que comenzó en 2006 como una reacción barrial ante la interrupción del tren terminó transformándose, con los años, en un evento declarado de interés cultural y turístico. Pero es suficiente recorrer la plaza para encontrar algo más que una celebración gastronómica: vecinos que trabajan por una causa común, niños que reconocen sus dibujos entre la multitud y artistas que comparten escenario con el movimiento incesante de los puestos. La fiesta intenta volver cada año y, entre la harina, la grasa caliente y el sonido que llega desde el tablado, el barrio sigue encontrando una forma de reunirse. Porque hay cosas que, como la masa, necesitan tiempo, manos y un lugar donde crecer.