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Trabajo Empleo y producción
(Archivo). · Foto: Ernesto Ryan

(Archivo).

Foto: Ernesto Ryan

Reducir la jornada laboral podría mejorar la productividad por una reorganización de los procesos productivos, según académico

Un grupo de investigadores intercambió sobre los riesgos, desafíos y beneficios de reducir la jornada laboral en un evento organizado por el MTSS y la Udelar.

Este martes, el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS) y la Universidad de la República (Udelar) organizaron un conversatorio sobre la reducción de la jornada laboral en la Facultad de Ciencias Sociales durante el cual expusieron Soledad Nion, doctora en Ciencias Sociales; Lorena Funcasta, doctora en Psicología, y Pablo Blanchard, doctor en Economía, ante el titular de la cartera, Juan Castillo, y otros jerarcas del MTSS.

Castillo dijo que procuraron “corregir” el traslado de la iniciativa, ya que no se trata de “la reducción de la jornada laboral pura y exclusivamente”, sino de reducir el tiempo de trabajo porque identifican que es “lo que necesita la humanidad hoy en día”. Además de subrayar que lo anterior está alineado al programa de gobierno del Frente Amplio, reivindicó la importancia del Diálogo Social como método para materializarlo, ya que la vía parlamentaria en Uruguay “no caminaría, aunque se tuviera la mayoría absoluta en cada cámara”, dado que “no es la forma” en que se construyó el derecho y las relaciones laborales en el país.

“Teníamos un gran objetivo de que en el transcurso de este gobierno se instale el debate y ojalá nosotros podamos tener y legislar en materia de la reducción del tiempo de trabajo. Tenemos una gran herramienta –el Diálogo Social– y empezamos a construir dos pilares fundamentales”, indicó en referencia al involucramiento directo de los actores sociales en el Consejo Superior Tripartito para que “la agenda se construya en conjunto” y la participación de la Academia, incluyendo actividades en el interior.

Primero, Nion señaló que el debate tiene “implicancias cualitativas muy profundas” tanto intralaborales como extralaborales, dos dimensiones inseparables, y aseguró que existen “evidencias de los efectos positivos de la reducción del tiempo de trabajo en la salud”, entre lo que listó menos accidentes cardiovasculares, un menor desgaste físico, una reducción en las adicciones y mejoras en la salud mental, lo que a su vez tiene un “goteo” a la vida social.

No obstante, la reducción de la jornada “no tiene impactos homogéneos ni homogeneizantes tampoco en la población trabajadora”. En esa línea, llamó a pensar cómo jornadas de trabajo de cinco o seis horas podrían facilitar la incorporación laboral de perfiles que hoy no tienen una integración plena –como personas con discapacidad o mujeres con hijos– y, al mismo tiempo, pensar en el debate sobre “contratos atípicos de trabajo y la mediación tecnológica”, lo que reafirma esa heterogeneidad. “Cómo incorporar estas transformaciones considerando estas diferencias sectoriales, el tamaño de las empresas y organizaciones, entre otras cuestiones, son parte sin duda de los desafíos”, señaló.

En ese marco, reflexionó sobre si podría ser una oportunidad para repartir tareas de manera más equilibrada entre hombres y mujeres. Dijo que, según la evidencia, existe una “subutilización” de la licencia paternal de los varones y reducir la jornada no necesariamente tendría un efecto equiparador, aunque “podría facilitarlo”, ya que hay “un trasfondo mucho mayor” que requiere “un contexto de cambios culturales más estructurales y profundos”.

“No podemos pensar solo en la reducción de las horas que se trabajan sin pensar en el ajuste de la organización del trabajo o de la producción, sea material o inmaterial”, indicó, por otro lado, como un desafío para la implementación que requiere legislación robusta y ámbitos de negociación fuertes. Finalmente, también vinculado a la heterogeneidad, listó la amenaza del “incremento de empleos informales” para “sortear” los cambios en la jurisprudencia, donde los “sistemas de promoción del empleo formal y de control de las condiciones ocupacionales” deben ser robustecidos para evitar “falsas implementaciones”.

Los efectos sobre la productividad y el impacto en la salud

Blanchard se centró en el vínculo entre las capacidades productivas y la extensión de la jornada: indicó que las sociedades tuvieron una expansión “impresionante” en el primer elemento que no necesariamente se tradujo en una reducción del segundo, ya que en sociedades capitalistas esa relación no se da a menos que haya un diálogo social al respecto porque la decisión compete a “quien aporta el capital a la producción”. En Uruguay, la normativa que la regula data de 1915 y, desde entonces, las capacidades productivas se multiplicaron por “algo más de cuatro” y los salarios reales “algo menos de dos”, pero la extensión de la jornada no tuvo cambios.

Por otro lado, el investigador realizó cruces vinculando la reducción de la jornada con las horas trabajadas, el empleo y la productividad. Primero, comentó que “no es tan obvio” que lleve a menos horas trabajadas –porque un trabajador podría conseguir un empleo adicional, por ejemplo–, pero las experiencias internacionales arrojan “evidencia abrumadora” de que sí se trabaja menos. Respecto a las contrataciones, “teóricamente puede pasar que se destruya más empleo o que se cree”, pero lo empírico refleja que “los efectos de reducir la jornada laboral legal sobre el empleo son “muy pequeños o bien inexistentes”.

En lo vinculado a la productividad, indicó que aunque se podría pensar que incrementar la jornada laboral puede aumentar la productividad en duraciones cortas, dos artículos (uno de 2019 para Corea del Sur y otro de 2026 sobre el caso francés) muestran que reducirla trae incrementos que “no pueden ser completamente explicados” por un uso más intensivo del capital por parte de los empresarios, sino que se vincula “o bien a la reducción de la fatiga de los trabajadores o bien a la reorganización de los procesos productivos”, aunque también es preciso “estar alerta” sobre mejoras “a costa de incrementar la exigencia por hora del trabajador”, para lo cual la negociación colectiva juega un rol fundamental. “Reducir la jornada laboral puede ser pensado por un lado como un problema para los empresarios porque implica un incremento de costos, pero también como una oportunidad de reorganizar los procesos productivos y tener ganancias de eficiencia derivadas”, indicó.

Finalmente, Funcasta focalizó la relación entre los factores psicosociales del trabajo y su relación con la salud laboral. Indicó que el tiempo de trabajo –los horarios, la carga y el ritmo– tiene una estrecha relación, y reflexionó en torno a “cómo puede contribuir su reducción en concreto al bienestar”: “La reducción de horas, en términos de pensarla para todos por igual, puede continuar reproduciendo en alguna manera ciertas desigualdades, pero si pensamos en cómo ajustar esa reducción en distintos sectores, en distintas poblaciones laborales, podemos llegar a contribuir efectivamente a una equidad en lo que tiene que ver con el acceso a la salud vinculado a las condiciones de trabajo”, afirmó.

En esa línea, la evidencia científica internacional que citó documenta los problemas de salud vinculados a las jornadas extensas y muestra “una mayor probabilidad de presentar problemas de salud ocupacional”; señala efectos más graves entre “trabajadores asiáticos que occidentales”; plantea que “no se puede establecer cuántas horas comienza a ser peligroso” –aunque sí se sabe que 50 “es mucho”–, y “deja en relevancia la necesidad de estudiar con detenimiento los distintos sectores”.

Finalmente, en referencia a una revisión específicamente sobre la reducción de la jornada, indicó resultados que demuestran que “reduce el estrés, mejora el sueño y la calidad de vida laboral en general”, aunque “no hay consistencia en resultados sobre calidad de vida en general ni en la actividad física”, y “en todos los estudios que consideró hubo una contratación adicional que puede compensar la carga de trabajo”. Otras revisiones evidenciaron “una mejora en el equilibrio entre lo que es la vida de trabajo y personal”, resultados “favorables para la salud mental” y otros “menos uniformes para la salud y el bienestar general”, además de hacer hincapié en la necesidad de observar las diferencias de género porque “no transformó la distribución” de las tareas de cuidado y del hogar.