Hay una diferencia entre escribir canciones sobre una ciudad y hacer que la ciudad intervenga en la puesta en voz. En Cordón, primer disco de Augusto Gramón, Montevideo aparece como un conjunto de coordenadas en las que recorrer y cantar se muestran indisolubles, y en donde convergen las herencias de la canción rioplatense, el rock noventista y el pop brasileño. Para conjugar registros tan diversos, Gramón y Martín Iglesias (quien aporta guitarras, programación y bajo en dos canciones) comparten producción y arreglos, mientras que el bajo de Juli Taramasso, la batería de Juanma Cayota y los teclados de Fede Noll integran la base.
En “Caminar lento”, por ejemplo, una articulación inicialmente contenida da paso a la expansión instrumental y vocal. El cambio acompaña el tránsito de observar edificios a afirmar una manera de mirar y de deambular entre ellos. Caminar deja de ser una acción subordinada al destino y adquiere una temporalidad propia, una cadencia que moldea lo percibido, de manera que se produce allí una ciudad parcialmente distinta de aquella que encuentra.
La repetición es uno de los principales procedimientos compositivos y letrísticos del álbum: Gramón vuelve sobre frases breves que cambian de función según avanza el despliegue melódico. Si en “Caminar lento” el verso “sentir mi canción” puede escucharse como declaración y como motivo rítmico, en “Lunar” la palabra quizás hace que el relato de una relación amorosa se presente a través de una novela, un escenario, unas ventanas, las cortinas y los mensajes entre líneas, a la vez que muestra la dificultad de convertir la experiencia en relato. El coro de unas 60 personas, presente en ese tema y también en “Raras” y “Gran misterio”, excede el refuerzo del estribillo y vuelve compartida una vivencia individual, aunque con matices distintos en cada caso.
Si en “Raras” una secuencia fragmentada de asociaciones sin explicación causal (“caen las rosas, vino de mesa”) compone una atmósfera más que un hecho, a la que las voces de Juan Chino Fernández y Niño Gutiérre aportan nuevas inflexiones, en “Gran misterio” el deseo es más lineal (volver a ver, cantar para recorrer los campos invisibles del otro) y el coro lo amplifica hasta volverlo casi una promesa colectiva, bordeando una suerte de mesianismo pop. Allí la canción parece ensayar una comunidad momentánea, constituida por la posibilidad de cantar juntos algo que no necesariamente significa lo mismo para todos.
Por otra parte, la percusión, de marcada base candombera, a cargo de Rodrigo García Parreño, Nicolás García y Yamandú Ramírez, permite precisar la relación del álbum con Montevideo. En la canción que da nombre al disco, el balcón, la enredadera y la vidriera delimitan posiciones desde las cuales la nostalgia y el olvido adquieren acciones propias, mientras caminar por los años anteriores convierte la memoria en geografía. El pasado no aparece como una época clausurada a la que se regresa mediante la evocación, sino como una dimensión que continúa modificando el presente de los lugares. Una vidriera, por ejemplo, puede funcionar simultáneamente como superficie material, límite entre interior y exterior y lugar donde se proyecta aquello que ya no está. De este modo, la ciudad deja de ofrecer una cronología uniforme: distintos tiempos coexisten en un mismo recorrido y el movimiento del cuerpo permite establecer conexiones entre ellos.
En “Beso (los días)”, la semana deja de ser un transcurrir mecánico al irrumpir el deseo como una fuerza que altera las divisiones del calendario. Otros desplazamientos proceden del cruce entre vocabularios: “Gol”, con la voz de Seba Ulivi y el solo de guitarra eléctrica de Tommy Nieves, traslada la experiencia amorosa al fútbol. Apostar, anticipar una jugada, gritar antes de tiempo y “mufarla” son maneras de pensar una relación que no puede controlarse por completo, y la deriva adquiere casi un tono de humorada adolescente. En otro registro, el “Caracol” transporta su casa mientras atraviesa la plaza, la lluvia y el sol, y su movimiento opone a la velocidad una forma de habitar el lugar. La imagen permite pensar una relación entre cuerpo y territorio en la que la vivienda deja de ser un punto fijo para convertirse en una condición del desplazamiento.
“Tren”, en cambio, propone un contraste. Emblema histórico de una modernidad que identificó la velocidad y la circulación con el progreso, aparece desprendido de esa promesa. Ya no conduce necesariamente a un destino, sino a preguntas sobre el lugar, la identidad y el porvenir. Algo de esa inversión se produce también en “Lejos de acá”, donde la distancia física convive con la persistencia de una relación afectiva cuya separación no puede medirse únicamente en términos espaciales. La guitarra solista de Felipe Jelen introduce una voz instrumental que prolonga esa tensión sin necesidad de ser verbalizada.
No se busca inventar, a lo largo de este álbum, otra Montevideo. En todo caso, se trata de descubrir que la existente nunca termina de coincidir consigo misma. Cada recorrido actualiza algunas de sus posibilidades y deja otras sin realizar. Tal vez por eso el título del disco, Cordón, que designa un barrio preciso, termina delineando una forma de estar entre los lugares, justo allí donde la proximidad de las cosas no garantiza su cercanía y donde, a veces, aquello que constituye nuestro mundo solo comienza a manifestarse cuando ya no sabemos exactamente cómo permanecer en él.
Cordón, de Augusto Gramón. Perro Andaluz, 2026. En plataformas.
