Por primera vez en 25 años, Sandra Massera entiende que en una obra pueden convivir dos estilos de actuación, y que funciona. Al montar El caso inevitable del señor Méndez, que transita desde el naturalismo al delirio terraplanista, se sacó unos cuantos prejuicios y habilitó la posibilidad.
El proyecto, que subirá telón el viernes en el teatro Alianza, nació hace unos seis años, a partir del cuento “Ojos de vidrio”, de Martín Lander, un alumno de los talleres de escritura de Carlos Rehermann, su compañero también desde la producción de Teatro del Umbral. Rehermann le habló de “un cuento alucinante con una idea increíble” y Massera quedó tan enganchada que, como el relato es muy breve –apenas cinco páginas–, creó algunos personajes más. Ahora son nueve, algunos ostensiblemente más convencionales que otros.
Demanda extravagante
La trama básica cuenta que Sigfrido se interna para una intervención sin importancia y ahí se enfrenta a una solicitud impensada de su compañero de habitación. Massera encontró una veta evocando una experiencia propia en centros asistenciales, cuando hace un tiempo le tocó cuidar a un conocido y en ese ámbito apareció otro paciente, que refería inducciones y operaciones a distancia.
“Nos vino a hablar de la energía del plasma. Era alguien increíble por todas las cosas que contaba. Además estaba de bermudas floreadas en el sanatorio, con una remera con logo y decía muy serio ‘el lunes me voy de acá porque me van a operar a distancia, médicos espiritistas, y si me curo, me salvo del trasplante de riñón’. Aparte hacía cálculos de las medidas de las pirámides y yo dije ‘a este personaje lo tengo que incluir, no lo puedo perder’. Hay dos personajes en la obra que son el cable a tierra, que son sobrios, razonables, que no pueden creer lo que están viendo y escuchando, y hay toda una parafernalia; porque, como a veces decimos, la vida imita al arte, porque están tomados de la vida real”, explica.
Esta historia que promete ir de la alucinación a la emoción termina siendo “una especie de canto a la amistad”, dice la directora, que avanza con cuidado, tratando de no revelar demasiado. “En medio de un caos que es muy divertido, pero que no deja de ser un caos, se gesta la amistad entre dos personas que antes no se conocían; es lo que puede ocurrir en un sanatorio, he escuchado casos así. En este, es tan raro lo que le pide esa persona que el otro se quiere ir. Quiere que le den el alta, aunque no se haya recuperado, porque no puede creer lo que le está pasando”.
Massera convocó a Alejandro Camino al elenco, ya que necesitaba “a alguien que tuviera conciencia de los ritmos escénicos, porque es un desafío enorme lo que tiene que hacer”. Habían trabajado juntos en 2010: “Fue una experiencia preciosa que tuvimos en un edificio de la Administración Nacional de Puertos, con un título de Carlos Rehermann, El examen, sobre una historia real, un recluso en la Segunda Guerra Mundial. En ese momento se me ocurrió que podía ser perfecto para este personaje. Alejandro es de una versatilidad tan interesante que puede hacer comedia como un personaje con la profundidad psicológica que requiere Sigfrido”.
El coprotagonista, Jerónimo, es Alain Blanco, que a esta altura, como reconoce la directora, es “un actor fetiche” de la compañía. El elenco lo completan Norma Berriolo, Carina Biasco, Federico Sanguinetti, Fabricio Galbarini, Macarena Grecco y Richard Torres.
El nombre de Sigfrido remite a la mitología germánica. ¿Se verá ante un destino heroico, como en la leyenda? “Justamente”, responde Massera, “él acepta el desafío de lo que le pide el compañero y al aceptar, tiene que, de alguna manera, como los héroes típicos de historieta, luchar contra el mundo. O sea, se va a poner la capa y la espada, o el cáliz de oro, para seguir su destino. Está dispuesto a hacerlo”.
Por eso, volviendo a la actuación, “tiene que dar la idea del asombro, de la desesperación, pero también de aceptación a pesar de todo el peligro. Ese personaje es humanamente muy bueno, de naturaleza honesta. Entonces, al principio no quiere, pero al final acepta lo que le pide el compañero. Todo ese proceso que tiene que ocurrir es lo que lleva al desafío actoral”.
También fue un reto como dramaturga. “En un principio lo resolvía en dos escenas. Ellos se hablan durante la noche en el sanatorio, cuando nadie los escucha, y pensé que con dos escenas era suficiente, pero me di cuenta de que se necesitaba un tercer encuentro para desarrollar todo ese proceso que tienen, que es muy profundo, que empieza como algo muy delirante, pero deriva en una cosa muy humana, muy reconfortante. Porque el hecho de encontrar un amigo con las características que tiene ese compañero de habitación le cambia la vida. De alguna manera es la persona más extraña que conoce y le va a cambiar su vida de ahí en adelante”, explica Massera. No se trata, aclara, de un asunto sexual. “No tiene nada que ver”.
Fingir demencia
Con la salud como telón de fondo, Massera adelanta que la pieza “tiene peculiaridades que hasta resultan graciosas. A veces, sin generalizar, el sistema médico expresa cierto orgullo, poder, frente a los pacientes. Entonces, vemos cómo tratan muy bien al protagonista; Sigfrido está contentísimo en ese lugar. La operación por la cual fue a internarse es un éxito. Sin embargo, nadie le contesta cuando quiere saber acerca del compañero de habitación. Es decir, hay una reticencia. Y de algún modo se convierte en algo gracioso el hecho de que nadie quiera hablar de determinado tema. Pasa por ahí: en el plantel médico hay personajes simpatiquísimos, pero no se habla de lo que ocurre con el compañero de la cama de al lado. Ahí está el suspenso, porque son muy lindos de representar, ayudan a generar un suspenso muy divertido”.
Para la música el clima de esta obra hizo que rastreara en el trabajo de un autor japonés de la etnia de los ainu, grupos originarios del norte del archipiélago, que tienen una música tradicional que Oki Kano mezcla por momentos con el reggae y con el rock. “Esa fusión me encantó para la obra porque también es muy rítmica, muy divertida. Por momentos tiene una extrañeza, una cierta melancolía, muy delicada. Otro prejuicio que yo tenía era no poner música con cantantes”, admite, y acá, como Sigfrido, superó ese límite.
El caso inevitable del señor Méndez. En el teatro Alianza, sala Dos (Paraguay 1217), los viernes a las 20.00 desde el 17 de julio. Entradas a $ 700 en RedTickets.
