El asunto no es nuevo: la carrera espacial nunca se trató solo de una aventura científica, tecnológica o de ese irrefrenable deseo del ser humano de conquistar nuevos horizontes que hizo que nuestra especie abandonara África hace millones de años para conquistar luego los demás continentes del planeta. Desde mediados de la década de 1950, hasta fines de la década siguiente, la aventura espacial estuvo signada por las disputas políticas en el marco de la Guerra Fría (la Unión Soviética demostró una superioridad apabullante ante los Estados Unidos, logrando la primera puesta en órbita de un satélite artificial, el primer animal en estar en el espacio, el primer hombre y la primera mujer en lograr volver con vida al planeta tras estar en el cosmos, entre otras. Solo fue superada por el alunizaje televisado en vivo y en directo de la misión Apolo 11 en 1969, cuando astronautas norteamericanos lograron poner sus pies sobre la Luna y regresaron vivitos y coleando).
La misión Artemisa II, la primera tripulada por humanos en abandonar la órbita terrestre desde 1972, no es una excepción: forma parte de la decisión política de un presidente que está desafiando los límites de lo que consideramos una convivencia pacífica y ajustada a derecho en este planeta. De allí que el despegue de la misión del día de hoy, que podría considerarse histórico, pueda recibirse con cierta ambivalencia. Veamos entonces en qué consiste la misión, como nació, qué objeciones científicas tiene y qué suspicacias alimenta.
Lo que hay que saber de la misión Artemisa II
La misión Artemisa II es un proyecto de la agencia espacial norteamericana, la popular NASA. Si todo sale bien, será la primera vez que seres humanos –cuatro astronautas, el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, y los especialistas de la misión Christina Koch y Jeremy Hansen– salen de la órbita terrestre desde 1972.
En la mitología griega, Artemisa es la hermana de Apolo, por lo que queda claro ya desde el nombre que la intención aquí es retomar aquel programa y llevarlo hacia una nueva etapa. La misión durará diez días y se espera que si el despegue pautado para este miércoles 1° de abril a las 19.12 horas sale bien, estén orbitando la Luna el próximo 6 de abril.
Hay quienes señalan que la selección de la tripulación procuró corregir errores de las misiones Apolo de los sesenta al incorporar a un afrodescendiente (Glover) y una mujer (Koch). De hecho, así se lo ha promocionado desde la NASA: “Con las misiones Artemisa, la NASA llevará a la primera mujer y a la primera persona de color a la Luna, utilizando tecnologías innovadoras para explorar la superficie lunar más que nunca”. La inclusión de un canadiense (Hansen) también podría hablar de cierta apertura. La aplicación de políticas de discriminación positiva en la administración Trump debiera suscitar más titulares que la propia misión. Fuera de estas conjeturas, la tripulación, por detalles de las órbitas y del vuelo planificado, podría romper el récord actual de los humanos que más se alejaron de nuestro planeta desde que comenzamos a irrumpir en el cosmos (perdonen la selección del sustantivo, pero mientras los norteamericanos siempre hablaron de espacio, los rusos preferían hablar de cosmos).
Los cuatro astronautas estarán dentro de la nave Orión, que saldrá propulsada desde nuestro planeta a una gran velocidad –algo necesario para romper la atracción gravitatoria de la Tierra– por el sistema de cohetes SLS.
Los objetivos de la misión son modestos y más técnicos que científicos: testear las cosas para un futuro vuelo tripulado con alunizaje incluido, tanto a nivel de los aparatos como de los propios astronautas, en especial en su salud (más de esto en la parte científica sobre el vuelo).
Foto: Fefo Bouvier
Por qué la misión Artemisa es un metejón político
Como dijimos, esta segunda etapa de la misión Artemisa es una especie de “calentar los motores” para tres objetivos más ambiciosos para un futuro cercano: volver a alunizar con seres humanos en nuestro satélite natural; luego, construir una base permanente en la Luna; tras ello, enviar astronautas en misiones a Marte.
Si bien la intención de regresar a la Luna precede a Donald Trump, en su primer mandato sentó las bases de la misión Artemisa (de hecho, señaló que su “Directiva de Política Espacial número 1” sería la de mandar astronautas a la Luna) y ya entonces señaló que planeaba “lanzar astronautas estadounidenses para plantar la bandera estadounidense en el planeta Marte”.
En su segundo mandato puso fechas en una de sus órdenes ejecutivas: “los estadounidenses deberían regresar a la Luna” para 2028 y establecer allí una base para 2030. En efecto, la orden de diciembre de 2025, titulada “Asegurando la superioridad espacial estadounidense”, sostenía que “la superioridad en el espacio es una medida de la visión y la voluntad nacional, y las tecnologías que los estadounidenses desarrollan para lograrla contribuyen sustancialmente a la fortaleza, la seguridad y la prosperidad de la nación”.
En concreto, sobre el alunizaje de Artemisa (sería la misión Artemisa III si la presente tiene éxito), la orden de Trump señala que servirá para “reafirmar el liderazgo estadounidense en el espacio, sentar las bases para el desarrollo económico lunar, prepararse para el viaje a Marte e inspirar a la próxima generación de exploradores estadounidenses”.
Fiel a su estilo, Donald Trump no oculta nada y en la orden señala que los éxitos de la misión Artemisa, entre otras cosas, servirán para “el desarrollo y la demostración de prototipos de tecnologías de defensa antimisiles de próxima generación para 2028, con el fin de mejorar progresiva y sustancialmente las defensas aéreas y antimisiles de Estados Unidos”, o también “impulsar una economía espacial comercial dinámica mediante el poder de la libre empresa estadounidense”.
Artemisa y la ciencia: sinsabores y algunos objetivos
Si bien llegar a la Luna es una meta loable, desde la comunidad científica hay quienes han señalado que hay objetivos científicos más ambiciosos, económicos y posibles sin necesidad de enviar astronautas a la Luna o Marte. Tras el furor del proyecto Apolo, la NASA luego apostó sus fichas a sondas y misiones no tripuladas que han recabado valentísima información sobre el cosmos que nos rodea.
También se ha señalado que esta ambición de Trump de los vuelos tripulados y bases en nuestro satélite y el gigante rojo contrasta con los fuertes recortes que le ha impuesto a la NASA, que han cancelado misiones robóticas y no tripuladas. Una de ellas podría despejar la incógnita de si hay vida en Marte, sin embargo, el proyecto que pensaba traer a la Tierra las rocas con la evidencia más fuerte de la presencia de vida en Marte hoy parece estar en un limbo debido a los recortes impuesto por la administración Trump.
Aun así, Artemisa II se propone aprovechar la volada del metejón de Trump para hacer un poquito de ciencia. Además de los ajustes técnicos y preparar el camino para el alunizaje de la próxima misión, se aprovechará este vuelo alrededor de la Luna para realizar experimentos que buscan explorar cómo el viaje por el cosmos afecta a la salud humana. Con indicios de que vuelos espaciales de apenas tres días podrían afectar a nuestros cromosomas –en particular los telómeros–, este vuelo de diez días permitirá afinar esa evidencia. Entre otras cosas, se medirá la radiación, se tomarán muestras de saliva y sangre de los cuatro tripulantes, y también se realizará un experimento con lo que se denomina un “órgano en un chip”.
Explicado de forma rápida y sencilla, se aislaron células inmaduras de la médula ósea de muestras de los cuatro astronautas y se colocaron en unos pequeños dispositivos (el llamado chip). El experimento es relativamente sencillo: habiendo dos chips con muestras de cada astronauta, uno viajará al espacio mientras otro se quedará en la Tierra. La idea es ver, luego de que la nave regrese, si en el espacio hay más daño del ADN, en los telómeros o lo que fuere.
Desde la NASA también se ha insistido en que tener observadores humanos mirando la superficie de la Luna (verán además su “cara oculta”) podrá traer beneficios en comparación con la mirada fría y desinteresada de los rovers, satélites y sondas. La idea es que los humanos vemos patrones y diferencias de coloración que pueden ayudar a dirigir la mirada de forma más rápida a determinadas anomalías o zonas de interés. En un mundo que parece estar apostando a la inteligencia artificial y que confía más en su velocidad que en el talento humano, sinceramente parece que este punto es más un intento de justificación para el vuelo tripulado que un argumento de peso para la exploración de la superficie lunar.
¿Y entonces?
Este 1° de abril puede ser el inicio de un gran paso para que los seres humanos estén en la Luna en breve. Pero debemos tener presente que la misión Artemisa no es la única que se ha propuesto ese objetivo. Por ejemplo, China va camino a instalar una Estación Internacional de Investigación Lunar en nuestro satélite para 2049, e incluso firmó un convenio con varios países para participar de esa aventura, incluso con Uruguay. Su idea es que en 2035 ya se esté trabajando, pero en la órbita lunar.
En el contexto global actual, celebrar una avanzada de Trump sobre la Luna no es para cualquiera. Aún quienes siempre seguimos las aventuras espaciales con emoción, hoy tenemos sentimientos encontrados. Claro que nadie desea que esto salga mal (hay cuatro astronautas rodeados de cohetes con combustible) y que hay muchas cosas positivas que trascenderán al mandato de Trump (¡ojalá!). Aun así, un contratiempo que nos haga ganar tiempo podría ser un alivio. La Tierra no está hoy en su mejor momento. No hay ningún apuro por proyectar nuestras miserias al espacio.