Ya se ha escrito mucho sobre el género denominado post-punkdemia, el albor de una escena musical joven y contracultural que recuperó influencias del grunge, el post-punk y el shoegaze para llenar pequeños escenarios de pogo y descarga, como resistencia a un encierro que condicionó su período de formación.
Es un fenómeno mundial, que tuvo su filial en el Río de la Plata, donde se reconoce a Mujer Cebra como uno de sus mayores exponentes. La banda argentina, sin embargo, es anterior a la pandemia, con protoensayos que datan del 2018. Formada por Santiago Piedra (voz y guitarra), Patricio García Seminara (batería) y Gonzalo Muhape (hoy en bajo, entonces guitarrista), creció entre salas de ensayo pagadas como se podía y la incertidumbre de no saber si había público para propuestas como la suya.
“Es todo un trabajo de resistencia”, confiesa Piedra a la diaria. No habla solamente del desgaste que puede generar sostener un proyecto musical durante años, sino también de las condiciones en las que se hace música independiente en la región. “Es resistencia al cansancio y resistencia contra el mundo exterior”, acota García.
En 2021 editaron su álbum debut homónimo y, de a poco, llegaron las giras por el resto del país y Latinoamérica, los festivales y la oportunidad de telonear a bandas como Interpol, Turnstile y System of a Down. “Hubo shows en los inicios en los que nos dimos cuenta de que estaba pasando algo. Pero nunca lo vivimos de una manera grandilocuente, porque bajás del escenario y seguís chocando con tu vida personal, siguen pasando cosas”, recuerda Piedra.
Inhibidor, su tercer álbum, es un nuevo escalón en ese recorrido. Después de Clase B (2023), la banda se permitió trabajar con más tiempo, pausar los shows y abandonar limitaciones autoimpuestas. Si antes evitaban grabar pistas que no pudieran reproducir en vivo como trío, ahora incorporaron teclados, guitarras acústicas y baterías programadas.
“No queríamos meternos en la rosca de las cosas que ya sabemos que nos salen fácil. La resistencia también fue frente a eso, a nuestro cansancio, a no volvernos psicópatas del rock y abusar de lo que a la gente le gusta”, argumenta Piedra. Se podría decir que, justamente, apagaron el inhibidor.
Una ventana a la ciudad
El proceso creativo tuvo un escenario particular. Después de quedarse sin sala de ensayo, encontraron una alternativa inesperada en unas oficinas vacías del Microcentro porteño. Se instalaban de noche, cuando el edificio quedaba desierto, y desde una ventana a la Avenida Corrientes observaban cómo la ciudad se vaciaba; una postal que terminó filtrándose en las canciones. El resultado es un álbum más denso, oscuro y envolvente, en el que las guitarras ganan protagonismo, en convivencia con secuencias electrónicas y pasajes contemplativos. “Desde un principio nos pusimos duros con tratar de que no nos encasillaran en un mote del que después no pudiéramos salir”, explica Piedra sobre su decisión de no militar con un género musical en exclusivo. “Pero este disco es la patada al berretín, ir un paso más allá por el capricho de hacer lo que queremos”.
El título también funciona como una clave para leer el presente. En las canciones se repite la necesidad de hablar, de encontrar una voz entre el ruido y la confusión. Afuera, mientras tanto, el mundo parece avanzar hacia el desastre. “Levantás la cabeza un toque y ves todo prendido fuego”, lamenta Piedra.
En ese sentido, el disco propone una forma de resistencia a la velocidad contemporánea. “Leer un libro, ver una película o escuchar un disco entero sin distraerse es un esfuerzo hoy, aunque sea placentero. Y hay algo sagrado en ese esfuerzo”, reflexiona García, y traslada la idea a los conciertos: “Tener 100 personas que la están pasando bien, sin mirar reels, compartiendo en comunidad en el mismo lugar físico, era lo más normal del mundo antes; ahora ya no”.
La escena de la que forman parte también cambió. Si bien sigue siendo, técnicamente, pospandemia, el recambio generacional, los contratos discográficos y la posibilidad de sostener fechas propias modificaron aquella dinámica de festivales compartidos que había reunido a tantos proyectos emergentes. Para Piedra, recuperar algo de ese espíritu no significa volver a cobrar entradas baratas, sino reconstruir cierta camaradería. “Cada uno está peleando su guerra y es muy difícil andar pensando en el otro cuando estás luchando por sobrevivir. Pero es necesario”.
A un río de distancia, Montevideo es parte del mismo ecosistema. En su quinta visita al país, la banda dice sentirse como en casa. “Hay una sensación de comunidad del propio lugar, que conecta muy profundo con nosotros”, agradece Piedra.
Mujer Cebra. Sábado 7 de noviembre a las 21.00 en Bluzz Bar (Canelones 760), con apertura de Alicia en el Barro. Entradas en Mientrada desde $ 400.
Inhibidor, de Mujer Cebra. Sony Music, 2026. En plataformas.
