Una manzana con acné y una mandarina con cicatrices pueden llevarnos a dar un paseo de millones de años y a cuestionarnos cosas que hacemos o nos hacen hacer. ¿Cómo? Así.
Algo salió mal en los millones de años que llevó llegar al funcionamiento actual de nuestros cerebros. Por una sucesión de circunstancias, terminamos siendo unos primates que prestan demasiada atención a los estímulos visuales. Eso no sería malo de por sí, salvo porque nuestra pereza –anclada en la necesidad de ahorrar capacidad de cómputo, y por tanto, de energía– a veces nos lleva a juzgar lo que nos rodea solo por su apariencia. En ese precipitarnos a decidir con base en lo que vemos se zambullen frases como “lo esencial es invisible a los ojos”, o “la pinta es lo de menos”. Del distinguir entre un fruto maduro por su tonalidad rojiza que contrasta con el verdor de cuando aún no está apto para su consumo a tratar de perseguir gente porque la indumentaria le da “apariencia delictiva” hay un gran trecho.
Este confiar demasiado en las apariencias se cruza además con otro de los defectos que emergen de la forma en que pensamos: aquello que se aparta de lo que conocemos, lo que es distinto a lo que tomamos como patrón o medida de las cosas, suele inspirarnos desconfianza o rechazo. Así, lo que se ve diferente enciende nuestras alarmas (hay quienes van más allá y promueven una andanada de prejuicios y brutalidades hacia lo que perciben distinto).
Finalmente, si viniera un ser de otro planeta, o si pudiéramos dialogar con delfines, pulpos y otros bichos con elevados grados de inteligencia que conocemos, nos veríamos en un gran apuro al explicar que, mientras millones de seres humanos mueren de hambre por año, grandes toneladas de alimentos que podrían alimentarlos se tiran a la basura (también resultaría paradójico que estemos viviendo una epidemia mundial de sobrepeso al tiempo que millones de personas padecen hambre). Volvamos entonces a la manzana y la mandarina.
Dos frutas protagonizaron el artículo científico titulado “Del sesgo visual a la redención sensorial: la percepción del consumidor de frutas subóptimas a través de la teoría de la expectativa-desconfirmación”, publicado a fines de 2025 por Ana Giménez, Florencia Alcaire, Leticia Vidal, Lucía Antúnez y Gastón Ares, de Sensometría y Ciencia del Consumidor del Instituto Polo Tecnológico de Pando de la Facultad de Química de la Universidad de la República (Udelar), y Joanna Lado y Maximiliano Dini, de la filial de Salto y Canelones, respectivamente, del Sistema Vegetal Intensivo del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA).
La investigación que desarrollaron y que cuentan en ese artículo abordó cómo nuestros prejuicios estéticos nos llevan a pensar que una manzana con manchitas o una mandarina con marcas grisáceas serán menos ricas que otras que lucen perfectas.
En un ingenioso diseño experimental vieron que esas frutas “subóptimas”, con esos detalles que se sabe que no afectan sus características, propiedades ni vida útil, al ser saboreadas sin saber que venían de manzanas o mandarinas marcadas, resultaban tanto (o más) sabrosas que las frutas “óptimas”, esas bien redondeadas, coloridas y que cumplen con la versión estandarizada de lo que esperamos de una fruta (aun cuando sabemos que en la naturaleza lo que impera es la gran variabilidad).
Muchas frutas diferentes, ya sea por su tamaño, forma, o marcas, no llegan a los puestos de venta por no cumplir con criterios estéticos (se estima que en el mundo pasa eso con el 25% de todas las frutas y hortalizas producidas). Y el tema es que aquellas “subóptimas”, que logran llegar a la feria, al puesto de verdura, al almacén o supermercado, muchas veces se pudren allí porque nadie las elige. Todo eso lleva al inmoral y triste tema del desperdicio de alimentos.
Así que para hablar de este fascinante trabajo, que además da pistas para intentar implementar acciones que ayuden a reducir la cantidad de frutas que desperdiciamos en nuestro país, más rápido de lo que una mandarina olorosa nos evoca recuerdos imborrables salimos al encuentro de Ana Giménez, investigadora de la Facultad de Química e integrante, junto con varios de los coautores del artículo, del Núcleo Interdisciplinario Alimentación y Bienestar de la Udelar.
Contra el inmoral desperdicio de alimentos
“Pérdidas y desperdicios de alimentos en general ha sido una línea de trabajo que venimos impulsando desde el Núcleo Interdisciplinario Alimentación y Bienestar a través de diversos proyectos ya desde 2016. Actualmente, tenemos un proyecto en ejecución, financiado por el Fondo de Promoción de Tecnología Agropecuaria de INIA, que busca estudiar en profundidad cómo perciben los consumidores uruguayos las frutas y hortalizas y, a partir de eso, diseñar estrategias que aumenten su consumo y disminuyan el desperdicio”, cuenta Ana Giménez.
“Desde 2023 en Uruguay contamos con una Estrategia Nacional para prevenir y reducir pérdidas y desperdicios de alimentos. Eso ha sido un gran avance, ya que esa estrategia establece una hoja de ruta con metas definidas que buscan reducir pérdidas y desperdicios”, dice, resaltando que es un tema sobre el que ya se ha reconocido la necesidad de hacer algo.
“Dentro de esa temática, las frutas y hortalizas tienen relevancia porque juntas constituyen un volumen importante del desperdicio de alimentos a lo largo de las diversas etapas de la cadena, de ese camino que recorren desde que se cosechan hasta que llegan a nuestra mesa, y cumplen su cometido o terminan en el tacho de la basura. En todas esas etapas hay pérdidas o desperdicios”, contextualiza Ana.
“Estimaciones que tenemos para Uruguay, que son primeras aproximaciones, hablan de unos 125 millones de kilos de frutas y verduras que no llegan a consumo final, es decir que se pierden o desperdician al año”, dice, haciéndonos levantar las cejas. ¡En un país con gente que no accede a suficientes frutas y verduras tiramos o desperdiciamos millones de kilos!
“A su vez, sabemos que de los 88 kilos al año que tiramos de alimentos en cada hogar, 40% son frutas y hortalizas”, suma Ana, enfatizando que, “por tanto, es un tema que nos parece muy pertinente abordar, dado que las frutas y las hortalizas son recursos alimentarios muy valiosos”.
Ahora, vayamos a lo de la pinta. “De ese gran volumen de frutas y hortalizas que se desperdician, 125 millones de kilos no llegan a consumo final: una parte importante no llegan a ser comercializadas por su aspecto o características, o, si llegan a la etapa de comercialización, quedan ahí porque el consumidor no las elige y terminan desechándose”, describe Ana, dándonos ganas de iniciar una campaña por la no discriminación de las frutas y verduras diferentes.
“Se trata de lo que llamamos ‘frutas y hortalizas subóptimas’, productos que incumplen criterios de calidad estéticos, pero que, desde el punto de vista del sabor, de lo nutricional y de la inocuidad, no solo están perfectamente aptos para el consumo, sino que tienen las mismas características que sus contrapartes ‘perfectas’. Son frutas y hortalizas que quedan por el camino simplemente porque no cumplen con esos estándares estéticos, como el color, el tamaño, la forma, sin que eso afecte sus características de sabor o nutricionales”, sostiene Ana. Eso hace toda la diferencia: el ser diferentes de estas frutas y verduras nada tiene que ver con su valor como alimento.
Vivimos en un sistema hortofrutícolanormativo. Para frutas y verduras hay ciertos criterios de calidad comercial centrados en aspectos visuales. Puede ser un tema de calibre, ya sea porque son demasiado grandes o demasiado chicas, o porque tienen formas un tanto retorcidas, que en el caso de una zanahoria o una papa podrían complicar un poco pelarlas, pero están perfectamente aptas para ser consumidas. Mientras la naturaleza es una desbordante diversidad, a las frutas y verduras, como a tantas otras cosas, las queremos hacer pasar por el tamiz de la homogeneización propia de nuestra economía seriada de mercado. Dicho esto, hay que hacer una aclaración.
“Hay defectos de las frutas y hortalizas que sí pueden ser críticos. A veces puede haber daños que limitan su vida útil, o que van evolucionando con el tiempo y deterioran el producto. Pero en el caso de las frutas y hortalizas subóptimas estamos hablando de características que no evolucionan en el tiempo, son características propias de la variabilidad que existen en la naturaleza o cosas que suceden mientras están en la planta”, señala Ana.
Mandarinas subóptimas y óptimas. Foto: Martín Hernández
El asunto es que esas imperfecciones provocan cierto rechazo en los consumidores, que no las compran. “Ese rechazo a veces hace que pierdan valor, al punto de que al productor ni siquiera le resulta económicamente redituable cosecharlas, por lo que hay un volumen de frutas y hortalizas que directamente quedan en el predio sin cosechar porque perdieron valor de mercado”, lamenta Ana.
Claves de esta investigación
- Se estudió cuál era la reacción de 201 personas reclutadas en dos sábados de mayo de 2025 en el Mercado Agrícola de Montevideo (MAM) respecto de manzanas con marcas dejadas por el piojo San José y mandarinas con cicatrices dejadas por ramas (las frutas “subóptimas”) en comparación con manzanas y mandarinas sin ellas (las “perfectas”).
- Las manzanas provenían todas de la misma plantación (INIA Las Brujas, en Canelones), y las mandarinas, de una única plantación en Salto.
- Realizaron tres pruebas a cada participante: en la degustación a ciegas se le daba porciones peladas de las manzanas o mandarinas con y sin marcas, sin decir cuál era cuál, y debía puntuar su sabor, describir sus características y decir si las compraría; luego debía decir qué sabor y puntaje les daría a las manzanas o mandarinas con y sin marcas, pero solo viendo su exterior; por último debía evaluar las manzanas o mandarinas sabiendo cuál era la óptima y cuál la subóptima y habiendo recibido información sobre ellas.
- Al comparar las puntuaciones y expectativas de compra entre las tres distintas pruebas, vieron que cuando dejamos lo estético de lado las diferencias entre las frutas óptimas y subóptimas desaparecen o se acortan enormemente.
- En la degustación a ciegas las porciones de manzanas imperfectas puntuaron 7,6 (escala de 1 a 9) y las perfectas 7,5. El 94% dijo que compraría la manzana que resultó ser la imperfecta, contra 92% que compraría las perfectas.
- Respecto de las expectativas basadas solo en el aspecto, sin probar la fruta, las manzanas imperfectas mejoraron su puntuación (promediaron 5,9 puntos en la cata basada solo por la pinta) y la intención de compra (apenas 59% con base solo a la pinta).
- En el caso de las mandarinas, en la cata a ciegas las perfectas puntuaron 7,2 y las imperfectas 6,7. El 89,1% dijo que compraría las perfectas mientras 80,2% dijo que compraría las imperfectas.
- Con relación a las expectativas basadas solo en el aspecto, las mandarinas imperfectas mejoraron su puntuación (promediaron 6,6 puntos en la cata basada solo por la pinta) y la intención de compra (68,3% con base solo en la pinta).
- En la tercera prueba, cuando ya sabían de qué manzana o mandarina venía lo que estaban probando, en ambas frutas se mejoró la puntuación o la intención de compra respecto de cuando las evaluaron solo con base en su aspecto.
- Por tanto, señalan que sus hallazgos “resaltan el potencial de estrategias como las degustaciones en tiendas y los mensajes informativos sobre el sabor y la calidad para mitigar el sesgo visual y mejorar la aceptabilidad de frutas subóptimas”.
¿El huevo o la gallina? ¿El consumidor o la oferta homogeneizada?
En el asunto hay un circuito que se retroalimenta. Por un lado, las expectativas que tenemos de lo que entendemos que es una fruta o verdura sana, en general, basándonos solo en su aspecto –pocos lugares nos dejan catar antes de comprar–, provocan una demanda en la que un tomate deforme, una berenjena mocha, una manzana pequeñita, o una zanahoria bifurcada no son elegidas. Para quien las vende son un pérdida, porque las feas, las distintas, las que se alejan del ideal de belleza hortifrutícola imperante se quedan en la batea.
Pero, por otro lado, se hacen grandes esfuerzos de mejora, cruzamientos, selección e incluso manipulación génica para obtener frutas y hortalizas que cumplan con los estándares de lo que una naranja, una manzana, una zanahoria o lo que sea deberían ser. Carne, pollos, huevos, la mayor parte de las cosas que comemos se producen con criterios industriales (la ganadería a pasto aún resiste, pero gran parte se exporta). Las frutas y hortalizas no escapan a esta tendencia: lo distinto, lo que no encaja complica. Sin embargo, lograr un buen tamaño, una redondez perfecta, un color rojo intenso no asegura que el tomate sea sabroso. Y eso sin entrar en el tema del uso de los plaguicidas y otros químicos que se usan tanto durante el crecimiento de la fruta como para su posterior vida útil.
“De hecho, quienes trabajan en la mejora de frutas y hortalizas muchas veces buscan la generación de diferentes variedades impulsados por las demandas del consumidor, lo que el consumidor quiere o busca, que puede ser durabilidad, tamaño, color uniforme. Entonces, por ahí es que se llega a esos tomates perfectos, grandes, rojos que cumplen con esas características visuales que el consumidor busca, pero que después, cuando los probás, no tienen las características de sabor que iban asociadas a ese aspecto, a lo que se esperaba de ellos”, dice Ana. Puede que elijamos con los ojos, pero no somos tontos: el sabor no nos engaña tan fácilmente.
En un trabajo previo que publicaron algunos de los autores del artículo que hoy nos convoca, titulado algo así como “Percepciones de calidad respecto a la apariencia externa de las manzanas: perspectivas de expertos y consumidores en cuatro países”, vieron que consumidores de manzanas de Estados Unidas, China, Nueva Zelanda y Uruguay, al ver fotos de manzanas con diversas afectaciones (machucones, marcas, manchas, tamaños o formas raras, etcétera), consideraron que “las imperfecciones y las formas irregulares generalmente eran defectos menores”, pero que “incluso pequeñas variaciones en la forma de las manzanas o la presencia de marcas en la cáscara provocaron una disminución en la percepción de la calidad”, lo que llevó en los consumidores a “una reducción en la asociación con características sensoriales positivas, como el sabor, lo jugosa y la textura crujiente”. Por tanto, eso generaba “un rechazo al consumo” y, por ende, a su compra. Que a chinos, yanquis, neozelandeses y uruguayos les pase lo mismo parecería indicarnos que tenemos que remar contra unos prejuicios estéticos muy extendidos.
“En otra parte del proyecto estuvimos trabajando y entrevistando a los diferentes actores vinculados a la cadena frutihortícola. Para varios productores, lograr cambiar la cabeza del consumidor era una forma de traccionar y generar cambios en etapas más tempranas en la cadena. Porque se da eso de que como lo que busca el consumidor es una fruta o una verdura con determinadas características, lo que se hace comercialmente es establecer estándares de calidad que van a tratar de satisfacer eso y van a trasladar esas exigencias hacia el productor. Muchas veces esos requisitos de calidad, por ejemplo, en grandes superficies o cadenas de supermercados, pueden ser aún más estrictos, y ofrecer esos productos que son perfectos”, apunta Ana.
El colmo en este ardid para que compremos con la vista lo representa el uso de cera para hacer que la fruta se vea tan reluciente como si fuera la protagonista de un aviso de cremas faciales. Valga aclarar que se recurre a la cera para “sellar” el producto y retrasar su deterioro, por lo que el brillo es una cuestión secundaria, pero de tanto ver frutas brillantes, por alguna misteriosa razón pensamos que las que lucen opacas deben ser de peor calidad, cuando en realidad son más naturales y tienen menos químicos.
En ese sentido, el trabajo que publicaron aporta evidencia que derriba esa percepción que tenemos de que las frutas “perfectas” son mejores que las mochas, distintas o diferentes. Para la fruta y la verdura, también lo esencial es invisible a los ojos. Bueno, en parte, en realidad, porque, como primates que comen frutos, tallos, tubérculos y demás, tenemos millones de años observando cuál es el mejor momento para darle un mordisco a un producto vegetal para maximizar la obtención de calorías y elementos nutritivos.
“Eso de que la pinta es lo de menos, en el caso de frutas y hortalizas, como en muchos otros órdenes, tampoco aplica”, explica Ana. El trabajo, entonces, para estos primates con la visión sobrerrepresentada que terminamos siendo, aporta valiosa información que debemos poner en un punto intermedio entre las dos frases hechas, entre “la pinta es lo de menos” y “lo esencial es invisible a los ojos”.
Los dos “defectos”: piojo San José y ramas que dejan cicatrices
En el trabajo se propusieron ver qué pasaba con una condición que hace subóptimas a las manzanas y otra a las mandarinas, como dicen, “dos de las frutas más consumidas” en nuestro país. En el caso de la manzana, se trata del piojo San José.
“Es un bichito que pica la fruta y la fruta reacciona formando un halo alrededor del punto donde está el insecto, algo similar, en cierta forma, a lo que nos pasa cuando nos pica un mosquito. A la manzana le queda un halo rosa que queda en el fruto cuando se cosecha. La manzana con esos halos es penalizada porque se defendió cuando estaba en el árbol, por ese mecanismo de reacción ante el daño que le produjo el piojo, pero ese halo no afecta en absoluto la calidad de la manzana”, sostiene Ana.
Descalificar a una manzana con ronchas por el piojo San José es como descalificar los argumentos de una persona porque tiene acné. “Sí, estamos discriminando en función de la apariencia”, coincide Ana, tras reírse un poco de la comparación.
En el caso de las mandarinas, su defecto son marcas que las atraviesan que fueron provocadas por el propio mandarino. “El movimiento de las ramas, por acción del viento, les deja unas cicatrices que son entre grises y plateadas, pero son marcas que no perjudican en nada las características en lo que hace al sabor, textura y aroma de la mandarina en sí. Son simplemente defectos visuales, estéticos, que hacen que esas mandarinas sean clasificadas en una categoría de calidad inferior o que pierdan valor de comercialización”, afirma Ana.
El trabajo está perfectamente diseñado para dejar en evidencia nuestros prejuicios estéticos y nuestra desalmada discriminación hacia las frutas que no se ajustan al ideal impuesto de belleza frutal.
Para ello eligieron manzanas del mismo predio, provenientes del INIA Las Brujas, Canelones, tanto con acné como sin él, así como mandarinas de la misma plantación de Salto, tanto con cicatrices por ramas como sin ellas.
“Tratamos de reducir la variabilidad al mínimo, porque estamos hablando de plantas, de seres vivos en condiciones naturales, por lo que hay una cierta variabilidad de la cual nunca podés escapar. A un árbol le da un poquito más de sol que a otro, a uno le llega más agua, puede haber ligeras variaciones, pero buscamos reducirlas al mínimo”, explica Ana.
“El objetivo era explorar si las expectativas generadas por el aspecto de las frutas podía modificarse después de la experiencia de consumo. Cuando vemos esa fruta ‘diferente’, automáticamente pensamos que no nos va a gustar. En algunos casos puede surgir miedo a que la fruta esté contaminada, o que esté deteriorada, o que no sea segura para comer. Y algo hay allí, porque, por lo general, la gente no sabe a qué obedecen esas manchas o esas cicatrices. No necesariamente todos sabemos que esa mancha platinada que tiene la mandarina surge porque le pegó una rama mientras estaba en el árbol, y entonces el origen de la mancha se puede asociar a otras cuestiones, por ejemplo, con el uso de plaguicidas”, afirma Ana, confirmando que cuanto más sabemos de las cosas, mejor las vemos.
“Hay falta de información en ese sentido, no tenemos las herramientas como consumidores para saber distinguir cuándo son manchas, o marcas o características meramente estéticas y cuándo podrían tener que ver con otros motivos. En este caso de la manzana con el piojo San José o con la mandarina marcada por ramas, no pasa nada, se pueden comprar perfectamente porque no se van a deteriorar más rápido y van a ser igual de sabrosas que las que se ven perfecta”, explica.
La meta es clara: “el estudio pretende entender y buscar cuáles pueden ser las mejores estrategias para lograr ese cambio de cabeza que después traccione hacia atrás de la cadena y permita que esas frutas y hortalizas que hoy no se cosechan o que quedan por el camino se aprovechen”. ¡Bien ahí!
El MAM como laboratorio
Los estudios se hicieron en dos sábados de mayo de 2025. Pararon gente (201 en total) para que participara de una triple prueba: primero hacían probar a las personas ambas frutas (la manzana subóptima y la óptima, o las mandarinas en el otro estudio), pero en porciones que estaban peladas, y debían responder preguntas al respecto, entre ellas, cuánto les gustaban, cómo las describirían, si las comprarían y cuánto estarían dispuestas a pagar por ellas. Luego se les mostraban las frutas enteras, una manzana subóptima y una óptima, y debían decir cómo esperarían que fueran. Finalmente, en la tercera parte evaluaban las frutas sabiendo a cuál correspondía cada una de las dos porciones peladas (una de la óptima y otra de la subóptima), considerando en este caso tanto la apariencia como la experiencia de degustación.
“Veníamos trabajando en todo esto de los subóptimos hacía tiempo. Incluso hicimos estudios en línea con imágenes en los que preguntábamos cuánto pensaban que les gustarían y si comprarían esas frutas y hortalizas imperfectas, con el foco en la evaluación visual. Pero en esto de los estudios de frutas y hortalizas subóptimas hay poca evidencia publicada sobre lo que hicimos: estudiar cómo las expectativas que generan estos productos con defectos visuales externos influyen en la forma en que los percibimos cuando los probamos”, reseña Ana.
¿Las ventajas de este encare? Muchas, pero Ana destaca una: “Esto puede dar un mayor entendimiento de qué es lo que está pasando por la cabeza del consumidor, sobre cómo está reaccionando cuando se encuentra con que esas expectativas que tenía resulta que no se cumplen y que esa fruta subóptima es mucho más rica de lo que esperaba”.
Resultados: ojos que no ven, sabor que se siente
Al reportar los resultados de sus tres pruebas con las manzanas y las mandarinas (la degustación a ciegas, las expectativas respecto de la apariencia y la degustación informada), en el trabajo confirman casi todas las hipótesis que se habían planteado: cuando nos tapamos los ojos somos un poco más abiertos que cuando juzgamos solo por las apariencias.
“Eso es lo que vimos con los resultados. Cuando presentábamos estas dos frutas, la perfecta y la imperfecta y les preguntábamos cuánto pensaban que les iba a gustar, cómo sería su sabor y demás, a las imperfectas las estaban castigando por su apariencia. Siempre pensaban que les iban a gustar menos, pensaban que las características de sabor o de textura no iban a ser las mismas que las de su contraparte perfecta”, comenta Ana.
“En el caso de la manzana, en la evaluación visual, cuando describían a la que luce perfecta pensaban que sería sabrosa, jugosa, deliciosa, y cuando veían a la otra pensaban que podría ser arenosa, o desabrida, aparecían características que no tienen una connotación tan positiva. Tienen esa expectativa de que la imperfecta les va a agradar menos que la otra, pero son expectativas basadas solo en la pinta”, relata. “Lo mismo sucedió con la mandarina, más allá de que eran dos defectos bien diferentes”, agrega.
En el trabajo, la mandarina “modelo” se asoció más con palabras como jugosa, dulce o sabrosa. La que tenía las marcas de las ramas se describía con más frecuencia como ácida, seca, y con una menor mención de adjetivos positivos como jugosa o sabrosa cuando se evaluaban visualmente.
“Sin embargo, cuando se las servía cortadas, peladas y codificadas, de manera que no sabían si esas porciones provenían de la fruta perfecta o la imperfecta, gustaban y no había prácticamente diferencia entre las dos”, dice Ana.
Manzanas subóptimas y óptimas. Foto: Martín Hernández
De hecho, en el caso de la manzana, el gráfico del trabajo reporta que, en promedio, en la degustación a ciegas, las porciones de manzana que venían de la fruta imperfecta puntuaron 7,6 en la escala de 1 a 9 de qué tanto les gustaban globalmente, mientras que las perfectas puntuaron 7,5. Esa diferencia de 0,1 no es estadísticamente significativa –por lo que no podemos afirmar que las manzanas con acné del piojo San José gustan más que las sin acné–, pero sí nos hace pensar en la sorpresa de los participantes al enterarse de qué tan bien las habían puntuado. En cuanto a la intención de compra, cuando la evaluación incluía degustación –ya fuera a ciegas o con información–, no hubo diferencias significativas entre ambos tipos de manzana.
En el caso de las mandarinas, como era de esperar, las personas calificaron mejor la apariencia de las mandarinas “perfectas”. No obstante, cuando las personas tenían información, ambas mandarinas eran valoradas en forma similar. Los datos sobre intención de compra mostraron lo mismo: cuando las personas solo miraban las mandarinas imperfectas, las valoraban peor. Pero después de probarlas, esa percepción cambiaba.
“En la tercera situación, al darles la fruta pelada pero señalándoles cuál porción provenía de la perfecta y cuál de la imperfecta, había como un ajuste, se corregía esa idea inicial”, dice Ana.
En efecto, en el caso de la manzana, las expectativas de compra futura juzgando solo por el aspecto eran de 95% para la perfecta y de 59% para la manchada. Tras la degustación a ciegas y la cata informada, esos valores se emparejaban: pasaron a ser de 89% y 83%, respectivamente. En el caso de las mandarinas pasaron de 86,13% a 64,3% para perfectas y con cicatrices en la intención de compra al juzgar solo por el aspecto, a 85,1% y 79,2% en la cata informada.
Es decir, algo cambiaba. Parte de los prejuicios estéticos puede desandarse cuando probamos las frutas mochas, imperfectas o simplemente distintas.
A la hora de ver cuánto estarían dispuestas las personas a pagar por las frutas imperfectas y las perfectas, aun luego de que en las catas a ciegas puntuaron a las mochas igual o mejor que las perfectas, en la degustación informada las perfectas igual se impusieron: en promedio las personas del estudio estaban dispuestas a pagar 1,76 dólares el kilo de las manzanas perfectas contra 1,62 de las imperfectas, y 1,32 dólares el kilo de las mandarinas perfectas contra 1,25 dólares el de las mandarinas con cicatrices. Se reducía la brecha de precios respecto de lo que pagarían solo mirándolas.
“Sí, en lo referido a cuánto gustaban, cuando los participantes probaron las frutas ‘imperfectas’, lo que esperaban no coincidió con la experiencia real. Las imperfecciones visuales no se traducían en diferencias reales de sabor. Pero, igualmente, esas imperfecciones visuales los llevaban a considerar que deberían pagar menos por las frutas ‘imperfectas’. Y acá hay que tener en cuenta además que la reducción de precio podría interpretarse como que lo ‘imperfecto’ vale menos”, dice Ana. “Por eso la reducción de precios es una estrategia que se ha utilizado como forma de promover la compra y el consumo de imperfectas, pero no es suficiente por sí solo”, agrega. Así que vayamos a hablar de estrategias e intervenciones.
Cocrear soluciones para acabar con los prejuicios y el desperdicio de comida
Al leer el trabajo, uno se imagina que si en el Mercado Agrícola o en un supermercado o en la feria nos abrieran una mandarina con esa cicatriz de la rama y nos la dieran a probar, tal vez dejaríamos de lado nuestros prejuicios estéticos y la compraríamos. De hecho, ya se ha hecho en otras partes. Por ejemplo, en Reino Unido cadenas ofrecían frutas y verduras subóptimas bajo distintas líneas, como Naturalmente Apocado (en realidad la traducción no es sencilla, ya que su Naturally Wonky podría traducirse como “naturalmente imperfecto”), en otro caso bajo la línea Imperfectamente Sabrosa y una tercera como Perfectamente Imperfectas. O el caso sonado de la cadena francesa Intermarché, que en 2014 lanzó la campaña Les Fruits & Légumes Moches, algo así como “las frutas y verduras feas”, o, para que suene más parecido, “Las frutas y verduras mochas”, con avisos, descuentos de hasta 30%, catas y buenos resultados.
“La campaña de Intermarché fue muy exitosa en su momento, dio muy buenos resultados en las ventas. Pero no se hizo un seguimiento, fue una iniciativa privada que mostró que tiene potencial”, dice Ana. Sin embargo, apostar solo por el precio no sería la solución ideal. O, al menos, no la única.
“Si bien las reducciones de precios pueden aumentar la aceptación de productos subóptimos, los resultados sugieren que comunicar la calidad sensorial real de los productos subóptimos puede reducir la necesidad de descuentos”, dicen en el trabajo.
También, en una investigación previa, publicada en 2018 bajo el título “Elección en tienda por parte de los consumidores de alimentos subóptimos para evitar el desperdicio alimentario: el papel de la categoría de alimentos, la comunicación y la percepción de las dimensiones de calidad”, vieron en una encuesta en línea que en el caso de las frutas y verduras con otras formas, entre bajarle el precio y poner un cartel que dijera “superahorro” (el kilo de papa “perfecta” se ofrecía 57 pesos y el de las raras a 28 pesos), y una manzana perfecta a 60 pesos y una con una abolladura a 20 pesos, pero con un cartel que dijera “elija este producto y ayude a reducir el desperdicio de alimentos”, la segunda opción daba mejores resultados (aunque no para todos los participantes). Es decir, hay que probar varias estrategias, y los precios son solo una de ellas (no olvidemos que del otro extremo de la cadena hay productores que hoy en día ya son bastante mal pagos).
Hacia el final del trabajo señalan que habría que explorar, a partir de los resultados que obtuvieron, la cocreación, junto con los involucrados, con estas personas que se dieron cuenta de que están confiando demasiado en los ojos y promoviendo una discriminación hortícola-frutícola, así como con productores y vendedores, de las estrategias a seguir.
“Eso es algo en lo que hemos estado trabajando en talleres en los que preguntamos cómo motivarían a otra persona a que consumiera o comprara este tipo de productos, qué estrategias emplearían, por dónde irían, por la reducción de precio, por el proporcionar información, por hablar de sustentabilidad o dar mensajes que tengan que ver con reducción de desperdicios, o con los beneficios ambientales que trae aparejado el darle un lugar a este tipo de productos. No quiero adelantar los resultados porque tenemos un taller pendiente y luego eso será motivo de otro trabajo”, comenta Ana.
“La idea sería seleccionar algunas de estas estrategias y, si pudiéramos llegar a implementarlas en algún punto de venta, ver el efecto y el impacto que tienen, si realmente modifican la intención de compra y si cambian la predisposición hacia estos productos”, adelanta sobre lo que sigue.
Dada la buena disposición que tuvo la Intendencia de Montevideo con el MAM, uno pensaría que sería un lugar ideal para hacer una intervención allí. “Degustación de frutas y hortalizas mochas”, semana de “Que viva la diferencia vegetal”, o cosas por el estilo.
“Sí, estamos yendo por ahí y la idea sería llegar a probar en algunos de estos puntos de venta algunas de estas estrategias que han surgido también de los estudios que hemos realizado con los consumidores”, dice Ana. Con lo mucho que se mueve este núcleo de investigación, les apuesto, queridas lectoras y lectores, que en menos de un año se toparán con algo de este estilo en el MAM u otro lugar similar.
Artículo: From visual bias to sensory redemption: consumer perception of suboptimal fruits through the lens of expectation-disconfirmation theory
Publicación: Food Quality and Preference (2025)
Autores: Ana Giménez, Florencia Alcaire, Leticia Vidal, Lucía Antúnez, Joanna Lado, Maximiliano Dini y Gastón Ares.
Artículo: Consumer in-store choice of suboptimal food to avoid food waste: The role of food category, communication and perception of quality dimensions
Publicación: Food Quality and Preference (2018)
Autores: Jessica Aschemann, Ana Giménez y Gastón Ares.
Artículo: Quality perceptions regarding external appearance of apples: Insights from experts and consumers in four countries
Publicación: Postharvest Biology and Technology (2018)
Autores: Sara Jaegera, Lucía Antúnez, Gastón Ares, Marianne Swaney, David Jina y Roger Harker.
Artículo: Exploring the economic and environmental effects of food waste in Uruguayan households
Publicación: Enterprise Development and Microfinance (2022)
Autores: Ana Giménez, Florencia Alcaire, Agustina Vitola, María Rosa Curutchet y Gastón Ares.
Datos sobre el desperdicio de alimentos en Uruguay
El Núcleo Interdisciplinario Alimentación y Bienestar publicó en 2022 un reporte llamado Evidencia generada en los primeros 10 años en el que arroja algunos números sobre qué pasa con el desperdicio de alimentos en nuestro país. De allí, y del artículo que publicaron también en 2022 titulado “Explorando los efectos económicos y ambientales del desperdicio de alimentos en los hogares uruguayos”, destacamos algunos números y cifras de relevancia.
- Se estimó que el desperdicio de alimentos es de 1,6 kilos por hogar por semana, lo que lleva a un desperdicio semanal per cápita de 724 gramos y un anual de 37,6 kilos por habitante.
- Los hogares con una sola persona presentaron mayor desperdicio de alimentos per cápita que aquellos con dos o más personas: 1,9 kilos vs. 876 gramos.
- Los vegetales frescos representan 26,3% del total de desperdicio de alimentos del hogar. Se estima que se desperdician 257 gramos por persona por semana.
- Las frutas representaron 15,9% del total de desperdicio de alimentos del hogar, con un estimado de 179 gramos por persona por semana.
- El costo económico promedio del desperdicio de alimentos en el hogar se estimó en 25,5 dólares por hogar por semana. A nivel individual fue de 11,3 dólares por persona por semana. De esta manera, a valores de 2022, se reportó que en los hogares estudiados el desperdicio de alimentos representaría una mediana de 14.500 pesos por año por hogar.
- Según nos dice Ana Giménez, en Uruguay cada año “unos 125 millones de kilos de frutas y verduras no llegan a consumo final”, por lo que se pierden o desperdician.
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