“Hay que tener la cabeza muy abierta. Cuando empecé, en la década de 1980, no esperaba encontrar indígenas”, dice Mónica Sans. No es que en aquel entonces se haya topado con un indígena que, dándole la mano, le haya mostrado que aquello de que Uruguay es un país sin indios era apenas una construcción cultural sin base científica. Recibida en Arqueología por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República (Udelar) en 1983, comenzó a adentrarse en la antropología biológica, especializándose en el uso de los genes para arrojar luz, entre otras cosas, sobre el tema de los indígenas.

Hoy Sans es profesora grado 5 del Departamento de Antropología Biológica de la facultad donde estudió. Y gracias a su trabajo y al de sus colegas, y a ese tener “la cabeza abierta”, la historia de nuestro pasado previo a la conquista, pero también de lo que sucedió ‒y sigue sucediendo‒ desde entonces está siendo reescrita. Uruguay resultó no ser un país sin indios. La evidencia en los genes de los habitantes de nuestro país actual nos habla de una presencia que contradice la idea de que los indígenas fueron exterminados al poco tiempo de comenzar la vida independiente. Más allá de imágenes, artículos, ríos de tinta y maniobras de marketing y propaganda, no hubo nunca algo así como “los últimos indios”. O sí, pero afirmar eso deberíamos estar también dispuestos a aceptar que, al mezclar sus genes todos con todos, hubo en algún momento algo así como “unos últimos europeos” entre nosotros.

En la actualidad ya no hay quien lo pueda negar: más de un quinto de los genes de la población del país fueron heredados de ancestros indígenas. En algunas zonas del país al norte del Río Negro, esa cantidad trepa por encima de 45%. Pero aun así hay lugar para las sorpresas. Y una muy grande fue la que se desprende de la publicación en la Revista Argentina de Antropología Biológica del artículo “Ancestría genética y estratificación social en Montevideo, Uruguay” a cargo de la propia Mónica Sans junto con sus colegas del Departamento de Antropología Biológica Gonzalo Figueiro y Patricia Mut, Carolina Bonilla, de la Universidad de San Pablo, Mónica Cappetta, Bernardo Bertoni y Nora Artagaveytia, de la Facultad de Medicina de la Udelar, y Elizabeth Ackermann y Pedro Hidalgo del Centro Universitario de Tacuarembó, también de la Udelar. Así que nos preparamos para un nuevo giro sobre nuestro pasado y presente indígena.

Un rápido racconto

En el trabajo hacen un sucinto resumen de cómo ha venido cambiando lo que se conocía sobre los pobladores de estas tierras. “Hasta la década de 1980, el origen de la población uruguaya parecía estar claro, aceptándose que mayoritariamente provendría de Europa y el Mediterráneo, con unos pocos agrupamientos de descendientes de africanos, fundamentalmente en Montevideo” reseñan. Otros hablaban de “la integración de varios miles de indígenas guaraníes a la población de la colonia”. Ideas como esas tuvieron sus consecuencias en la generación de conocimiento: “La aparente homogeneidad y característica asumida de ser una población de descendientes de europeos retrasó los estudios desde la genética de poblaciones, ya que hasta la década de 1970 los análisis de sistemas sanguíneos llevaban a comparar la población uruguaya con algunas europeas” sostienen.

Pero aquella visión imperante comenzó a resquebrajarse con base en evidencia. El primer empujón lo dio el estudio de la mancha mongólica, presente en recién nacidos con ancestros indígenas, asiáticos y africanos, pero que no debería aparecer en descendientes de europeos. Pues bien, en nuestro país nacían niños con la mancha. A estos estudios morfológicos ‒algo similar sucedió con una forma particular de los dientes, conocida como “dientes en pala”‒ le siguió “el análisis de marcadores sanguíneos que permitieron cuantificar el origen de los aportes continentales”. Ya que el trabajo publicado refiere a Montevideo, dan cuenta de un trabajo, publicado en 1997 y en que participó la propia Sans, que mostró que en la capital, “a partir de 10 sistemas sanguíneos, se estimó un aporte africano de 7%, indígena de 1% y el restante 92%, europeo”.

A aquella vieja técnica de estudiar proteínas se le agregó luego la más sofisticada del análisis molecular. En particular, se centraron en estudios del ADN de las mitocondrias. Las mitocondrias son unos organelos que están en todas nuestras células y que sirven para producir la energía que utilizamos. Se piensa que las mitocondrias antes fueron bacterias independientes. Y como consecuencia de ese pasado viviendo por su cuenta, las mitocondrias tienen su propio ADN, es decir, un material genético que es distinto al que nosotros llevamos en el núcleo de nuestras células. Otra particularidad, que viene a cuento para esto de ver de dónde vienen los antepasados de una persona, es que el ADN mitocondrial se hereda sólo por vía materna: cada una de nuestras mitocondrias siguen las instrucciones que les dieron nuestras madres, quienes a su vez las recibieron de sus madres y así sucesivamente. De esa forma se supo que la herencia indígena era mucho mayor aún que la que ya se había encontrado. Volviendo a Montevideo, en el artículo reseñan que en 2005 se publicó “el primer análisis de ADN mitocondrial” para la capital, donde se “determinaba un aporte indígena de 20,4%”.

La presente investigación

El trabajo actual de publicado por Sans y sus colegas se hizo a partir de muestras que se utilizaron en un estudio anterior, de 2105, y del que Carolina Bonilla fue la primera autora. En ese trabajo trataban de ver por qué en nuestro país había una alta tasa de cáncer de mama. Tratando de comprender el fenómeno, decidieron ver si la ancestría tenía algo que ver. Concluyeron que no encontraron evidencia de que “la ancestría genética general difiera entre los pacientes con cáncer de mama y los controles”.

Allí se analizó el ADN mitocontrial y marcadores individuales de ancestría en autosomas del ADN nuclear (heredado de ambos progenitores) de 164 mujeres con cáncer de mama y 164 sin él (grupo control). En su trabajo, publicado en enero, Sans y sus colegas se propusieron “profundizar en el origen de la población montevideana” a partir de la información genética de la muestra del trabajo de 2015 que se había hecho tanto en instituciones de salud pública de la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) como en instituciones privadas a partir de fines de 2007.

Aquí hay un dato interesante: en Montevideo, las muestras de mujeres con cáncer provinieron mayoritariamente del Hospital de Clínicas, el Centro Hospitalario Pereira Rossell, el Hospital Central de las Fuerzas Armadas, el Instituto Nacional del Cáncer, y de la mutualista Casa de Galicia. Las muestras control fueron tomadas en su mayoría en “Casa de Galicia y otras mutualistas o sistemas médicos privados de Montevideo”. Trabajaron con los datos de las mujeres residentes en Montevideo sin importar su origen, quedándose entonces con 269 muestras, 105 de pacientes con cáncer de mama y 164 del grupo control. Al discriminar por lugar de atención, 213 mujeres se atendían en servicios de salud pública, mientras que 56 lo hacían en mutualistas y otros servicios privados de salud. Al analizar su ADN mitocondrial y nuclear, llegó lo imprevisto.

“Fue una de esas cosas que se descubren de forma accidental, porque no esperábamos ese resultado”, dice Mónica Sans. “Estábamos simplemente publicando datos de Montevideo porque había muy poco. Había un solo trabajo sobre ADN mitocondrial que sólo tenía discriminada la ancestría indígena, ya que la africana y la europea estaban juntas. Después había datos de los marcadores que usábamos antes, de proteínas, que daban muy poca ancestría indígena”, dice.

¡Qué resultados!

Al analizar el ADN mitocondrial, heredado por vía materna, de las 269 residentes en Montevideo, encontraron aportes de 36,6% indígena americano, 8,3% africano y 55,1% europeo/mediterráneo. ¡36,6% de ancestría indígena era demasiado! En el trabajo lo dicen así: “El alto porcentaje de origen indígena de los haplogrupos, comparado con un estudio previo realizado en Montevideo que había arrojado 20,4%, llevó a profundizar este aspecto”.

“Cuando vimos los datos de todo Montevideo, sin calibrar nada, la ancestría indígena estaba muy por encima de la media nacional. Entonces uno ve que hay algo raro, porque el trabajo anterior daba una ancestría indígena del entorno de 20%” explica Sans. Años de investigación le impedían apenas sorprenderse. “Cuando tenés el dato, tenés que tratar de explicarlo. Puede haber más de una explicación, pero si tenés un dato hay que explicarlo”, explica. “Entonces, pensamos que podía deberse a una inmigración reciente de gente que vino del interior. Nos fijamos en las montevideanas nacidas en Montevideo, que era un dato que teníamos, para ver si con ello se volvía a esos valores cercanos a 20%”.

Pero la realidad era testaruda. Al hacer foco sólo en las montevideanas nacidas en la capital, el porcentaje de ancestría indígena seguía siendo muy elevado: les arrojó aportes de 33,9% indígena, 7,4% africano y 58,2% europeo o mediterráneo. El problema subsistía. Empezaron entonces a desglosar sus datos, separando las muestras de acuerdo a distintos aspectos. Hasta que al final dieron con algo que finalmente explicaba la gran diferencia que hacía que las mujeres de este estudio tuvieran tanta ancestría indígena.

Lo que vieron es que el aporte indígena materno entre las muestras variaba según el lugar de atención. Prepárense: resultó ser de 41,2% entre quienes se atendían en la salud pública y de 18,5% entre las que se atendían en la privada. “Fue una sorpresa, son valores muy altos, similares a unos que hay publicados sobre Salto. Lo que encontramos era el doble de ancestría indígena que la que uno esperaría para Montevideo, que se estimaba en poco más de 20%”. Una vez más, se pusieron a exprimir los datos.

“Para intentar explicar las diferencias ya señaladas dentro de Montevideo, se analizaron los porcentajes de población montevideana que se atendía en ASSE o en las mutualistas” en la época del muestreo. 78% de las mujeres residentes en Montevideo se atendían en la salud pública, pero de acuerdo al Censo de 2011, el más cercano a cuando se realizó el muestreo, “sólo el 27% de la población montevideana se atendía en ASSE, siendo mayor la atención privada/mutual (73%)”. Al ponderar estos valores, los aportes de ancestría pasaron a ser 24,6% indígena, 67,7% europeo y 7,7% africano. “Si bien dieron un poco más altos que los valores anteriores, quedaron dentro de los parámetros conocidos, en el entorno de 20% y no de 40%, como daba en las pacientes de salud pública”, comenta Sans. Es decir: el lugar donde se atendían las mujeres era lo que explicaba el porcentaje de ancestría indígena tan alto. ¿Resuelto el problema? Al contrario: en ciencia una respuesta sólo lleva al siguiente problema. Y este es preocupante.

Desigualdad y ancestría indígena

En el artículo señalan que el aporte de ancestría indígena es elevado, “aún luego de corregido según el lugar de atención de salud”, si se lo compara con la “autodeclaración de las personas con relación a ‘raza o grupo étnico’ en el Censo de 2011”, en que apenas 4,9% de la población declaró “poseer al menos un ancestro indígena”. Al respecto, en las conclusiones reflexionan que “las razones de la falta de reconocimiento de la ancestría indígena a nivel personal son complejas y, fundamentalmente, se centran en la identidad nacional que ignora el aporte indígena a partir del presunto exterminio ocurrido en la década de 1830”. Pero este trabajo podría aportar más para complejizar el tema.

Para empezar, en el artículo hacen notar que el muestreo realizado para este estudio (y el anterior ya publicado) se comenzó a hacer a fines de 2007. Y que en 2008 se creó en Uruguay el Fondo Nacional de Salud (Fonasa), por el cual todos los trabajadores formales, y parte de su familia, “tienen derecho a elegir su prestador de salud” entre los servicios de salud públicos (ASSE) o privados. Por aquel entonces, cuando se realizaron las muestras, en la salud pública se atendían aquellos que no tenían recursos para acceder a la salud privada. Por lo, tanto dicen: “Debe destacarse la diferencia existente en la ancestría indígena entre quienes se atienden en centros de salud pública con relación a los de atención mutual o privada, lo cual puede, en términos generales, relacionarse con el nivel socioeconómico”. Siguiendo con esta línea, afirman: “En Montevideo, así como también en el sur, el aporte indígena de quienes se atienden en ASSE es mayor en relación a quienes lo hacen en la salud mutual”.

Y aquí viene el nuevo gran problema planteado por el trabajo: “Diferencias en el origen de la población, que pueden catalogarse genéricamente como producto de desigualdades socioeconómicas, se han encontrado en distintos lugares de Latinoamérica”. Y entonces dan un ejemplo: “En Buenos Aires, Avena y colaboradores (2006) estimaron el aporte indígena biparental en 4,7% para la capital, mientras que en la periferia (segundo cinturón), donde viven migrantes y personas con bajo nivel socioeconómico, el valor fue de 33%”.

Por todo eso, concluyen que “la población de Montevideo es heterogénea y subestructurada por motivos socioeconómicos, lo cual repercute en los orígenes de los distintos aportes genéticos recibidos”, y hacen “un llamado de atención a la hora de obtener muestras de población representativas de una ciudad o región o valores de referencia en estudios futuros”.

Autocorreción

Hay quien puede pensar que la ciencia es algo estático. Pero no es así, lo que afirma determinado investigador o investigadora se supera, amplía, refrenda, contrasta o contradice con lo que sostienen otros. En este artículo hay algo fascinante: Sans refrenda a Sans. “Sí, no es habitual que uno se autocritique” dice, dejando escapar una risa.

En el artículo dicen que puede estar cambiando la integración de la población montevideana, pero tampoco descartan cambios en los métodos de análisis de las muestras. Sans entonces se reconoce como un ser histórico, que arranca con un estado de conocimiento según cual que no había indígenas, empieza a descubrir que no era así, y ahora comienza a ver variaciones que no son las que se suponía que debía encontrar. “Es que no te podés casar con una idea. Si yo me hubiera casado con una idea, ni siquiera hubiera encontrado indígenas. Hay un trabajo de 1987 que decía que algo que habían visto se podría explicar si en Uruguay hubiera tenido indígenas, pero como no hubo, no se puede explicar. Ahí es cuando tenés que hacerles caso a los datos” reflexiona.

“Sé que al principio me criticaron muchísimo, incluso políticamente, porque la presencia de indígenas iba contra todo. Acepto que al inicio los cálculos eran muy malos, porque el tipo de marcadores que teníamos no eran buenos. Por ejemplo, la mancha mongólica no te permite calcular el aporte indígena en una población. Hoy todos estos marcadores nuevos te dan una mayor exactitud, aunque siempre hay márgenes de error”.

“Evidentemente ahí hay una diferencia que llama la atención”, comenta Sans. “Hay una realidad que está dando que hay un promedio socioeconómico más bajo en la gente que tiene mayor ancestría indígena”, comenta con cierta desazón. “Algunas personas a las que hemos entrevistado por otros estudios nos dicen que siempre han sido discriminadas. Esto de que los trataban mal, de que les decían ‘indios’ de forma peyorativa, en algunos casos parecería que realmente ha hecho que tengan un nivel socioeconómico más bajo”, agrega.

Sin embargo, sigue con su cabeza abierta. “Esto que vemos lo podemos asociar también con migrantes más nuevos, puede estar hablando de gente con ancestría indígena que viene de otras partes del país a la capital y que no logra insertarse. Seguramente también ese puede ser un elemento, pero no deja de ser gente con esa ancestría que, si se vino a buscar suerte a la ciudad, por algo fue”, se explaya.

Hay otra cosa que se desprende del trabajo. La imagen que nos devuelve el espejo de la investigación no es nada agradable: no somos una sociedad tan poco racista como nos creemos. Si bien podemos habernos creído lo del país sin indios, esta investigación muestra que esos genes se manifiestan de alguna forma perceptible, al punto de que su distribución se ve afectada por el nivel socioeconómico. Tez más oscura, pelo lacio o hirsuto. Pómulos salientes. Ojos más rasgados. Cualquier cosa que se aleje del aspiracional europeo le confiere a esa ancestría indígena algo que interfiere en la igualdad de oportunidades. “Es algo que te dicen los descendientes de indígenas de grupos más activos. Que eran discriminados, que les decían indios o incluso negros, porque hay también una confusión entre indio y negro. De hecho, cuando se les preguntó a las únicas dos personas que encontramos en Tacuarembó que tenían el haplogrupo paterno indígena, ambas habían declarado tener ascendencia africana y europea, ninguna declaró indígena. Eso es curioso también, hay una percepción de que lo oscuro es africano”, dice Sans.

Le digo que en un país que niega la existencia de lo indígena, no sería racional que se los discriminara, porque eso implicaría aceptar que sí están allí. “Sí, probablemente están discriminado por color de piel, o tal vez porque esas personas ya están establecidas en algunas zonas y no lograron salir de ellas. Eso puede estar incidiendo. Hay estudios en temas de salud, por ejemplo en plena dictadura, en los que se veía que la mortalidad infantil tenía valores totalmente diferentes en Montevideo de acuerdo si se estaba al sur o al norte de Avenida Italia. Eso se ha ido mejorando, pero igual debe haber diferencias. Y estoy segura de que si hiciéramos un estudio barrial de ancestría indígena, tal vez también encontraríamos algo similar”, aventura.

Los indígenas y sus descendientes no sólo atravesaron una invisibilización cultural, un exterminio dirigido por el Estado, sufrieron una asimilación forzosa y se los borró de la historia y de los mitos fundacionales del país, sino que ahora, en nuestro presente siglo XXI, persiste una discriminación tal que determina diferencias a nivel socioeconómico de quienes cargan con mayores aportes indígenas en sus genes.

Artículo: “Ancestría genética y estratificación social en Montevideo, Uruguay”
Publicación: Revista Argentina de Antropología Biológica (enero 2021)
Autores: Mónica Sans, Gonzalo Figueiro, Carolina Bonilla, Bernardo Bertoni, Mónica Cappetta, Nora Artagaveytia, Elizabeth Ackermann, Patricia Mut, Pedro Hidalgo

Foto del artículo 'Hallazgo sorpresivo en Montevideo: se encontró mayor proporción de ancestría indígena en la población de menor nivel socioeconómico'