Es un jueves de febrero, llovió todo el día y la ruta está mojada. Llegamos cuando la gente de campo aprovecha para tirarse un rato, pasamos el barrio Villa Felicidad y doblamos a la izquierda. Salimos de la ruta y la calle de tierra hace que el vehículo avance con un movimiento torpe, como bailando. El sol, de a poco, empieza esa lucha incisiva sobre el pasto mojado, como si buscara exponer el verde más fluorescente que pueda lograr.

La ubicación marca un punto que parece un galpón de chapa con ventanas huecas y una casita de material. Brondo nos recibe en chancletas y sonríe con la cara tibia y rojiza de la siesta; su pelo es como una antorcha que se resiste al gris de la casa que está detrás. Sobre la cadera sostiene a su hijo Jean Pierre, de 2 años y medio, y con la otra mano acaricia el lomo de Malevo, un cimarrón que se limita a ladrar hasta el alambre que está camuflado en el pasto y parece delimitar el terreno. Al lado está el Orejas, un caniche que ladra de costado –por la ceguera y la sordera propias de la edad–, al que rescató hace 16 años de una cuneta, ya siendo un perro adulto.

—Iba a comprar unos bizcochitos, pero no nos dio el tiempo —dice, y enciende una sonrisa que le atraviesa la cara.

Detrás de la pared de chapa, la casa es un ecosistema vivo donde conviven juguetes, una pared de barro y pedazos de cielo que se cuelan entre ventanas y aberturas; una hamaca infantil cuelga de una viga, hay juguetes en un cajón, un caballo saltarín. A ella se le pegan sus dos perros y el niño pequeño de cabello color oro. Malevo y el Orejas abren la puerta corrediza con la nariz cada vez que se distrae.

Sentada en el sillón, Brondo queda coronada por un mandala de colores dibujado en la pared que ella misma pintó. Confiesa que no le gusta cómo quedó y se ríe, como si lo imperfecto del pasado revelara algo en el presente.

—Ese revoque lo hice yo —dice—. No sabía, iba inventando. Ahora me rompe los ojos y quiero emprolijarlo, pero en ese momento había otras necesidades. Estoy orgullosa de ese crecimiento.

Seis años atrás, la casa era un galpón que se inundaba cuando llovía. Aunque todo parece un ensamble de decisiones improvisadas, siempre tuvo una meta clara: tener un hogar.

En cada recuerdo de la casa nombra diferentes personas que no quiere que queden atrás, como quien recibe un premio por primera vez y le preocupa olvidarse de agradecer. La planchada de su casa se hizo en una jornada en la que eran casi 20 personas entre amigos y familiares.

—Fue hermoso, de esos momentos que te cambian para toda la vida. ¿Viste cómo se hacía antes? Todos ayudando con algo, unos cargaban el hormigón…

La cocina la hizo su hermana y es la parte que más le gusta de la casa. Tiene un pegotín con una leyenda que dice: “Si puedes soñarlo, puedes hacerlo” y, de espaldas, una ventana que rescató de un remate enmarca un campo de olivos que parece no tener fin.

—Nunca pensé en irme a una zona más céntrica. Yo amo esta vida, poder salir afuera, sentarme, el ruido de los pájaros, tender la ropa; no lo cambio por un apartamento en Montevideo.

En el jardín nos muestra un árbol mediano.

—Ese es guacho —dice—. Nació solo, de un carozo. Si quieren llevarse duraznos, les doy una bolsita y se llevan.

Un poco más allá está la cortadora de pasto y “¡la de Jean Pierre!”, dice con voz lúdica en referencia a una máquina que no funciona, pero él copia los movimientos.

—Para mí es importante que se sientan parte, que colaboren desde chicos —dice—, aunque no salga perfecto.

Cuenta que cuelgan la ropa juntos. También tiende su cama y hace pis en la pelela. Muchas veces la arrastra.

—No corrijo lo que hace. Prefiero valorar que quiso ayudar, y ellos así se sienten importantes.

Llegar al pulmón

Le pregunto cómo nace el oficio de las estufas.

—Yo siempre quise emprender. Vieron dónde vivo, camino de tierra. Abrí un lavadero de autos, no funcionó mucho. Vino mi familia y algún vecino, pero claro, salías y te llenabas de polvo.

—Es un oficio que se pasa, a mí me lo enseñó el muchacho con el que repartía leña, él lo había hecho durante 15 años. No es difícil de hacer, pero implica riesgos.

Explica que para limpiar bien hay que llegar al “pulmón”, el lugar donde se acumula el hollín que se saca para prevenir incendios.

—Cada estufa es distinta. Tenés que ver porque el formato depende de quién la hizo. Las tradicionales son las que te llenás de polvo, yo tengo que entrar en la estufa y ahí tenés que ver dónde está el pulmón, meter la mano a ver cómo podés, es como medio así —dice torciendo el cuerpo.

—Es un trabajo sucio. Soy blanca y termino toda gris de hollín.

—¿Y te gusta eso?

—¿Vos sabés que me encanta? La gente me dice que me lave la cara y yo salgo orgullosa, es algo que me nace.

Describe la primera imagen que ven cuando ella llega: una mujer con la escalera debajo del brazo, unos cepillos ásperos de alambre, la aspiradora, una máscara. Es una imagen disruptiva: la gente espera un hombre o alguien mayor, y algunos se quedan cerca para sentir que la ayudan.

En casas donde hay mujeres solas o personas mayores les da tranquilidad que sea mujer: “Te llamé porque sos mujer, no podía creerlo, yo un hombre no meto en mi casa, si no te veía a vos, no llamaba a nadie”.

Dice que andar llena de hollín es su “marketing”.

—Una vez estaba comiendo unos chorizos ahí en un carrito y un hombre me preguntó si era mecánica; no sabía que se limpiaban las estufas, y de ahí me salió un trabajo. Todo es promoción.

Le transmitió el oficio a su hermana cuando estaba embarazada. Trabajó hasta los ocho meses de gestación, sumergida en el pulmón de las estufas con la “panzota”, relata con adrenalina. Su hermana empezó ayudando y después se ocupó del emprendimiento en el proceso del parto: “Trabajar en red para la maternidad es fundamental”, asegura.

Actualmente comparte el trabajo con su hermana y las conocen como “las hermanas deshollinadoras”. También trabaja en un hogar de primera infancia del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU) en el turno nocturno, ya que ese horario le permite estar presente para su hijo cuando está despierto.

Avanzado el encuentro, llega la “tía Tati” –así le dice Jean Pierre–. Son amigas desde que compartieron salón en la escuela y se ríen con la complicidad de dos amigas que compartieron toda una vida.

—El embarazo fue inesperado. Me apareció una doble moral; hoy tenemos la ley del aborto y estoy totalmente de acuerdo, pero no es una pastillita, como un Perifar y ya está. Es algo que te acompaña siempre.

Su idea de familia “estaba asociada al papá, la mamá y el hijo”.

—Yo pensaba recibirme, empezar a juntar plata, tener dos trabajos y empezar a conocer el mundo, viajar, viajar, viajar, y después fue chocarme contra una pared.

—La semana pasada anduvimos por Rocha de mochileros en la camioneta. Somos un equipo.

El pequeño aparece con un palo en la mano, buscando consuelo porque Tati no lo dejó jugar a pegar.

—No, mi amor. Si tú hacés eso te pegás, la tía te está cuidando. La tía Tati no va a dejar que hagas algo que te lastime. Escuchala, es por tu bien —insiste con voz suave—. No se pega y eso tú lo sabés. Porque si tú le pegás a ella le duele. A las personas que queremos no les pegamos, las tratamos bien.

La paz es impagable

Creció viendo a su madre trabajar “de sol a sol”, y cuando le pregunto si cree que incorporó la cultura del sacrificio responde:

—Lo veo más como la cultura de la superación.

A la edad de su hijo la acompañaba al trabajo porque no tenía con quién dejarla.

—Yo me quedaba jugando dentro de un cajoncito sobre la tierra, al final de la hilera de la plantación.

Su primer trabajo fue cuando era niña.

—A los 9 años carpía tomates, le tuve que rogar a mi madre que me dejara trabajar.

Le pido que explique el verbo carpir.

—Cualquier planta se puede carpir. Es removerle la tierra para que crezca mejor y sacarle los yuyos para que no le quiten los nutrientes.

Habla de las plantas, pero podría estar hablando de ella.

—Cuando era chiquita soñaba con tener mi campo y ser patrón. Después vi la responsabilidad que era: no tenés descanso y dependés de factores externos. Es muy sacrificado.

Para ella el trabajo tiene que ser “vocacional e implicar un crecimiento personal”. Revela que ser maestra de primera infancia es su “propósito de vida: es mucho más que educar, es poner el cuerpo”.

—Es de cuidado. Levantar, bañar, vestir, acompañar. Son 13 niños, en su mayoría bebés, y en el turno somos dos educadores. Es imposible darles todo lo que necesitan, y ellos lo sufren. Pero yo trato de pensarlo como un granito de arena que aporto. Mirarlos a los ojos cuando les doy la mamadera, estar ahí. Es como un pez en una pecera, esa es su vida. No saben que hay un mar afuera —dice conmovida.

—A mí me motiva todo lo que pasé de niña. Me siento identificada con ellos.

Solo habla del miedo para nombrar su infancia.

La zona en la que vive, Villa Felicidad y Progreso, resulta paradójica. En el corazón de una quinta, vive una mujer de 32 años que fue a sus escuelas, caminó sus calles y, a pesar del silencio del campo, conoció la paz recién a sus 9 años.

Cuando tenía 9 años sus padres se separaron.

—Mamá aguantó hasta que no pudo más. La última vez fue una guerra. Nos llevó al cuarto y nos preguntó qué queríamos a mí y a mi hermana. Le dijimos: “Por favor, vámonos”.

El hermano se quedó en la casa con el padre y ellas se fueron a un “galponcito prestado”.

—En ese momento hice un clic, fue una enseñanza de la vida hermosa, aprender que con nada sos más feliz, porque en nuestra casa teníamos comodidad, pero en ese galponcito se había terminado el caos del miedo. Ahí aprendí que la paz es impagable.

Al año se murió su padre y pudieron volver a estar todos juntos.

Ella y sus hermanos trabajaban en verano para comprarse cosas para la escuela. Iba a una escuela rural donde hijos de obreros compartían clase con hijos de estancieros.

—Había muchas diferencias y la maestra no hablaba de eso.

Sufría bullying y se refugiaba en el salón de los más chicos, recortando con la maestra jardinera. De ahí nació su deseo de ser maestra.

—Sufrí mucho bullying. Después entendí que cuando hay violencia intrafamiliar el niño va mal. Una vez nos agarramos piojos y mi papá, en vez de curarnos, nos rapó. Imaginate: nenas rapadas en la escuela.

Hoy su forma de trabajar con las infancias parte de esa experiencia.

—Yo creo que la gente tendría que tener esta mirada de que lo que estás haciendo va más allá de tu ego. Esto es un tránsito y en este mundo nada es nuestro, venimos de pasada y nos vamos sin nada. No hay nada que sea nuestro, ni mi hijo es mío. Es de la vida. Vos estás para acompañarlo y darle lo mejor que puedas.

También señala la importancia del Plan Familia Amiga como una alternativa positiva para niños y niñas que están institucionalizados.

—¿Cómo disfrutás cuando llegás a tu casa con tu hijo después de ese trabajo?

—Me siento muchísimo más agradecida. Pienso que esos niños podrían ser él. Estamos juntos, podemos estar acá, podemos tener abrazos, valoro muchísimo más todavía.

Jean Pierre juega a su lado. Hace preguntas que ella responde. Le cuenta lo que hace, suelta un “mamá” para asegurarse de que ella está ahí. Ella siempre responde.

Es la primera semana sin pañales. Su hijo cierra la puerta como un gesto de privacidad y Tati le avisa que usó la pelela por primera vez. Las dos festejan mientras lo bañan.

—Muy bien, lo hiciste solo.

No abandona ninguna de las tareas, ni su rol de madre, ni el de entrevistada. Hace comentarios desde el baño para mantener prendida la atención.

Permanece en sus manos camaleónicas la niña que removía la tierra, junto a la mujer que hoy remueve el hollín y en el silencio de la noche sostiene a esos niños que, según ella, “le pertenecen a la vida”.