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México 86: una comedia sobre la organización del “mejor Mundial de la historia”

Empresarios, dirigentes de FIFA y otros pilluelos en una aventura bien chingona.

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Estamos en plena fiebre mundialista, pero este texto fue escrito antes del partido del viernes, así que hay chances de que el pueblo uruguayo se haya tomado un antipirético de efecto inmediato. De todas maneras, el planeta se encuentra movilizado, como cada cuatro años, por una competencia internacional que tiene cada vez más participantes y menos escrúpulos.

Para poner paños fríos en los últimos acontecimientos que rodean a la FIFA y sus criterios acerca de quiénes contribuyen a la paz mundial, sirve entrar a Netflix y mirar México 86, comedia que nos recuerda que la organización que rige el fútbol de todo el planeta siempre estuvo formada por seres humanos. Algunos, menos humanos que otros.

Diego Luna, que ya fue un granuja con corazón de oro en la estupenda Andor, aquí es un granuja con más oro que corazón. Se llama Martín de la Torre y está inspirado en Rafael del Castillo, quien fuera presidente de la Federación Mexicana de Fútbol durante el campeonato que da título a la película. Está rodeado de figuras que sí existieron, aunque en diferentes niveles de veracidad, que no de verosímil: aquí tenemos una aventura con atolondrados e intereses creados que se siente real.

Martín es el clásico escalador que, tarde o temprano, tendrá su merecido. Su ascenso maratónico, al menos en minutos de filmación, está relacionado con la postulación de México como país organizador del Mundial de 1986 después de que Colombia diera un paso al costado. Mientras acumula poder gracias al grandísimo (y “verdaderísimo”) Emilio Azcárraga, dueño de Televisa y del estadio Azteca, debe viajar a Suiza para tener más votos que Estados Unidos y embolsarse la localía.

Es una de esas historias que sabemos cómo va a terminar, pero el director Gabriel Ripstein logra involucrarnos. Una de las secuencias más entretenidas tiene que ver con cómo Martín de la Torre y Guillermo Cañedo, por entonces vicepresidente de la FIFA, intentan convencer a diferentes países de que los voten. Hay intriga política, giros dramáticos y (¿acaso había alguna duda?) bolsos deportivos con mucho dinero dentro.

Con agilidad nos acercamos hasta nueve meses antes del comienzo de la Copa del Mundo. Como recordarán muchos y habrán leído otros tantos, México fue azotado por un poderoso terremoto, del que la película no escapa. De todas maneras, el guion se preocupa por los esfuerzos de varios granujas por mantener al país anfitrión a fuerza de pintura y algún caliborato.

La película cuenta con imágenes, fijas y en movimiento, de la famosa competencia. Lógicamente se centra en la participación mexicana e incluye una escena algo disparatada en la que nuestro protagonista entra camuflado al campo de juego para levantar el ánimo de los futbolistas de su país antes de los penales frente a Alemania. No importa el resultado: la narración nos asegura que aquel fue el mejor Mundial de la historia.

Con esa clase de realismo comédico transita otros momentos en la vida de Martín, en especial la fluctuante relación con Azcárraga, muy bien interpretado por Daniel Giménez Cacho. Karla Souza es Susana, quien comienza como parte de una comedia de enredos y termina formando dupla temporal con el granuja titular. Otros actores se ponen en la piel de Henry Kissinger, Pelé y João Havelange. Se supone que hay un delegado uruguayo, pero la cámara lo ignora.

La diversión está asegurada, entre insultos bien mexicanos, un Diego Luna que sabe cómo hacerlo y esa trayectoria que lleva a su personaje a volar demasiado cerca del sol y protagonizar un escándalo mayúsculo, que no mencionaré por si no lo recuerdan o no leyeron sobre él. ¿Cuánto de cierto habrá en lo que verán? De nuevo, no sabría decirlo, pero una hora y media más tarde estarán prontos para ver un nuevo partido del Mundial. ¿Quién lo disputará? Epa. Me están pidiendo mucho.

México 86. 97 minutos. En Netflix.